Me
alegra reanudar el blog tras un parón a causa de falta de tiempo para escribir,
con la buena noticia de que llueve. Sí, ya sé que la lluvia interferirá en
algunos eventos festivos, pero es que nunca llueve a gusto de todos, y eso,
queremos o no, es así.
El
hecho es que estas lluvias de hoy, y las que parece que están por venir, son
una bendición para el campo y el monte, y preparan una primavera esplendorosa.
Después de más de un mes de vientos secos y fuertes o muy fuertes que han
actuado a modo de innecesario secador, era este el momento justo de que
lloviera bien. Y lo está haciendo.
Pocas
veces en la realidad “llegan a tiempo los buenos”. Y en un mundo en el que ya
no sabemos ni siquiera dónde están los buenos, si es que los hay, esto es una
bocanada de aire fresco, un regalo de la naturaleza.
Algo
bonito y bueno, y que llega a tiempo, pero que tampoco a todos contenta. Y es
que este mundo es tan rematadamente complejo, lo hemos hecho tan rematadamente
complejo, que hemos acabado por tener que elegir entre matones de salón del
oeste y maquiavélicos con suerte y ocultos intereses. Todos defendiendo la
verdad y la justicia, ¡claro!
Po
eso, frente a esta orgía de zozobra, confusión y muerte, una lluvia clara y
oportuna que limpia y da vida, es para mí un símbolo de lo que desearía que
sucediera en el mundo en el que vivimos. Y que sé que no sucederá.
Porque
no llegarán a tiempo los buenos, como ha llegado la lluvia, simplemente porque
no hay buenos. Solo nos queda refugiarnos en los nuestros, quizá tan malos como
los otros, pero a fin de cuentas, los nuestros. Y si no hacemos eso…

