Me ha
costado decirme a escribir estas líneas porque la libertad de expresión está
cada vez más limitada cuando tus puntos de vista no son los políticamente
correctos y sancionados por el régimen, pero al final me ha decidido.
Muchas
veces en este blog he dicho que desde mi punto de vista la educación, en
España, está en caída libre, la mires por donde las mires, y he apoyado esta
afirmación con muchos y variados argumentos.
Por
eso, desde hace mucho tiempo, y así lo he dicho también, he soñado con una huelga
de docentes que paralizara el sistema educativo entero, aun sabiendo que tal
cosa no sucederá nunca.
Y así
está siendo, porque esta huelga que estamos viendo en la Comunidad Valenciana
no es para nada la que yo he deseado y soñado. Es otra cosa bien diferente que
poco servirá para evitar esa caída a la que refiero. Algo puede mejorar, pero
poco, y en lo esencial, nada.
En
primer lugar se plantea solo de la pública, cuando el problema está en todo el
sistema educativo y no en las tres formas que en España tiene, pública,
concertada y privada. Esta exclusión de una parte importante del sistema
responde a planteamientos ideológicos y políticos ajenos a los problemas de
fondo que lo lastran.
En
segundo lugar, el paquete de reivindicaciones es inasumible por mucha gente
porque junta algunas muy justas y necesarias con otras, también de carácter
político e ideológico que poco o nada tienen que ver con los verdaderos
problemas que todos los docentes y alumnos sufren.
En
tercer lugar, el hecho de que sea solo en la Comunidad Valencia, aunque en
alguna que otra comunidad también hay movilizaciones, muestra que no busca tanto
resolver la situación educativa, igual de grave en el resto de España que aquí,
sino desgastar al Gobierno valenciano, con exigencias imposibles de satisfacer,
y lo saben, y posturas radicales como suspender las clases en 2º de bachiller
poco antes de la selectividad.
Por
todo esto, lamento esta oportunidad perdida. La oportunidad de decirle alto y
claro a los políticos que no es aceptable de ningún modo que hayamos tenido
ocho leyes generales de educación en 48 años, desde las primeras elecciones
democráticas. Que la educación es el futuro de un país y no se puede jugar con
ese futuro por intereses partidistas y cortoplacistas. Que los docentes, todos,
merecen respeto por parte de familias, alumnos y administración, un salario
digno y un reconocimiento social que muchas veces se les niega.
Sí,
debería haberse planteado con la totalidad de los docentes, a nivel nacional y
con unas reivindicaciones consensuadas, limpias de elementos ideológicos.
Entonces
sí hubiera salido a la calle, como otras veces he hecho, cuando sabía que lo
hacía por un bien superior, para todos, y que no le estaba haciendo el juego a
nadie.
Así no
es más que una huelga política.




