Hay fotos que me parece bonitas, y no sé muy bien por qué. Como esta, que hice hace poco en un pueblecito minúsculo, no muy lejano. Quizá sea por su simplicidad. El árbol en otoño, el cielo muy azul de fondo, y una farola de las de toda la vida.
Recuerdo también los ecos secretos del silencio; la transparencia helada del vacío cristalino. Ese mundo se recoge en mí, más presente que el real, más vivo que la vida misma. Y me llena. Y me rodea. Y me protege.
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