Vuelven
a tirar la cruz del Aneto, hoy mismo, la de madera que subió a hombros un joven
francés hace unos diez días. Y los periodistas ponen nombre al asunto, la
guerra de las cruces. Y los “progres” hablan de abrir un debate sobre los
símbolos religiosos en las cumbres. Y la gente toma postura, sí o no. La
polarización de la sociedad, tan útil para determinados intereses políticos,
sigue avanzando. El enfrentamiento está servido y va a más.
Pero
que nadie se engañe. En realidad no hay debate posible. No hay guerra de las
cruces. Es el asunto mucho más profundo y peligroso. Son frutos del árbol maldito que nos llevó a
donde nos llevó el año 36 y que creímos talado con la Transición, pero que han
conseguido revivir.
Y no
hay guerra de las cruces, porque es en realidad otra guerra que al no haber
sido capaces de superar vuelve a enseñar los dientes. Y no hay debate,
simplemente porque es absurdo quitar de las cumbres cruces y otros símbolos,
religiosos la mayoría, porque han trascendido hace muchos años a lo religioso.
Llevan
cientos de años en nuestro mundo por lo que han adquirido un alto valor
histórico y cultural. Además tienen un significado, a veces muy profundo, para
mucha gente. Por respeto a nuestra historia, nuestra cultura y a muchas personas,
hay que dejarlos donde están.
Por
otra parte, resulta paradójico que en Francia, estado laico por excelencia, haya
cruces y vírgenes por todas partes. En cimas, en collados, en pueblos, en
carreteras y caminos, y a nadie se le ocurre quitarlas o agredirlas. Lo asumen
como su historia, su cultura, su paisaje, el de sus antepasados y el de sus
hijos.
También
sería interesante ver si a toda esta gente les parecería bien que quitaran en
el Himalaya las banderas de oración con las que, estoy seguro, muchos de ellos
adornan sus casas o jardines. Son un símbolo religioso, igual que una cruz.
Por
todo esto tengo muy claro, desgraciadamente muy claro, que no es esto una
cuestión baladí que afecta a una montaña, o a todas las que tengan cruces, y
poco más. Se empieza arrancando cruces…
Miedo
me da acabar la frase, por eso no voy a hacerlo, porque el asunto es más grave
de lo que parece y más profundo. Llegue a la conclusión que crea que puede
llegar quien hasta aquí haya leído.
Solo
una cosa añadiré. No es vandalismo. Es estar enfermo, enfermo de odio. Y esa
enfermedad es muy contagiosa.
NOTA: Hoy mismo, por la tarde a última hora, me han comunicado que unos chavales que subían la han recogido y subido a la cumbre.





