FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

martes, 28 de julio de 2026

Un jardín o un desierto.


 

Dije ayer que escribiría hoy sobre los incendios. Y eso voy a hacer. Y voy a hacerlo recordando la respuesta que un político, muy ecologista él, dio a un bombero que se quejaba de la falta de limpieza del monte. El monte no puede ser un jardín, le dijo.

Estúpidas palabras que mostraban su profunda ignorancia, justificando además, de paso, su absoluta incompetencia. Pensé, si no es un jardín será un desierto. Y hacia ahí vamos a marchas forzadas. Porque está claro que no están por la labor de que sea un jardín; a los hechos me remito.

El problema del fuego es complejo, y tiene varias causas bien definidas que voy a intentar explicar desde mi punto de vista que no es el de un técnico, sino el de alguien que siempre ha amado el monte, que por eso lo recorre incansable y lo conoce. Es ahí donde me siento de verdad libre, y yo soy más yo que en ninguna otra parte.

En primer lugar hemos de volver la vista al éxodo rural, a mediados del siglo pasado. El abandono masivo de los pueblos supuso dejar sin cuidado alguno miles de hectáreas de cultivos mayormente de secano, los caminos que a ellos accedían, las masías y las aldeas cuyos habitantes mantenían limpio el monte porque vivían de él y en él. La ganadería también fue a menos. Y hubo más consecuencias, pero para no hacerlo largo, podemos resumir diciendo que la interacción del hombre con la naturaleza se alteró profundamente.

Y ahí está el origen del problema. Desaparecido un ecosistema hombre-naturaleza muy arraigado en el entorno mediterráneo, la alternativa fue el abandono. Naturaleza sin hombre. No se buscó, ni se busca, crear otro ecosistema sostenible que incluya al hombre. El monte, como más, es polideportivo o parque de atracciones de una sociedad urbanita que desconoce y a menudo desprecia la naturaleza y su funcionamiento. Ignoran que es un ser vivo; para ellos son instalaciones deportivas.

Y de aquellos polvos vienen estos lodos. Porque ante esta situación, nadie, nadie ha hecho nada serio para buscar una solución, más bien al contrario, se han puesto zancadillas a menudo a quienes han intentado hacer algo al menos en su ámbito más próximo.

Son los cuatro aliados de los incendios que, cual jinetes del Apocalipsis cabalgan cada verano, y a veces fuera del verano, por nuestros montes.

El primero son los políticos, quiero pensar que no todos. En cualquier caso no han sido capaces de ponerse de acuerdo en una planificación a largo plazo para establecer un plan nacional que responda a las consecuencias del éxodo rural en nuestros montes. Por eso no lo hay.

También son ellos responsables de promulgar leyes demasiado tibias ante los delitos contra el medio ambiente. Provocar un incendio, por descuido o deliberadamente, debería ser tratado como crímenes contra la humanidad, como terrorismo. El daño que nos hace a todos es descomunal, la devastación absoluta, las consecuencias irreversibles.

Y también son responsables de no invertir el suficiente dinero en prevención, limpieza de montes, arreglo de caminos, vigilancia con las nuevas tecnologías (cámaras térmicas, drones etc.) Y no hablo solo del dinero que se nos va con la corrupción, sino del que se emplea en cuestiones meramente ideológicas, más que discutibles, mientras se escatima, por ejemplo, en vehículos y personal, necesarios cuando el desastre se desata.

El segundo, los ecologistas, también espero que no todos. Con esa obsesión por no intervenir en la naturaleza, "dejadla en paz, ella sabe cómo hacerlo", he leído en algún cartelito, demuestran su ignorancia absoluta y una ideologización que les impide ver la realidad. Si el monte llegó a nosotros como llegó a mediados del siglo pasado, fue por la interacción constante y estrecha con el hombre. Y la alternativa no es el abandono, sino buscar otras formas de interacción. En el ecosistema mediterráneo el hombre es un elemento esencial. La población dispersa, la agricultura, la ganadería, la caza, la pesca, la explotación forestal son imprescindibles para que el ecosistema sea sostenible. Sin la presencia adecuada del hombre el ecosistema mediterráneo se destruye.

No puedo olvidarme, permitidme decirlo así, de los imbéciles, de la mala gente que vive entre nosotros. De los que los provocan porque sí, o por cualquier peregrino motivo más o menos patológico; del de la barbacoa; del de la radial en la caseta; del de la motosierra; del que utiliza mal y a destiempo vete tú a saber qué máquina, de la basura echada por todas partes… En fin, mil formas hay de traer el infierno al paraíso y de quemar el presente y el futuro de pueblo enteros.

¿Y el cambio climático? Bueno, pues también. Pero si las cosas se hicieran como deberían hacerse, estoy convencido de que su impacto sería infinitamente menor. Más aún, creo que se podría reducir al mínimo. Impactaría en otros ámbitos, pero con el tema del fuego, no.

Pero bueno, ahí tenemos ardiendo Espadán, aquellas bellísimas montañas que no volveré a ver verdes. Eso aquí, que en otras partes… mejor no hablar. Y aún queda mucho verano, demasiado.

Por todo lo dicho concluyo que lo que dejaremos a las generaciones venideras, a los que no han nacido aún, a los niños y jóvenes de ahora, será un jardín o un desierto.

lunes, 27 de julio de 2026

La crónica de una muerte anunciada.


 

Fue el 14 de octubre del año 2012 el día en que inicié el blog. Una primera entrada explicando el porqué del nombre, Los ecos secretos del silencio, y una segunda, el mismo día, hablando de la devastación que el fuego había provocado aquel verano en muchos de nuestros montes.

Porque fueron los incendios los que me impulsaron a hacerlo. La brutal y rabiosa impotencia que sentía y siento ante esto, y la consiguiente necesidad de desahogo, es uno de los motivos. El hacer algo, por poco que sea, es el otro. Escribir, a veces, puede ser útil. ¡Qué más puedo hacer!

Decía un día un amigo que al escribir un blog uno lo que está haciendo es buscarse a sí mismo, buscar el reconocimiento de los demás. No es mi caso, y mucho menos en el tema del fuego. Si alguna de las muchas entradas sobre este tema alguien la hace suya y la publica en su nombre, lo que se llama plagio, no tengo ningún problema.

Todo el blog está abierto a cualquiera que desee hacerlo suyo. Permiso para plagiar. Porque, y hablando del fuego, la función de desahogo de mi impotencia ante los incendios estará cumplida, y si alguien con más predicamento que yo, hace públicas mis reflexiones y denuncias como si fueras suyas, ¡bendito sea Dios!

Y en esta línea escribo hoy, una vez más con el fuego como protagonista. Me he resistido a hacerlo porque me había planteado descansar dos meses y porque me cuesta mucho escribir sobre esto sin perder los estribos. Pero las trágicas circunstancias se imponen.

El tema del fuego es la crónica de una muerte anunciada. Mil veces anunciada. Pero poco o nada se hace para evitar esa muerte. Más aún, todavía hay quien tiene el cinismo y la sinvergonzonería de acusar del desastre al cambio climático en un simplificación de la realidad burda y ridícula.

No señor, no. No y mil veces no. Cínico y sinvergüenza hay que ser para decir eso y quedarse tan terne. Las causas son varias, y el cambio climático es una de ellas y no la más importante.

Pero claro, para eso hace falta ser capaz de hacer un análisis de la realidad más allá de ideologías y partidismos. Hace falta priorizar necesidades e invertir en atenderlas. Y prioridades hay tres, educación, sanidad y medio ambiente. Lo demás viene detrás.

Sobre todo esto hablaré en una próxima entrada que quiero publicar mañana. Hoy acabo reseñando algunas de las muchas que he escrito sobre este tema en la sección Montes verdes. Podéis leerlas tecleando el nombre en el buscador del blog, en su versión web, tanto en el móvil como en el ordenador.

Fue el verano de 2012.

¡¡¡Cuidadín!!! Estamos en un polvorín.

El monte vuelve a ser un polvorín.

Era muy bonito pero no hay que fiarse.

No estaría de más.

Evitar lo evitable.

Empieza el verano. Aviso importante.

¿A quién advierte el cambio climático, sr. Sánchez?

Desahogo desde el miedo y la tristeza.

Villanueva de Viver. Y dicen que progresamos.

viernes, 3 de julio de 2026

Muy mal, aunque podría ser peor.

No solo es que el fin de semana se presenta feo de narices por el calor, es que la semana que viene va a ser aún más fea e insoportable con la segunda ola de calor del verano.

Las máximas empezarán a subir mañana mismo, día tras día, hasta llegar a los 39-40 hacia el miércoles. Las mínimas se quedarán en los 22-23. Es posible que a partir de ahí bajen un par de graditos; menos da una piedra.

El cielo seguirá despejado y el levante también seguirá con nosotros, afortunadamente. Porque si con levante llegaremos a 40, no quiero pensar qué pasaría en una “ponentá”.

El otro peligro, aparte del calor desbocado, es la posible formación de tormentas que, aunque no está previsto que lleguen aquí, pueden provocar incendios por el interior, pues las cantidades de agua no serán muy cuantiosas y los rayos, en el monte seco…

En resumen, un fin de semana, preámbulo de otra mala semana. Como veréis mal, todo bastante mal aunque podría ser peor, mucho peor.

Y aún no hemos llegado a la canícula.


Sucedió en La Maladeta.


 

Tan poderosa por encima de nosotros, ¿no será solamente una cosa? No, ciertamente, si es verdad que nos llama y que la nombramos. Su vida humana comenzó con este cambio, con la mirada, que anima; con la voz, que despierta. Desde entonces hay en ella todo lo que es del hombre, todo lo que él ha puesto allí; y todo lo que le sobrepasa.

G. Sonnier.

Me contó ayer mismo un amigo una experiencia que tuvo no hace mucho en los Pirineos. Me impactó, por eso quiero recogerla en el blog y compartirla.

Era sábado, había subido esquiando el Aneto con un amigo, para luego dirigirse al pico Maladeta, pero su amigo optó por regresar ya al valle y él siguió solo hacia la que sería la segunda cima del día.

Tras ascender el glaciar de la cara norte llegó a la base del corredor que conduce a la cresta cimera. Allí había una cordada que no se decidía a acometer la ascensión de dicho corredor, y un chaval que iba solo, que también tenía sus dudas sobre si meterse en él o no.

Mi amigo, comprobando que el estado de la nieve era aún aceptable, se decidió a subir, y viéndolo este chaval se decidió a subir también con él. La cordada renunció e inició el descenso. Quedaron solos en la montaña.

Hicieron cima. Contemplación, silencio… Entonces, allá arriba, en la cumbre, mi amigo se sorprendió cuando le dijo “he subido hoy aquí por algo. Íbamos a venir mi novia y yo. Falleció hace mes y medio. Pero yo he venido”.

Ante tales palabras mi amigo, desbordado, le preguntó, ¿puedo abrazarte? Y allí, a 3312 metros de altitud, solos, dos desconocidos se fundieron en un abrazo y estallaron en llanto. Un llanto, profundo, largo… necesario y liberador.

“No hubiera subido solo, le dijo a mi amigo. Estoy aquí gracias a ti”. Afortunadas casualidades enlazadas de tal modo que aquello fue lo que tenía que ser. Sin más testigos que la montaña y el cielo, La Maladeta acogió todo lo que aquel hombre y su chica habían puesto en ella, y todo lo que les sobrepasaba. ¿Casualidades?

No es la montaña una cosa. Es mucho más. En aquel momento era lugar de encuentro de dos desconocidos que se abrazan, que lloran juntos, porque es mucho más lo que nos une que lo que nos separa a las personas. Era presencia en la cima de alguien que ya no está, y que de alguna forma, yendo allí, se hace presente en el límite mismo de la tierra de los hombres, más cerca del cielo. Era el deseo de seguir viviendo más allá del dolor y el sufrimiento. Era la montaña devolviéndote, como un ser que te quiere, mucho más de lo que tú le has dado. Era, en fin, si eres creyente, un regalo de Dios, que no es quien se la quitó, sino quien se la devolverá.

Sí, es una experiencia fuerte, profunda, en la que vemos con claridad diáfana, que la montaña es un ser desde que el hombre la miró y la nombró, iniciando así una larga y hermosa historia de amor.

No conozco a aquel chaval, solo sé que es uruguayo, pero quiero desde este blog, mi amigo se lo hará llegar, desearle de todo corazón que siga en las montañas; que esa ascensión a La Maladeta, triunfo de la vida sobre la muerte, ilumine su caminar, le colme de paz, y le dé la esperanza de volverse a encontrar con su chica en esa cima de la que ya no habrá que bajar, y en esa luz cuyo pálido reflejo encontramos algunos en el cielo de las montañas.

jueves, 2 de julio de 2026

La cascada del Cervino.

 


Como si se tratara de la primera secuencia de una de estas películas catastrofistas vemos asombrados la cara norte del Cervino con una gigantesca cascada. Lo que ocurre es que no es una película. Esta impresionante y bellísima montaña de los Alpes, de la que se ha dicho que es el más noble escollo de Europa, escenario de grandes gestas, terribles tragedias y profundas alegrías es uno de los símbolos del alpinismo y probablemente una de las montañas más conocidas del mundo.

Con su inconfundible presencia eleva solitaria sus 4478 metros, rodeada, de glaciares y, a respetuosa distancia, otros muchos cuatromiles. Pienso que es una de las montañas más bonitas del mundo. Quizá la montaña por excelencia.

Su cara norte, de 1200 metros, oscura, helada, a menudo nevada en verano, ha sido escenario de algunas  de las ascensiones clásicas de los Alpes, reservada a quienes gozan de un alto nivel de escalada.

He podido disfrutar de ella en varias ocasiones, contemplándola desde el pueblo, Zermatt, desde un pequeño lago a sus pies donde pasé varios días acampado; desde el refugio de la vía normal por Suiza, el refugio de Hörnli y desde las montañas a las que he ascendido en aquel valle suizo donde ella reina como dueña y señora, eclipsando incluso con su presencia a la segunda más alta de los Alpes que se eleva frente a ella, el Monte Rosa.

Pues bien, como he dicho, desde hace unos días una monumental cascada que se ve desde el pueblo cae por su cara norte. En alguna ocasión en veranos muy cálidos, o después de fuertes tormentas, se han visto pequeñas caídas de agua, pero nunca lo que ahora estamos viendo.

Y esto es significativo y muy peligroso. El calor excesivo no es que sea malo para nosotros, que lo es, es la naturaleza entera la que está afectada, transformándose de un modo muy acelerado con consecuencias que no sabemos a dónde nos pueden llevar, y ni si seremos capaces de adaptarnos nosotros a dichas trasformaciones.

En el mundo de la montaña está teniendo un impacto directo, cerrando, quizá para siempre, rutas de ascensión clásicas, forzando a abrir otras nuevas, aumentando su dificultad e incluso haciendo inviable el acceso a ciertas cimas, aparte de disparar el número de accidentes.

La norte del Cervino, ahora con su enorme cascada, es tan hermosa como trágica, es un grito de la montaña, de la naturaleza, diciéndonos alto y claro, que nada va a ser como era hace tan solo unas pocas décadas.

La pregunta es ¿cómo estará la humanidad en este nuevo horizonte hacia el que cada vez más y de un modo más evidente se encamina el planeta? Porque la vida se adaptará a los cambios, como lo ha hecho desde que surgió en la tierra, durante millones de años, pero nosotros ¿seremos capaces de hacerlo?

Ante la gran cascada de la norte del Cervino me viene a la mente el final de un himno de la liturgia de las horas:

Que el hombre no te obligue,

Señor, a arrepentirte

de haberle dado un día las llaves de la tierra.

 

A continuación tenéis el himno entero. 

 

Alfarero del hombre, mano trabajadora

que, de los hondos limos iniciales,

convocas a los pájaros a la primera aurora,

al pasto, los primeros animales.

 

De mañana te busco, hecho de luz concreta,

de espacio puro y tierra amanecida.

De mañana te encuentro,

Vigor, Origen, Meta

de los sonoros ríos de la vida.

 

El árbol toma cuerpo, y el agua melodía,

tus manos son recientes en la rosa;

se espesa la abundancia

del mundo a mediodía,

y estás de corazón en cada cosa.

 

No hay brisa, si no alientas,

monte, si nos estás dentro,

ni soledad en que no te hagas fuerte.

 

Todo es presencia y gracia.

Vivir es ese encuentro:

Tú, por la luz; el hombre, por la muerte.

 

¡Que se acabe el pecado!

¡Mira que es desdecirte

dejar tanta hermosura en tanta guerra!

 

Que el hombre no te obligue,

Señor, a arrepentirte

de haberle dado un día las llaves de la tierra.




domingo, 28 de junio de 2026

Malos tiempos para la vida.

Mientras veo cómo el radar capta una precipitación importante sobre nosotros que no llega al suelo, el agua se evapora antes por el calor, escribo que lamentablemente nos espera otra semana muy caliente.

Las máximas estarán entre 35 y 36 grados, bajando el jueves, con un poco de suerte, a 32. Las mínimas no bajarán de 22 o 23, o sea que el refrescamiento nocturno será mínimo, y nulo en los cascos urbanos donde el asfalto, los edificios y los aires acondicionados retienen el calor.

El cielo, con el sol como dueño y señor castigará sin compasión desde que salga hasta que se oculte. Y el viento, el único aliado en estos momentos, seguirá entrando del mar, afortunadamente.

Porque aunque aumenta la sensación de calor siempre será mejor que el poniente, que tal y como están las cosas, dispararía las temperaturas por encima de los 40 lo que podría desencadenar una auténtica devastación.

Malos tiempos para la vida.


Hasta el cuarenta de mayo...


 

Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo, y en agosto frío en rostro. Estos dos refranes delimitaban los veranos de antes. Empezaba a hacer calor hacia el diez de junio y a partir del quince de agosto, fuera de las horas centrales del día, ya hacía una temperatura agradable, incluso fresca en ocasiones.

Cierto que había algunos días que el termómetro se disparaba, pero algunos días. Yo recuerdo aquellos veranos humanos, en La Cañada donde veraneaba. Y pienso también en Fuente la Higuera, donde pasábamos la primera quincena de septiembre, que al salir de la novena por las tardes, mis padres nos ponían bufanda.

Aquello pasó. Estos refranes quedan como testimonio triste de otros tiempos porque ahora son absolutamente falsos. Es muy grave lo que está pasando.

Riesgo extremo de incendios. Aragón, por ejemplo, ha restringido este fin de semana el acceso a zonas forestales, incluido el Pirineo, donde por ejemplo, en Benasque, han suspendido el servicio de autobús a Besurta, Vallibierna y Espigantosa.

En muchas zonas, la sequía asoma el hocico. Aquí en Ribarroja, en los tres meses de primavera han caído cuarenta y seis litros. Y con este sol implacable y estos calores, el monte está terriblemente seco y con una ingente carga de combustible.

En los Alpes cierran el acceso a muchas montañas por riesgo de avalanchas y rotura de los glaciares. Extreman la vigilancia de los que están sobre zonas habitadas.

Los vencejos y gorriones jóvenes que aún no saben volar, huyen de sus nidos recalentados y se estrellan contra el suelo. He visto ya varios.

En Francia el sistema de salud está saturado y muchas funerarias desbordadas. Golpes de calor, ahogamientos, infartos, agravamiento de enfermedades crónicas… Y así en otras partes de Europa.

Cierran ferrocarriles, vuelos, cancelan eventos de todo tipo. El turismo se contrae, saturando las zonas presuntamente más frescas y vaciando otras.

La agricultura se altera severamente al romperse los ritmos naturales de temperatura y humedad, ambientales y del suelo.

Y aún podríamos seguir desgranando las consecuencias de lo que nuestra torpe y egoísta forma de relacionarnos con la naturaleza está provocando.

La falta de una intervención en el mundo rural a largo plazo que facilita la despoblación y dispara el riesgo de incendios forestales; la reducción de la naturaleza a un polideportivo con actividades como el ciclismo o las carreras, con un fuerte impacto ambiental; la basura que orla carreteras, pistas y senderos, y otras muchas acciones u omisiones cotidianas, son la prueba del poco aprecio y nulo respeto que pese a lo que pueda parecer tenemos por el planeta en el que vivimos.

Y no es que por todo lo que le estamos haciendo a la naturaleza se esté vengando. No, no es una venganza, es que estamos rompiendo el casco del hermoso buque, ese prodigio de vida, por el que navegamos por el Universo. No se venga, lo estamos hundiendo nosotros mismos.

Por eso, porque lo estamos hundiendo, hemos de quitarnos el sayo mucho antes del cuarenta de mayo y esperar el frío en el rostro más allá del Pilar, bastante más allá.