Vaya
por delante la consternación que nos produce una tragedia como la acontecida en
Andalucía con los dos trenes de alta velocidad. El respeto por las víctimas y
sus familiares y amigos es prueba de calidad personal. Y el silencio debería
ser la respuesta de quienes poco o nada podemos hacer.
Pero
no.
Esta
mañana, mientras me dirigía en coche a almorzar para luego hacer una rutita por
el monte, he puesto radio 5 para informarme mejor de lo sucedido. Había una
tertulia que me ha costado seguir sin que la vergüenza y la indignación
alteraran mi capacidad de conducir correctamente.
De un
modo machacón y reiterativo toda la preocupación de los contertulios, muy
serios y conspicuos todos ellos, con voz grave y afectadamente serena dadas las
circunstancias, era el problema de los bulos y la desinformación alimentados
por las redes sociales y determinados medios de comunicación. Pedían respeto,
serenidad, veracidad y sobre todo que no se politizara la catástrofe, que no se
polarizara más aún a la sociedad aprovechándose de ella; cuando ellos mismos lo
estaban haciendo exculpando al Gobierno con justificaciones como la mala suerte
o eso de que en otros países con más experiencia en este tipo de trenes también
han pasado cosas así, junto a otras muchas y asombrosas lindezas.
He
llegado al bar, he almorzado, y cuando he vuelto al coche seguían con la misma
cantinela, dándole vueltas a lo mismo y de la misma forma. Y he puesto música.
Lo
mismo sucedió con la DANA en Valencia desde el minuto cero de la tragedia. Entonces
aprovecharon unos para arremeter contra los que les había tocado en suerte bailar
con la más fea. Ahora se apresuran a defenderse porque son ellos los que están
en esa situación y saben que ahora son las víctimas. Y piden que no se haga lo
que ellos hicieron. Ahora no hay que hacerlo. Entonces sí.
Tanto
en una situación como en la otra, a los errores humanos se sumaron casualidades
nefastas, variables azarosas inesperadas e imprevisibles. Y la única respuesta
digna y honesta es reconocer y asumir lo que es fruto del azar de lo que nadie
es responsable, y buscar la verdad en lo que sí podemos controlar nosotros para
evitar que vuelva a repetirse algo semejante sin más interés que el bien común
y no el rédito político.
Sería
bonito que lo que llaman derechas no pagaran en este momento con la misma
moneda. Que no devolvieran mal por mal. Pero esto es Evangelio, y si hay algo
del todo ausente en la vida política es el Evangelio; y adviértase que he dicho
Evangelio, no religión.
En
fin, más de lo mismo. Hacer política aprovechándose del dolor, de la muerte. La
forma más abyecta concebible. La mayor perversión de la democracia.
Y
callo. No voy a hablar más de esto porque el asunto va para largo y dará mucho
asco. A fin de cuentas lo único importante es ayudar como mejor se pueda a toda la gente cuyas
vidas se han roto y honrar a quienes nos han dejado.

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