Dije ayer que
escribiría hoy sobre los incendios. Y eso voy a hacer. Y voy a hacerlo
recordando la respuesta que un político, muy ecologista él, dio a un bombero
que se quejaba de la falta de limpieza del monte. El monte no puede ser un
jardín, le dijo.
Estúpidas
palabras que mostraban su profunda ignorancia, justificando además, de paso, su
absoluta incompetencia. Pensé, si no es un jardín será un desierto. Y hacia ahí
vamos a marchas forzadas. Porque está claro que no están por la labor de que
sea un jardín; a los hechos me remito.
El problema
del fuego es complejo, y tiene varias causas bien definidas que voy a intentar
explicar desde mi punto de vista que no es el de un técnico, sino el de alguien
que siempre ha amado el monte, que por eso lo recorre incansable y lo conoce.
Es ahí donde me siento de verdad libre, y yo soy más yo que en ninguna otra
parte.
En primer
lugar hemos de volver la vista al éxodo rural, a mediados del siglo pasado. El abandono
masivo de los pueblos supuso dejar sin cuidado alguno miles de hectáreas de
cultivos mayormente de secano, los caminos que a ellos accedían, las masías y
las aldeas cuyos habitantes mantenían limpio el monte porque vivían de él y en él. La ganadería también fue
a menos. Y hubo más consecuencias, pero para no hacerlo largo, podemos resumir
diciendo que la interacción del hombre con la naturaleza se alteró
profundamente.
Y ahí está el
origen del problema. Desaparecido un ecosistema hombre-naturaleza muy arraigado
en el entorno mediterráneo, la alternativa fue el abandono. Naturaleza sin
hombre. No se buscó, ni se busca, crear otro ecosistema sostenible que incluya al hombre. El monte,
como más, es polideportivo o parque de atracciones de una sociedad urbanita que
desconoce y a menudo desprecia la naturaleza y su funcionamiento. Ignoran que es un ser vivo; para ellos son instalaciones deportivas.
Y de aquellos
polvos vienen estos lodos. Porque ante esta situación, nadie, nadie ha hecho
nada serio para buscar una solución, más bien al contrario, se han puesto
zancadillas a menudo a quienes han intentado hacer algo al menos en su ámbito
más próximo.
Son los cuatro
aliados de los incendios que, cual jinetes del Apocalipsis cabalgan cada
verano, y a veces fuera del verano, por nuestros montes.
El primero son
los políticos, quiero pensar que no todos. En cualquier caso no han sido
capaces de ponerse de acuerdo en una planificación a largo plazo para
establecer un plan nacional que responda a las consecuencias del éxodo rural en
nuestros montes. Por eso no lo hay.
También son
ellos responsables de promulgar leyes demasiado tibias ante los delitos contra
el medio ambiente. Provocar un incendio, por descuido o deliberadamente,
debería ser tratado como crímenes contra la humanidad, como terrorismo. El daño
que nos hace a todos es descomunal, la devastación absoluta, las consecuencias
irreversibles.
Y también son
responsables de no invertir el suficiente dinero en prevención, limpieza de
montes, arreglo de caminos, vigilancia con las nuevas tecnologías (cámaras
térmicas, drones etc.) Y no hablo solo del dinero que se nos va con la
corrupción, sino del que se emplea en cuestiones meramente ideológicas, más que
discutibles, mientras se escatima, por ejemplo, en vehículos y personal,
necesarios cuando el desastre se desata.
El segundo,
los ecologistas, también espero que no todos. Con esa obsesión por no intervenir en la
naturaleza, "dejadla en paz, ella sabe cómo hacerlo", he leído en algún
cartelito, demuestran su ignorancia absoluta y una ideologización que les
impide ver la realidad. Si el monte llegó a nosotros como llegó a mediados del
siglo pasado, fue por la interacción constante y estrecha con el hombre. Y la
alternativa no es el abandono, sino buscar otras formas de interacción. En el
ecosistema mediterráneo el hombre es un elemento esencial. La población
dispersa, la agricultura, la ganadería, la caza, la pesca, la explotación
forestal son imprescindibles para que el ecosistema sea sostenible. Sin la presencia adecuada del hombre el ecosistema mediterráneo se destruye.
No puedo
olvidarme, permitidme decirlo así, de los imbéciles, de la mala gente que vive
entre nosotros. De los que los provocan porque sí, o por cualquier peregrino
motivo más o menos patológico; del de la barbacoa; del de la radial en la
caseta; del de la motosierra; del que utiliza mal y a destiempo vete tú a saber qué máquina, de la basura echada por todas partes… En fin, mil
formas hay de traer el infierno al paraíso y de quemar el presente y el futuro
de pueblo enteros.
¿Y el cambio
climático? Bueno, pues también. Pero si las cosas se hicieran como deberían
hacerse, estoy convencido de que su impacto sería infinitamente menor. Más aún,
creo que se podría reducir al mínimo. Impactaría en otros ámbitos, pero con el tema del fuego, no.
Pero bueno,
ahí tenemos ardiendo Espadán, aquellas bellísimas montañas que no volveré a ver
verdes. Eso aquí, que en otras partes… mejor no hablar. Y aún queda mucho
verano, demasiado.
Por todo lo
dicho concluyo que lo que dejaremos a las generaciones venideras, a los que no
han nacido aún, a los niños y jóvenes de ahora, será un jardín o un desierto.

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