Revisando
unas fotos esta tarde me ha encontrado, y digo que me ha encontrado y no que la
he encontrado, la foto que comparto. Al verla me ha trasladado a aquella mañana
brumosa del verano pasado en que ascendía por una empinada ladera a un pico del
Pirineo central.
Aquel
día iba solo y hacía frío. Me detuve un momento a descansar y al volverme me
encontré con un paisaje del que la foto es tan solo una humilde aproximación.
Me impactó, no sé por qué, pero me impactó, aunque muchas veces,
afortunadamente, he gozado de panoramas como este.
Aquel
día, como otros muchos, me vino a la boca una vez más, ese salmo que me sé de
memoria y que muchas veces he recitado ante la belleza de la naturaleza. Y eso
hice otra vez.
¡Señor, Dios nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!
Ensalzaste tu majestad sobre
los cielos.
De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos,
para reprimir al adversario y al rebelde.
Cuando contemplo el cielo,
obra de tus manos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él;
el ser humano, para darle poder?
Lo hiciste poco inferior a los
ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus
manos,
todo lo sometiste bajo sus pies:
rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por las aguas.
Señor, Dios nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra.

