Cada
vez se levantan más voces denunciando la situación lamentable de la educación
en España. Nada que ya no sepa y no haya experimentado a lo largo de mi vida
laboral, ya extinta.
Hablando
ayer de estos asuntos, se me removió una vez más la indignación, y para
aplacarla acudo esta mañana al blog, como otras veces. Esta es una de sus
funciones.
Voy a
presentar una prueba de cómo el nivel educativo ha descendido, al menos dos
cursos, en estos últimos 38 años. Y digo que es una prueba porque hay muchos
testigos que pueden corroborar mis palabras, mis alumnos de entonces.
Cuando
empecé como profesor de lengua y literatura española en la EGB, el examen
final, porque había examen final, en 8º, tenía dos partes. Una oral y otra
escrita. Octavo era lo que ahora es 2º de ESO, ¡ojo!
La
parte oral consistía en unas fichas, más de cien, de autores en las que
constaban sus datos biográficos, pensamiento y obras. Estas fichas las elaboran
los alumnos a lo largo del curso. El día del examen, de uno en uno, me daban el
taco de fichas, las barajaba y sacaba cuatro. Leía el nombre del autor y les
dejaba hablar. A dos puntos y medio como máximo cada una, y de ahí salía la
nota sobre diez.
La
escrita era un examen de tres horas. Una, un comentario de texto en el que
podían utilizar todo el material que quisieran, libro, apuntes, fichas,
diccionario… La otra consistía en preguntas de literatura, épocas y movimientos
literarios sobre todo. Y la tercera, análisis morfológico y sintáctico de
oraciones simples y compuestas.
Aparte
de esto, durante el curso leíamos libros de autores consagrados, no literatura
tontona para niños y adolescentes. Delibes, García Márquez, Machado, Juan Ramón
Jiménez, Bécquer… Trabajaban en equipo y hacían exposiciones orales. Y
cuidábamos la ortografía y la presentación de los trabajos y tareas.
Y
aprobaban casi todos. Haced esto ahora en 2º de ESO.
No me
quiero enrollar, pues corro el riesgo. Ni utilizar los términos feos que bien
se merecen los que han causado este despropósito.
Las
víctimas, los alumnos, todos, sobre todo los mejor dotados. Y los profesores,
agobiados por la burocracia inútil, confundidos por continuos cambios y
reformas, a cada cual más estúpida, vigilados por una sociedad que no les
reconoce nunca la presunción de inocencia, desarmados ante una indisciplina
cada vez mayor en las aulas… ¿Sigo?
¿Y los
verdugos?, ¡ay los verdugos! Primero los políticos que utilizan descaradamente
a la educación como arma contra sus adversarios y como herramienta de
adoctrinamiento, imponiendo su ideología y esa letal estupidez de lo
políticamente correcto. ¿Cuántas leyes de educación hemos tenido en la
democracia? ¡Qué vergüenza!
Y la
Universidad, que ahora se queja del nivel con que les llegan los alumnos, pero
que ha sido en ella donde “expertos” psicólogos y pedagogos que en su vida han
pisado un aula, han estado haciendo, y siguen, experimentos que mejor sería
hacer con gaseosa. Y luego a vivir de ellos, claro. Conferencias,
publicaciones, cursillos…
En
fin, mejor acabar ya. Y lo hago con una última reflexión, ¡no hay derecho! Y un
llamamiento a los alumnos, no dejéis que esta tropa de sinvergüenzas os
desgracien el futuro.