Me he
sentado esta tarde un ratito, volviendo de una excursión, a contemplar los
colores del otoño en nuestros campos. No hay en ellos la exuberancia de los
bosques del norte, pero tienen también su belleza; una belleza más humilde, más
tierna, diría yo. Las campanas de la iglesia del pueblo, a lo lejos, tocaban
las cinco, y su tañido me llegaba casi imperceptible, pero suficiente para
hacer el momento más redondo, más perfecto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario