viernes, 22 de octubre de 2021

Digo, corred, corred.


Soy de otra generación, del siglo pasado, de otros tiempos, decidlo como queráis, pero el hecho es que cada vez entiendo menos a la sociedad en la que vivo. Y me hago a un lado y dejo pasar; digo, corred, corred, no sé por qué ni hacia dónde, pero corred si es lo que queréis; no seré yo quien os lo impida.

Y lo digo textualmente, porque es lo que me pasa cada vez más. He de pararme y hacerme a un lado del camino o del sendero porque baja o sube alguien corriendo o en bicicleta. Sobre todo, si bajan, te llevas más de un susto; y algunos hasta se ofenden porque no te apartas a tiempo. A “su” tiempo, que no es el “mío”.

Todos corren. ¡Qué raro es encontrar a alguien andando! Ayer mismo, el crepúsculo fue prodigioso, soberbio; lo disfruté, ralenticé el paso para gozarlo mejor, para ver mejor, para escuchar mejor, para oler mejor los aromas del monte…

No juzgo. No digo que lo que yo hago sea mejor o más bueno que lo que hacían esos dos que corrían charlando sin cesar, o ese otro que me adelantó lanzado cuesta abajo con su bici. Sólo digo que no lo entiendo, que no me gusta. Y que haciendo lo que yo hago, cada vez veo menos gente. Por eso digo que “mi” tiempo está pasando, pero esa evidencia no me perturba; aunque sí que me queda una desazón, y es pensar que esa forma nueva de acercarse al monte, corriendo, siempre corriendo, no sea más que una muestra muy clara de cómo muchísima gente se acerca a la vida, vive la vida.

Y eso sí que no es bueno, porque el precio es acabar viviendo fuera de nosotros mismos, en una carrera hacia ninguna parte. Quizá una huida a la desesperada. ¿De quién? ¿De qué?

Y como ya he dicho, eso sí que no es bueno.


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