Dicen
que el Papa no da puntada sin hilo, y tampoco en sus viajes; y considerando que
el momento que vivimos en España es particularmente crítico, esperaba con
expectación sus palabras y sus gestos.
No
porque vaya a cambiar algo, ¡ojalá!, sino porque al menos nos quedará el
consuelo de que nos lo advirtieron, "ya os lo dije, ese no es el camino". Y
también por ver hasta qué punto se entera de lo que pasa en el mundo, al menos
en este país.
Y no
ha tardado nada en cumplir mis expectativas. "La tentación de ganar
popularidad, avivando el fuego de las polarizaciones, parece crecer en lugar de
disminuir. La dignidad humana no deja de ser violada (...) Por eso necesitamos
cultura, interioridad, una educación libre y de calidad”.
Estas
palabras, recién pronunciadas, ponen el dedo en la llaga, y demuestran que sí
sabe lo que se cuece por estas tierras.
Es
España un país dividido y enfrentado desde que las llamadas izquierdas
decidieron finiquitar el espíritu de la transición, espíritu de concordia y
consenso, iniciando una progresiva radicalización, lo que provocó un fuerte
resurgir de la extrema derecha que estaba reducida a grupúsculos irrelevantes. Y
en esas estamos.
Mantener
abiertas, con un maniqueísmo cargante y simplón, las heridas de la Guerra
Civil, es una de las tareas más innobles que pueda concebirse. Erosionar la
división de poderes, base de la democracia, es jugar con fuego. Llevar la
corrupción, aliada con inconfesables intereses políticos, hasta las más altas
esferas del estado, es vergonzoso e inadmisible. Manipular la educación hasta
límites, en ocasiones ridículos, es reventar el futuro.
No va
desencaminado León XIV cuando habla de cultura, interioridad y educación libre
y de calidad. No se equivoca cuando dice que está en juego la dignidad humana, violada,
por ejemplo, en los niños y adolescentes, cuando el profe de turno, sea del
signo que sea, manipula sus mentes según sus personales y discutibles
criterios.
Tiempos
difíciles para el diálogo, el consenso y la paz. El mismo miedo me da los que
arrancan cruces o hacen burla de creencias y símbolos religiosos, que los que a
la sombra de estandartes y entre velas e inciensos hablan de la cristiandad,
concepto este con rancias y peligrosas connotaciones.
Le doy
la bienvenida a León XIV con la esperanza de que su presencia, sus palabras y
sus oraciones curen, aunque sea un poco, las profundas heridas que nos afligen.
¡Bienvenido
Santidad!

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