Entrábamos
en el vestíbulo de un hospital para una visita y delante iba una señora con su
hijo más o menos quinceañero, por ahí andaría, cuando le oigo decir, “hijo,
súbete los pantalones que te estoy viendo todo el culo”, a lo que el mozalbete respondió
sin volverse, “pues no lo mires”.
El
mancebo en cuestión siguió en lo suyo mientras la madre decía, “ay estos
muchachos”. La situación me pareció graciosa y discretamente la seguí. La
señora continuaba hablándole, aunque ya no entendía muy bien qué decía porque se
fueron alejando de nosotros, pero sí llegué a ver cómo un poco después el
chaval se paraba y se subía los pantalones todo lo que daban de sí.
Ya no
vi ni oí más, y me quedé riendo de la situación y pensando en lo predecibles,
manipulables e iguales que son los adolescentes, ellos que quieren ser únicos,
irrepetibles y originales, cuando su comportamiento está descrito con pelos y
señales en cualquier manual de psicología evolutiva.
El
problema no lo vi ni en la señora madre que no veía bien que su hijo anduviera
enseñando el culo en un lugar público, lo que es bastante lógico y
comprensible, ni en el chaval que actúa como actúa y es lo que es por la edad
que tiene.
El
problema lo vi, y lo veo, en el monumental negocio que hay montado alrededor de
estas edades por gentes que también conocen, y muy bien, los libros de
psicología evolutiva y se aprovechan de las características de los adolescentes
llevándolos por donde quieren. La música, por llamarle de alguna forma a
ciertas músicas con que los contaminan, y la moda sobre todo, resulta a menudo
un espectáculo que llega al terreno de lo ridículo o peor aún, lo patético, que
significa que da pena.
Y no
es que en sí mismo esto, enseñar el culo, ir envuelto en ropa tres tallas
superiores, o con los pantalones rotos, sea algo grave, ni siquiera importante.
Es que me da rabia pensar que igual que los visten y las visten como ellos
quieren, les hacen pensar también como ellos quieren.
Y
ahora viene la pregunta del millón. ¿Quiénes son ellos?

