FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.
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lunes, 6 de octubre de 2025

Ni Rafa Nadal, ni Napoleón, ni Sisí, ni Rita la Carabasera.


 

Hay cosas que dan vergüenza y miedo. Vergüenza por lo ridículas y patéticas que me parecen y miedo por las consecuencias que tienen. Hablo de cierto tipo de publicidad, muy frecuente, que utiliza a determinadas personas, llamadas famosas, como anzuelo para que el personal pique y compre lo que ellos quieren que compre. Aunque hay muchos ejemplos estoy pensando en Rafa Nadal publicitando un coche.

No me gusta el tenis, por lo que este señor me la “repantinfla”. Vaya esto por delante. No obstante sé que ha sido y es muy bueno en lo suyo. Y sé también que habrá amasado una más que considerable fortuna, por lo que no entiendo que venda su imagen a una firma comercial con el único objeto de ganar más dinero todavía. Eso me da vergüenza ajena y como persona, para mí, queda del todo descalificado. Además me resulta ridículo y patético, que significa que me da pena.

Sí, vergüenza por ridículo y patético. Pero esto no es lo peor. Lo peor es pensar que si esto es así es porque habrá personas, hay personas, que a la hora de comprarse un coche van a tener en cuenta que sea este señor el que lo anuncia.

¿En base a qué? ¿Qué criterio es ese? El que lo anuncie Rafa Nadal, un descendiente de Napoleón o de la emperatriz Sisí, o la mismísima Rita la Carabasera, no tiene absolutamente nada que ver con que ese coche sea bueno o no, ni mucho menos que sea el que me convenga.

Y eso me da miedo porque evidencia de un modo clarísimo lo extremadamente manipulables que somos, lo fácil que es jugar con nosotros y la pavorosa falta de criterios sólidos que tenemos a la hora de tomar decisiones.

Y votar es tomar una decisión.

Y así no va.

No digo más porque me caliento y no quiero. Ya está bastante calentito, como yo, el Mediterráneo con gente que se ahoga huyendo de su tierra para buscar una vida mejor a la que tienen derecho, y con un circo flotante tan absurdo como inútil, que viene y va y que pagamos todos.

martes, 10 de junio de 2025

Tontos y sin principios.


 

Están machacándonos últimamente en la tele con un par de anuncios de un banco que me impactó por lo desagradable y lo ofensivo, hasta el punto de que si tuviera alguna relación con dicha entidad, la cancelaría, aunque me costara trabajo.

Lo identificaréis enseguida. Son en blanco y negro. En uno de ellos aparece una señorita hablando a gritos a un supuesto equipo deportivo, en plan mitin, (forma de hablar que nunca he soportado), a una audiencia que escucha muy atenta y que corrobora su discurso con gestos y palabras, para acabar demostrando que no se enteran de lo que les está diciendo, que escuchan arrebatados por la elocuencia y las formas de la susodicha sin entender lo que realmente dice. O que son tontos.

En el otro, de la misma forma, (nunca he escuchado a nadie que me hable de esa manera), se les invita a un grupo de adultos, cada uno con su niño, a una carrera para obtener ciertos beneficios económicos simbolizados por un móvil sobre una silla, que es la meta de la carrera. Y son los niños los que salen, excepto una mujer que, se entiende que haciendo trampa, es la que lo consigue. Gana la tramposa.

Nos ven como tontos y sin principios.

Siento vergüenza ajena por cómo tratan a la gente, cómo nos tratan. Como tontos, manipulables y miserables, que escuchamos arrobados a cualquier charlatán grandilocuente y que nos matamos por alcanzar un beneficio material insignificante aunque sea de un modo deshonesto.

Y ahí está el problema. Porque el problema no son unos anuncios de mal gusto, el problema es que el equipo de publicistas contratado por el banco ha vendido su producto con el convencimiento de que mejorará  los resultados de la entidad. Y si lo hacen es porque han comprobado que así será.

Es decir, saben que hay quienes ante estos anuncios, no solamente no se indignan, sino que les mueven a seguir lo que se les indica. Unos anuncios desagradables y chabacanos que dejan la dignidad de las personas a la altura del betún.

Pero si están es porque sirven. Esto es lo terrible. Los anuncios me molestan. Pero el que de verdad sirva para mejorar los resultados del banco es lo que me preocupa, y además me da miedo y pena.

Por lo que significa.

¿Qué banco es?

martes, 4 de febrero de 2025

Ese mocho es mi amigo.


 

La historia va de mochos. Sí, de esos artilugios que usamos para lavar el suelo sin doblar el espinazo y arrodillarnos trapo en mano. Antes se hacía así; recuerdo a mi madre lavando de esta forma el suelo de casa y de cómo se enfadaba cuando pisábamos lo recién lavado. Así acabó con las rodillas hechas polvo. El primer mocho que entró en casa fue recibido con cierta reticencia, ¿limpiará igual?, pero pronto entró a formar “parte de la familia”.

Pero no es de este recuerdo de la infancia de lo que voy a hablar, sino de un anuncio que he visto estos días de una empresa de productos de limpieza, muy conocida, que nos presenta un mocho con su cubo mucho más moderno, cómodo y eficaz que los que usamos hasta ahora.

Hasta ahí bien.

Pero resulta que el citado anuncio me dio mucha pena. Si pretendían llamar la atención lo han conseguido, al menos conmigo, de lo contrario no estaría yo ahora escribiendo sobre mochos.

No sé si lo habréis visto, pero acaba de un modo ciertamente triste. Y muy bien hecho. Aparece el mocho con su cubo andando solo, por la calle, cabizbajo, moviéndose como se movería alguien a quien después de prestar servicio durante años se le echa por viejo, por caduco, por ya inútil.

Es el anuncio de un mocho, pero yo he visto en ese triste mocho mucho más que un mocho. He visto a mucha gente, algunos conocidos, otros muchos que no conoceré nunca pero sé que están, que existen aunque su existencia se vaya diluyendo. Incluso en algunos aspectos de mi vida me he sentido identificado con él.

Y he concluido que ese mocho es amigo mío. Me cae bien. ¡Quién me iba a decir a mí que me sentiría identificado con semejante artilugio! Ahora bien, lo que nunca haré será comprar ese mocho moderno, rompedor, empoderado. No, seguiré con el mío, con esos en los que la fuerza la haces tú para escurrirlo en el cubo.

¡Qué cosas! Hablando de mochos. Me hago viejo.

martes, 2 de enero de 2024

Me parece muy ridículo.




Dedico la primera entrada del año a hablar brevemente de una serie de anuncios con los que nos están machacando estos días a causa de Papa Noel y Sus Majestades de oriente. Me parecen ridículos, ridículos, muy ridículos. Me dan risa. Y vergüenza ajena por lo que supone. Estoy hablando de los anuncios de colonias y perfumes que, por lo que parece ser, deben estar, salvo alguna honrosa excepción, en una lengua que no sea el castellano. Normalmente inglés o francés.

Me pregunto por qué. ¿Es que nuestra lengua es demasiado vulgar y poco elegante como para utilizarla en productos de “tan alta alcurnia”? ¿O es que saben que haciéndolo así venden más?

No hay salida en ningún caso. Tan malo es el estúpido desprecio por lo nuestro, como la gilipollez extrema que supone comprar algo porque me lo anuncian en lenguas “más glamurosas”.

De verdad que no lo entiendo. ¿Tan imbéciles somos, tan manipulables, tan tontos del culo, tan predecibles? Debe ser que sí, y eso es lo que me da vergüenza. Y también risa. Como cuando nombran a esa tal Carolina; parece que tengan una nuez en la boca o alguna malformación. También me da risa.


114 días sin llover. Solo 8 litros.



domingo, 17 de diciembre de 2023

Un anuncio detestable.


 

Me ha sorprendido de entre el aluvión de anuncios navideños uno particularmente detestable, desagradable, impresentable y todos los “ables” que queráis añadir en la línea de los adjetivos aplicables a lo que está de sobra en nuestro mundo.

Lo reconoceréis con la descripción que voy a hacer, pues no quiero contribuir a extender semejante propaganda dando datos explícitos.

Empieza un señor mayor hablando en plan mermelada navideña del nieto que espera al abuelo o del abuelo que espera al nieto en Navidad; no sé, me da igual. Y de golpe, cambia el registro diciendo algo así como que eso son tonterías, y lo importante, lo bueno, lo deseable, es el producto que promociona, es decir, algo puramente material, dinero.

¿Lo habéis reconocido?

Independientemente del exceso de espíritu navideño, debidamente almibarado, que hemos de soportar estos días, es cierto que la Navidad puede ser un tiempo de celebración, de encuentro, de reconciliación. Y lo es para mucha gente. Sí hay gente que se quiere y que por circunstancias de la vida solo se pueden encontrar, y algunos con grandes sacrificios, en estas fechas. Sí hay padres esperando abrazar a sus hijos, hijos a sus padres, abuelos a sus nietos y nietos a sus abuelos, hermanos, amigos…

Y más allá de que sean creyentes o no, si hay cariño, si hay amor, si hay reconciliación, si hay gozo en el reencuentro, está presente allí el niño de Belén, aunque ni nos lo imaginemos. Se hace la Navidad.

Y eso es lo importante.

Este anuncio, ninguneando no solo el aspecto cristiano, sino también el puramente humano, y diciendo abiertamente que lo que cuenta es solo lo material, el dinero, e incluso burlándose de lo que de verdad es importante, es un mensaje demoledor, dañino, perverso.

Puede que alguien me diga que soy un exagerado. No lo creo. Esta forma aparentemente inofensiva de atacar, burlándose de lo más sagrado que tenemos las personas que es la capacidad de amar y ser amado, es un golpe brutal al corazón mismo de la dignidad humana.

Y en Navidad.


98 días sin llover. Sólo 8 litros.

jueves, 2 de noviembre de 2023

Guarro y encima miente.


 

Se quejaba un amigo de que tiene alumnos no ya solo maleducados, sino amorales, es decir, sin un criterio mínimamente asumido que les ayude a discernir lo que está bien de lo que está mal.

Y es verdad. Esto está pasando, y cada vez más, pero no me extraña porque es la sociedad entera la que carece de ese criterio. Y ellos viven en esta sociedad.

Una prueba muy clara está, por ejemplo, en la publicidad de un producto para lavar la ropa. No lo nombro; lo reconoceréis enseguida.

Aparece un adolescente que dice a sus padres, muy alegre, que ya está todo recogido, y se va. Se quedan sorprendidos aunque suponen la verdad. A renglón seguido se ve cómo sus muy amables y complacientes progenitores sacan una camiseta sucia y maloliente del armario del chavalín. El anuncio acaba con él poniéndose la camiseta limpia, todo sonriente, ante la madre también muy sonriente.

¿Cómo queremos que este chaval aprenda a distinguir lo que está bien de lo que está mal? El chaval lo ha hecho mal y encima ha mentido. La consecuencia es que sus papás hacen lo que debería haber hecho él y más, y encima parecen la mar de contentos y “pagaos” con su hijo. ¡Cuántos papás hay de estos!

A su servicio, aunque sea un guarro y encima mienta.

El anuncio, como veréis, es perverso porque normaliza más todavía lo que lamentablemente es demasiado normal. Porque un chaval que funciona así en su casa, funciona así allá donde va. Y ¿qué puede hacer mi amigo ante esto? Desesperarse. Porque a ver quién es el guapo que les dice a esos papas que su hijo no cumple con sus obligaciones y encima miente.

A ver.

miércoles, 25 de octubre de 2023

Lo importante no es lo que haces.


 

Escribe Arthur Conan Doyle en una de sus novelas de misterio, “no tiene ninguna importancia lo que usted haga en este mundo. La cuestión es lo que puede hacer creer a los demás que ha realizado”.

Y tiene mucha razón. La verdad de los hechos no importa, lo que importa es lo que los demás crean que es la verdad. Y de lograr eso ya hay quien se encarga siempre según sus particulares intereses entre los que destacan tres, el dinero, el poder y la vanidad. El trío lapatata.

He sufrido en carne propia esto varias veces en mi vida, pero no es de mí de quien voy a hablar en esta entrada sino del anuncio, que he visto ya un par de veces en la tele, de una conocida empresa que nos insta a beber leche. En este caso es el dinero quien determina lo que es verdad, aunque no lo sea en modo alguno.

Nos presenta al señor Calleja, y es él quien, desde su posición mediática como defensor de la naturaleza, trata de convencernos de que es bueno hacerlo. Y no digo que no sea bueno beber leche.

El asunto es que si esta empresa ha elegido a este individuo es porque sabe que la gran mayoría de las personas lo ven como eso, como un defensor de la naturaleza. Y es justo lo contrario. Es un depredador de la naturaleza. Un divulgador que vulgariza lo que divulga. Un señor que utiliza sin ningún escrúpulo la naturaleza para su propio beneficio, proponiendo actividades del todo insostenibles pero, eso sí, rentables para él y para los que “se aprovechan” de sus desmanes y desatinos.

Es irritante ver cómo este hombre ha conseguido hacer creer a todo un país que hace una cosa cuando está haciendo exactamente lo contrario. Y es triste ver qué poca gente tiene esto claro.

¡Ay! La falta de capacidad crítica salpimentada con la ignorancia es devastadora.

Pero así es el mundo. Así es la vida. Así nos va.

miércoles, 7 de junio de 2023

Me da vergüenza ajena.


 

¿Realmente somos tan predecibles, tan manipulables, tan simplones, tan tontos del culo? Debe ser que sí, pero no somos conscientes de ello, o no queremos serlo.

Viene esta introducción a cuento de un spot publicitario en el que sale un famoso deportista anunciando un coche. Aunque ya hace tiempo de eso y sé que estas cosas funcionan así, no lo entiendo.

Sobre todo el dinero que debe tener, añadirá mucho más vendiendo su imagen a esa marca de automóviles. “¡Pa qué tanto!”, como dice un amigo mío. No, no lo entiendo. Igual hace fundaciones benéficas y donaciones millonarias con los excedentes de su fortuna. Quizá sea esta la única forma de justificar eso de vender la propia imagen en los circuitos del consumo. En el mundillo de las estrellas del deporte lo hacen algunos de los que con eso se forran sobre lo ya forrado.

Pero no es de estas cuestiones de lo que quiero hablar, sino de por qué funciona esto así. Y funciona así porque somos predecibles, manipulables, simplones y tontos. Porque es de ser todo eso si para comprarme un coche lo que me va a llevar a una marca determinada es el fulano famoso que lo anuncia.

Y ya no digo un coche, sino una camiseta, unos pantalones, un perfume... Incluso ir a un restaurante determinado porque va alguien famosillo o uno de esos “influencers”, cuya existencia y papel en la sociedad merecen un comentario aparte.

Que nuestra conducta esté determinada por estos individuos que destacan, a veces con motivo, otras sin motivo alguno, me da toda la pena del mundo. Porque eso también lo saben los que manejan los hilos de nuestro mundo, no solo en lo referente al mercado y el consumo, sino en otras cuestiones más serias todavía, como la política.

Comprarme un coche porque lo anuncia tal deportista, usar el perfume que nos vende este otro, o ir al restaurante que ha hecho famoso un “influencer” de estos de ahora, me parece renunciar a mi propia identidad. Me da vergüenza ajena.

Si hago eso creo que lo hago porque quiero, pero no, lo hago porque mi propio yo me parece tan insignificante, tan hueco, tan anodino, que lo relleno con el yo del otro al que admiro y rindo así pleitesía. El brillo del astro con luz propia refleja en mí, que no soy más que un satélite suyo.

Y como consecuencia, al renunciar yo a ser yo, un yo cuyo valor radica en otros aspectos, me trasformo en un elemento más del sistema, una marioneta que cree saber quién es, que se cree libre, con voluntad; pero no, eso no es verdad,  no es más que una ilusión que ya se ocupan algunos de que siga muy viva y parezca realidad cierta, para que la rueda siga girando.

miércoles, 1 de febrero de 2023

Siguiendo con la anterior entrada...


Siguiendo con la anterior entrada podríamos concluir erróneamente con una generalización, la juventud es tonta, imbécil para ser más contundentes. Y ante esto tendríamos la inevitable respuesta de que siempre los viejos han visto mal a la gente joven, de lo que deduciríamos que no hay nada nuevo bajo el sol y no hay de qué preocuparse. Postura esta inmovilista y ferozmente conservadora. Dejemos todo como está, siempre ha sido así y no pasa nada.

Y en esto se amparan los que viven de toda esa gente joven de la que se aprovechan en su propio beneficio, y los que por ignorancia, complacencia o peregrinas ideologías, miran hacia otra parte.

Hay pues que poner los puntos sobre las íes, empezando por decir que no se puede hablar de la juventud como un todo homogéneo. Hay jóvenes, responsables, comprometidos, trabajadores, de los que te puedes fiar y son además dignos de admiración. Y que desde luego, son resistentes a esa publicidad que los considera poco menos que idiotas.

Pero hay también muchos, demasiados para que no tenga repercusiones graves en el futuro de nuestra sociedad, que víctimas del sistema incoherente y perverso en el que vivimos, andan como ovejas sin pastor, o mejor, como ovejas cuyos pastores son lobos disfrazados.

El relativismo moral, la huida del esfuerzo y el compromiso, el consumismo compulsivo, el hedonismo, el culto al cuerpo, la absolutización del deporte como valor supremo, la adicción a la telebasura, la dependencia del móvil cambiando lo virtual por lo real, la permisividad con las drogas, la fiesta como alienación, el sexo únicamente como placer, las ideologías radicales… Un  saco lleno de podredumbre en el que se mueven, consumiendo diariamente esa podredumbre, demasiados jóvenes. Y a ellos, desde distintos sectores económicos, va dirigida esa publicidad que si bien la miramos, es el mejor indicador del mundo en el viven.

¿Ha sido siempre así? Creo que no. Me niego a caer en la trampa de pensar que porque ya soy mayor, viejo si queréis, veo las cosas como las veían mis padres cuando yo era joven.

Pensar eso equivale a dejar las cosas como están.

Y no están bien.

martes, 31 de enero de 2023

Un anuncio que no consigo entender.


Una de las formas de conocer una sociedad es observar la publicidad a ella destinada; o un sector de esa sociedad. Y si  dicha publicidad es… tontita, por no decir palabras más fuertes, la sociedad, o el sector de la sociedad a la que va destinada debe serlo también.

Estoy pensando ahora en un anuncio que veo en la tele, las pocas veces que la veo. Aparece una señora de juventud madura que decide irse sola, en moto, sin su marido que la espera en casa, amoroso. Se le ve disfrutando de un soberbio paisaje de montañas y de la sensación de libertad de ir sobre dos ruedas por la carretera. Ambas placenteras experiencias los conozco bien, la montaña y la moto.

Hasta ahí todo correcto. Pero luego viene la sorpresa. Resulta que el secreto de lo que llaman su primer viaje sola es…¡¡¡llevar una mochila de segunda mano!!!

Me quedé estupefacto, “ascuallat” como decimos por aquí. He intentado entenderlo, pero no lo entiendo por muchas vueltas que le dé.

La decisión de irse sola, la experiencia del viaje en moto, los paisajes espectaculares, dejan el hecho de llevar una mochila de segunda mano o nueva de trinqui en la más absoluta insignificancia. Al menos para una persona en su sano juicio.

Pues no, esa mochila de segunda mano es el secreto de la experiencia. Y digo yo, secreto por qué. ¿Quizá porque le da vergüenza llevarla por no habérsela comprado nueva? Es que no se me ocurre otro motivo por el cual pueda ser el secreto, la verdad. Porque si el secreto es que lo más bonito de la experiencia es la mochilita de marras, apaga y vámonos.

Y ahora sí, y perdonadme. ¡Se tiene que ser imbécil! Pero mucho, muy imbécil. Y no lo digo como insulto, sino en su acepción primera del diccionario de la RAE: tonto o falto de inteligencia.

Y ahora concluyamos el razonamiento. Es evidente que quienes más utilizan esas plataformas de intercambio y compra venta (útiles y buenas en sí mismas) son los jóvenes. Si esa propaganda se emite por la tele es porque han comprobado que es útil. Luego hay un amplio e importante sector de la sociedad que…

Llegad vosotros a la conclusión.

jueves, 3 de noviembre de 2022

El señor de la paz.


 

Me ha sorprendido un señor hoy en la tele diciendo que el tener un contrato de telefonía móvil con determinada compañía le da paz. Almorzaba en ese momento en la paz del hogar con la tele puesta mientras tanto, para entretenerme. Casi me atraganto.

Y enseguida he pensado, triste señor al que eso le da paz, y triste paz la de ese señor. ¡Qué tontería! ¡Qué insondable majadería! ¡Qué corrupción del lenguaje!

Y ahí voy; aunque creo que siempre ha sido así, vivimos más que nunca en una gigantesca orgía de confusión. La palabra, maltratada y adulterada hasta la saciedad, ya no significa nada. Paz, amor, libertad, justicia, democracia, han perdido su significado en boca de tontos simplones o sinvergüenzas muy listos. De tal modo que al diluirse el significado de las palabras, el acceso a la realidad que nombran queda mediatizado por los intereses de quienes las maltratan y adulteran; intereses comerciales, económicos, políticos, ideológicos…

Haríamos bien en pensar el significado de las palabras que usamos, sobre todo cuando designan realidades importantes. Y también deberíamos preguntarnos qué quieren decir los demás, sobre todo los medios de comunicación, voceros de los políticos cuando estos abren sus lindas boquitas.

Normalmente nada es lo que parece. Estamos en manos de auténticos corruptores del lenguaje. Es, a fin de cuentas, una forma de hacer política, pero una forma absolutamente inmoral.

martes, 20 de septiembre de 2022

¡Cuánto daño hace la publicidad en la tele!


 

Sólo una breve reflexión, hoy no tengo tiempo de más, sobre algo que siempre me ha preocupado de la televisión, la publicidad y sus efectos en las personas, sobre todo si no tienen desarrollada una mínima actitud crítica ante los medios de comunicación.

Normalmente no veo la tele. Sólo el tiempo y alguna película. Los informativos tampoco, porque se nota demasiado a quien sirven y me enfada. Pero a veces, almorzando solo en casa, me pongo alguna serie, aunque veo más publicidad que la serie en cuestión.

Hoy mismo la sucesión de anuncios ha sido delirante. Primero uno de esa empresa que dice velar por la veracidad de la publicidad. A renglón seguido, uno que es una mentira monda y lironda, y peligrosa, del que ya hablé en una anterior entrada. Luego sale un médico pidiendo ayuda para los niños que mueren de hambre en el tercer mundo. Después uno de vacaciones no sé dónde, y para acabar otro de un perfume muy sensual.

Una sucesión caótica de mensajes contradictorios donde lo cierto y lo falso, lo urgente y lo banal se sitúan al mismo nivel. Todo es igual de importante, o nada es importante.

Queda en manos del espectador distinguir entre lo que es verdad y lo que no, lo que es importante y lo que es intrascendente, lo urgente y lo que puede esperar toda la eternidad, que no pasará nada.

¿Y cuánta gente hay en nuestra sociedad que no es capaz de hacer esto, que ni se lo plantea? Niños por estar aún en formación, y jóvenes por las características propias de su edad, son los más vulnerables. Pero todos estamos expuestos a esta agresión que la publicidad en la tele supone.

El resultado es un embrutecimiento de nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad, y una pérdida de capacidad crítica, lo que nos deja, indefensos, en manos de esos poderes ocultos que manejan nuestra vida.

lunes, 5 de septiembre de 2022

Publicidad falsa y estúpida.

 

Tengo entendido que existe una agencia para controlar la publicidad o algo así. No sé ni que autoridad tienen, ni que criterios utilizan, ni de qué medios disponen. Pero con o sin agencia hay tres anuncios por ahí rondando que son un fraude los mires por donde los mires. Y uno de ellos me parece hasta peligroso para la salud del personal.

Uno es ese que dice que el producto publicitado es el recomendado; y ahí se queda. Eso es no decir nada; es una soberana y rotunda sandez. Recomendado por quién. Toda recomendación implica un “recomendador”. Si este no existe o si se oculta, la recomendación carece de sentido. Porque cuando cualquier hijo de vecino sigue una recomendación es porque se fía de quién se la ha hecho.

Otro es ese que dice que si la ropa o la vajilla o qué se yo, no se queda limpia te devolvemos el dinero, incluso el doble de lo que te ha costado. Eso es mentira, entre otros motivos porque a ver quién es el guapo que demuestra lo que habría que demostrar para que te devolvieran el dinero. Y en el caso de que se pudiera demostrar, habría que saber cual sería el trámite para que te reembolsaran los eurillos que te costó el producto en cuestión.

Y el tercero del que voy a hablar ese uno en el que sale un chaval joven diciendo que sus digestiones eran impredecibles o algo así, diarrea, dolor de tripa, gases… Entonces vio en una farmacia un producto la mar de natural y se le acabaron los problemas. Y yo digo, si yo a su edad hubiera tenido digestiones así, no me hubiera ido a una farmacia; me hubiera ido corriendo al médico, y acojonadito.

Este es el peligroso porque puede provocar que gente con problemas de este tipo pospongan la necesaria visita al médico, tonteando con productos de dudosa o nula eficacia cuando puede haber una causa médica de verdad. Productos estos que en muchos casos funcionan sobre todo como placebos.

Y una cosita más. Si existen estos anuncios es porque funcionan, y si funcionan es porque somos tontos y como tal nos consideran.

Pues eso. Tres anuncios que no deberían seguir emitiéndose por su falta de honestidad y profunda estupidez. Y hay muchos más de esta calaña.

lunes, 8 de junio de 2020

No me gusta hacer leña del árbol caído.



No me gusta hacer leña del árbol caído, ni hurgar en heridas, y mucho menos para hacer negocio con ello. Me parece algo no sólo moralmente inaceptable, sino de un tremendo mal gusto y muy desagradable.
Hablo de la publicidad a la que nos tiene acostumbrados el señor Matías Prats que, con su voz persuasiva y convincente, embauca a millones de personas que se fían de él. Y lo hace de un modo que me atrevo a llamar obsceno.
La última perla que nos ha regalado es ese anunció en el que empieza diciéndonos si nos acordamos de lo que estábamos haciendo hace unos meses, mientras se ven unas imágenes de gente feliz y despreocupada, pasándolo bien; para luego vendernos que podemos pagar el seguro del coche mes a mes, porque nunca sabemos qué puede pasar. Y con un gesto, que se me antoja irritante, nos recuerda el desastre del que aún no hemos salido.
Y el caso es que eso es cierto. Nos vino el palo sin esperarlo, y no sabemos cuándo dejará de golpearnos; ni siquiera si cuando pase este vendrá otro. Eso lo sabemos todos.
Y el ser conscientes de esto, duele, molesta, genera incertidumbre, ansiedad, un miedo turbio al futuro que no te deja vivir en paz. Y ahí, justo ahí, en el árbol caído de nuestra confiada alegría de hace unos meses, en la herida que todo esto nos ha hecho, y sigue haciéndonos, apoya su argumento para vendernos el producto.
Podía haber dicho: ¡Imbéciles! ¿No veis que no hay nada seguro? Nosotros os ayudaremos a vivir en vuestra vulnerabilidad y vuestra incertidumbre. Y cuanto más vulnerables os sintáis, y más os agobie la incertidumbre, más beneficios obtendrá la empresa de la que os hablo. Y por consiguiente, yo mismo.
¿Te duele? Pues ahí meto el dedo para hacer mi negocio. Ese es el planteamiento. Y es importante que siga doliendo. Porque la idea de pagar mes a mes no es mala, como otras muchas que ha habido y habrá para ayudar a la gente a “tirar palante”, pero hurgar en la herida para mantenerla abierta y justificar así mi intervención sanadora en la vida del herido, es sencillamente repugnante. El problema no es el producto, sino el cómo lo venden.
Es lo que pienso de este hombre, de la empresa que publicita y de la agencia publicitaria que, al margen de todo principio moral, idea y realiza tan deleznables anuncios.
Y sé que lo único que puedo hacer, aparte de escribir esto, es no tener nunca nada que ver con todos esos señores, ni con sus productos, por buenos que sean. Y nada más, lo cual lamento.