FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.
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martes, 1 de septiembre de 2026

Legislación obsoleta.


El tema de los incendios forestales tiene muchas vertientes, y solo la implicación de todas ellas, de manera coordinada y eficaz, puede ayudarnos a reducirlos. Hoy, a propósito del reciente incendio de El Saler, quiero hablar de una de esas vertientes: la judicial.

Estoy convencido de que la legislación al respecto está obsoleta. Como los jueces deben ceñirse a ella, el resultado es que, por mucho que la Guardia Civil se esfuerce —y pienso que lo hace— en determinar el origen del fuego, las consecuencias para el responsable resultan insuficientes. Esto ocurre incluso cuando se demuestra que el incendio fue intencionado y se consigue detener a su autor, especialmente si comparamos la pena con el daño causado.

Decía un periodista, hablando del autor del gravísimo incendio de Riglos de este mes de agosto, que a quien lo inició podían caerle hasta seis años de cárcel. ¿Hasta seis años? Como si eso fuera mucho. La legislación actual puede imponer hasta veinte si el incendio pone en peligro vidas humanas. Y aunque no las ponga, diría yo. Eso sería más proporcionado. Además habría que añadir la obligación de asumir los costes de extinción y de posterior restauración, lo que hipotecaría para siempre la vida del delincuente.

En el momento en que vivimos, con el cambio climático en marcha, las consecuencias de los incendios son de extrema gravedad. El daño humano y medioambiental resulta difícil de calcular, de hecho es incalculable, y las posibilidades de reparar los ecosistemas afectados son cada vez menores. A ello se añaden las ingentes cantidades de dinero que cuesta extinguir los incendios y restaurar las zonas quemadas.

Si nuestros representantes políticos se tomaran verdaderamente en serio la protección del medioambiente y de la naturaleza, esta situación cambiaría por completo. Las penas por los incendios forestales, y mucho más si son intencionados, deberían ser pues mucho más severas, especialmente cuando el fuego ponga en peligro vidas humanas, afecte a espacios protegidos o cause daños ecológicos irreversibles.

Ya sé que el endurecimiento de las penas no resolvería por sí solo el problema, pero podría ser un elemento más. Como se dice en valenciano, tota pedra fa paret.

Sin embargo, temo que esto no ocurra. Ni los responsables políticos ni la ciudadanía, por mucho que a veces parezca lo contrario, nos tomamos suficientemente en serio eso que el papa Francisco denominó la «casa común». Y es la única que tenemos.

martes, 28 de julio de 2026

Un jardín o un desierto.


 

Dije ayer que escribiría hoy sobre los incendios. Y eso voy a hacer. Y voy a hacerlo recordando la respuesta que un político, muy ecologista él, dio a un bombero que se quejaba de la falta de limpieza del monte. El monte no puede ser un jardín, le dijo.

Estúpidas palabras que mostraban su profunda ignorancia, justificando además, de paso, su absoluta incompetencia. Pensé, si no es un jardín será un desierto. Y hacia ahí vamos a marchas forzadas. Porque está claro que no están por la labor de que sea un jardín; a los hechos me remito.

El problema del fuego es complejo, y tiene varias causas bien definidas que voy a intentar explicar desde mi punto de vista que no es el de un técnico, sino el de alguien que siempre ha amado el monte, que por eso lo recorre incansable y lo conoce. Es ahí donde me siento de verdad libre, y yo soy más yo que en ninguna otra parte.

En primer lugar hemos de volver la vista al éxodo rural, a mediados del siglo pasado. El abandono masivo de los pueblos supuso dejar sin cuidado alguno miles de hectáreas de cultivos mayormente de secano, los caminos que a ellos accedían, las masías y las aldeas cuyos habitantes mantenían limpio el monte porque vivían de él y en él. La ganadería también fue a menos. Y hubo más consecuencias, pero para no hacerlo largo, podemos resumir diciendo que la interacción del hombre con la naturaleza se alteró profundamente.

Y ahí está el origen del problema. Desaparecido un ecosistema hombre-naturaleza muy arraigado en el entorno mediterráneo, la alternativa fue el abandono. Naturaleza sin hombre. No se buscó, ni se busca, crear otro ecosistema sostenible que incluya al hombre. El monte, como más, es polideportivo o parque de atracciones de una sociedad urbanita que desconoce y a menudo desprecia la naturaleza y su funcionamiento. Ignoran que es un ser vivo; para ellos son instalaciones deportivas.

Y de aquellos polvos vienen estos lodos. Porque ante esta situación, nadie, nadie ha hecho nada serio para buscar una solución, más bien al contrario, se han puesto zancadillas a menudo a quienes han intentado hacer algo al menos en su ámbito más próximo.

Son los cuatro aliados de los incendios que, cual jinetes del Apocalipsis cabalgan cada verano, y a veces fuera del verano, por nuestros montes.

El primero son los políticos, quiero pensar que no todos. En cualquier caso no han sido capaces de ponerse de acuerdo en una planificación a largo plazo para establecer un plan nacional que responda a las consecuencias del éxodo rural en nuestros montes. Por eso no lo hay.

También son ellos responsables de promulgar leyes demasiado tibias ante los delitos contra el medio ambiente. Provocar un incendio, por descuido o deliberadamente, debería ser tratado como crímenes contra la humanidad, como terrorismo. El daño que nos hace a todos es descomunal, la devastación absoluta, las consecuencias irreversibles.

Y también son responsables de no invertir el suficiente dinero en prevención, limpieza de montes, arreglo de caminos, vigilancia con las nuevas tecnologías (cámaras térmicas, drones etc.) Y no hablo solo del dinero que se nos va con la corrupción, sino del que se emplea en cuestiones meramente ideológicas, más que discutibles, mientras se escatima, por ejemplo, en vehículos y personal, necesarios cuando el desastre se desata.

El segundo, los ecologistas, también espero que no todos. Con esa obsesión por no intervenir en la naturaleza, "dejadla en paz, ella sabe cómo hacerlo", he leído en algún cartelito, demuestran su ignorancia absoluta y una ideologización que les impide ver la realidad. Si el monte llegó a nosotros como llegó a mediados del siglo pasado, fue por la interacción constante y estrecha con el hombre. Y la alternativa no es el abandono, sino buscar otras formas de interacción. En el ecosistema mediterráneo el hombre es un elemento esencial. La población dispersa, la agricultura, la ganadería, la caza, la pesca, la explotación forestal son imprescindibles para que el ecosistema sea sostenible. Sin la presencia adecuada del hombre el ecosistema mediterráneo se destruye.

No puedo olvidarme, permitidme decirlo así, de los imbéciles, de la mala gente que vive entre nosotros. De los que los provocan porque sí, o por cualquier peregrino motivo más o menos patológico; del de la barbacoa; del de la radial en la caseta; del de la motosierra; del que utiliza mal y a destiempo vete tú a saber qué máquina, de la basura echada por todas partes… En fin, mil formas hay de traer el infierno al paraíso y de quemar el presente y el futuro de pueblo enteros.

¿Y el cambio climático? Bueno, pues también. Pero si las cosas se hicieran como deberían hacerse, estoy convencido de que su impacto sería infinitamente menor. Más aún, creo que se podría reducir al mínimo. Impactaría en otros ámbitos, pero con el tema del fuego, no.

Pero bueno, ahí tenemos ardiendo Espadán, aquellas bellísimas montañas que no volveré a ver verdes. Eso aquí, que en otras partes… mejor no hablar. Y aún queda mucho verano, demasiado.

Por todo lo dicho concluyo que lo que dejaremos a las generaciones venideras, a los que no han nacido aún, a los niños y jóvenes de ahora, será un jardín o un desierto.

lunes, 27 de julio de 2026

La crónica de una muerte anunciada.


 

Fue el 14 de octubre del año 2012 el día en que inicié el blog. Una primera entrada explicando el porqué del nombre, Los ecos secretos del silencio, y una segunda, el mismo día, hablando de la devastación que el fuego había provocado aquel verano en muchos de nuestros montes.

Porque fueron los incendios los que me impulsaron a hacerlo. La brutal y rabiosa impotencia que sentía y siento ante esto, y la consiguiente necesidad de desahogo, es uno de los motivos. El hacer algo, por poco que sea, es el otro. Escribir, a veces, puede ser útil. ¡Qué más puedo hacer!

Decía un día un amigo que al escribir un blog uno lo que está haciendo es buscarse a sí mismo, buscar el reconocimiento de los demás. No es mi caso, y mucho menos en el tema del fuego. Si alguna de las muchas entradas sobre este tema alguien la hace suya y la publica en su nombre, lo que se llama plagio, no tengo ningún problema.

Todo el blog está abierto a cualquiera que desee hacerlo suyo. Permiso para plagiar. Porque, y hablando del fuego, la función de desahogo de mi impotencia ante los incendios estará cumplida, y si alguien con más predicamento que yo, hace públicas mis reflexiones y denuncias como si fueras suyas, ¡bendito sea Dios!

Y en esta línea escribo hoy, una vez más con el fuego como protagonista. Me he resistido a hacerlo porque me había planteado descansar dos meses y porque me cuesta mucho escribir sobre esto sin perder los estribos. Pero las trágicas circunstancias se imponen.

El tema del fuego es la crónica de una muerte anunciada. Mil veces anunciada. Pero poco o nada se hace para evitar esa muerte. Más aún, todavía hay quien tiene el cinismo y la sinvergonzonería de acusar del desastre al cambio climático en un simplificación de la realidad burda y ridícula.

No señor, no. No y mil veces no. Cínico y sinvergüenza hay que ser para decir eso y quedarse tan terne. Las causas son varias, y el cambio climático es una de ellas y no la más importante.

Pero claro, para eso hace falta ser capaz de hacer un análisis de la realidad más allá de ideologías y partidismos. Hace falta priorizar necesidades e invertir en atenderlas. Y prioridades hay tres, educación, sanidad y medio ambiente. Lo demás viene detrás.

Sobre todo esto hablaré en una próxima entrada que quiero publicar mañana. Hoy acabo reseñando algunas de las muchas que he escrito sobre este tema en la sección Montes verdes. Podéis leerlas tecleando el nombre en el buscador del blog, en su versión web, tanto en el móvil como en el ordenador.

Fue el verano de 2012.

¡¡¡Cuidadín!!! Estamos en un polvorín.

El monte vuelve a ser un polvorín.

Era muy bonito pero no hay que fiarse.

No estaría de más.

Evitar lo evitable.

Empieza el verano. Aviso importante.

¿A quién advierte el cambio climático, sr. Sánchez?

Desahogo desde el miedo y la tristeza.

Villanueva de Viver. Y dicen que progresamos.

domingo, 28 de junio de 2026

Hasta el cuarenta de mayo...


 

Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo, y en agosto frío en rostro. Estos dos refranes delimitaban los veranos de antes. Empezaba a hacer calor hacia el diez de junio y a partir del quince de agosto, fuera de las horas centrales del día, ya hacía una temperatura agradable, incluso fresca en ocasiones.

Cierto que había algunos días que el termómetro se disparaba, pero algunos días. Yo recuerdo aquellos veranos humanos, en La Cañada donde veraneaba. Y pienso también en Fuente la Higuera, donde pasábamos la primera quincena de septiembre, que al salir de la novena por las tardes, mis padres nos ponían bufanda.

Aquello pasó. Estos refranes quedan como testimonio triste de otros tiempos porque ahora son absolutamente falsos. Es muy grave lo que está pasando.

Riesgo extremo de incendios. Aragón, por ejemplo, ha restringido este fin de semana el acceso a zonas forestales, incluido el Pirineo, donde por ejemplo, en Benasque, han suspendido el servicio de autobús a Besurta, Vallibierna y Espigantosa.

En muchas zonas, la sequía asoma el hocico. Aquí en Ribarroja, en los tres meses de primavera han caído cuarenta y seis litros. Y con este sol implacable y estos calores, el monte está terriblemente seco y con una ingente carga de combustible.

En los Alpes cierran el acceso a muchas montañas por riesgo de avalanchas y rotura de los glaciares. Extreman la vigilancia de los que están sobre zonas habitadas.

Los vencejos y gorriones jóvenes que aún no saben volar, huyen de sus nidos recalentados y se estrellan contra el suelo. He visto ya varios.

En Francia el sistema de salud está saturado y muchas funerarias desbordadas. Golpes de calor, ahogamientos, infartos, agravamiento de enfermedades crónicas… Y así en otras partes de Europa.

Cierran ferrocarriles, vuelos, cancelan eventos de todo tipo. El turismo se contrae, saturando las zonas presuntamente más frescas y vaciando otras.

La agricultura se altera severamente al romperse los ritmos naturales de temperatura y humedad, ambientales y del suelo.

Y aún podríamos seguir desgranando las consecuencias de lo que nuestra torpe y egoísta forma de relacionarnos con la naturaleza está provocando.

La falta de una intervención en el mundo rural a largo plazo que facilita la despoblación y dispara el riesgo de incendios forestales; la reducción de la naturaleza a un polideportivo con actividades como el ciclismo o las carreras, con un fuerte impacto ambiental; la basura que orla carreteras, pistas y senderos, y otras muchas acciones u omisiones cotidianas, son la prueba del poco aprecio y nulo respeto que pese a lo que pueda parecer tenemos por el planeta en el que vivimos.

Y no es que por todo lo que le estamos haciendo a la naturaleza se esté vengando. No, no es una venganza, es que estamos rompiendo el casco del hermoso buque, ese prodigio de vida, por el que navegamos por el Universo. No se venga, lo estamos hundiendo nosotros mismos.

Por eso, porque lo estamos hundiendo, hemos de quitarnos el sayo mucho antes del cuarenta de mayo y esperar el frío en el rostro más allá del Pilar, bastante más allá.

sábado, 27 de junio de 2026

Es una actividad simplemente insostenible.

Es un tema del que he hablado muchas veces en el blog, pero voy a hacerlo otra vez, a las puertas de julio. Es el de las bicicletas de montaña por los senderos. Y vuelvo porque es a mi entender un asunto mucho más grave de lo que parece, y que se agrava en verano.

De entrada, las que llevan motor son vehículos a motor, por lo que por lógica deberían estar totalmente prohibidas en los senderos. Pero las otras, también.

No es cuestión de opiniones, son hechos, aunque no hay peor ciego que el que no quiere ver. La rueda no pisa, como el pie, arrastra y tritura abriendo una zanja que el agua se encarga de agrandar. En pocos años, muy pocos, un sendero de siglos se convierte en una zanja impracticable incluso para las bicis, por lo que para evitarla van ensanchándolo, por lo que acaba convirtiéndose en una rampa pedregosa de difícil tránsito y que facilita enormemente la erosión con las graves consecuencias que de ello se derivan.

También los hay que van más allá bajando a campo través sin respeto ni al terreno, ni a la vegetación, ni a casi nada que se les ponga por delante. De estos, afortunadamente no hay tantos.

Los senderos son un bien natural, forman parte del paisaje, cultural e histórico al que tienen derecho las futuras generaciones. Y la naturaleza no es un polideportivo, es un ser vivo toda ella, en la que se dan millones de interacciones (clima, suelo, vegetación, fauna…) que es necesario por el bien de todos respetar.

No me vale eso de que la naturaleza es de todos, porque precisamente porque es de todos nadie tiene derecho a agredirla ni a deteriorarla de ninguna forma, porque es de todos.

Y no es un problema de educación, como algunos piensan. “Yo voy despacio y respeto a los senderistas, las plantas, los bichos…” De muchos no lo dudo, lo he visto; es un problema de sostenibilidad.

El ciclismo en senderos es insostenible lo mires por donde lo mires. Y punto. Es un hecho, solo hay que salir y verlo.

Ante esto nadie está haciendo nada, simple y llanamente porque mueve dinero, mucho dinero. Ni las administraciones, ayuntamientos incluidos, ni los ecologistas. Todos miran a otra parte. Y callan. Luego se les llena la boca hablando de sostenibilidad.

Pero es mentira. Salid a los senderos de la Calderona. Un parque natural. O a los de aquí cerca, Las Rodanas, zona también protegida. En todas partes el deterioro de la red de senderos está siendo rapidísimo, y más desde que declararon legal esta actividad con unos argumentos absurdos e incluso cínicos.

Haría falta gestionar con valentía y ecuanimidad. Porque si la situación actual es hasta denunciable si alguien se pusiera a ello, la prohibición total pura y dura también sería un error. Ges-tio-nar, que es lo que no saben hacer, o no tienen lo que hay que tener para hacerlo.

            Esto acabará como acabó la acampada libre, prohibida. Y espero que no sea así, sin más, pero dudo mucho que haya gestores capaces de hacer esto bien. O seguiremos como ahora, la devastación, o lo prohibirán.

            Escribí en el blog una entrada en la que proponía una serie de medidas para reconducir esta situación sin radicalismos tan estériles como irritantes y a la postre, injustos. Si queréis leerla teclead en el buscador urge regular el ciclismo de montaña.

En fin, triste panorama el que tenemos delante. Calor desmesurado, grave peligro de incendios, basura, senderos reventados, actividades masivas en el medio natural…

Triste panorama.

A continuación podéis ver algunas fotos de senderos, todos ellos de zonas protegidas. Algunos los conocí antes de que las bicis los reventaran.










lunes, 22 de junio de 2026

No da más de sí.


Acaba de llegarme una foto de un termómetro de Zarrautz, hecha hace un momento, muy significativa y que no necesita comentarios. Allí, cuando lo instalaron nadie pensaba llegar a ver lo que ven hoy. Pensaban en los 15 bajo cero, era posible, pero 35… El termómetro no da más de sí.

Es grave, muy grave lo que está pasando. Da que pensar y asusta, porque estas aberraciones climáticas van a tener muchas e indeseables consecuencias.

sábado, 11 de octubre de 2025

Otoño de verdad.

Está siendo un otoño como debe ser el otoño. Cierto que en algunos lugares las lluvias están siendo excesivas en todos los sentidos, pero queramos o no es lo propio de estas tierras. También, a veces, hay otoños terriblemente secos, como el del año 2023 que hizo mucho daño, un daño silencioso como es el causado por la sequía.

Este año llueve, y por aquí está lloviendo muy bien, al menos de momento, porque parece que el festival aún no ha terminado.

El campo, el monte está esplendorosos; limpio, verde, húmedo. El agua corre por arroyos, forma pequeñas cascadas, se embalsa formando lagunas. Las fuentes manan y la vegetación entra en esa fiesta de color que por aquí también podemos disfrutar sobre todo en las riberas de los ríos y ramblas. El verde de los pinos se intensifica, y los troncos se oscurecen dándole a los pinares un ambiente norteño. El romero, que ya amarilleaba, vuele al verde intenso y el musgo se esponja. El agua decora con pequeñas gotas, telarañas, hojas y frutos de otoño. Y pronto saldrán las setas.

El cielo, gris, oscuro a ratos, azul otras veces dejando pasar los rayos de un sol incierto, es también un hermoso espectáculo. Y las nubes van y vienen, enganchándose en las montañas, acercándose al suelo, transformándose en niebla, descansando en las sierras.

Comparto, mientras llueve otra vez, unas cuantas fotos hechas ayer mismo cerca de aquí. No hay que irse muy lejos para disfrutar de la naturaleza cuando las cartas le vienen bien dadas.

Si podéis no os lo perdáis.











martes, 2 de septiembre de 2025

Fue el verano de 2012.


 

Fue el verano de 2012 terrible por estas tierras. El fuego arrasó muchos parajes muy queridos. La rabia, la impotencia, la tristeza me envolvieron como una tela de araña que se te pega y no puedes quitarte de encima. Y fue ese el motivo de iniciar el blog. Un desahogo, una forma de compartir el dolor.

Hoy, teniendo muy presente la catástrofe que el fuego ha causado en tantos y tan hermosos rincones de España, y con el miedo todavía en el cuerpo hasta que por fin llueva con ganas y nos deje el calor, quiero compartir la segunda entrada que escribí, tras la presentación en la que explicaba el motivo del nombre del blog.

Reitero lo que dije. Rabia debe ser el sentimiento. Una rabia que nos impulse a actuar no en plan activista descerebrado, que de esos hay muchos, y flaco favor nos hacen, sino de un modo serio, planificado y eficaz. Ya hablaremos de esto en otras entradas.

Ahora os dejo con la segunda entrada del blog. 14 de octubre de 2012.


Tuéjar, Benagéber, Cortes de Pallás, Dos Aguas, Cofrentes, Venta Gaeta, Viñuelas, Los Herreros, La Cabezuela, El Oro, Yátova, Macastre, Alborache, Turís, Montroy, Real de Montroy, Andilla, Oset, Sacañet, Canales, Alcublas, Bejís, Teresa de Viver, Liria, Altura, Chulilla, Sot de Chera, Gestalgar, Bugarra, Pedralba, Casinos…y aún hay más, aún hay bastantes más.

 

 Por fin llueve. Después de meses y meses de soportar “el buen tiempo”, por fin llueve. Pero para muchos montes, llueve sobre el negro y la ceniza. Llueve sobre la tierra muerta. Llueve tarde, demasiado tarde.

Y a los que conocimos todos esos rincones que ahora ya no están, y algunos ni estarán ya nunca más, no nos queda más que el recuerdo. No nos queda más que ver aquellas fotos del bosque verde, que comentar con quien también lo conoció, qué hermoso era, o que explicar a los que no lo conocieron, cómo era lo que ya no conocerán.

La vida, una vez más ha sido la gran víctima. Todos los que de un modo u otro estábamos unidos a aquellas tierras, somos los que lamentamos la catástrofe y sufrimos sus consecuencias. Unos más, otros menos, pero todos sentimos que nos han quitado algo muy nuestro y que, tal y como era, jamás lo recuperaremos.

Hay noches en que me despierto recordando tantos y tantos parajes entrañables en los que lo hemos pasado tan bien, y que sé que ya no están…Eran nuestro refugio. Allí hemos sido felices Isabel y yo. Seguíamos en ellos el paso de las estaciones. Nos alegrábamos pensando en ellos los días de lluvia y nuestra alegría era completa los escasos días de nieve…y nos inquietábamos cuando el odioso poniente duraba mucho o soplaba fuerte.

Otoño triste, montes tristes. La lluvia, sobre los árboles muertos y el suelo gris, es de una infinita tristeza.

El otro día, junto al esqueleto negro y roto de una higuera silvestre, de la que cogía deliciosos higos  los meses de septiembre, viendo que ya retoñaba, pensé, rabioso, que ante esto, no hay que lamentarse, no hay que hablar mucho, hay que actuar, como la higuera que ya retoña en medio del negro y la ceniza. No es la tristeza quien debe mandar. No es la impotencia. Es la rabia. La misma higuera quemada  nos lo dice, la montaña entera nos lo dice. Ella no se quedará con el gris y el negro. Ya están brotando hierbas, retoñando arbustos. El verde lucha por volver.

         Hay que ir al monte arrasado. Hay que saciarse del desastre. Hay que tener el coraje de volver a ese sitio que tan sólo hace unos meses era verde. Justo ahora es cuando más nos necesita. El monte calcinado, sus gentes salvajemente desposeídas de uno de sus más preciados bienes, es ahora cuando más nos necesitan. Y en pie ante el inmenso desastre, siguiendo el ejemplo de la propia montaña, hay que pelear de nuevo por la vida.

Sí. El sentimiento ha de ser la rabia, la rabia que nos lleve a la acción, a una acción ponderada pero eficaz, aunque ahora, la esperada lluvia de este otoño, sea en tantos y tan queridos rincones, de una infinita, de una inmensa tristeza.

sábado, 5 de julio de 2025

Lo que habría que hacer que no se hará.


 

Es evidente que no estamos en el país de Alicia, ese de las Maravillas, por lo que es imposible dar soluciones a la lamentable situación de nuestras montañas sobre todo en verano, pero sí podemos proponerlas aunque no sirva para nada. Es una forma de desahogarse a fin de cuentas.

Lo primero que habría que hacer es moderar la publicidad. Es demencial seguir haciendo propaganda de Ordesa, por ejemplo, cuando está desde hace años absolutamente saturado. Y es de juzgado de guardia publicitar el Parque Natural Posets-Maladeta, como un rincón del Pirineo tranquilo y sin casi turismo, porque es lisa y llanamente mentira.

También habría que afrontar dos de las grandes amenazas que tienen ahora en general nuestras cordilleras y en particular los Pirineos. Las carreras de montaña y las BTT. Son actividades deportivas poco sostenibles por muy de moda que estén y mucha gente que atraigan. Un negocio que se desarrolla en las montañas pero es ajeno a ellas. Habría que reducir tanto la cantidad de carreras como el número de participantes en ellas, por el impacto que tienen sobre el medio por donde discurren, y por la vulgarización de este que ante el gran público suponen. Si van ellos corriendo y en zapatillas, ¿no puedo ir yo andando?

Y las BTT deberían circunscribirse a pistas y caminos, o itinerarios predeterminados, debidamente señalizados y con su pertinente mantenimiento, evitando los senderos en la medida de lo posible ya que los destruyen en muy poco tiempo. Y por supuesto, el circular por montaña, fuera incluso de sendero, y el helibike, deberían estar prohibidos y además perseguidos por la ley de un modo muy riguroso, pues el daño que hacen es incalculable.

Otra cuestión es que habría que distinguir al montañero, del deportista y del turista. Todos tienen derecho, pero cada uno va a actividades claramente distintas, con distintas exigencias. Hoy en día los montañeros y escaladores, son minoría. Pero existen, existimos. Deberían facilitarnos el acceso a la alta montaña y no forzarnos a horarios de turista o de deportista. Esto en Francia lo hacen muy bien. Aquí es una vergüenza. Si quieres iniciar una ascensión importante a las 4 o las 5 de la mañana, en muchos sitios te has de pagar un taxi. En el valle de Arán lo hacen particularmente mal; para ellos el montañero no existe. Está todo orientado exclusivamente al deportista y al turista. Triste e injusto desprecio a quienes dimos a conocer al mundo la existencia de estos valles y estas montañas.

Los accidentes deberían ser peritados de tal modo que si son consecuencia de una imprudencia, el accidentado se pague el rescate. Un esguince si vas en zapatillas por determinados terrenos, un golpe de calor, una hipotermia, un enriscamiento, un resbalón en un helero, una desorientación, la fatiga extrema, son casi siempre evitables si se va a la montaña como toca. Horarios racionales, no salir con calor a las 10 de la mañana monte arriba, por ejemplo. Material adecuado, calzado, bastones, gafas, filtro solar etc. Ropa adaptada a la excursión a realizar y la época del año. Conocimiento del terreno o buena utilización del mapa o del GPS. Agua y comida según esfuerzo previsto. Conocimiento de los partes meteorológicos. Ser conscientes de nuestras capacidades reales. Y sobre todo humildad. Saber renunciar, saber retroceder, aceptar no lograr el objetivo. Eso exige, y lo sé por experiencia, mucho más coraje que jugársela para ver quién puede más, la montaña o yo.

Porque a las malas, ella es quien tiene la última palabra. Ella es la fuerte, y nosotros los débiles. Si entramos en ella es porque nos deja entrar. Si llegamos al lago es porque nos deja llegar. Si hacemos cima, es porque nos ha dejado hacer cima.

Valdría para acabar decir respeta y serás respetado. Pero eso no va a ser así. Hay mucho dinero en juego, mezquinos intereses políticos, como siempre, y una profunda ignorancia de lo que es la montaña junto a una falta absoluta de respeto por el medio ambiente en general, por extraño que nos parezca.

Y un egoísmo esencial. Como el de aquel joven que bajaba a saltos por una ladera pedregosa tirando piedras a los que caminaban por el sendero que subía haciendo lazadas, y a la pregunta de ¿pero qué haces? ¿no ves que vas a matar a alguien? respondió, es que me divierto.

No hay más ni menos que hablar. Yo me divierto, lo demás, me importa un bledo.

Se ha perdido el respeto a la montaña.


 

Este verano ha empezado bravo con el asunto de los rescates en la montaña, y va a ir a más. La Guardia Civil trabaja sin descanso y los medios de comunicación se hacen eco de la situación todos los días.

Las causas de esto las tengo muy claritas hace ya tiempo, y por eso sé que no hay solución posible. Y sé también que cuando se decidan a darla lo harán de tal manera que pagarán justos por pecadores, como pasa siempre, lo que no será realmente solución.

Se ha perdido el respeto a la montaña, sería una frase que resumiría lo que está sucediendo, pero que no es operativa sin ir más allá y buscar qué es lo que ha hecho que se le pierda el respeto.

La masificación del turismo de montaña, provocada por una publicidad exagerada e innecesaria que impulsa a muchísima gente a ir sin saber a dónde va, ni a qué va, ni por qué va, es la primera causa.

También hay quien sabe a qué va. A un polideportivo o a un parque de atracciones donde todo está permitido. Y el problema es que no lo es; ni una cosa ni la otra. Las BTT y las carreras están detrás de esto. La montaña, y más aún la alta montaña no son un polideportivo ni un parque de atracciones. A ver quién pone el cascabel a este gato.

Sucede también que ante tan desmedida afluencia de una mayoría no preparada para ir a la montaña, se prepara a la montaña para la gente. Pero las exigencias del terreno y el clima son lo que son; sin contar con las propias limitaciones a menudo distorsionadas. Todo esto supone para más de uno una auténtica trampa.

Porque, y es otra causa, vivimos en la época de ese eslogan ridículo y falso de que tú quieres, tú puedes. Esto es verdad solo a veces, y en la montaña también solo a veces. ¿Y cuando no es así?

Tampoco hay que olvidar la vanidad que está detrás de muchos accidentes. Ir al Aneto o al Monte Perdido para luego decir que he estado allí, porque suena muy bien. Eso no es hacer montaña ni ser montañero. Es pura tontería que puede ser además peligrosa.

Hubo una época, que afortunadamente viví, en que en la montaña solo había montañeses y montañeros. Y campamentos juveniles, no hay que olvidarlos. Los unos estaban en su tierra, los otros la habían descubierto y la amaban, y en los campamentos nos iniciábamos en ese amor los que no habíamos nacido allí.

Tampoco éramos demasiados, y para todos, la montaña era un mundo soberbio, salvaje, que nos infundía respeto y nos llenaba de admiración. Pero tristemente pasó lo que el ilustre pirineísta Henry Russell dijo que pasaría.

Cuando un rincón de la naturaleza se descubre, los Pirineos, primero se da a conocer. Cuando lo conocen demasiados, se vulgariza. Y cuando se vulgariza, se destruye. Y no solo la montaña, sino algunos de los que se acercan a ella. Porque si rompemos el ecosistema nos rompemos nosotros con él. Y es lo que está pasando.

¿Significa esto que no tiene todo el mundo derecho a disfrutar de las montañas como le plazca? ¿Cómo negar este derecho? No se puede negar, evidentemente, pero sí podríamos quedarnos en el conocimiento y evitar la vulgarización y por consiguiente la destrucción, evitando así además la mayoría de los accidentes.

En una próxima entrada expondré lo que pienso que se podría hacer si estuviéramos en el País de las Maravillas de Alicia.

martes, 1 de julio de 2025

Una actividad insostenible, las BTT en senderos.

"Incluso la dinamita es benéfica cuando sirve para defender lo que debiera ser protegido o para destruir lo que destruye, en el caso de que el legislador demasiado débil, ciego o complaciente falta a su misión".

Este texto del libro, La montaña y el hombre, publicado en 1977, del escritor y montañero francés Georges  Sonnier, no es apología del terrorismo, aunque lo pueda parecer; expresa lo que él, como yo, y como otros muchos, sentimos cuando vemos, impotentes, como los atentados contra la naturaleza se suceden sin que nadie haga nada por detenerlos. 

Irrita, indigna, enfada. Y más aún hoy, casi cincuenta años después de que fueran escritas estas palabras, cuando la palabra sostenibilidad ni la oíamos, resulta vergonzoso que cuando más se habla de ella, continuemos impulsando y promocionando, incluso inventando actividades absolutamente insostenibles.

El cinismo y la incoherencia elevados a su máxima expresión.

Estoy hablando de la decisión del Gobierno Valenciano de abrir a las bicicletas de montaña los territorios protegidos desde hoy, 1 de julio, cuando lo que habría que hacer es regular el acceso de estos vehículos a cualquier entorno natural, prohibiendo explícitamente el tránsito por los senderos estén donde estén.

Las bicis de montaña, con o sin motor, rompen los senderos. Esto es un hecho evidente e irrefutable. No hay más que salir al monte y verlo. La rueda hace un surco que el agua agranda. En pocos años, un sendero centenario se convierte en una zanja difícilmente transitable.

Quien no quiere ver esto es el que solo piensa en su propia diversión o quien atisba dinero tras esta actividad en expansión explosiva. Ambos han presionado a los políticos que han cedido ante peñas, algunos ayuntamientos y la federación. A ninguno de ellos les importa un bledo el medio ambiente, mientras la palabra sostenibilidad la siguen utilizando con un cinismo hiriente.

Escuché los argumentos que dieron para el cambio de legislación. El primero, que las restricciones del acceso de las bicis al medio natural eran unas medidas sectarias. No lo entendí. No logré ver a qué secta se referían, porque los ecologistas, en esta historia, callan y miran a otra parte. Y si no son ellos, ¿Quién? el ku klux klan.

Luego se atrevieron a decir que el tránsito de estos vehículos debería hacerse sin perjudicar el entorno por el que discurren, lo cual es una solemne imbecilidad. Es como decir que puedo apuñalar al vecino siempre y cuando no le haga daño. Porque el problema es que las BTT rompen los senderos, siempre, y en poco tiempo. Y alteran el entorno por el que pasan. Erosión, ruidos, basura…

Podríamos, intentar al menos, con educación, evitar los ruidos, en el monte no se grita; la basura, no tires nada, llévate los envases vacíos; e incluso concienciar de que el que anda tiene prioridad absoluta en el sendero. Sí, esto se podría hacer, pero este no es el problema. El problema es la erosión y la alteración de los ecosistemas. Y la única forma de evitar esto es la prohibición de las BTT en todos los senderos.

Aquí tenemos un caso de legislador, ciego, débil y complaciente que sucumbe ante la presión brutal de los agentes de una actividad deportiva insostenible y en expansión en el medio natural. Y también vemos el silencio cómplice de quienes deberían alzar la voz en defensa de la naturaleza y en concreto de la montaña, ecologistas y federación, que prefieren no mancharse en este barro, ellos sabrán por qué.

Estoy seguro de que igual que la acampada libre se prohibió porque era del todo insostenible, el acceso de las BTT a los senderos y territorios protegidos también se prohibirá, pero para entonces se habrá hecho, mucho, muchísimo daño, en ocasiones irreversible.

Ni la dinamita, ni cruzar troncos o cuerdas, ni clavos en los senderos. Nunca la violencia ha servido para nada, como no sea para generar más violencia. A la violencia que para las montañas suponen las BTT fuera de pistas y caminos, no debemos responder con violencia, sino con la palabra, como estoy haciendo yo ahora. Y echándole imaginación al asunto. Quien crea que esto que he dicho es verdad, que levante la voz, donde sea, cuando sea. Callar es ser cómplice. Cuando hay agresor y agredido, el silencio es agresión. Nuestra dinamita ha de ser la palabra.

Y después de todo, cuando hablo de estas cosas que tanto me duelen, siempre llego a la misma conclusión. “que me quiten lo bailao”. Durante años gocé de unas montañas, allá y aquí, limpias y libres, solitarias; montañeses, montañeros, cazadores y poco más. Y las amé ya desde niño.

Por muy bien que vayan las cosas, al filo de los setenta, ya no me queda tanto tiempo de seguir gozándolas. Y sigo gozándolas, pues las conozco de tal manera que puedo pasarme jornadas enteras sin encontrarme con nadie en pleno mes de agosto. ¿Por qué entonces me duele tanto cuando veo una bici por un sendero, o una carrera de montaña masiva donde todos corren sin ver?

Porque duele que hagan daño a lo que amas, y por las generaciones venideras que nunca podrán disfrutar lo que yo pude y aún puedo disfrutar, casi como un furtivo.

La naturaleza y los que vienen detrás. Eso me duele.


Aquí veréis fotos de senderos rotos por las BTT.












            En estas fotos, algo peor. Cuando van a campo través empiezan como en la primera foto y acaban como en la segunda.



           Y para acabar la inevitable basura que también podría ser de corredores. Esto, con educación se podría controlar. Lo otro no.








martes, 3 de junio de 2025

Un pequeño panal.

Andando por esos montes me encontré un día de estos con este pequeño panal colgado de un tronco, tan cerca del sendero que no creo que dure mucho tiempo, porque cualquier gilipollas lo arrancará y disculpad el palabro, para llevárselo de recuerdo a casa, o alguno de estos vehículo sin motor (también con él) que proliferan descontroladamente, se lo llevará por delante.

Estuve un rato contemplándolo. Por lo que he podido averiguar era un panal de abejas jóvenes que en ese momento estarían en su faena entre las flores de esta primavera. El panal era también nuevo, pues aún no había adquirido los tonos dorados que adquieren por el trabajo en ellos de las abejas.

Era precioso. La perfección de su estructura, el blanco de la cera nueva, la forma en que colgaba del tronco, me maravillaron. Y el imaginar al pequeño enjambre construir aquello, más.

En fin, una vez más, que me quiten lo “bailao”. Yo lo pude disfrutar. Ahora ya no creo que esté. Pero no pasa nada, estamos todos muy concienciados con eso del medio ambiente y la sostenibilidad es siempre nuestro criterio de actuación. ¿A que sí?







viernes, 30 de mayo de 2025

¿Qué estamos haciendo con la Casa Común?

A través de la grandeza y la belleza de las criaturas se conoce por analogía al autor. Sb.13,5.


Esta sexta entrada dedicada al papa Francisco (me planteé escribir siete, de momento) la voy a dedicar a su preocupación por lo que llamaba la Casa Común, la creación, la naturaleza, el medio ambiente. Llamémosle como le llamemos, en el fondo, hablamos de lo mismo.

Lo que ocurre es que el concepto casa común permite ilustrar de un modo sencillo y muy directo el problema para abordarlo mejor. Si reducimos el planeta Tierra a una gran casa con amplios jardines, rodeada de bosques, tierra fértil, un río…, y a todos sus habitantes a una gran familia que habita esa casa, es muy fácil dibujar lo que hemos hecho y seguimos haciendo con nuestro mundo.

En esa gran casa hay sitio y recursos para todos los miembros de esa familia. Y si se repartieran con justicia, todos podrán vivir bien. Pero la realidad dista mucho de esa deseable situación.

En esa casa, algunos miembros de la familia se han quedado con las mejores estancias. Han dejado a otros rincones confortables, para que no se rebelen, pero solo eso. Y a otros muchos les han dejado viviendo a la intemperie, mejor dicho malviviendo. Además todo lo que producen los campos de la casa es consumido directamente por los primeros, que dejan los restos y a menudo nada a los últimos, los descartados, diría el Papa.

También sucede que, como los privilegiados cada día quieren más y más, fuerzan las cosechas, esquilman los ríos, talan los bosques que rodean la casa para aprovechar la madera, remueven y rompen la tierra para sus juegos y divertimentos, arrojan sus basuras lejos de sus habitaciones lujosas y sus terrazas…

Podríamos seguir con esta analogía que resulta, cuanto menos curiosa. Pero demos un paso más. Esta casa no es propiedad de ninguno de los miembros de esta familia. Alguien se la ha regalado con la condición de que la cuiden y todos sean en ella felices. Todos. ¿Qué estamos haciendo con ese regalo? ¿Qué podremos decirle al dueño cuando nos pida cuenta de lo que hemos hecho con su regalo?

Desde esta perspectiva es muy fácil ver por qué el papa Francisco vincula tan estrechamente el cuidado de la naturaleza con la justicia social. No son dos cuestiones paralelas, sino las dos caras de la misma moneda. No se puede cuidar de la casa sin cuidar de quienes la habitan, y viceversa.

Y hay un asunto más. Explotar la casa y sus recursos, sus campos, sus bosques, su río, en favor de unos pocos acabará haciéndola toda inhabitable. “No hay mañana si destruimos el medio ambiente que nos sostiene”, dice en su autobiografía.

Siempre he sido un enamorado de la naturaleza. Desde que tengo uso de razón. Recuerdo entre las brumas de la infancia, días azules en el monte, el olor del campo tras la tormenta, el sonido del río, de la lluvia en las hojas, el silencio de una cumbre solitaria, el cielo nocturno cuajado de estrellas…, y la sensación de sentirme siempre en ella protegido y libre.

Por eso, cuando aquel arzobispo argentino fue elegido Papa y eligió el nombre de Francisco, por san Francisco de Asís, me sentí enseguida muy cerca de él. Y el paso de los años ha ido acercándome más y más. Su preocupación por la Casa Común es la mía. Y es real, tangible. No es un sentimiento romántico. Me duelen cada día y en carne propia, desde los que tiran el bote por la ventanilla del coche, o rompen senderos y laderas con sus bicis, pasando por los temidos incendios forestales, hasta las aberraciones de multinacionales y políticos que esquilman la tierra en favor de unos pocos, o que preparan y hacen la guerra como lo más natural del mundo.

Es en su encíclica Laudato Si’, publicada en Roma, el 24 de mayo de 2015, tercer año de su pontificado, día de Pentecostés, donde expresa su forma de ver el cómo y el por qué hemos de cuidar la Casa Común.

Acabo compartiendo textualmente uno de los últimos puntos de la encíclica, el 243. Porque como también dice “que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza”. Y este punto está henchido de esperanza.

"Al final nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de Dios (cf. 1 Co 13,12) y podremos leer con feliz admiración el misterio del universo, que participará con nosotros de la plenitud sin fin. Sí, estamos viajando hacia el sábado de la eternidad, hacia la nueva Jerusalén, hacia la casa común del cielo. Jesús nos dice: « Yo hago nuevas todas las cosas » (Ap 21,5). La vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados".