Como
si se tratara de la primera secuencia de una de estas películas catastrofistas vemos
asombrados la cara norte del Cervino con una gigantesca cascada. Lo que ocurre
es que no es una película. Esta impresionante y bellísima montaña de los Alpes,
de la que se ha dicho que es el más noble escollo de Europa, escenario de
grandes gestas, terribles tragedias y profundas alegrías es uno de los símbolos
del alpinismo y probablemente una de las montañas más conocidas del mundo.
Con su
inconfundible presencia eleva solitaria sus 4478 metros, rodeada, de glaciares y, a respetuosa distancia, otros muchos cuatromiles. Pienso que es una de las montañas más bonitas del
mundo. Quizá la montaña por excelencia.
Su
cara norte, de 1200 metros, oscura, helada, a menudo nevada en verano, ha sido escenario de algunas de las ascensiones clásicas de los Alpes, reservada a quienes gozan de un
alto nivel de escalada.
He
podido disfrutar de ella en varias ocasiones, contemplándola desde el pueblo,
Zermatt, desde un pequeño lago a sus pies donde pasé varios días acampado; desde
el refugio de la vía normal por Suiza, el refugio de Hörnli y desde las
montañas a las que he ascendido en aquel valle suizo donde ella reina como
dueña y señora, eclipsando incluso con su presencia a la segunda más alta de los Alpes
que se eleva frente a ella, el Monte Rosa.
Pues
bien, como he dicho, desde hace unos días una monumental cascada que se ve
desde el pueblo cae por su cara norte. En alguna ocasión en veranos muy
cálidos, o después de fuertes tormentas, se han visto pequeñas caídas de agua,
pero nunca lo que ahora estamos viendo.
Y esto
es significativo y muy peligroso. El calor excesivo no es que sea malo para nosotros, que lo es, es
la naturaleza entera la que está afectada, transformándose de un modo muy
acelerado con consecuencias que no sabemos a dónde nos pueden llevar, y ni si
seremos capaces de adaptarnos nosotros a dichas trasformaciones.
En el
mundo de la montaña está teniendo un impacto directo, cerrando, quizá para
siempre, rutas de ascensión clásicas, forzando a abrir otras nuevas, aumentando
su dificultad e incluso haciendo inviable el acceso a ciertas cimas, aparte de
disparar el número de accidentes.
La
norte del Cervino, ahora con su enorme cascada, es tan hermosa como trágica, es
un grito de la montaña, de la naturaleza, diciéndonos alto y claro, que nada va a
ser como era hace tan solo unas pocas décadas.
La
pregunta es ¿cómo estará la humanidad en este nuevo horizonte hacia el que cada
vez más y de un modo más evidente se encamina el planeta? Porque la vida se
adaptará a los cambios, como lo ha hecho desde que surgió en la tierra, durante millones de
años, pero nosotros ¿seremos capaces de hacerlo?
Ante
la gran cascada de la norte del Cervino me viene a la mente el final de un
himno de la liturgia de las horas:
Que el
hombre no te obligue,
Señor,
a arrepentirte
de haberle
dado un día las llaves de la tierra.
A
continuación tenéis el himno entero.
Alfarero
del hombre, mano trabajadora
que,
de los hondos limos iniciales,
convocas
a los pájaros a la primera aurora,
al
pasto, los primeros animales.
De mañana
te busco, hecho de luz concreta,
de
espacio puro y tierra amanecida.
De
mañana te encuentro,
Vigor,
Origen, Meta
de los
sonoros ríos de la vida.
El
árbol toma cuerpo, y el agua melodía,
tus
manos son recientes en la rosa;
se
espesa la abundancia
del
mundo a mediodía,
y
estás de corazón en cada cosa.
No hay
brisa, si no alientas,
monte,
si nos estás dentro,
ni
soledad en que no te hagas fuerte.
Todo
es presencia y gracia.
Vivir
es ese encuentro:
Tú,
por la luz; el hombre, por la muerte.
¡Que
se acabe el pecado!
¡Mira
que es desdecirte
dejar
tanta hermosura en tanta guerra!
Que el
hombre no te obligue,
Señor,
a arrepentirte
de
haberle dado un día las llaves de la tierra.
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