Pasan
cosas buenas y bonitas muchas veces. Y voy a contar una de ellas de la que he
tenido noticias hoy mismo, 13 de mayo, un día muy especial para Isabel y para mí. Un montañero francés de 18 años, ha subido a la cima
del Aneto una cruz de madera de nogal tallada por él mismo y de 35 kg. de peso;
y lo ha hecho cargándola sobre sus hombros en una dura ascensión. Su nombre es
Mael Le Lagadec.
El
alcalde de Benasque ha dicho que allí estará, al menos, hasta que repongan la
otra, que de momento se halla desaparecida tras ser despeñada, oculta por la
gran cantidad de nieve que hay; y sigue nevando.
Mi más
profundo y sentido agradecimiento a este chaval que recogiendo el sentir de
miles y miles de personas, con su trabajo y su esfuerzo, ha dado una lección a
quienes nada saben, por su estrecha y triste visión del mundo, de respeto y
tolerancia.
Quiero
acabar esta buena noticia reproduciendo el final del libro el Aneto y sus
hombres, de Jean Escudier, editado por la editorial Montblanc y el Centro
Excursionista de Cataluña, en Barcelona, el año 1972. Un libro que junto a
otros pocos marcó mi forma ser montañero.
Dice
así.
El
macizo de los Montes Malditos ha dejado de merecer su nombre, pues en su punto
culminante, se eleva un símbolo de paz y amor entre los vivos y hacia aquellos
que han encontrado su muerte en la montaña.
Desde
el 12 de agosto de 1951, en la cima del Aneto, en pleno cielo de España,
resplandece una gran cruz de metal en cuyos brazos leemos Protege Domine plebum
tuam per signum Sanctae Crucis.
Ha
sido llevada allí, trozo a trozo, sombre hombros españoles y franceses, por una
fe que no conoce fronteras.
Gracias
Mael.



