FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.
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sábado, 27 de junio de 2026

Es una actividad simplemente insostenible.

Es un tema del que he hablado muchas veces en el blog, pero voy a hacerlo otra vez, a las puertas de julio. Es el de las bicicletas de montaña por los senderos. Y vuelvo porque es a mi entender un asunto mucho más grave de lo que parece, y que se agrava en verano.

De entrada, las que llevan motor son vehículos a motor, por lo que por lógica deberían estar totalmente prohibidas en los senderos. Pero las otras, también.

No es cuestión de opiniones, son hechos, aunque no hay peor ciego que el que no quiere ver. La rueda no pisa, como el pie, arrastra y tritura abriendo una zanja que el agua se encarga de agrandar. En pocos años, muy pocos, un sendero de siglos se convierte en una zanja impracticable incluso para las bicis, por lo que para evitarla van ensanchándolo, por lo que acaba convirtiéndose en una rampa pedregosa de difícil tránsito y que facilita enormemente la erosión con las graves consecuencias que de ello se derivan.

También los hay que van más allá bajando a campo través sin respeto ni al terreno, ni a la vegetación, ni a casi nada que se les ponga por delante. De estos, afortunadamente no hay tantos.

Los senderos son un bien natural, forman parte del paisaje, cultural e histórico al que tienen derecho las futuras generaciones. Y la naturaleza no es un polideportivo, es un ser vivo toda ella, en la que se dan millones de interacciones (clima, suelo, vegetación, fauna…) que es necesario por el bien de todos respetar.

No me vale eso de que la naturaleza es de todos, porque precisamente porque es de todos nadie tiene derecho a agredirla ni a deteriorarla de ninguna forma, porque es de todos.

Y no es un problema de educación, como algunos piensan. “Yo voy despacio y respeto a los senderistas, las plantas, los bichos…” De muchos no lo dudo, lo he visto; es un problema de sostenibilidad.

El ciclismo en senderos es insostenible lo mires por donde lo mires. Y punto. Es un hecho, solo hay que salir y verlo.

Ante esto nadie está haciendo nada, simple y llanamente porque mueve dinero, mucho dinero. Ni las administraciones, ayuntamientos incluidos, ni los ecologistas. Todos miran a otra parte. Y callan. Luego se les llena la boca hablando de sostenibilidad.

Pero es mentira. Salid a los senderos de la Calderona. Un parque natural. O a los de aquí cerca, Las Rodanas, zona también protegida. En todas partes el deterioro de la red de senderos está siendo rapidísimo, y más desde que declararon legal esta actividad con unos argumentos absurdos e incluso cínicos.

Haría falta gestionar con valentía y ecuanimidad. Porque si la situación actual es hasta denunciable si alguien se pusiera a ello, la prohibición total pura y dura también sería un error. Ges-tio-nar, que es lo que no saben hacer, o no tienen lo que hay que tener para hacerlo.

            Esto acabará como acabó la acampada libre, prohibida. Y espero que no sea así, sin más, pero dudo mucho que haya gestores capaces de hacer esto bien. O seguiremos como ahora, la devastación, o lo prohibirán.

            Escribí en el blog una entrada en la que proponía una serie de medidas para reconducir esta situación sin radicalismos tan estériles como irritantes y a la postre, injustos. Si queréis leerla teclead en el buscador urge regular el ciclismo de montaña.

En fin, triste panorama el que tenemos delante. Calor desmesurado, grave peligro de incendios, basura, senderos reventados, actividades masivas en el medio natural…

Triste panorama.

A continuación podéis ver algunas fotos de senderos, todos ellos de zonas protegidas. Algunos los conocí antes de que las bicis los reventaran.










jueves, 11 de diciembre de 2025

Jugando en el sendero.

Andaba hace unos días con unos amigos por el alto Mijares que bajaba caudaloso entre paredes y pinares, atravesando un bosque de ribera aún en otoño, cuando sorprendimos a esta pareja de cabras jóvenes jugando en el sendero.

Tan entregadas estaban a su juego que no se percataron de nuestra presencia, lo que nos permitió hacerles unas cuantas fotos. Esta que comparto es la que más me gusta de las que hice.

En cuanto nos vieron, se fueron con el resto del rebaño, saltando sobre el río y encaramándose de un modo inverosímil por las paredes que nos envolvían.

Todo un espectáculo.



sábado, 17 de junio de 2023

Un cuento de ratas.


 

Érase una vez una tabla de madera muy grande, flotando en la procelosa mar “salá”. Sobre ella pululaban muchas ratas de diversos tamaños. Unas, pequeñas y escuálidas, otras digamos que normalitas, otras algo más grandecitas, y algunas, las menos, muy, muy grandes, más bien enormes.

Desde que el naufragio las dejó allí, abandonas a su suerte, se situaron la inmensa mayoría en la zona central del inmenso tablero, alejándose de los bordes que eran, obviamente, más peligrosos.

Pero ocurrió que, vete tú a saber por qué, la rata más grande de las grandes se situó en el lado izquierdo del tablero, según se mire la estrella polar, atrayendo hacia sí a un buen número de ratas con la promesa de que allí se estaba más seguro y que eso les conduciría a tierra firme.

Pronto, el tablero empezó a escorar hacia ese lado amenazando con arrojar al mar a toda la ratedad que allí se congregaba, y esto provocó que otras ratas se situaran al lado derecho de la tabla, según se mire la estrella polar, para contrarrestar tan peligrosa inclinación.

La gran rata gritaba, amenazando con toda suerte de males a las que se situaban en el lado derecho, asegurando que así no irían a ninguna parte, que se hundiría irremisiblemente el tablero ahogándose todas, que eso ya había ocurrido otras veces y bla, bla, bla.

Este cuento está inacabado. Puede tener tres finales. Elije tú el que más te guste.

Final 1. La gran rata convence a tal cantidad de congéneres que la tabla acaba escorando a la izquierda y toda la ratedad resbala, cae al mar y se ahoga o es devorada por los bichos marinos que esperan pacientemente, alrededor, este desenlace.

Final 2. Por reacción contra la gran rata y sus secuaces, se llena de ratedad el lado derecho, con lo que la tabla se inclina hacia ese lado, y toda la ratedad resbala, cae al mar y se ahoga o es devorada por los bichos marinos que esperan pacientemente, alrededor, este otro desenlace.

Final 3. La gran rata no logra convencer de que su lado es el mejor, pese a sus gritos y negros augurios si no le obedecen, y al armar tanto barullo en pleno verano, llama la atención de una gaviota hambrienta que se la come. Y entonces, libre de su tiranía, la ratedad vuelve a situarse en la zona central de la tabla, unos a un lado, otros al otro, pero más o menos por el centro, quedando en los extremos algunas ratas recalcitrantes que siguen convencidas de que ellas y solo ellas, tienen la llave de la salvación del tablero, pero ya no pintan nada. Y así, el tablero, llegó al fin a buen puerto.



jueves, 5 de enero de 2017

Cuento de la Noche de Reyes.


Érase una vez una familia buena y humilde que vivía hace muchos años en un pueblecito del Pirineo llamado Benasque. Los papás trabajaban duro para sacar adelante a los niños, Guayente  y Chuané, pero eso nos les sacaba de la pobreza. Eran tiempos duros y difíciles para todos.
El abuelo, el único que les quedaba, les ayudaba en lo que podía, con los ahorrillos que había podido reunir en una larga vida de trabajo en el valle y aventuras en las montañas. Había sido pastor en Estós y había hecho de guía con los primeros extranjeros que exploraron aquellas regiones remotas. Incluso había llegado a subir al Aneto acompañando a un conde francés. El abuelo, que les quería muchísimo y les contaba muchas historias de su vida, se llamaba José.
La Navidad les gustaba un montón a los niños. Hacían un belén con maderas, piedras y barro, pues no tenían dinero para comprar figuritas. La única que tenían era la del niño Jesús, que había sido del abuelo y del abuelo del abuelo, y ¡quién sabe! de más atrás todavía en el tiempo.
Después de la Misa del Gallo, cantaban villancicos por el pueblo, y luego en su casa. Después encendían la tronca y la golpeaban para que “cagara” regalos, que los papás habían escondido en sus arrugas y agujeros. Eran pequeñas cositas, sin casi valor, pero que les hacían mucha ilusión.
La tronca se mantenía encendida en la casa por lo menos hasta que llegaran los Reyes, para calentar al niño, y para que la Virgen pudiera secar sus pañales. Pero aun así hacía mucho frío en invierno para estar sin casi ropa en la cunita, y aquel año más. Se había helado hasta el río que la nieve, que se amontonaba en las calles, había cubierto.
Guayente y Chuané, ayudados por su mamá, le habían hecho una camisita al niño, y lo habían tapado con una mantita, pero los pies, los pies preocupaban a los chiquillos. ¿Estaría descalzo con estos fríos el Niño Jesús?
La víspera del día de Reyes volvió a nevar. Nevó mucho. Los niños, junto al fuego, pensaban qué hacer para ayudar a Jesús. Ellos sí tenían zapatos, y sus pies estaban bien calentitos. Entonces se les ocurrió una idea. ¿Por qué no dejamos en el balcón nuestros zapatos nuevos a los Reyes, para que se los lleven al Niño Jesús? Nosotros con los que tenemos y las alpargatas nos apañamos bien.
Pensado y hecho. Esa noche, en el balconcito de su casa, cubiertos por un tablero para protegerlos de la nieve, dejaron sus zapatitos nuevos, con una nota escrita por Guayente que ya sabía escribir, que decía: “Para Jesús. No queremos que pases frío”.
Se acostaron pronto, y aunque aguzaron el oído por si oían a los Reyes, sólo escucharon el viento y el aullido lejano de algún lobo hambriento. Se durmieron calentitos.
A la mañana siguiente, muy temprano, se despertaron. Ya no se escuchaba al viento. Era todo silencio. Por los cristales empañados entraban las primeras luces de un día limpio de invierno. Estaba raso, y aún en el cielo brillaba el lucero del alba. ¿O sería la estrella de Belén que ya se alejaba? Las Tucas de Ixeia, que se veían desde su habitación, estaban blancas, como talladas en mármol.
Había algo en el balconcito. Salieron emocionados, y bajo una lona, cubierta de nieve, había un montón de regalos, y en medio de ellos, sus zapatitos, con un papelito escrito con una letra preciosa, muy parecida a la del abuelo, que decía: “Para Guayente y Chuané, de parte de Jesús”.
Desde entonces, en el Pirineo, en Aragón y en muchas partes de España, los niños sacan al balcón sus zapatitos la noche de Reyes.

NOTA:
Este cuento es una adaptación personal del que leí en el libro titulado “Cuentos del pirineo para niños y adultos”, escrito por Rafael Andolz, y publicado por la editorial Pirineo, en Huesca, en diciembre de 1995.

lunes, 16 de marzo de 2015

Cuento. El príncipe que quería reinar... y no le tocaba. Tercera parte.

Palacio real de Nibelungia Karchofera.
Una luminosa tarde de primavera, los dos amigos paseaban por la playa después de un día de trabajo recogiendo frutos en el bosque. El agua les bañaba los pies y una suave brisa agitaba levemente los hermosos cabellos de Clorinda. El sol se ponía tiñendo el cielo de grana y oro sobre el bosque, y el horizonte lejano hacia oriente, se tornaba violeta y malva.
Se sentaron en la arena en silencio. Clotonio tomó a Clorinda de la mano y mirándola a los ojos le dijo, “¿sabes que hace mucho tiempo que te quiero?” Y en aquel momento, asomó la luna llena por el horizonte. Ella se le acercó y le besó.
Y entonces los padres de Clorinda recobraron su forma humana, y Clorinda vio sus manos como nunca las había visto. Vio sus uñas tubito y supo que era la legítima heredera. Y entendió toda su vida. Corrió al encuentro de quienes ya no eran lagartos y se fundió con ellos en un emocionado abrazo. Y juntos lloraron de alegría y también de tristeza, por la traición de Chichimulo, su hijo y hermano.
Mientras, en Nibelungia Karchofera algo había sucedido. Chichimulo se sintió súbitamente libre, y la bruja Gengiswalda entendió que algo había roto sus maléficos planes, y sabía que era el amor.
Entonces el príncipe se dispuso a reparar todo el mal que había hecho. Mandó inmediatamente encerrar a la bruja en una suntuosa estancia del castillo y allí la colmó de atenciones y cariño. Buenas gentes, amables niños, gatitos dulces y fieles perritos, la acogieron, escucharon su triste vida y fueron disolviendo su maldad y su perfidia.
Luego, él mismo, capitaneó el buque que le llevó a la isla Makalula. Cuarenta cañonazos advirtieron a sus habitantes de su llegada. Y cuando Chichimulo, desde la proa del navío, vio a sus padres y a su hermana en la orilla, gritó a los nobles que le acompañaban, “ahí tenéis a la verdadera reina de Nibelungia Karchofera”, y subiendo a un bote llegó a la playa acompañado de un nutrido grupo de nobles que le seguían en otros botes.
Cayó de rodillas ante sus padres llorando de arrepentimiento y pidiéndoles perdón. Su padre lo levantó y le abrazó. Su madre le acarició los cabellos, como a él le gustaba cuando era niño. Entonces pidió el cetro y la corona a un sirviente y se la devolvió a sus padres que, volviéndose hacia su hija, le dijeron, “Majestad, vuestra corona y vuestro cetro”. Y todos los presentes gritaron, “¡larga vida a la reina Clorinda!¡viva la reina Clorinda!”.
Y la reina tomó a su hermano de la mano, lo levantó del suelo y le dijo, “hemos de reconstruir el reino, tenemos mucho trabajo” y le abrazó. Luego se volvió hacia Clotonio que aguardaba asombrado junto a sus ancianísimos padres, y acercándosele le besó largamente. Después, volviéndose a todos dijo, aquí tenéis a vuestro futuro rey, Clotonio I.
Largos y sonados fueron los festejos de las bodas de Clorinda y Clotonio, y no menos los fastos de la coronación de ambos como reyes de Nibelungia Karchofera.
La felicidad volvió al reino por largos años. La bruja, vencida por el amor, se convirtió en fiel consejera e íntima amiga de la reina Clorinda. Y Chichimulo, como príncipe del feliz reino, trabajó incasable por la felicidad de todos sus súbditos.
Y los padres de Clorinda y Clotonio se retiraron a una hermosa cabaña en las montañas llamadas de La luz, al norte del reino, donde vivieron una muy feliz y larguísima ancianidad.
Y todos fueron felices, y comieron perdices, codornices y altramuces. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

¡Qué bonito! ¿verdad? Es que es un cuento.

jueves, 5 de marzo de 2015

Cuento. El príncipe que quería reinar... y no le tocaba. Segunda parte.


Dos meses después del encuentro entre el príncipe Chichimulo y la bruja Gengiswalda, la reina Bartulia dio a luz una hermosa niña, a la que llamaron Clorinda. Tenía las uñas “esklafás”. Sólo Chichimulo vio sus verdaderas uñas, y eran uñas tubito. Ella era la legítima heredera, pero nunca reinaría, pensó satisfecho. El rey seré yo.
La infanta Clorinda creció en Palacio convirtiéndose en una niña bellísima y muy bondadosa. La quería mucha gente, empezando por sus padres.
Chichimulo, preocupado, encerraba en su alcoba a su hermana todas las noches de luna llena, con cualquier pretexto, para evitar que nadie de los muchos que la querían la mirara a los ojos en el momento de salir la reina de la noche por el horizonte. Chichimulo se iba haciendo huraño, serio y distante.
El día que Clorinda cumplió doce años, se le apareció la bruja Gengiswalda, en forma de bella y elegante dama y le dijo, es peligroso que  Clorinda anda por ahí suelta. Podría romperse el hechizo. Tienes que deshacerte de ella y de tus padres. Vas a ser rey, ¡ya!
Chichimulo, horrorizado intentó negarse. Él quería a sus padres y en el fondo a su hermana. Pero no tenía voluntad. En él mandaba la bruja y no tuvo opción.
Acusó a sus padres delante de todos los nobles del reino de traición, con mentiras y falacias, y los desterró a la isla Makalula, una isla deshabitada, perdida, olvidada, que no estaba en mapa alguno.
Nada más desembarcar, ¡oh sorpresa!, sus padres se convirtieron en dos enormes lagartos. Y allí quedó Clorinda acompañada tan sólo por dos lagartos, triste, tristísima, abandonada a su suerte.
Había agua, comida abundante, pero no podía hablar con nadie. Pasaron días y semanas, y Clorinda se construyó una choza, donde refugiarse por las noches con sus padres, cuyos cuerpos verdes no podían proporcionarle ni tan siquiera calor.
Una mañana fría y nublada Clorinda sintió que le despertaba algo húmedo y caliente. Abrió los ojos asustada y vio un perrito que la olía con el hocico y le lamía la carita. Se abrazó a él. ¡Un perrito!
El perrito ladraba y ladraba, y moviendo el rabo salió corriendo a través del bosque con intención de que le siguieran. Le siguieron durante varias horas, y al fin, llegaron a un claro del bosque donde había una bonita cabaña y de ella salió un chavalín de unos doce o trece años llamando al perrito. Lobete, lobete, gritaba.
Cuando se vieron se quedaron parados. Poco a poco se acercaron y ella fue la primera en hablar. Soy Clorinda, y estos lagartos son mis papás, no les tengas miedo, dijo. Yo me llamo Clotonio y vivo aquí solo en esta isla, con mis ancianos padres, respondió él.
¡Qué maravilla! No estaba ya sola. Ni él tampoco.
Pasaron los días, pasaron las estaciones y los años y los dos chiquillos crecieron sanos, fuertes y felices. Los padres de Clorinda se hicieron amigos de Lobete, y los de Clotonio siguieron envejeciendo en paz y tranquilidad. La isla se había convertido casi en un paraíso.
Mientras, en Nibelungia Karchofera, reinaba Chichimulo, pero era la bruja quien reinaba en realidad. La oscuridad, la tristeza y la muerte se extendieron por todo el reino. Y Chichimulo sólo podía rabiar de arrepentimiento. Pero no había nada que hacer…Tomaba terribles decisiones, muy a su pesar. Había vendido su voluntad. Sólo la malvada y pérfida bruja era feliz.

                                           FIN DE LA SEGUNDA PARTE

domingo, 22 de febrero de 2015

Cuento. El príncipe que quería reinar...y no le tocaba. Primera parte.

        Con esta entrada inicio una nueva sección del blog titulada cuentos, así, sin más. Cuentos que empezarán con un érase una vez, o había una vez y acabarán con y fueron felices y comieron perdices, codornices y altramuces. Y siempre tendrán dos o tres partes.
             ¿Que por qué? Porque me gustan los cuentos y me gusta escribir. Ahí va el primero.

EL PRÍNCIPE QUE QUERÍA REINAR ...Y NO LE TOCABA.


Había una vez... un reino muy lejano, allende los altos páramos del norte, llamado Nibelungia Karchofera. Su joven rey, Milunio VI y su amada esposa, la reina Bartulia, tuvieron un hijo, el príncipe Chichimulo, llamado a gobernar el reino, siempre y cuando no tuviera una hermana de uñas tubito, en cuyo caso sería ella la futura reina. Eso decía la profecía:
Cuando naciere de reina una princesa de uñas tubito, ella sería por derecho la heredera al trono, aunque no fuere la primogénita.
En Nibelungia Karchofera todos tenían las uñas de las manos y de los pies planas, uñas “escklafás” las llamaban. No se sabía de nadie que las hubiera tenido redondeadas, tubito les llamaban. Esas uñas quedaban reservadas a los seres puros que habitaban los bosques verdes y las aguas cristalinas de lagos y arroyos.
El príncipe Chichimulo fue creciendo convencido de que sería el futuro rey, pero he aquí que su madre, la reina Bartulia, quedó nuevamente encinta cuando él contaba ya 17 años.
¿Y si el bebé fuera niña y tuviera las uñas tubito? Sólo pensar que podía perder el trono, removió en él sus más oscuros sentimientos y un ansia de poder malsana y ponzoñosa se adueñó de todo su ser.
Entonces tomó una peligrosa decisión. Pedirle ayuda a la bruja Gengiswalda la Peluda, que habitaba en lo más hondo del bosque prohibido, envuelta en una horrenda maraña de pelos llena de sapos, culebras, sabandijas, gusanos, arañas y demás bicharracos reptantes y repulsivos.
Una oscura noche el príncipe se internó en la espesura y, guiado por lo pérfido y equivocado de su decisión, llegó hasta la guarida repugnante y lóbrega de la bruja.
Gengiswalda la Peluda, que escrutaba los actos de todos los que albergaban malos sentimientos y se solazaba con ellos, lo esperaba.
-¿Qué buscas en lo prohibido príncipe Chichimulo? preguntó, y movió su cabellera que cayó sobre él, cubriéndolo del todo, a la vez que algunos de sus inmundos habitantes envolvían su cuerpo.
-¡Quiero ser rey!
-Lo serás, respondió la bruja, pero a cambio me ofrecerás tu voluntad para siempre. Así serás un gran y poderoso rey.
-¿Y si quien va a nacer es mujer y tiene uñas tubito? preguntó el príncipe. 
-Te he dicho que lo serás si me ofreces tu voluntad, respondió la maligna.
-Te la ofrezco de por vida, dijo Chichimulo. Y un trueno pavoroso sacudió el bosque prohibido.
Entonces la bruja le entregó un tarrito con una pócima y le dijo:
-Marca a tu madre en el vientre con este ungüento la próxima luna llena. No le hará ningún daño, pero si el bebé es niña y tiene uñas tubito, nadie en el reino las verá. Sólo si algún humano la mira con ojos de amor verdadero, justo cuando la luna llena salga por el horizonte, quedaría roto el encantamiento. Pero eso no sucederá jamás, jamás, jamás…
Y rió de tal modo que al príncipe se le pusieron de punta todos sus cabellos. Y dijo:
- Yo quiero ser rey, pero a nadie quiero hacerle daño. Gengiswalda volvió a reír más aún, de un modo más horrísono.
- ¡Ya me has dado tu voluntad! Eres mío, tú eres mío, y tu reino es mío, ¡ja,ja, ja! Tu ansia de poder me ha dado el poder ¡ja, ja, ja! ¡Eresssss míííííooooo, ja, requeteja, ja, ja!

FIN DE LA PRIMERA PARTE

miércoles, 12 de febrero de 2014

El pajarito Federico y la zorra Matilde.


            A la memoria de mi padre.

Cuando era muy niño, recuerdo que las mañanas de domingo, al despertarnos, íbamos mis hermanos y yo a la cama de mis padres a que el papá nos contara un cuento. Es éste uno de esos recuerdos antiguos, pero que permanecen asombrosamente nítidos en la memoria, tan nítidos como entrañables.
Uno de los cuentos que más nos gustaba es el que os voy a contar. Se llama, o al menos así lo llamaba mi padre, el pajarito Federico y la zorra Matilde. El nombre del pajarito, siempre lo entendí, era el suyo, pero el por qué la zorra se llamaba Matilde, nunca lo supe.
Pero bueno ahí va el cuento. Por si queréis contárselo a vuestros hijos, nietos, sobrinos…
Érase una vez… en un bosque muy lejano vivía un pajarito muy bueno y valiente que se llamaba Federico. Vivía también allí una zorra malvada y perversa de nombre Matilde.
La zorra se alimentaba, entre otros animalitos, de pequeños pajarillos que conseguía engañando a las pobres mamás con palabras falsas. Se paraba bajo los pinos donde había nidos y gritaba, “pajarita, pajarita tírame un pajarito”, y cuando la asustada pajarita se negaba llorando, la malvada zorra le replicada “si no me echas un pajarito, con mi rabo haré, ris, ras, ris, ras, cortaré el pino, caerá al suelo y me comeré a todos los pajaritos”. Al final las pobres pajaritas, para evitar lo peor, le tiraban un pajarito. Y así un día y otro, y otro.
Una mañana de primavera volaba el pajarito Federico por el bosque cuando oyó el llanto de una mamá pajaril. Se acercó y le preguntó por la causa de tan desconsolado llanto. La pajarita le dijo que la zorra Matilde había pasado hacia un rato, y había tenido que tirarle a uno de los pajaritos.
Se enfadó nuestro héroe y le dijo, “tonta, más que tonta, ¿tú no sabes que por grande que tenga la cola, no puede cortar con ella un pino? Mira, la próxima vez que venga le dices, rabo rabosino no corta pino, sino el buen pan, el buen vino y el hacha del vizcaíno”.
Así lo hizo la pajarita cuando volvió la zorra unos días después. Al pedirle que le echara otro pajarito le dijo “rabo rabosino no corta pino, sino el buen pan, el buen vino y el hacha del vizcaíno”. Entonces la zorra Matilde, encolerizada, le preguntó “quién te ha dicho eso”, a lo que contestó “el pajarito Federico, que es el más listo y valiente de todos los pájaros del bosque”.
La zorra se fue rabiando y pensando una venganza. Durante días no se supo nada de ella, hasta que una tarde, el pajarito Federico se la encontró, panza arriba, rodeada de curiosos, con las patas y la boca abiertas, muerta, quizá de hambre, quizá de rabia.
Entonces nuestro pajarito, recorrió el bosque diciendo que la malvada zorra había muerto, y que ya no había nada que temer. Después del recorrido, se posó triunfal sobre ella y ante todos los reunidos, de saltito en saltito llegó a la boca y se metió en ella para demostrar a todos que de verdad no había peligro. Pero entonces, la zorra Matilde, que no estaba muerta sino haciéndose la muerta, la cerró de golpe y gruñó ”a Federico me comí”. Todos quedaron sobrecogidos. Entonces el pajarito le dijo “me has ganado zorra Matilde, ahora me vas a comer; dilo bien fuerte, para que todos te oigan” La zorra volvíó a gruñir, pues decía “a Federico me comí” sin abrir la boca, y nada se le entendía. El pajarito volvíó de nuevo a decirle “zorra Matilde, grita bien fuerte que te has comido al pajarito Federico, ¿no tenías tantas ganas de pillarme?” Entonces la zorra Matilde, cogiendo mucho aire gritó “a Federico me comí” y al hacerlo abrió un poco la boca, momento que aprovechó nuestro héroe para salir volando como una flecha y gritarle “a otro a otro, que no a mí”.
Todos los presentes aplaudieron al pajarito Federico y la zorra Matilde, llena de rabía, vergüenza y hambre huyó del bosque para siempre. Y todos, en adelante fueron felices y…no comieron perdices, claro.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.