Hace algunos años, uno de mis alumnos entró en el seminario. Hoy ha sido ordenado
diácono.
Buenas tardes. Sergio.
A ti van dirigidas estas palabras esta tarde de sábado. Te
conozco hace muchos años, y más te conocí cuando te tuve de alumno de filosofía
en 4º de secundaria, en aquella aulita pequeñita, así la quise, en la que nos
sentábamos en círculo para vernos las caras y hablar más y mejor.
No
estabas aún bautizado. Me acuerdo del día de tu bautismo, y del de tu primera
comunión, poco tiempo después. Todo discreto, sencillo y cierto, sobre todo
cierto. Tu ingreso en el seminario no fue una sorpresa, al menos para nosotros.
Tu vocación se iba dibujando como un trazo firme y vigoroso, a la vez que
misterioso y sorprendente; y si no que se lo digan a tu padre, también exalumno
mío, y a tu madre.
Y es que toda vocación es, en el fondo, un misterio sorprendente. Sabes bien que Dios llama de muchas
maneras, en momentos distintos y a través de caminos que no siempre alcanzamos
a comprender. Pero hay algo que permanece: Dios llama porque nos ama, y nos llama
porque como dice san Agustín “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón
está inquieto hasta que descanse en Ti”. Por eso nos llama.
Cuando
se es joven uno se plantea qué quiere hacer con su vida, qué queremos
conseguir, qué profesión queremos ejercer o qué metas queremos alcanzar. Tú,
como todos, a casi todos, lo hiciste. Pero encontraste en el Evangelio otra
pregunta, una pregunta mucho más profunda: ¿para quién quiero vivir? Porque
quizá el verdadero sentido de la existencia no consista en acumular
experiencias más o menos exitosas o satisfactorias, sino en descubrir que más
allá de todo eso nuestra vida tiene un destino y una misión, un sentido.
La vocación cristiana, tu vocación, es precisamente eso:
escuchar la voz de Dios y atreverse a responder. Y eso sí da sentido a la vida.
Ya sabes que no significa tener todas las respuestas ni conocer de antemano
todo el camino. Significa confiar en Aquel que te ha llamado y dar un paso
adelante, sabiendo que en el camino, como en Emaús, está con nosotros, aunque
no nos demos cuenta demasiadas veces. Por eso hay que decirle cada
día, “quédate con nosotros, la tarde está cayendo.”
Y hoy,
con la ordenación diaconal, ese camino adquiere una nueva dimensión: la del
servicio.
El
diácono recibe una misión hermosa y exigente: servir a Cristo sirviendo a los
hermanos; anunciar el Evangelio, asistir a la comunidad y hacer visible, con su
vida, que el amor cristiano no son palabras, sino una entrega concreta.
Por todo
esto, al saber que hoy ya eres diácono, sentimos Isabel y yo alegría y
gratitud. Alegría por verte avanzar en el camino al que Dios te ha llamado; y
gratitud porque, de algún modo, quienes hemos tenido la oportunidad de
acompañarte en alguna etapa de tu vida hemos sido también testigos del bonito
proceso de tu vocación.
Querido
Sergio, hoy comienza para ti una nueva etapa. Que nunca dejes de escuchar la
voz de Cristo. Que tu oración te mantenga siempre unido a Él. Y que, cuando
lleguen las dificultades, recuerdes que no caminas solo: Aquel que te llamó
permanece contigo.
Que
María, te enseñe a responder cada día con la misma confianza: “Hágase en mí
según tu palabra.”
Y que
toda tu vida sea una respuesta sencilla y generosa a la llamada de Dios: una
vida colmada de sentido, entregada a Cristo, al Evangelio y a los hermanos.
¡Enhorabuena, querido Sergio!.
¡Que Dios bendiga!



