Además,
y lo recuerdo muy bien, casi desde niño ha sido ese momento del día en que
rezar me ha resultado más fácil. Había una roca sobre el río, cerca del chalet
donde veraneábamos en La Cañada, a la que acudía muchas tardes.
Abierto
el panorama a poniente, el sol se ponía por detrás de Ribarroja. Como si cada
día me dijera que allí, en ese pueblo desconocido entonces por mí, iba a
enraizar mi vida, que allí vivía una niña que iba a ser mi esposa.
Comparto
hoy, junto a doce fotos, un himno de vísperas ideal para rezar frente al cielo
de poniente cuando cae la tarde y la noche acecha, cuando la sola contemplación es ya oración.
Todo en estado de oración parece,
la santidad, que empapa todo el aire,
rebosa de los cielos como de ánfora,
y se filtra en las venas del deseo.
Todo sube en afán contemplativo,
como a través de transparencia angélica,
y lo más puro que hay en mí despierta,
sorbido por vorágine de altura.
Tiene alas la tarde, unción y llama.
Todo yo en la plegaria he naufragado;
se levantan mis manos como lámparas;
por el silencio, el corazón respira.
Se ha encendido el crepúsculo en mi frente,
y la lumbre de Dios transe mi carne.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

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