Hay
tantas y tantas noticias, a menudo terribles, desconcertantes, irritantes, que
la que voy a compartir puede parecer insignificante, incluso ni siquiera
noticia para muchos, pero para mí sí ha sido importante. Y triste.
El
pino del huerto de la Piña, en Moguer, a cuyos pies está enterrado Platero, ha
muerto. Ya era un pino viejo y un temporal lo dañó muy gravemente. Ha tenido
que ser talado. Ya no forma esa "cúpula verde, toda pintada de cenit azul", que
protegía el descanso eterno del burrito.
Sí, ya
sé que Platero es un personaje literario, pero como don Quijote, y otros
muchos, en virtud del poder de la literatura
son tan reales como si de carne y hueso hubieran sido.
Porque
el pino, o el ciprés de Silos, otro árbol literario aún vivo, o La Mancha, sí
son reales, si tienen “carne y hueso”, aunque el del huerto de la piña sea ya
solo leña.
Me
asombra y encanta el poder de la literatura, la fuerza de la palabra, capaz de
trasformar lo cotidiano en algo especial, lo normal en algo excepcional. Capaz
de dotar de alma seres que sin ella no la tendrían, paisajes que serían solo
paisajes…
Muchas
veces, cuando paso bajo el pino precioso que tenemos en el corral de Barretes,
junto a la balsa y el camino, pienso en el del huerto de la Piña, y miro su
copa, y el cielo, gozando de esa cúpula verde toda pintada de cénit azul, como Juan Ramón Jiménez gozaría viendo aquel…
Y pensaré que aunque ya sea madera muerta, seguirá existiendo, seguirá viviendo en la palabra, y seguirá enseñándonos a mirar los pinos y ver más que pinos, y el cielo, y ver más que cielo. Y gozar de ello.
A continuación comparto el capítulo 135, Melancolía, en el que se hace referencia a este pino. No es el único capítulo en el que se habla de él.
Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos. Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo. Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas. —¡Platero amigo!—le dije yo a la tierra— ; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí? Y, cual contestando a mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio...

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