Hasta
el cuarenta de mayo no te quites el sayo, y en agosto frío en rostro. Estos dos
refranes delimitaban los veranos de antes. Empezaba a hacer calor hacia el diez
de junio y a partir del quince de agosto, fuera de las horas centrales del día,
ya hacía una temperatura agradable, incluso fresca en ocasiones.
Cierto
que había algunos días que el termómetro se disparaba, pero algunos días. Yo
recuerdo aquellos veranos humanos, en La Cañada donde veraneaba. Y pienso
también en Fuente la Higuera, donde pasábamos la primera quincena de
septiembre, que al salir de la novena por las tardes, mis padres nos ponían bufanda.
Aquello
pasó. Estos refranes quedan como testimonio triste de otros tiempos porque
ahora son absolutamente falsos. Es muy grave lo que está pasando.
Riesgo
extremo de incendios. Aragón, por ejemplo, ha restringido este fin de semana el
acceso a zonas forestales, incluido el Pirineo, donde por ejemplo, en Benasque,
han suspendido el servicio de autobús a Besurta, Vallibierna y Espigantosa.
En
muchas zonas, la sequía asoma el hocico. Aquí en Ribarroja, en los tres meses de
primavera han caído cuarenta y seis litros. Y con este sol implacable y estos
calores, el monte está terriblemente seco y con una ingente carga de
combustible.
En los
Alpes cierran el acceso a muchas montañas por riesgo de avalanchas y rotura de
los glaciares. Extreman la vigilancia de los que están sobre zonas habitadas.
Los
vencejos y gorriones jóvenes que aún no saben volar, huyen de sus nidos
recalentados y se estrellan contra el suelo. He visto ya varios.
En
Francia el sistema de salud está saturado y muchas funerarias desbordadas.
Golpes de calor, ahogamientos, infartos, agravamiento de enfermedades crónicas…
Y así en otras partes de Europa.
Cierran
ferrocarriles, vuelos, cancelan eventos de todo tipo. El turismo se contrae,
saturando las zonas presuntamente más frescas y vaciando otras.
La
agricultura se altera severamente al romperse los ritmos naturales de
temperatura y humedad, ambientales y del suelo.
Y aún
podríamos seguir desgranando las consecuencias de lo que nuestra torpe y
egoísta forma de relacionarnos con la naturaleza está provocando.
La
falta de una intervención en el mundo rural a largo plazo que facilita la
despoblación y dispara el riesgo de incendios forestales; la reducción de la
naturaleza a un polideportivo con actividades como el ciclismo o las carreras,
con un fuerte impacto ambiental; la basura que orla carreteras, pistas y
senderos, y otras muchas acciones u omisiones cotidianas, son la prueba del
poco aprecio y nulo respeto que pese a lo que pueda parecer tenemos por el
planeta en el que vivimos.
Y no
es que por todo lo que le estamos haciendo a la naturaleza se esté vengando.
No, no es una venganza, es que estamos rompiendo el casco del hermoso buque,
ese prodigio de vida, por el que navegamos por el Universo. No se venga, lo
estamos hundiendo nosotros mismos.
Por
eso, porque lo estamos hundiendo, hemos de quitarnos el sayo mucho antes del
cuarenta de mayo y esperar el frío en el rostro más allá del Pilar, bastante
más allá.

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