FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.
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sábado, 20 de junio de 2026

Gracias por tu vida, doña Maite.

 


Quiero rendirle con estas breves palabras un homenaje a Maite, doña Maite, la que fue mi compañera en el cole durante muchos años, hoy, día en que ha partido a la Casa del Padre.

Cuando hace ya muchos años entré a trabajar en el colegio, en la EGB, Maite trabajaba en Primaria. Pronto me di cuenta de que era lo que llamamos una institución en el cole y en el pueblo. Su forma de ser, vivir, y educar tenía un fuerte magnetismo tanto sobre sus alumnos como sus familias, y los compañeros.

Atraía, daba seguridad. Quizá era su vitalidad desbordante, su alegría, su creatividad, su capacidad de trabajo, y de mantener la disciplina con cariño y con respeto. Sus alumnos la querían y las familias se fiaban, era doña Maite.

Y su clase, siempre pensé que tenía eso que llamamos clase y que aunque no sabiendo muy bien en qué consiste, si sabemos quién la tiene y quién no. Era, lo fue para mí desde que la fui conociendo, la maestra por excelencia, toda una maestra, y toda una señora. Y una persona enamorada de su tierra, Valencia.

De algún modo nos fuimos encontrando, y aunque nunca trabajamos en la misma etapa, se fue creando un vínculo discreto pero sólido porque creo que sin haber hablado mucho de educación, tarea a la que ambos nos dedicábamos, estábamos exactamente en la misma línea.

Una maestra de las de antes, como la copa de un pino. De las que trabajaba sin polvo y paja, entonces se podía. De las que se dedicaba a educar, y a eso entregaba su vida con ganas y entusiasmo contagiosos.

Sé que mucha gente del pueblo la tendrá para siempre en sus vidas, y que cuando se vayan enterando de su partida, tendrán para ella un entrañable e íntimo recuerdo, y una oración.

Gracias por tu vida, doña Maite.

miércoles, 21 de enero de 2026

Todo en estado de oración parece,


           Escuchaba el otro día una discusión en la tele sobre si los atardeceres y los crepúsculos eran o no eran poesía. No lo sé, depende de lo que entendamos por poesía; lo que sí sé es que siempre me han parecido un espectáculo maravilloso, y en la soledad y la paz del monte más todavía.

Además, y lo recuerdo muy bien, casi desde niño ha sido ese momento del día en que rezar me ha resultado más fácil. Había una roca sobre el río, cerca del chalet donde veraneábamos en La Cañada, a la que acudía muchas tardes.

Abierto el panorama a poniente, el sol se ponía por detrás de Ribarroja. Como si cada día me dijera que allí, en ese pueblo desconocido entonces por mí, iba a enraizar mi vida, que allí vivía una niña que iba a ser mi esposa.

Comparto hoy, junto a doce fotos, un himno de vísperas ideal para rezar frente al cielo de poniente cuando cae la tarde y la noche acecha, cuando la sola contemplación es ya oración.

 

Todo en estado de oración parece,

la santidad, que empapa todo el aire,

rebosa de los cielos como de ánfora,

y se filtra en las venas del deseo.

Todo sube en afán contemplativo,

como a través de transparencia angélica,

y lo más puro que hay en mí despierta,

sorbido por vorágine de altura.

Tiene alas la tarde, unción y llama.

Todo yo en la plegaria he naufragado;

se levantan mis manos como lámparas;

por el silencio, el corazón respira.

Se ha encendido el crepúsculo en mi frente,

y la lumbre de Dios transe mi carne.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,

por los siglos de los siglos. Amén.















miércoles, 31 de diciembre de 2025

No más que una esperanza.

Se habla estos días de la nieve que nos traerá el nuevo año de mano de los Reyes Magos. Hace muchos años que no la veíamos lo cerca que dicen que podremos verla. Es una esperanza, no más que una esperanza.

Pues iniciemos el 2026 con la esperanza, no solo de la nieve, sino de un año mejor, de un mundo mejor. Y con la determinación de hacer lo que esté en nuestras manos para que así sea.

¡¡¡¡¡FELIZ 2026!!!!!

 

martes, 16 de diciembre de 2025

Regalos de la lluvia.


Hacía mucho tiempo que disfrutábamos de lluvia como esta, tranquila, pausada, suave. Cierto que habrá gente a la que le molestará, pero es necesaria y buena cuando cae así, acariciando la tierra, los árboles, las plantas.

A mí personalmente me resulta relajante, me invita a parar, a detenerme, a entrar en mí mismo. Y me llegan recuerdos de experiencias vividas en las que ella, la lluvia, estaba presente, como esta tarde en que me he acordado de dos momentos, uno de ellos muchas veces repetido pero siempre hermoso.

Hablo de la lectura del libro El Camino de Miguel Delibes, de gratísimo recuerdo para mí, y me consta que para muchos de mis alumnos. Y en concreto del capítulo XX, el entierro del Tiñoso.

Faltaba poco para acabar el libro y los tres chiquillos, Daniel, Roque y Germán, se habían convertido en compañeros de clase. La lectura de este capítulo, siempre en un profundo silencio y lagrimillas asomando en los ojillos de más de uno, la hacía yo, y recuerdo que se me hacía un nudo en la garganta. Me costaba acabarlo. Y la lluvia estaba presente.

Mi referencia a la hora de imaginar el pueblo donde se desarrolla la novela siempre ha sido Durro, un pequeño pueblo del valle de Bohí, en el Pirineo, donde hace ya muchos años trabamos amistad con Pep, un buen hombre, ya mayor, del que guardo muchos y entrañables recuerdos.

Cuando nos enteramos de su fallecimiento y pudimos ir a dar el pésame a su familia, siempre acogedora, nos acercamos al pequeño cementerio, anejo a la iglesia a visitar su sepultura, en la tierra, y rezar un responso con nuestro amigo José Luis. El cielo estaba muy gris, y acabó lloviendo también. Bajo los paraguas acabamos de rezar y regresamos a su casa.

La vida y la literatura, una vez más, se fundían en una sola experiencia, cuyo recuerdo esta tarde de lluvia ha vuelto a mí. Los buenos ratos con mis alumnos, los buenos ratos con Pep… Mis alumnos, Pep.

Todo ha pasado, pero fue hermoso, tuvo sentido. Y recordarlo esta tarde ha sido un bonito regalo de la lluvia.

Y otro regalo, releer una vez más el capítulo XX de El Camino, el del entierro de Germán el Tiñoso, mientras fuera sigue lloviendo. Este lo comparto. Aquí lo tenéis.

Es expresivo y cambiante el lenguaje de las campanas; su vibración es capaz de acentos hondos y graves y livianos y agudos y sombríos. Nunca las campanas dicen lo mismo. Y nunca lo que dicen lo dicen de la misma manera. Daniel, el Mochuelo, acostumbraba a dar forma a su corazón por el tañido de las campanas. Sabía que el repique del día de la Patrona sonaba a cohetes y a júbilo y a estupor desproporcionado e irreflexivo. El corazón se le redondeaba, entonces, a impulsos de un sentimiento de alegría completo y armónico. Al concluir los bombardeos, durante la guerra, las campanas también repicaban alegres, mas con un deje de reserva, precavido y reticente. Había que tener cuidado. Otras veces, los tañidos eran sordos, opacos, oscuros y huecos como el día que enterraron a Germán, el Tiñoso, por ejemplo. Todo el valle, entonces, se llenaba hasta impregnarse de los tañidos sordos, opacos, oscuros y huecos de las campanas parroquiales. Y el frío de sus vibraciones pasaba a los estratos de la tierra y a las raíces de las plantas y a la médula de los huesos de los hombres y al corazón de los niños. Y el corazón de Daniel, el Mochuelo, se tornaba mollar y maleable — blando como el plomo derretido— bajo el solemne tañir de las campanas.

Estaba lloviznando y tras don José, revestido de sobrepelliz y estola, caminaban los cuatro hijos mayores del zapatero, el féretro en hombros, con Germán, el Tiñoso, y el tordo dentro. A continuación marchaba el zapatero con el resto de sus familiares, y detrás, casi todos los hombres y las mujeres y los niños del pueblo con rostros compungidos, notando en sus vísceras las resonancias de las campanas, vibrando en una modulación lenta y cadenciosa. Daniel, el Mochuelo, sentía aquel día las campanas de una manera especial. Se le antojaba que él era como uno de los insectos que coleccionaba en una caja el cura de La Cullera. Se diría que, lo mismo que aquellos animalitos, cada campanada era como una aguja afiladísima que le atravesaba una zona vital de su ser. Pensaba en Germán, el Tiñoso, y pensaba en él mismo, en los nuevos rumbos que a su vida imprimían las circunstancias. Le dolía que los hechos pasasen con esa facilidad a ser recuerdos; notar la sensación de que nada, nada de lo pasado, podría reproducirse. Era aquélla una sensación angustiosa de dependencia y sujeción. Le ponía nervioso la imposibilidad de dar marcha atrás en el reloj del tiempo y resignarse a saber que nadie volvería a hablarle, con la precisión y el conocimiento con que el Tiñoso lo hacía, de los rendajos y las perdices y los martines pescadores y las pollas de agua. Había de avenirse a no volver a oír jamás la voz de Germán, el Tiñoso; a admitir como un suceso vulgar y cotidiano que los huesos del Tiñoso se transformasen en cenizas junto a los huesos de un tordo; que los gusanos agujereasen ambos cuerpos simultáneamente, sin predilecciones ni postergaciones.

Se confortó un poco tanteando en su bolsillo un cuproníquel con el agujerito en medio. Cuando concluyese el entierro iría a la tienda de Antonio, el Buche, a comprarse un adoquín. Claro que a lo mejor no estaba bien visto que se endulzase así después de enterrar a un buen amigo. Habría de esperar al día siguiente.

Descendían ya la varga por su lado norte, hacia el pequeño camposanto del lugar. Bajo la iglesia, los tañidos de las campanas adquirían una penetración muy viva y dolorosa. Doblaron el recodo de la parroquia y entraron en el minúsculo cementerio. La puerta de hierro chirrió soñolienta y enojada. Apenas cabían todos en el pequeño recinto. A Daniel, el Mochuelo, se le aceleró el corazón al ver la pequeña fosa, abierta a sus pies. En la frontera este del camposanto, lindando con la tapia, se erguían adustos y fantasmales, dos afilados cipreses. Por lo demás, el cementerio del pueblo era tibio y recoleto y acogedor. No había mármoles, ni estatuas, ni panteones, ni nichos, ni tumbas revestidas de piedra. Los muertos eran tierra y volvían a la tierra, se confundían con ella en un impulso directo, casi vicioso, de ayuntamiento. En derredor de las múltiples cruces, crecían y se desarrollaban los helechos, las ortigas, los acebos, la hierbabuena y todo género de hierbas silvestres. Era un consuelo, al fin, descansar allí, envuelto día y noche en los aromas penetrantes del campo.

El cielo estaba pesado y sombrío. Seguía lloviznando. Y el grupo, bajo los paraguas, era una estampa enlutada de estremecedor y angustioso simbolismo. Daniel, el Mochuelo, sintió frío cuando don José, el cura, que era un gran santo, comenzó a rezar responsos sobre el féretro depositado a los pies de la fosa recién cavada. Había, en torno, un silencio abierto sobre cien sollozos reprimidos, sobre mil lágrimas truncadas, y fue entonces cuando Daniel, el Mochuelo, se volvió, al notar sobre el calor de su mano el calor de una mano amiga. Era la Uca—uca. Tenía la niña un grave gesto adosado a sus facciones pueriles, un ademán desolado de impotencia y resignación. Pensó el Mochuelo que le hubiera gustado estar allí solo con el féretro y la Uca—uca y poder llorar a raudales sobre las trenzas doradas de la chiquilla; sintiendo en su mano el calor de otra mano amiga. Ahora, al ver el féretro a sus pies, lamentó haber discutido con el Tiñoso sobre el ruido que las perdices hacían al volar, sobre las condiciones canoras de los rendajos o sobre el sabor de las cicatrices. Él se hallaba indefenso, ahora, y Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de su alma, le daba, incondicionalmente, la razón. Vibraba con unos acentos lúgubres la voz de don José, esta tarde, bajo la lluvia, mientras rezaba los responsos: —Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis...

A partir de aquí, la voz del párroco se hacía un rumor ininteligible. Daniel, el Mochuelo, experimentó unas ganas enormes de llorar al contemplar la actitud entregada del zapatero. Viéndole en este instante no se dudaba de que jamás Andrés, "el hombre que de perfil no se le ve", volvería a mirar las pantorrillas de las mujeres. De repente, era un anciano tembloteante y extenuado, sexualmente indiferente.  arpillera al lado del féretro y Andrés arrojó en ella una peseta. La voz de don José se elevó de nuevo:

—Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis...

Luego fue el Peón quien echó unas monedas sobre la arpillera, y don José, el cura, que era un gran santo, rezó otro responso. Después se acercó Paco, el herrero, y depositó veinte céntimos. y más tarde, Quino, el Manco, arrojó otra pequeña cantidad. Y luego Cuco, el factor, y Pascualón, el del molino, y don Ramón, el alcalde, y Antonio, el Buche, y Lucas, el Mutilado, y las cinco Lepóridas, y el ama de don Antonino, el marqués, y Chano y todos y cada uno de los hombres y las mujeres del pueblo y la arpillera iba llenándose de monedas livianas, de poco valor, y a cada dádiva, don José, el cura, que era un gran santo, contestaba con un responso, como si diera las gracias:

—Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis... Daniel, el Mochuelo, aferraba crispadamente su cuproníquel, con la mano embutida en el bolsillo del pantalón. Sin querer, pensaba en el adoquín de limón que se comería al día siguiente, pero, inmediatamente, relacionaba el sabor de su presunta golosina con el letargo definitivo del Tiñoso y se decía que no tenía ningún derecho a disfrutar un adoquín de limón mientras su amigo se pudría en un agujero. Extraía ya lentamente el cuproníquel, decidido a depositarlo en la arpillera, cuando una voz interior le contuvo: "¿Cuánto tiempo tardarás en tener otro cuproníquel, Mochuelo?". Le soltó compelido por un sórdido instinto de avaricia. De improviso rememoró la conversación con el Tiñoso sobre el ruido que hacían las perdices al volar y su pena se agigantó de nuevo. Ya Trino se inclinaba sobre la arpillera y la agarraba por las cuatro puntas para recogerla, cuando Daniel, el Mochuelo, se desembarazó de la mano de la Uca—uca y se adelantó hasta el féretro:

—¡Espere! —dijo.

Todos los ojos le miraban. Notó Daniel, el Mochuelo, en sí, las miradas de los demás, con la misma sensación física que percibía las gotas de la lluvia. Pero no le importó. Casi sintió un orgullo tan grande como la tarde que trepó a lo alto de la cucaña al sacar de su bolsillo la moneda reluciente, con el agujerito en medio, y arrojarla sobre la arpillera. Siguió el itinerario de la moneda con los ojos, la vio rodar un trecho y, luego, amontonarse con las demás produciendo, al juntarse, un alegre tintineo. Con la voz apagada de don José, el cura, que era un gran santo, le llegó la sonrisa presentida del Tiñoso, desde lo hondo de su caja blanca y barnizada:

 —Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis... Al concluir don José, bajaron la caja a la tumba y echaron mucha tierra encima. Después, la gente fue saliendo lentamente del camposanto. Anochecía y la lluvia se intensificaba. Se oía el arrastrar de los zuecos de la gente que regresaba al pueblo.

 Cuando Daniel, el Mochuelo, se vio solo, se aproximó a la tumba y luego de persignarse dijo:

—Tiñoso, tenías razón, las perdices al volar hacen "Prrr" y no "Brrr".

Ya se alejaba cuando una nueva idea le impulsó a regresar sobre sus pasos. Volvió a persignarse y dijo:

—Y perdona lo del tordo.

La Uca—uca le esperaba a la puerta del cementerio. Le cogió de la mano sin decirle una palabra. Daniel, el Mochuelo, notó que le ganaba de nuevo un amplio e inmoderado deseo de sollozar. Se contuvo, empero, porque diez pasos delante avanzaba el Moñigo, y de cuando en cuando volvía la cabeza para indagar si él lloraba.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Ojo con los cantos de sirena.


Siempre que voy a Roma, ciudad en la que desde la primera vez que fui me siento como en casa, vivo como una especie de “reseteo” cultural; algo así como un volver a los orígenes de lo que soy y cómo soy.

Desde el más absoluto respeto a otras culturas he de decir que me siento orgulloso de la mía que hunde allí sus raíces. Fue Roma, la que impregnándose de Grecia y después del cristianismo, evolucionó a lo largo de los siglos para acabar en lo que hoy conocemos como cultura occidental.

Y quizá esa denominación nos ha ocultado una realidad que cada vez veo más clara. El Imperio Romano no se destruyó, se trasformó. Como una serpiente que cambia la piel pero sigue siendo la misma serpiente. A lo largo de los siglos ha ido cambiando de piel sin dejar de ser lo que es.

Las lenguas romances, hijas de latín y hermanas, a menuda mal avenidas, la filosofía, la literatura, la arquitectura, la pintura, la escultura, la música, el derecho, la política, la red de calzadas sobre las que están muchas de nuestras autopistas y un sinfín más de elementos, muchos de ellos cotidianos, como las tabernas o las termas, los spas actuales, nos hacen más romanos de lo que pensamos.

Esto, y otros aspectos, que por cotidianos nos pasan desapercibidos, son un fruto madurado con esfuerzos y sacrificios a lo largo de los siglos. Fruto del árbol cuya semilla plantó Roma integrando en él a Grecia y al cristianismo. Y eso es lo que está ahora en peligro.

Si no somos capaces de conocer, valorar y defender lo nuestro a la vez de respetar lo que no lo es, asistiremos al fin de una cultura, la nuestra.

Porque hasta ahora ha sido la piel de la serpiente lo que ha ido cambiando, pero lo que puede pasar es que se muera la serpiente, asfixiada por mil contradicciones, tremendas incoherencias y una especie de obsolescencia programada por otras culturas de las que podemos aprender, a las que hay que respetar, pero de las que hemos de defendernos cuando sus planteamientos sean contrarios a nuestras más altas conquistas, como el respeto a la dignidad humana, la justicia social, la libertad o la misma democracia.

Podría aterrizar ahora en lo concreto, pero voy a hacerlo solo un poco, al menos de momento, porque esta entrada no quiere ser más que una reflexión en voz alta a modo de aviso a los navegantes. ¡Cuidado que por estas aguas hay sirenas cuyos cantos nos llevarán a escollos que nos pueden hacer naufragar!

La adulteración de la democracia, los nacionalismos desintegradores, la exclusión del cristianismo como elemento cultural, los atentados a la igualdad entre hombres y mujeres, los integrismos religiosos, la tiranía de lo políticamente correcto, son entre otros muchos, peligrosos escollos hacia los que hechizadores cantos de sirena nos pueden arrastrar.

Esto pensaba estos últimos días paseando por Roma. Y pensaba también que solo una Europa unida, abierta al mundo pero segura de sus valores y defensora de ellos, puede llevarnos a buen puerto.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Legislar sobre prejuicios.


Una de las consecuencias de legislar sobre prejuicios y no sobre un análisis serio y objetivo de la realidad es la injusticia.

Sí, ya sé que estas palabras sirven para todo, y para todos, por lo que en principio no significan nada. Pero voy a concretarlas compartiendo un testimonio que me contó hace nada un amigo. Y no es el único de este estilo que me han contado.

En un pueblecito de Teruel una señora regenta un bar. Todos sabemos que en estos pueblos entre semana, en hostelería, no se comen una rosca, pero en vacaciones, fiestas y fines de semana no dan abasto.

Encontrar personal mínimamente cualificado que refuerce la plantilla en esas fechas y contratarlo según ley, no es nada fácil. Y eso lo sabemos todos. Todos he dicho.

Bien, la señora en cuestión, vieja conocida de mi amigo, acabó desahogándose con ellos hasta el llanto, contándoles el calvario que este verano había sufrido con dos jovencitos que había contratado.

Un escaqueo continuo y la falta de respeto a los clientes era lo habitual, hasta el punto, por ejemplo, de que al gesto de llamarles con la mano, respondían con un saludo “muy gracioso”, también con la mano, para seguir a lo suyo.

Me hirvió la sangre cuando me contaron lo del saludito. Lo que me pedía el cuerpo, si yo hubiera sido la señora, es soltarles un sopapo delante de todos y ponerlos de patitas en la calle.

Pero ellos, igual que nosotros, saben que la ley les protege. Sí, a los sinvergüenzas, y no a la pobre mujer que trabaja duro para llevar su negocio, nada fácil, adelante.

Es la mentira de que el empresario, por humilde que sea la empresa, es siempre malo y el asalariado siempre bueno. Uno es verdugo por naturaleza y el otro, víctima. Uno ha de demostrar su inocencia, pues no goza de tal presunción; el otro es inocente mientras no se demuestre lo contrario, cosa nada fácil.

Y la realidad es que el ser mala persona, un sinvergüenza, un marullero, un caradura, un vago, es algo que afecta por igual a todos, sean empresarios o trabajadores. Y por eso  siempre hay que analizar la realidad y obrar en consecuencia.

Que esta señora de la que hablo pudiera quitarse de encima a estos sinvergüenzas sin gasto ni dificultad alguna sería lo justo. Incluso debería tener derecho a indemnización. Pienso yo.

Pero en fin, es lo que tenemos. 

 

martes, 18 de noviembre de 2025

70 años. Gracias.

Llevo días sin encontrar un momento para escribir en el blog, pero voy a hacerlo ahora aunque solo sea para agradecer a todos los que me han tenido presente y me lo han hecho saber en mi 70 cumpleaños.

Fue el sábado y estábamos en Benasque. Un día frío, gris y lluvioso, una delicia, que dio paso a un domingo de nubes y claros en el que se unía el otoño aún en los valles con el invierno en las montañas ya nevadas.

¡Todo un espectáculo!

Gracias.

Cara sur del Aneto tras la nevada.


lunes, 10 de noviembre de 2025

¡Qué contraste!


 

Íbamos un día de estos un buen amigo y yo, haciendo una ruta que pasaba cerca de la cartuja de Portaceli cuando vimos un par de monjes trabajando en un olivar. Luego vino un tercero. Estuvimos un ratito hablando con ellos. El entorno es precioso, el monasterio, imponente, se eleva próximo entre pinos y cipreses, rodeado de montañas.

Cuando continuamos la ruta comentamos la sensación de paz, de serenidad, de sosiego que trasmitían tan solo hablando de olivos y aceitunas.

Hoy mismo estaba almorzando en un bar de un pueblo de la sierra, cuando ha entrado una chica joven, entre 25 y 30 años le echo. Se movía deprisa, se ha sentado en una mesa contigua tras desearme, sonriente, que me aprovechara el almuerzo. Al momento ha llegado otra más mayor que se ha sentado con ella. Sus movimientos seguían siendo rápidos. Almorzaba, hablaba por el móvil sujetándolo entre el hombro y la oreja, y por señas se comunicaba con su amiga con la que hablaba alto y muy rápido cuando dejaba el móvil. En la conversación incidía en que tenía prisa.

Así todo el almuerzo. ¡Qué agobio! Me estresaba solo verla y oírla. Y he pensado, tanto correr para llegar a dónde.

Y claro, se me han juntado en la mente los cartujos y esta chica. ¡Qué contraste! Y qué claro tengo con qué me quedo.

No hace falta decirlo, ¿verdad?

sábado, 1 de noviembre de 2025

Otra historia perruna.

El jueves pasado me fui a la Serranía, que por cierto está espectacular, a hacer una ruta que había trazado previamente en el mapa y que ya conocía parcialmente. El plan era salir de una aldea y combinando sendas y caminos llegar a un pueblo donde sé que se come bien, y que queda casi a la  mitad de la ruta, para luego regresar a la aldea por otros caminos distintos. El recorrido, circular, era de algo más de 25 km. y alrededor de 750 metros de desnivel atravesando densos pinares y disfrutando de inmensos panoramas desde los altos por los que pasaba.

Dejé el coche en una pequeña placita y empecé a caminar. Pronto me di cuenta de que una perrita me seguía a cierta distancia y reparé en que andaba raro; tenía la pata delantera derecha con una malformación, no sé si de accidente o de nacimiento.

En cuanto dejé atrás las últimas casas pensé que se quedaría por allí, pero no, seguía viniendo conmigo, cada vez más cerca, hasta que pasados unos diez minutos cogió una piña y me la puso a los pies. ¿Quieres jugar? Le di una patada a la piña y ella salió como loca tras ella para traérmela otra vez. Y esa fue la primera de una larga serie de carreras tras la piña, siempre la misma, que me devolvía feliz con el juego.

Y así me vi, andando y jugando con una perrita coja, pero que se movía con una agilidad impresionante. Asumí que tenía compañía para rato.

Subiendo una empinada cuesta, muy pedregosa y rota por el agua, la vi venir hacia mí, no ya con la piña, sino con una pelota de tenis que no sé dónde había encontrado. Y ya fue el acabose. Como la pelotita rebotaba en las piedras, matorrales, árboles, el juego alcanzó su máxima intensidad. Ni siquiera cuando caía en un charco la dejaba. Se metía, la sacaba y me la traía.

Llevaba ya más de dos horas con el jueguecito perruno y empecé a cansarme; le dije, ya está bien, basta, no. Ni caso, claro. Entonces lo que hice fue no tocarla cuando me la dejaba a los pies y creo que se dio cuenta, pues tras varios intentos la abandonó en medio del camino.

Seguimos bajando hacía el pueblo, ella siempre muy cerquita de mí, mientras pensaba qué hacer con la comida. Igual no la dejaban entrar en el bar, pero afortunadamente tenía terraza, así que explicaría que aunque no era mía venía conmigo, y comeríamos “juntos”.

Pero ya cerca del bar, en el pueblo, vio un gato y salió disparada tras él. La perdí de vista y seguí mi camino, ¿qué iba a hacer? No la volví a ver. Me había acompañado, jugando, más de 12 km con un desnivel de unos 350 metros y mal terreno. Cojita como estaba.

Me quedé preocupado, la verdad, pues siguiéndome se había alejado mucho de su casa de la que le separaba una sinuosa carretera, mala cosa, o un laberinto de pistas y senderos. Y estaba en un pueblo ya más grande, con más gente y más tráfico.

De regreso pensé buscar al llegar a alguien en la aldea y contarle la historia, pues al ser muy pocos habitantes se conocen todos, y a esa perrita seguro que la conocerían. Así si la andaban buscando sabrían dónde hacerlo.

Caía la noche, hacía frío, y entraba en la aldea buscando alguna ventana con luz, cuando vi a dos personas charlando a la puerta de una casa. Una señora muy mayor y una chica joven.

Y mientras les preguntaba si conocían a una perrita blanca y canela, algo me tocó las piernas. Era ella, que me saludaba. Eres tú. Has venido sola, le dije. Le acaricié la cabeza y enseguida salió disparada para traerme una piña y ponérmela a los pies.

Entonces, asombrado, les conté que se había venido conmigo hasta el pueblo, que habíamos estado jugando casi todo el trayecto y que, obviamente había vuelto sola. Ella sabrá por dónde.

Todo el día buscándote, y tú de excursión, le decía la chica joven, la dueña. ¿Y has vuelto sola? Mucho más de 25 km, y 750 metros de desnivel, se ha hecho la perrita, pues ella iba y venía continuamente, le decía yo. Esta noche dormirá a gusto.

Y así acaba la historia. Bonita, con final feliz y sorprendente, pues lo último que imaginaba yo es que supiera volver sola orientándose perfectamente por aquellos parajes solitarios y agrestes. Y tampoco imaginaba haber estado varias horas andando y jugando con una perrita que decidió venirse de excursión conmigo.

Quizá me vio solo y se dijo, vamos a hacerle compañía, pobrecito. ¡Quién sabe lo que hay en la mente de un perro!







miércoles, 29 de octubre de 2025

domingo, 5 de octubre de 2025

Amigo Sidnei.


 

Quiero dedicar unas palabras a nuestro amigo Sidnei que estará en estos momentos de camino a su tierra después de habernos acompañado durante ocho años en la parroquia.

Amigo Sidnei:

La misa de despedida del viernes, con una iglesia abarrotada, fue una bonita y muy emotiva ceremonia que evidenció de un modo muy claro la profunda huella que nos has dejado, no solo en la comunidad parroquial, sino en el pueblo, como muy bien dijo el alcalde.

Una de las palabras que más se repitió fue gracias. Gracias a Dios por un sacerdote como tú, gracias a ti por ser lo que ha sido entre nosotros. También nos dedicaste unas muy sentidas palabras de agradecimiento.

También se habló mucho de tu discreción, de tu humildad, de tu saber estar como si no estuvieras pero estando muy dentro, de tu disponibilidad, tu amabilidad…  Tu manera de ser y estar me ha recodado muchas veces esa carta de san Pablo a los Gálatas que nos habla de los frutos del Espíritu Santo en los creyentes, (Gálatas 5:22-23), “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y templanza”. Estos frutos los veíamos en ti.

Has vivido con nosotros momentos muy duros, momentos que nos han golpeado como sociedad, la pandemia, la DANA, el apagón, momentos en los que nos hemos sentido como realmente somos, débiles y vulnerables. Y en esos momentos, a quienes te han tenido cerca les has trasmitido lo que más necesitábamos, sentido en el sinsentido, plenitud en el vacío, valor ante el miedo, esperanza contra la desesperanza.

A mí, y puedo hablar también en nombre de Isabel, se nos queda con tu partida la muy viva sensación de que nos ha sabido a poco, de que te necesitábamos más tiempo entre nosotros, pero humanos somos y estamos  limitados por el tiempo y el espacio.

Sabemos que allá en tu tierra, en Brasil, también habrá mucha gente que te espera y te necesita. Desde tu numerosa familia, pasando por Valeriano, tu gato, hasta tantas y tantas personas a las que les podrás dar mucho de lo que aquí nos has dado.

Y después de todo, aquí nosotros no nos quedamos ni mucho menos huérfanos. Y en la oración seguiremos unidos, y cada domingo, en la eucaristía saborearemos la misma palabra de Dios, y compartiremos el mismo pan.

Amigo Sidnei, has sido un magnífico regalo de Dios para esta comunidad parroquial, para este pueblo. En el largo regreso a casa imagino que te acordarás de cómo fue tu llegada a Valencia, de aquellos primeros días de zozobra, de tu oración profunda ante la Mare de “Déu dels Desamparats”, de aquella señora que unos días después te devolvió la mochila intacta…

No estabas desamparado, ¿verdad? La “Señora” no te dejó, Dios te dijo “no temas, estoy contigo”. Y contigo ha seguido y, muchas veces, a través de ti, con nosotros. Y mira cómo te has ido. ¡Qué hermoso camino ha sido!

Amigo Sidnei, no me quiero alargar más. No sé cuándo leerás estas palabras. Yo las estoy escribiendo justo cuando sé que vas a abandonar Ribarroja, y sé que será un momento de intensa emoción, en que quizá las lágrimas hayan pugnado por salir. Pero hayan salido o no, no serán lágrimas amargas, porque son la prueba de que aquí, a orillas del Turia, dejas un montón de gente que te quiere y a la que quieres, y ¿no es el amor la máxima expresión de la esencia de Dios?

Sidnei, ¡Buen viaje! ¡Hasta siempre!

Y ¡que Dios te bendiga!

lunes, 22 de septiembre de 2025

Pero... yo no quiero ser emperador.


 

Leyendo en una novela los terribles acontecimientos de la noche de los cristales rotos, en Viena, el año 1938, no he podido menos que pensar cuan cerca estamos otra vez de atrocidades como aquella.

No hemos aprendido nada, y repetimos la historia de un modo insensato y suicida, creyendo que estamos avanzando, progresando que dicen, cuando en realidad, como si fuera una maldición, volvemos una y otra vez a la casilla de salida, como si de un juego siniestro se tratara, un juego sin fin, donde el horror y la muerte son pasos obligados cada cierto tiempo.

La semilla del mal está echada, y la cuidan con esmero, para que su crecimiento beneficie a unos pocos, a los que la cuidan. Los demás, la inmensa mayoría, o les siguen creyéndose libres, adhiriéndose a su discurso, o nos resistimos como podemos, si es que podemos.

Hitler convenció al pueblo alemán de que la causa de sus males eran los judíos, y que ellos eran superiores. Y millones de alemanes le creyeron. El mundo se divide en buenos y malos, nosotros somos los buenos y a los malos hay que exterminarlos. Es así de simple.

La fórmula siempre funciona. Simplificar la realidad, crear un nosotros y un ellos antagónicos e irreconciliables y fabricar unos pocos slogans y consignas para arengar a las masas. Y eso sí, unos medios de comunicación vendidos al poder.

Cuando se nos olvida que lo importante es el hombre, su dignidad, su libertad, su vida, entramos en el lado oscuro. Judíos, cristianos, musulmanes, rusos, americanos, chinos, de derechas o de izquierdas, gays o heteros, independentistas o no independentistas… Todos son antes que nada personas, con derecho a una vida en paz y libertad estén donde estén.

Sueño a veces en la utopía de que la gente, la inmensa mayoría, diera un corte de mangas planetario a los poderosos que en nombre de banderas, resquemores históricos, supuestas superioridades, ocultando con ello objetivos inconfesables, juegan con la vida de millones de personas como si peones de ajedrez fueran, fuéramos.

Por todo esto, quiero recibir al otoño añadiendo a esta entrada dos fragmentos del discurso final de Charles Chaplin en el Gran Dictador. ¡Qué terriblemente actual resuena en nuestros días!

 

Pero... yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las armas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia las miserias y las matanzas.

Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble que garantice a los hombres un trabajo, a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Pero bajo la promesa de esas cosas, las fieras subieron al poder. Pero mintieron; nunca han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán. Los dictadores son libres sólo ellos, pero esclavizan al pueblo. Luchemos ahora para hacer realidad lo prometido. Todos a luchar para liberar al mundo. Para derribar barreras nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia.

 

¡¡¡Feliz otoño!!!

martes, 9 de septiembre de 2025

A propósito del silencio.


 

Este verano caminábamos un nutrido grupo por un denso bosque de hayas y se puso a llover. El agua no llegaba a nosotros, pero se oía en las copas de los árboles con un murmullo suave y relajante. Callamos y escuchamos. Me hubiera pasando horas envuelto en aquel ambiente. Un rato después, un arroyo, con sus pequeños saltos de roca en roca, se unió al concierto.

Era la canción del bosque bajo la lluvia, como es la del viento en las cimas,  el fragor de una cascada, o el murmullo de las olas rompiendo en la arena, la forma más acabada y plena del silencio. También me gusta el silencio de una iglesia, el de un concierto, o el del aula, cuando es natural y no impuesto.

El silencio, al menos para mí, no es la ausencia de sonido. Es llenar esa ausencia con una presencia superior. La lluvia, el agua, el viento, las olas, la oración, la música, el maestro, necesitan del silencio para poder ser vividos y gozados en toda su plenitud. Se hacen fuertes en el silencio. Y trasmiten paz, belleza, sabiduría que destila sobre el alma de quien se pone en sus manos.

La palabrería incesante, los gritos, los ruidos, los ritmos machacones y estridentes, te sacan de ti mismo, te sumergen en un torbellino de evasión sin futuro, sin razón de ser, en una huida hacia adelante sin más propósito que la triste huida.

Cada día me resultan más insufribles. Y cada día hay más lugares públicos donde la supuesta música ambiental no solo está a un volumen excesivo, sino que quien la pone tiene la osadía de imponernos a todos sus gustos musicales, muy discutibles, y a menudo minoritarios.

O no hay música, y no pasa nada, o la que hay está a un volumen que permita hablar sin gritar, y desde luego, de un estilo soportable para la mayoría.

Otra cosa son las discotecas, las fiestas, o los restaurantes u otros establecimientos con ambientaciones específicas. Uno sabe a dónde va y por qué va donde va. Y está en su derecho. Ahí no hay problema. Voy, si se tercia, sin problemas.

Pero cuando tengo que soportar situaciones como estas, no buscadas por mí, pocas veces porque siempre intento evitarlas, mi mente se va al silencio, callo, y espero irme lo más pronto posible.

¿Será que estoy haciéndome muy, muy mayor?

sábado, 6 de septiembre de 2025

Puente abierto. Gracias.

Ya está otra vez.

Somos los humanos prontos para la crítica y el desprecio y tardos para la alabanza y la gratitud, y eso hace del mundo un lugar menos habitable y confortable de lo que podría ser.

Por esto, y para no caer en este error, pues un error lo considero, quiero agradecer la apertura del puente que rompió el río aquel infausto 29 de octubre. Apertura que se ha hecho a dos días del inicio de las clases.

Quien más y quién menos tendrá muy frescas en la memoria las colas que se organizaban todos los días en las horas punta en que se juntaban los desplazamientos laborales y escolares.

Ya fue de agradecer el puente provisional que el ejército montó el 11 de diciembre, lo más rápido que pudo, para conectarnos con el otro lado del río. Alivió mucho entonces, pues cruzarlo por Villamarchante o Manises, únicas alternativas, era toda una odisea.

En ambos casos estoy seguro del buen hacer de mucha gente que desde su puesto de trabajo, más o menos anónimo, pero siempre necesario, trabajaron y han trabajado para el bien de la mayoría.

Y así ha sido. En Navidad tuvimos puente militar y ahora ya tenemos el de “siempre”, justo a tiempo. Y no creo que en ninguno de los dos casos haya sido casualidad. Antes da las fiestas de Navidad y antes del retorno de las clases.

Por eso quiero hoy dar las gracias a todos los que hicieron posible que pudiéramos cruzar nuestro río poco después de la tragedia, y a los que han hecho que lo podamos cruzar desde ayer sin semáforos ni colas. Nuestro río, tan plácido como violento, tan amable como devastador.

Pero el nuestro. El pueblo lleva su nombre.



jueves, 4 de septiembre de 2025

Son humanos, hablan, comen y duermen, juegan...


 

Son las fechas próximas al 15 de agosto, fiesta de la Asunción, las peores de todo el verano para viajar. Gente por todas partes, precios altos y calor. Y este año, además, un calor extremo.

Huyendo de la masificación, ruidosa y agobiante, y del calor, encontramos ya hace algún tiempo un chaletito adosado en un pueblo del Pirineo francés. Lo del adosado nos daba un poco de miedo, pero el precio era bueno y el barrio parecía tranquilo. Nuestros horarios de montaña son madrugar y acostarse aceptablemente pronto. Dormimos poco y es importante hacerlo bien.

El año pasado, fue el primero, descubrimos para nuestra sorpresa que en la casa del al lado, de la que nos separaba un pequeña valla y un seto, había una familia con niños, franceses. Nos enteramos al tercer día.

Este año, teníamos una familia de españoles, sin niños. Puedo deciros todos sus planes; y no es que fueran escandalosos especialmente, pero nos enteramos de todo lo que hablaban.

Al tercer o cuarto día se fueron y vino en su lugar una familia belga con dos niños, de unos 10 y 12 años aproximadamente. Excepto un bon jour que nos dijo un día uno de los chiquillos, no escuchamos más que suaves conversaciones casi inaudibles. Y eso que nos separaba solo un seto y la pequeña valla.

Y pensábamos, son humanos; hablan, comen y duermen, juegan… No se les ve ni amargados ni atormentados…, y se puede vivir apacible y respetuosamente junto a ellos.

¿Entendéis por dónde voy, no? Cada día me molestan más los gritos, las voces innecesariamente altas, la mentalidad de que como son niños hay que aguantarse todo, o la de yo estoy de fiesta, pues todos han de estar de fiesta.

No creo que sea cuestión de carácter, cosas de las gentes del Mediterráneo. Conozco personas de por aquí tremendamente respetuosas. Como al norte de los Pirineos habrá personas que no conocerán el respeto.

Aquí o allá, creo que más aquí, es una asignatura pendiente de nuestra educación el enseñar a los niños que los demás existen, y tienen sus derechos. Mi libertad acaba donde empiezan las narices del otro.

Una lamentable falta de educación y un egocentrismo rabioso son las causas de estos comportamientos demasiado extendidos por nuestras tierras. También pasa en otras, más al norte, pero en menos medida.

Me da rabia que estos tipos de comportamientos sean una señal de identidad de los españoles, seamos de donde seamos. Y que incluso haya quien se sienta orgulloso de ello.

Es lo normal por aquí, dicen, chillones y “festeros”. Sí, es lo normal, pero ¿quién ha dicho que lo normal sea lo bueno? No siempre lo es, no siempre.

miércoles, 30 de julio de 2025

Buen verano y hasta pronto.

Creo que debo una explicación a quienes amablemente me leen por el silencio en el blog desde el 18 de julio. Son las vacaciones blogueras que alargaré hasta el 1 de septiembre.

Y digo vacaciones, que no cansancio o falta de “inspiración”. Hay de hecho muchos y variados temas que esperan pacientemente a que me siente a escribir.

Ahora, silencio, observación y reflexión. Hoy mismo, andando por las Rodanas cuando aún no apretaba el calor, me rondaban un sinfín de ideas que poco a poco irán cristalizando en futuras entradas.

Así pues, buen verano y hasta pronto.


miércoles, 7 de mayo de 2025

Cierra Venta Gaeta.


 

La verdad sea dicha, me encanta hacer montaña, sea alta, media o baja. Y llevo haciéndola casi toda la vida, casi desde niño. Pero también es verdad, lo hablaba esto hace nada con un amigo, que siempre me ha gustado también el complemento del bar o el restaurante al volver a la civilización.

Son las dos caras de la misma moneda. Un buen día de montaña tiene dos cimas, la cumbre propiamente dicha y el bar o restaurante donde se celebra lo hecho o se proyecta lo por hacer.

Ir de bares “a tomar algo” sin haber hecho nada, me aburre soberanamente. Acabar un día de montaña, o una travesía de varios días sin una buena comida o cena, es árido, no tiene gracia.

¿Y a qué viene esto ahora? Pues a una infausta noticia de la que me enteré ayer. Uno de los baretos, también restaurante, donde he redondeado bonitos días de montaña desde hace muchos años, toda mi vida, ha cerrado. Y aunque pone temporalmente, temo que no vaya a ser así.

Hablo de Venta Gaeta, aldea donde estaba el bar restaurante, situada al sur de la sierra Martés y al norte de la Muela de Albeitar. Un paraje precioso desde donde salen increíbles excursiones y ascensiones.

Lo hacían muy, muy bien. Comida excelente, atención adecuada y precio ajustado. Durante 60 años, mis padres ya iban con sus amigos de Llombay, han regalado a muchísima gente momentos muy gratos, inolvidables; senderistas, montañeros, ciclistas, moteros y gentes que iban a comer y punto, animaban la pequeña aldea que ahora estará silenciosa y… triste.

Es el paso del tiempo que, inexorable, lo va cambiando todo. No es el primer bar restaurante que pierdo. El Subordán, en Hecho, aún lo echo de menos, o el Era Puma, de Viella, tal y como era antes, o el hotel Bielsa, cuando aún era familiar y no de una cadena hotelera de esas sin alma, por ejemplo.

También esto me ha hecho pensar, una vez más, en lo muy agradecidos que hemos de estar a toda esa gente que desde la hostelería nos alegran la vida, nos la hacen más llevadera; que con su trabajo nos regalan momentos de celebración, de encuentro, de proyectos, de desahogo, momentos que quedan en la memoria como hitos que van jalonando la vida.

En fin, ojalá de verdad sea un cierre temporal y podamos volver a disfrutar de Venta Gaeta. Que Jose y Luis Iranzo, gocen de la jubilación, bien merecida, si esta es la causa del cierre, y que encuentren quien continúe su magnífica labor en aquel precioso rincón de Valencia.