Una tarde de sábado, gris y tibia, de principios de otoño,
mientras esperamos a unos amigos con quienes compartiremos la cena, navego por Internet
y me encuentro con García Márquez que me dice algo bonito, lleno de esperanza.
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Recuerdo también los ecos secretos del silencio; la transparencia helada del vacío cristalino. Ese mundo se recoge en mí, más presente que el real, más vivo que la vida misma. Y me llena. Y me rodea. Y me protege.
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