FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

domingo, 5 de abril de 2026

¡¡¡Feliz Pascua!!!


 

Buenos días.¡¡¡Feliz Pascua!!!

Quiero compartir esta bonita mañana un largo texto del que guardo gratísimo recuerdo y que sigo leyendo todas las mañanas de Pascua. Era joven, muy joven, y celebrábamos en el Junior, en la parroquia donde estaba en Valencia, la resurrección del Señor. No dormíamos en toda la noche, y esperábamos la salida del sol con sueño, cansancio y alegría. Leíamos el Evangelio, textos como este y cantábamos con las guitarras.

El texto es de Víctor Manuel Arbeloa, sacerdote, político y escritor navarro. Está en su libro Cantos de fiesta y lucha, publicado en 1976.

Os invito a que lo leáis sin prisa, que os dejéis envolver por las palabras que, al menos a mí, me trasmiten el gozo de escuchar en el pregón pascual, “esta es la noche en que rotas las cadenas de la muerte Cristo asciende victorioso del abismo”.

 

PREGÓN PASCUAL EN FORMA DE HOMILÍA

Sobre Hechos 10, 34, 37-43 y Juan 20, 1-9

I

Amigos y compañeros del barrio de Echavacoiz, hermanos en la fe de Jesucristo:

Si yo tuviera una fe grande, una fe recia, como dicen que tenían nuestros ilustres antepasados, o si supiera que vosotros la teníais a prueba de cualquier desilusión, de cualquier desgaste de disgusto, de cualquier escándalo, más o menos farisaico, o de cualquier edad, y de cualquier cansancio de la vida, tocaría esta mañana la corneta o el tambor, como toca cuando hay bando de noticias importantes el formal y tan simpático alguacil de mi pueblo:

“Os anuncio un gran gozo –os diría con voz aguardentosa o cantarina–, una buena, una inmensa noticia, más importante que el cine de esta noche, o que el posible ligue de esta tarde, más importante aún que el «Mini» por que estáis ahorrando, que el traslado del piso, que el ingreso de Paco, o que el acierto de 13 en la quiniela”.

“¿Sabéis qué? Pues que Cristo, el Señor que había muerto, que el amigo colgado de tres clavos ha resucitado para siempre, es decir, en castellano: que Jesús, el Cristo, vive para siempre, que algo extraño y sublime sucedió tras su muerte que acabó con la muerte, le quitó el aguijón a la muerte, que el hombre no es un ser para la muerte, que la tumba tiene también su propia tumba, que Dios le arrancó del hoyo del olvido y la carroña, que la triste y hedionda corrupción no es definitiva, que podemos vivir, luchar, amar y enredarnos en los sueños, sin tanto miedo al camión oscuro, al cruel relámpago, al mazazo seco, al incendio súbito, al ahogo lento, al puñal maldito de la muerte”.

II

Nos lo ha dicho Pedro, el amigo de Jesús, cobarde e impetuoso, que, tras avergonzarse del Maestro, rompió a llorar como una Magdalena y se fue a predicar por todo el mundo que el Maestro vivía, y se dejó cortar por eso la cabeza. Nos lo ha dicho diciéndolo a Cornelio, un centurión romano en Cesarea, poco dado a creer en fábulas y cuentos: Jesús había estado cerca de ellos; al partir el pan y el vino de la cena, lo sintieron tan íntimo y activo, que hasta comió y bebió con ellos y enseguida se fueron por el mundo anunciando a las gentes asustadas –asustadas por tantas cosas que pasan los días y las noches– que él es el juez de vivos y de muertos, que suyos son la muerte y los infiernos, ya vacíos, suyo el perdón, la paz y la última alegría.

Y Juan, otro testigo de la hora primera, casi un muchacho, amigo hasta el final, al pie de la agonía, nos cuenta emocionadamente su experiencia. Juan no es –nadie se engañe– un periodista reportero, ni un locutor de radio, ni un fotógrafo, ni se fue la mañana del domingo a rodar la película a la boca del sepulcro. No. Juan pretende decirnos otra cosa: no noticias, ni el cómo de las cosas, sino su hondísima verdad, la pulpa del mensaje, aquello que no es sola e infantil curiosidad, sino el sentido de la vida y la muerte de Jesús, que nutre nuestra vida y la levanta como un globo y limpia nuestra muerte del miedo y de la nada. La piedra del sepulcro está corrida, es decir: la muerte ha sido derrotada, se han quedado sus fauces sin la presa: le ha vencido la vida en primavera.

Nadie ha robado el cuerpo de Jesús ¿cómo hubieran podido los ladrones despojar el cadáver de las vendas y doblar el sudario? Jesús no sale atado de lienzos como Lázaro, que tiene el pobre que morir de nuevo. Jesús es el señor de la vida y de la muerte, libre ya de cualquier ligadura: viento suelto que todo lo revive, pájaro azul de la mañana, chorro de luz que nada ni a nadie se sujeta, música matinal que al mundo alegra, hijo de Dios, hijo del hombre, vida que agarrota a la muerte por sorpresa, palabra original y nunca repetida, que todo lo contiene, que a todos, por los siglos, nos enseña. Amor de madrugada que a todos nos despierta y nos remueve, con su sangre caliente todavía, con su abrazo de hermano, de padre, de esposo para siempre.

Juan ha comprendido bien esta mañana que el amor es más fuerte que la muerte, que no bastan las vendas y el sudario, ni el sepulcro vacío, que a Pedro le sorprenden, sino el encuentro gozoso con Jesús, la fe desnuda y deportiva, juvenil, en su reino.

III

Pero, amigos, no es tampoco la hora de engañarse, de volver otra vez a las andadas, de refugiarnos de nuevo en la vieja cantinela de un Dios con minúscula, de magia, poderoso hechicero, cómodo tapahuecos, santón de vela y oración apresurada, que nos libra de pensar y de creer, incluso de vivir, y que se encarga, tan bueno y complaciente, de ponernos un día de patitas en el cielo.

No. Dentro de un cuarto de hora, al salir de la misa, los chavales darán la misma murga que antes, y el rico –más o menos barato– pollo del domingo no se convertirá en plato de langosta. Seguirá la merluza a doscientas pesetas, y habrá que contentarse, a ser posible, con los ricos medallones rosados de merluza congelada. Las alubias, las rojas, estarán a sesenta, y la carne en picadillo a sólo cien pesetas kilo, a catorce cincuenta la leche después de tantas idas y venidas; la gasolina no sé, no tengo coche. Y el mínimo salario a doscientas veinticinco después de la subida, para que podamos llevar una vida lo más mínima posible, pensar lo mínimo, leer lo mínimo, tener una mínima cultura en honor de los máximos señores del mundo y del país.

La vida seguirá lo mismo que antes; tal vez volverá a subir otro quince por ciento y el salario –si hay suerte y con la ayuda de alguna huelga a tiempo y bien llevada– subirá tal vez hasta un once por ciento en todo caso. Se sentirán los enfermos igual de tristes solos cada tarde. Margarí perderá seguramente el novio, y Pedro no podrá casarse con Piluca que era el primer amor, ya en manos de otro. Las casas del llamado bloque Urdánoz nunca serán como las nuevas, escandalosamente caras, levantadas en el bonito Paseo Sarasate, donde viven y cobran ciertos hombres que oficialmente son nuestros hermanos. En fin, señoras mías que me escuchan, habrá que volver a ver qué dicen las revistas sobre las pecas, la piel de oca o las arrugas.

IV

Nada, nada habrá cambiado de repente. Porque la pascua, amigos, no es un timo, ni una varita mágica, ni una buena receta que da algún cura tonto –o muy listo, quizá, según se mire–, ni una oración con suerte a santa Rita.

Porque Jesús ha muerto igual que cualquier hombre y hay que pasar, con él, por ese aro. El Cristo de la pascua, que vive junto al Padre, tiene aún y para siempre la marca de los clavos. La cruz seguirá siendo, desgraciadamente y para rato, el árbol donde el coche va a estrellarse cuando todos volvían tan contentos, la reja insoportable de los presos, la bala fratricida del fusil, el látigo legal o físico del amo, el sobre del despido, el número del código penal que nos condena.

Pero también, si somos fieles y sencillos, la bandera animosa, la dirección segura, la flecha de esperanza, el bastón de la vida con que Dios, nuestro amigo, nos conduce.

Seguimos caminando, amigos, compañeros. El reino no ha venido aún del todo: ¡también tenemos nosotros que traerlo! Sí, sí, sabemos que algún día encajará por fin lo que está desencajado, será explicable lo que ahora nadie explica, las cosas y personas estarán en su sitio y todo volverá a tener sentido.

¡Pero cuánto habrá llovido en el barrio para entonces, qué viejísimos serán los chicos de estos bancos!

V

Nuestras pobres alegrías entre tanto no son más que un estreno; nuestro amor, un besito tímido en la frente. Y del banquete, del que Jesús nos habla a cada paso, no tenemos aún más que unos pocos entremeses.

Lo demás iremos preparando uno a uno y día a día, todos juntos, lo más rápido posible, hasta que todos estemos borrachos por la fiesta –que Dios es más fuerte y generoso que el vino de Mañeru–, chiflados como novios, y locos de amistad y esperanza interminable en la mesa redonda y siempre puesta del reino de los cielos.

viernes, 3 de abril de 2026

Recuerdo de un Viernes Santo.


Uno de los recuerdos que todos los Viernes Santos me conmueve es el de la muerte de la mamá de Isabel; nunca me ha gustado llamarle suegra. No era tres de abril, era diecinueve, pero la fuerza de este día eclipsa para mí el cómputo del tiempo. ¡Qué más da el número en el calendario! Era Viernes Santo, y eso es lo que importa.

Llevaba días yéndose poco a poco, abrazándose a la vida cada vez con menos fuerza. Era la hora de los oficios y decidí ir a la iglesia, pues está muy cerca de su casa. Un momento después de acabar de leer el relato de la Pasión, me avisaron. Acababa de fallecer.

Parecía que había esperado a morir justo cuando en su parroquia rememorábamos la muerte de Jesús. Esa “casualidad” tuvo desde el primer momento un profundo impacto en mí, y sigue teniéndolo, hasta el punto de que estoy convencido de que todavía me queda mucho para acabar de desentrañar su significado más profundo en su vida y en las nuestras.

Como el de su entierro, que  fue el Domingo de Pascua. ¡Qué lujo para un cristiano! ¡Qué regalo para ella, irse así de este mundo! Como Jesús, su Cristo de los afligidos, muere el viernes. Pero ahí está el domingo, el Domingo de Pascua, también para Jesús y para ella. La Vida para siempre.

Fue un regalo, sí. Y un regalo merecido. Fue Isabel una mujer excepcional; de una fe recia, trabajadora, servicial y amable; respetuosa y discreta. Una vida de entrega a su familia y a su parroquia, a los demás. Un hijo pequeñito y su marido, Jesús, partieron antes que ella, pero su madurez personal y su fe, le permitieron seguir viviendo con una paz y una alegría que sonaban a Evangelio.

A mí me acogió desde el primer momento. Me sentí querido y respetado siempre. Y puedo decir que no tengo ni el más mínimo reproche que hacerle ni a ella, ni tampoco a su marido. Fue una bendición; fueron ellos dos, una bendición para Isabel, mi esposa y para mí.

Hoy, Viernes Santo, ese día en que parece que la muerte ha vencido, en un momento oscuro de la historia como el que estamos viviendo, como dice el papa León XIV, la vida y la muerte de personas como Isabel son una luz deslumbrante que nos recuerda que hay futuro, que tiene sentido existir, que lo mejor está por venir, que es  la Vida y no la muerte quien tiene la última palabra.

Se fue un Viernes Santo. Y el domingo, cuando dejamos sus restos mortales en el cementerio, ella, junto a Jesús, su marido, y José Mari, su hijito, desde el seno del Padre nos estaría viendo con sus ojos claros y esa sonrisa suya que no olvidaré nunca.

Fue Isabel amor, sencillo, doméstico, cotidiano, incondicional. Amor a su marido, sus hijos, sus amigos, su parroquia, su Cristo de los afligidos. Y quiso Él llevársela al amor inmenso, inabarcable, incomprensible de Dios, un Viernes Santo, a la hora de los oficios, como diciéndonos, “tranquilos, no temáis, se viene conmigo”. 


 

jueves, 2 de abril de 2026

El que se sienta más grande, debe ser un siervo.



                                         

 

El  18 de abril del año pasado, en una cárcel de Roma, el Jueves Santo,  lavó los pies a 12 reclusos. Antes pronunció esta breve homilía que hoy, Jueves Santo también, comparto a continuación. Tres días después partió a la Casa del Padre.

 

«Os saludo a todos y os doy las gracias por vuestra acogida.

Hace unos días recibí una bonita carta de un grupo de ustedes que no estarán aquí hoy, pero que han dicho cosas tan hermosas. Gracias por lo que escribieron. En esta oración estoy muy unido a todos: a los que están aquí y a los que no están.

Hemos escuchado lo que Jesús hizo en la Última Cena. Es interesante. El Evangelio dice: "Sabiendo Jesús que el Padre lo había puesto todo en sus manos", es decir, que Jesús tenía todo el poder, todo. Y entonces, comenzó a hacer este gesto de lavar los pies. Era un gesto de los esclavos de la época, porque no había asfalto en las calles y la gente, cuando llegaba a un lugar, tenía polvo en los pies; cuando llegaban a una casa para una visita o un almuerzo, estaban los esclavos que les lavaban los pies. Y Jesús hace este gesto: les lava los pies. Hizo un gesto como un esclavo: Él, que tenía todo el poder, Él, que era el Señor, hizo el gesto como un esclavo.

Y luego aconsejó a todos: "Haced este gesto entre vosotros", es decir, servíos unos a otros, sed hermanos en el servicio, no en la ambición de los que dominan al otro o de los que pisotean al otro, o de los que... no: servicio, servicio. ¿Necesitas algo, un servicio? Lo haré por ti. Esto es la hermandad. La fraternidad es humilde, siempre: está en servicio.

Y ahora yo voy a hacer este gesto -la Iglesia quiere que el obispo lo haga cada año, una vez al año, al menos el Jueves Santo- para imitar el gesto de Jesús y también para hacer el bien a sí mismo con el ejemplo, porque el obispo no es el más importante: el obispo debe ser el más servidor. Y cada uno de nosotros debe servir a los demás. Esta es la regla de Jesús y la regla del Evangelio: la regla del servicio, no de la dominación, de hacer el mal, de humillar a los demás. Servicio.

Una vez, cuando los apóstoles discutían entre sí; discutían "quién es el más importante entre nosotros", Jesús tomó a un niño y dijo: "El niño. Si vuestro corazón no es como el corazón de un niño, no seréis mis discípulos. Un corazón de niño, sencillo, humilde, pero servidor. Y ahí añade algo interesante que podemos conectar con este gesto de hoy. Dice: "Tengan cuidado: los líderes de las naciones dominan. Ellos dominan. No tiene que ser así entre ustedes. El más grande debe servir al más pequeño. El que se sienta más grande, debe ser un siervo". Nosotros también debemos ser servidores. Es verdad que hay problemas en la vida: discutimos entre nosotros... pero esto debe ser algo que pasa, algo temporal, porque en nuestros corazones debe haber siempre este amor de servir al otro, de estar al servicio del otro.

Y que este acto que haré hoy sea para todos nosotros un gesto que nos ayude a ser más servidores unos de otros, más amigos, más hermanos.... más hermanos en el servicio. Con estos sentimientos, continuamos la celebración con el lavado de los pies.


lunes, 30 de marzo de 2026

Semana Santa tranquila.

Va a ser esta Semana Santa tranquila por estas tierras. Sol, pocas nubes, temperaturas frescas de noche y al amanecer, y tibias a medio día, incluso algo calurosas. Las mínimas se situarían entre 8 y 11, y las máximas entre 22 y 25 grados.

El viento del oeste, norte y noroeste, o sea seco, para girar al sureste, algo más húmedo, hacia el fin de semana. En principio no debe ser fuerte en ningún momento, aunque algunos días se notará algo más que otros.

Y poco más hay que decir de una semana rotundamente primaveral en la que no se esperan sorpresas.


viernes, 27 de marzo de 2026

Actualización fin de semana del 28-29 de marzo de 2026.

Tenemos por delante un fin de semana con dos días muy parecidos en todo excepto en una cosa, y bien desagradable, el viento.

Cielos despejados o con pocas nubes, temperaturas entre 6-7 grados de mínima y 18-19 de máxima, pero viento del noroeste suave mañana y del norte fuerte o muy fuerte el domingo, lo que hará que la sensación térmica sea de mucho frío, sobre todo de madrugada y por la mañana. No obstante hay que advertir que algunos modelos ya dan viento fuerte el sábado, aunque el domingo más fuerte aún.

Afortunadamente parece ser que esta ventolera será solo de un día, lo cual es de agradecer, pues de viento ya andamos servidos por estas tierras.


miércoles, 25 de marzo de 2026

Y todo es contemplación.

Me gustan y me impresionan las montañas, la inmensidad del mar, la grandeza de los desiertos, las selvas y los ríos. Me siento muy pequeño ante la naturaleza cuando exhibe su grandeza, pero también disfruto con lo pequeño que a menudo pasa inadvertido.

Esa doble dimensión, inmensidad y pequeñez, me lleva a adoptar dos actitudes bien diferentes pero complementarias. Las dos de admiración, pero una se me impone y la otra la he de descubrir.

Hay en la sierra Calderona un rincón al que le tengo especial aprecio. Quizá por el impacto que me causó el día que lo descubrí. Una hermosa pared se alza majestuosa en medio del pinar, y si estás ante ella en el amanecer de un día claro, es un espectáculo verla iluminarse por el sol.

Y también hay en primavera, a sus pies, flores como las jaras en las que muchas veces, pequeños insectos como este de la foto hacen su faena, en silencio.

Todo un lujo de colores, formas y texturas. La belleza rotunda de la Casa Común, como decía el papa Francisco. La pared dorada por el sol, el bichito de un bonito verde sobre el naranja y malva de la jara.

Y todo, todo, es contemplación.




domingo, 22 de marzo de 2026

Ni ángeles ni demonios.


 

Es una prueba, desde mi punto de vista, de la incultura y el fanatismo (suelen ir unidos) a los que estamos llegando en virtud sobre todo de la manipulación descarada a la que estamos sometidos.

Hablo del falso debate que airean los medios sobre el papel de España en América. Fuimos muy malos y aviesos para unos, y muy buenos y valerosos para otros. Para unos debemos pedir mil perdones y avergonzarnos de nuestras tropelías. Para otros, deben estarnos eternamente agradecidos y erigirnos monumentos por doquier.

En fin, falso y pernicioso, pero muy útil para manipular al personal. Por eso, siendo falso se mantiene y alimenta. Y digo falso porque en realidad no puede haber un debate serio sobre el asunto; sería tan imbécil como debatir si la tierra es redonda o no.

El asunto está más que claro y cualquiera con un mínimo de cultura y libre de prejuicios se dará cuenta de que en realidad no hay nada que debatir.

Primero. Juzgar cualquier época pasada de la historia con la mentalidad actual no se debe hacer nunca. Y menos cuanto más lejana esté esa época. Hacer esto nos lleva inevitablemente a conclusiones falsas e injustas, pero muy aprovechables para los sinvergüenzas que con esas falsedades manipulan a la gente.

En segundo lugar, decir que fuimos muy malos, que arrasamos, destruimos pueblos y culturas, y que tan grande fue la devastación que 500 años después hemos de pedir perdón a sus presuntos descendientes, es una solemne majadería. Asumir la leyenda negra como cierta, cuando está más que estudiado de donde surgió y por qué, es un incomprensible haraquiri cultural. Este planteamiento es falso en sí mismo aparte de incompleto y tendencioso.

En tercer lugar, decir que fuimos buenísimos, que les llevamos la civilización, la religión verdadera, que usamos la violencia solo en situaciones excepcionales, que no hubo abusos, que les dimos todo lo bueno que tienen y demás glorificaciones patrias tan útiles a ciertas ideologías, como la leyenda negra los es a otras, también es falso en sí mismo aparte de incompleto y tendencioso.

Claro que hay que quitarse la venda en los ojos de las ideologías para poder entender esto. Que la mentalidad, la forma de ser y vivir de la gente de los siglos XV, XVI, XVII no era la nuestra. Que la política y la sociedad europea y española tenían su propia dinámica muy diferente a la que nos ha tocado vivir; y ver y juzgar a aquella gente desde nuestros paradigmas actuales es del todo inadmisible, una vergüenza y una injusticia.

Y algo más. Humanos somos y humanos eran. Ni ángeles ni demonios como nos quieren ahora hacer creer los que se creen ángeles. Que hubo abusos, ¡claro! ¿Qué ahora no? Que hubo miles y miles de víctimas inocentes, ¡claro!; ¿Qué ahora no? Destruimos, sí; pero también construimos. Robamos, sí; pero también regalamos. Que hubo gente mala, sí, muy mala; pero también buena, gente honesta, buena y generosa.

Es triste, muy triste y muy descorazonador, que uno de los más importantes capítulos de la historia de la humanidad protagonizado por paisanos nuestros, sea 500 años después objeto de patéticos debates sin fondo ni sentido.

No, ni ángeles ni demonios. Personas a las que el devenir de los tiempos puso en la vanguardia de la historia para bien y para mal. Para escribir con sus vidas un largo capítulo lleno de muchas sombras, pero también de muchas luces, un capítulo sobre el que mezquinos intereses políticos echan toda la basura que pueden, buscando la condena o la glorificación. Matando la verdad.

No, no hay nada que debatir sobre esto, ni condena ni glorificación. El debate más bien debería ser ¿por qué os empeñáis en matar la verdad? No fuimos ni buenos ni malos, solo fuimos humanos haciendo historia.