FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.
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domingo, 3 de mayo de 2026

Nanas de la cebolla, de Miguel Hernández.


Comparto hoy, día de la madre, un poema de Miguel Hernández titulado Nanas de la cebolla. Es un poema impresionante, escrito en la cárcel, en Madrid,  en septiembre de 1939, como respuesta a una carta de su mujer diciéndole que solo tienen para comer pan y cebolla. Son tiempos duros, postguerra, hambre, el marido ausente, el futuro incierto. Y la madre amamanta y acuna al niño como puede, con lo que puede.

Y lo comparto porque me parece que el poema entero es como una pintura prodigiosa, creada con palabras a modo de pinceles, sobre el lienzo del tiempo y el espacio trocado en dolorosa distancia. Un  poema serio que bien se puede dedicar a las madres, alejado de tópicos y cursilerías tan abundantes un día como hoy.


La cebolla es escarcha

cerrada y pobre:

escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla:

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

 

En la cuna del hambre

mi niño estaba.

Con sangre de cebolla

se amamantaba.

Pero tu sangre,

escarchada de azúcar,

cebolla y hambre.

 

Una mujer morena,

resuelta en luna,

se derrama hilo a hilo

sobre la cuna.

Ríete, niño,

que te tragas la luna

cuando es preciso.

 

Alondra de mi casa,

ríete mucho.

Es tu risa en los ojos

la luz del mundo.

Ríete tanto

que en el alma al oírte,

bata el espacio.

 

Tu risa me hace libre,

me pone alas.

Soledades me quita,

cárcel me arranca.

Boca que vuela,

corazón que en tus labios

relampaguea.

 

Es tu risa la espada

más victoriosa.

Vencedor de las flores

y las alondras.

Rival del sol.

Porvenir de mis huesos

y de mi amor.

 

La carne aleteante,

súbito el párpado,

el vivir como nunca

coloreado.

¡Cuánto jilguero

se remonta, aletea,

desde tu cuerpo!

 

Desperté de ser niño.

Nunca despiertes.

Triste llevo la boca.

Ríete siempre.

Siempre en la cuna,

defendiendo la risa

pluma por pluma.

 

Ser de vuelo tan alto,

tan extendido,

que tu carne parece

cielo cernido.

¡Si yo pudiera

remontarme al origen

de tu carrera!

 

Al octavo mes ríes

con cinco azahares.

Con cinco diminutas

ferocidades.

Con cinco dientes

como cinco jazmines

adolescentes.

 

Frontera de los besos

serán mañana,

cuando en la dentadura

sientas un arma.

Sientas un fuego

correr dientes abajo

buscando el centro.

 

Vuela niño en la doble

luna del pecho.

Él, triste de cebolla.

Tú, satisfecho.

No te derrumbes.

No sepas lo que pasa

ni lo que ocurre.

La sucesión de hermosísimos símiles y metáforas es abrumadora. El dolor contenido, impresiona, desbordándose no obstante los sentimientos que parecen fluir con serenidad. El niño y su madre son el futuro que el poeta no tiene, la vida que le falta, la libertad que añora.

Es la madre, que envuelve y arropa a su hijo trasformando la triste cebolla en ese hilo a hilo que lo vivifica, la que permite reír al bebé, la que también le da vida a él a través de la risa presentida de su hijo; la que le da un futuro. “Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea. Es tu risa la espada más victoriosa. Vencedor de las flores y las alondras. Rival del sol. Porvenir de mis huesos y de mi amor”.

Pero la realidad, brutal, se impone. Los cinco dientecitos del bebé “Frontera de los besos serán mañana, cuando en la dentadura sientas un arma. Sientas un fuego correr dientes abajo buscando el centro”.

Y acaba diciéndole “Vuela niño en la doble luna del pecho. Él, triste de cebolla. Tú, satisfecho. No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre”. Porque mientras la madre esté ahí, triste de cebolla, el niño estará satisfecho. Y mientras el niño siga siendo niño junto a su madre, mejor que no sepa lo que pasa ni lo que ocurre.

Todo un triste e inmenso poema a la grandeza de ser madre.

¡Feliz día a todas las mamás!

 

NOTA: Este poema lo popularizó cantándolo Juan Manuel Serrat.

sábado, 14 de febrero de 2026

Quien dice que la ausencia causa olvido...


 

Juan Boscán, poeta español que vivió entre los siglos XV y XVI, en el Renacimiento, escribe este bonito y cierto poema que comparto hoy, día de san Valentín. Es muy claro y directo, no necesita explicación.

Es un poema que nos interroga. ¿La usencia de la persona a la que amas apaga el amor? Él dice que no, que al contrario, lo aviva,  intensificando el deseo del reencuentro. Si era amor verdadero, claro. Esa es la prueba.

Y yo pienso como él.

¡Feliz san Valentín!

 

Quien dice que la ausencia causa olvido

merece ser de todos olvidado.

El verdadero y firme enamorado

está, cuando está ausente, más perdido.

 

Aviva la memoria su sentido;

la soledad levanta su cuidado;

hallarse de su bien tan apartado

hace su desear más encendido.

 

No sanan las heridas en él dadas,

aunque cese el mirar que las causó,

si quedan en el alma confirmadas,

 

que si uno está con muchas cuchilladas,

porque huya de quien lo acuchilló

no por eso serán mejor curadas.

martes, 13 de enero de 2026

El pino de Platero ha muerto.


Hay tantas y tantas noticias, a menudo terribles, desconcertantes, irritantes, que la que voy a compartir puede parecer insignificante, incluso ni siquiera noticia para muchos, pero para mí sí ha sido importante. Y triste.

El pino del huerto de la Piña, en Moguer, a cuyos pies está enterrado Platero, ha muerto. Ya era un pino viejo y un temporal lo dañó muy gravemente. Ha tenido que ser talado. Ya no forma esa "cúpula verde, toda pintada de cenit azul", que protegía el descanso eterno del burrito.

Sí, ya sé que Platero es un personaje literario, pero como don Quijote, y otros muchos, en virtud del poder de la literatura  son tan reales como si de carne y hueso hubieran sido.

Porque el pino, o el ciprés de Silos, otro árbol literario aún vivo, o La Mancha, sí son reales, si tienen “carne y hueso”, aunque el del huerto de la piña sea ya solo leña.

Me asombra y encanta el poder de la literatura, la fuerza de la palabra, capaz de trasformar lo cotidiano en algo especial, lo normal en algo excepcional. Capaz de dotar de alma seres que sin ella no la tendrían, paisajes que serían solo paisajes…

Muchas veces, cuando paso bajo el pino precioso que tenemos en el corral de Barretes, junto a la balsa y el camino, pienso en el del huerto de la Piña, y miro su copa, y el cielo, gozando de esa cúpula verde toda pintada de cénit azul, como Juan Ramón Jiménez gozaría viendo aquel…

Y pensaré que aunque ya sea madera muerta, seguirá existiendo, seguirá viviendo en la palabra, y seguirá enseñándonos a mirar los pinos y ver más que pinos, y el cielo, y ver más que cielo. Y gozar de ello.

A continuación comparto el capítulo 135, Melancolía, en el que se hace referencia a este pino. No es el único capítulo en el que se habla de él. 

Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos. Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo. Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas. —¡Platero amigo!—le dije yo a la tierra— ; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí? Y, cual contestando a mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio...


martes, 16 de diciembre de 2025

Regalos de la lluvia.


Hacía mucho tiempo que disfrutábamos de lluvia como esta, tranquila, pausada, suave. Cierto que habrá gente a la que le molestará, pero es necesaria y buena cuando cae así, acariciando la tierra, los árboles, las plantas.

A mí personalmente me resulta relajante, me invita a parar, a detenerme, a entrar en mí mismo. Y me llegan recuerdos de experiencias vividas en las que ella, la lluvia, estaba presente, como esta tarde en que me he acordado de dos momentos, uno de ellos muchas veces repetido pero siempre hermoso.

Hablo de la lectura del libro El Camino de Miguel Delibes, de gratísimo recuerdo para mí, y me consta que para muchos de mis alumnos. Y en concreto del capítulo XX, el entierro del Tiñoso.

Faltaba poco para acabar el libro y los tres chiquillos, Daniel, Roque y Germán, se habían convertido en compañeros de clase. La lectura de este capítulo, siempre en un profundo silencio y lagrimillas asomando en los ojillos de más de uno, la hacía yo, y recuerdo que se me hacía un nudo en la garganta. Me costaba acabarlo. Y la lluvia estaba presente.

Mi referencia a la hora de imaginar el pueblo donde se desarrolla la novela siempre ha sido Durro, un pequeño pueblo del valle de Bohí, en el Pirineo, donde hace ya muchos años trabamos amistad con Pep, un buen hombre, ya mayor, del que guardo muchos y entrañables recuerdos.

Cuando nos enteramos de su fallecimiento y pudimos ir a dar el pésame a su familia, siempre acogedora, nos acercamos al pequeño cementerio, anejo a la iglesia a visitar su sepultura, en la tierra, y rezar un responso con nuestro amigo José Luis. El cielo estaba muy gris, y acabó lloviendo también. Bajo los paraguas acabamos de rezar y regresamos a su casa.

La vida y la literatura, una vez más, se fundían en una sola experiencia, cuyo recuerdo esta tarde de lluvia ha vuelto a mí. Los buenos ratos con mis alumnos, los buenos ratos con Pep… Mis alumnos, Pep.

Todo ha pasado, pero fue hermoso, tuvo sentido. Y recordarlo esta tarde ha sido un bonito regalo de la lluvia.

Y otro regalo, releer una vez más el capítulo XX de El Camino, el del entierro de Germán el Tiñoso, mientras fuera sigue lloviendo. Este lo comparto. Aquí lo tenéis.

Es expresivo y cambiante el lenguaje de las campanas; su vibración es capaz de acentos hondos y graves y livianos y agudos y sombríos. Nunca las campanas dicen lo mismo. Y nunca lo que dicen lo dicen de la misma manera. Daniel, el Mochuelo, acostumbraba a dar forma a su corazón por el tañido de las campanas. Sabía que el repique del día de la Patrona sonaba a cohetes y a júbilo y a estupor desproporcionado e irreflexivo. El corazón se le redondeaba, entonces, a impulsos de un sentimiento de alegría completo y armónico. Al concluir los bombardeos, durante la guerra, las campanas también repicaban alegres, mas con un deje de reserva, precavido y reticente. Había que tener cuidado. Otras veces, los tañidos eran sordos, opacos, oscuros y huecos como el día que enterraron a Germán, el Tiñoso, por ejemplo. Todo el valle, entonces, se llenaba hasta impregnarse de los tañidos sordos, opacos, oscuros y huecos de las campanas parroquiales. Y el frío de sus vibraciones pasaba a los estratos de la tierra y a las raíces de las plantas y a la médula de los huesos de los hombres y al corazón de los niños. Y el corazón de Daniel, el Mochuelo, se tornaba mollar y maleable — blando como el plomo derretido— bajo el solemne tañir de las campanas.

Estaba lloviznando y tras don José, revestido de sobrepelliz y estola, caminaban los cuatro hijos mayores del zapatero, el féretro en hombros, con Germán, el Tiñoso, y el tordo dentro. A continuación marchaba el zapatero con el resto de sus familiares, y detrás, casi todos los hombres y las mujeres y los niños del pueblo con rostros compungidos, notando en sus vísceras las resonancias de las campanas, vibrando en una modulación lenta y cadenciosa. Daniel, el Mochuelo, sentía aquel día las campanas de una manera especial. Se le antojaba que él era como uno de los insectos que coleccionaba en una caja el cura de La Cullera. Se diría que, lo mismo que aquellos animalitos, cada campanada era como una aguja afiladísima que le atravesaba una zona vital de su ser. Pensaba en Germán, el Tiñoso, y pensaba en él mismo, en los nuevos rumbos que a su vida imprimían las circunstancias. Le dolía que los hechos pasasen con esa facilidad a ser recuerdos; notar la sensación de que nada, nada de lo pasado, podría reproducirse. Era aquélla una sensación angustiosa de dependencia y sujeción. Le ponía nervioso la imposibilidad de dar marcha atrás en el reloj del tiempo y resignarse a saber que nadie volvería a hablarle, con la precisión y el conocimiento con que el Tiñoso lo hacía, de los rendajos y las perdices y los martines pescadores y las pollas de agua. Había de avenirse a no volver a oír jamás la voz de Germán, el Tiñoso; a admitir como un suceso vulgar y cotidiano que los huesos del Tiñoso se transformasen en cenizas junto a los huesos de un tordo; que los gusanos agujereasen ambos cuerpos simultáneamente, sin predilecciones ni postergaciones.

Se confortó un poco tanteando en su bolsillo un cuproníquel con el agujerito en medio. Cuando concluyese el entierro iría a la tienda de Antonio, el Buche, a comprarse un adoquín. Claro que a lo mejor no estaba bien visto que se endulzase así después de enterrar a un buen amigo. Habría de esperar al día siguiente.

Descendían ya la varga por su lado norte, hacia el pequeño camposanto del lugar. Bajo la iglesia, los tañidos de las campanas adquirían una penetración muy viva y dolorosa. Doblaron el recodo de la parroquia y entraron en el minúsculo cementerio. La puerta de hierro chirrió soñolienta y enojada. Apenas cabían todos en el pequeño recinto. A Daniel, el Mochuelo, se le aceleró el corazón al ver la pequeña fosa, abierta a sus pies. En la frontera este del camposanto, lindando con la tapia, se erguían adustos y fantasmales, dos afilados cipreses. Por lo demás, el cementerio del pueblo era tibio y recoleto y acogedor. No había mármoles, ni estatuas, ni panteones, ni nichos, ni tumbas revestidas de piedra. Los muertos eran tierra y volvían a la tierra, se confundían con ella en un impulso directo, casi vicioso, de ayuntamiento. En derredor de las múltiples cruces, crecían y se desarrollaban los helechos, las ortigas, los acebos, la hierbabuena y todo género de hierbas silvestres. Era un consuelo, al fin, descansar allí, envuelto día y noche en los aromas penetrantes del campo.

El cielo estaba pesado y sombrío. Seguía lloviznando. Y el grupo, bajo los paraguas, era una estampa enlutada de estremecedor y angustioso simbolismo. Daniel, el Mochuelo, sintió frío cuando don José, el cura, que era un gran santo, comenzó a rezar responsos sobre el féretro depositado a los pies de la fosa recién cavada. Había, en torno, un silencio abierto sobre cien sollozos reprimidos, sobre mil lágrimas truncadas, y fue entonces cuando Daniel, el Mochuelo, se volvió, al notar sobre el calor de su mano el calor de una mano amiga. Era la Uca—uca. Tenía la niña un grave gesto adosado a sus facciones pueriles, un ademán desolado de impotencia y resignación. Pensó el Mochuelo que le hubiera gustado estar allí solo con el féretro y la Uca—uca y poder llorar a raudales sobre las trenzas doradas de la chiquilla; sintiendo en su mano el calor de otra mano amiga. Ahora, al ver el féretro a sus pies, lamentó haber discutido con el Tiñoso sobre el ruido que las perdices hacían al volar, sobre las condiciones canoras de los rendajos o sobre el sabor de las cicatrices. Él se hallaba indefenso, ahora, y Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de su alma, le daba, incondicionalmente, la razón. Vibraba con unos acentos lúgubres la voz de don José, esta tarde, bajo la lluvia, mientras rezaba los responsos: —Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis...

A partir de aquí, la voz del párroco se hacía un rumor ininteligible. Daniel, el Mochuelo, experimentó unas ganas enormes de llorar al contemplar la actitud entregada del zapatero. Viéndole en este instante no se dudaba de que jamás Andrés, "el hombre que de perfil no se le ve", volvería a mirar las pantorrillas de las mujeres. De repente, era un anciano tembloteante y extenuado, sexualmente indiferente.  arpillera al lado del féretro y Andrés arrojó en ella una peseta. La voz de don José se elevó de nuevo:

—Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis...

Luego fue el Peón quien echó unas monedas sobre la arpillera, y don José, el cura, que era un gran santo, rezó otro responso. Después se acercó Paco, el herrero, y depositó veinte céntimos. y más tarde, Quino, el Manco, arrojó otra pequeña cantidad. Y luego Cuco, el factor, y Pascualón, el del molino, y don Ramón, el alcalde, y Antonio, el Buche, y Lucas, el Mutilado, y las cinco Lepóridas, y el ama de don Antonino, el marqués, y Chano y todos y cada uno de los hombres y las mujeres del pueblo y la arpillera iba llenándose de monedas livianas, de poco valor, y a cada dádiva, don José, el cura, que era un gran santo, contestaba con un responso, como si diera las gracias:

—Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis... Daniel, el Mochuelo, aferraba crispadamente su cuproníquel, con la mano embutida en el bolsillo del pantalón. Sin querer, pensaba en el adoquín de limón que se comería al día siguiente, pero, inmediatamente, relacionaba el sabor de su presunta golosina con el letargo definitivo del Tiñoso y se decía que no tenía ningún derecho a disfrutar un adoquín de limón mientras su amigo se pudría en un agujero. Extraía ya lentamente el cuproníquel, decidido a depositarlo en la arpillera, cuando una voz interior le contuvo: "¿Cuánto tiempo tardarás en tener otro cuproníquel, Mochuelo?". Le soltó compelido por un sórdido instinto de avaricia. De improviso rememoró la conversación con el Tiñoso sobre el ruido que hacían las perdices al volar y su pena se agigantó de nuevo. Ya Trino se inclinaba sobre la arpillera y la agarraba por las cuatro puntas para recogerla, cuando Daniel, el Mochuelo, se desembarazó de la mano de la Uca—uca y se adelantó hasta el féretro:

—¡Espere! —dijo.

Todos los ojos le miraban. Notó Daniel, el Mochuelo, en sí, las miradas de los demás, con la misma sensación física que percibía las gotas de la lluvia. Pero no le importó. Casi sintió un orgullo tan grande como la tarde que trepó a lo alto de la cucaña al sacar de su bolsillo la moneda reluciente, con el agujerito en medio, y arrojarla sobre la arpillera. Siguió el itinerario de la moneda con los ojos, la vio rodar un trecho y, luego, amontonarse con las demás produciendo, al juntarse, un alegre tintineo. Con la voz apagada de don José, el cura, que era un gran santo, le llegó la sonrisa presentida del Tiñoso, desde lo hondo de su caja blanca y barnizada:

 —Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis... Al concluir don José, bajaron la caja a la tumba y echaron mucha tierra encima. Después, la gente fue saliendo lentamente del camposanto. Anochecía y la lluvia se intensificaba. Se oía el arrastrar de los zuecos de la gente que regresaba al pueblo.

 Cuando Daniel, el Mochuelo, se vio solo, se aproximó a la tumba y luego de persignarse dijo:

—Tiñoso, tenías razón, las perdices al volar hacen "Prrr" y no "Brrr".

Ya se alejaba cuando una nueva idea le impulsó a regresar sobre sus pasos. Volvió a persignarse y dijo:

—Y perdona lo del tordo.

La Uca—uca le esperaba a la puerta del cementerio. Le cogió de la mano sin decirle una palabra. Daniel, el Mochuelo, notó que le ganaba de nuevo un amplio e inmoderado deseo de sollozar. Se contuvo, empero, porque diez pasos delante avanzaba el Moñigo, y de cuando en cuando volvía la cabeza para indagar si él lloraba.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

¿Qué les queda por probar a los jóvenes?

 

Viendo cómo están tirando de los jóvenes unos y otros, viendo el ejemplo que los adultos les estamos dando, viendo el mundo que les estamos dejando y el futuro que les estamos preparando, os invito a leer este poema de Mario Benedetti

 

¿Qué les queda por probar a los jóvenes

en este mundo de paciencia y asco?

¿Sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?

También les queda no decir amén

no dejar que les maten el amor

recuperar el habla y la utopía

ser jóvenes sin prisa y con memoria

situarse en una historia que es la suya

no convertirse en viejos prematuros.

 

¿Qué les queda por probar a los jóvenes

en este mundo de rutina y ruina?

¿Cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?

Les queda respirar / abrir los ojos

descubrir las raíces del horror

inventar paz así sea a ponchazos

entenderse con la naturaleza

y con la lluvia y los relámpagos

y con el sentimiento y con la muerte

esa loca de atar y desatar.

 

¿Qué les queda por probar a los jóvenes

en este mundo de consumo y humo?

¿Vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?

También les queda discutir con Dios

tanto si existe como si no existe

tender manos que ayudan / abrir puertas

entre el corazón propio y el ajeno /

sobre todo les queda hacer futuro

a pesar de los ruines del pasado

y los sabios granujas del presente.

 

Y ese hacer futuro se lo estamos quitando, porque a base de manipularlos desde muy niños en nombre de supuestas superioridades morales que esconden rencores y odios sin raíces reales, les estamos abocando a los mismos errores y la misma miseria que cercenaron, no hace tanto, el futuro de millones como ellos.

Por eso hay que apoyarlos y defenderlos cuando:

-No digan que sí sin más al líder de turno. Al político, al “influencer,” al matón, al triunfador.

-Cuando hablen, dialoguen, sin gritos y con respeto. Sin prejuicios ni “eslogans” que se hacen verdad a fuerza de repetirlos.

-Cuando sueñen un futuro mejor, aunque no se vea por ninguna parte y les llamen ilusos.

-Cuando asuman la historia sin rencores ni reproches al descubrir que no es cuestión de buenos y malos sin más, aunque haya habido malos muy malos.

-Cuando asombrados descubran las raíces del horror tan cerca de sus vidas; incluso en ellos mismos.

-Cuando siembren semillas de paz y sean capaces de responder al mal con el bien, única forma de vencerlo.

-Cuando descubran la naturaleza, la amen y la defiendan. Cuando descubran en ella un maravilloso lugar de encuentros.

-Cuando la muerte les golpee de cualquiera de las mil formas en que puede hacerlo.

-Cuando miren más allá y atisben en medio de su noche la luz de Dios, y le hablen, le interpelen, le pregunten gritando por qué.

Sí, por eso hay que apoyarlos cuando salgan de las mil trampas en que pueden caer. Por el futuro al que tienen derecho. Su futuro. Porque les queda probar la vida. Les queda una vida por VIVIR. 


jueves, 23 de octubre de 2025

La niña chica. Platero yo.

Muy a menudo la naturaleza y la literatura se encuentran. Al menos a mí me pasa con mucha frecuencia. Leyendo me traslado al cielo abierto, al campo libre, a las montañas… Y allí, a tantas y tantas lecturas que se han quedado en mí como los paisajes, hasta el punto de no saber muy bien, a veces, si lo he leído o lo he visto. En cualquier caso lo he vivido.

Esto me pasó ayer gozando del impresionante y bellísimo crepúsculo por los montes de Casinos. Me vino a la mente el capítulo 81 de Platero y yo titulado La niña chica, en el que escribe Juan Ramón Jiménez "¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde del entierro! Setiembre, rosa y oro, como ahora, declinaba".

No es septiembre, es octubre, pero pude decir yo también ayer qué lujo ha puesto Dios en esta tarde. Afortunadamente no había ningún entierro, pero la belleza de la tarde era la misma que aquella de la que habla Juan Ramón Jiménez.

Y este es el capítulo, precioso, lleno de una emoción contenida, perfecto, que ahora comparto.

 

La niña chica era la gloria de Platero. En cuanto la veía venir hacia él, entre las lilas, con su vestidillo blanco y su sombrero de arroz, llamándolo dengosa:—¡Platero, Plateriiillo!—, el asnucho quería partir la cuerda, y saltaba igual que un niño, y rebuznaba loco.

Ella, en una confianza ciega, pasaba una vez y otra bajo él, y le pegaba pataditas, le dejaba la mano, nardo cándido, en aquella bocaza rosa, almenada de grandes dientes amarillos: o, cogiéndole las orejas, que él ponía a su alcance, lo llamaba con todas las variaciones mimosas de su nombre:—¡Platero! ¡Platerón! ¡Platerillo! ¡Platerete! ¡Platerucho!

En los largos días en que la niña navegó en su cuna alba, río abajo, hacia la muerte, nadie se acordaba de Platero. Ella, en su delirio, lo llamaba triste: ¡Plateriiillo!... Desde la casa oscura y llena de suspiros, se oía, a veces, la lejana llamada lastimera del amigo. ¡Oh estío melancólico!

¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde del entierro! Setiembre, rosa y oro, como ahora, declinaba. Desde el cementerio ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria!... Volví por las tapias, solo y mustio, entré en la casa por la puerta del corral y, huyendo de los hombres, me fui a la cuadra y me senté a pensar, con Platero.

 

Es muy clarito el texto. Describe muy bien y con pocas palabras la bonita relación entre la niña y el burrito. La de la enfermedad que la lleva a la muerte es magistral: la cuna blanca, el río que va a parar a la mar…, el delirio de la niña, la casa oscura y llena de suspiros…

Y por fin la belleza de la tarde, el lujo puesto por Dios en el ocaso abierto camino de la gloria, las campanas. Queda atrás la casa oscura, la voz triste y débil de la niña, los suspiros…

Pero el poeta, afectado por la muerte de la niña, solo y mustio, huyendo de los hombres, se retira con Platero a pensar. Así acaba.












jueves, 5 de junio de 2025

El niño pobre, de Juan Ramón Jiménez.


 

Este poema de Juan Ramón Jiménez, largo pero fácil de leer, vuelve una vez más sobre el tema de la infancia, y de un modo especial sobre la infancia desfavorecida. El mismo título, El niño pobre, lo dice todo.

Os aconsejo que lo leáis sin más comentario, y después del mío, volvedlo a leer. Es muy bonito y muy triste.

Le han puesto al niño un vestido

absurdo, loco, ridículo;

le está largo y corto; gritos

 de colores le han prendido

 por todas partes. Y el niño

 se mira, se toca, erguido.

 Todo le hace reír al mico,

 las manos en los bolsillos...

 La hermana le dice –pico

 de gorrión, rizos lindos

 los ojos, manos y rizos

 en el roto espejo–: «¡Hijo,

 pareces un niño rico…!».

 

 Vibra el sol. Ronca, dormido,

 el pueblo en paz. Solo el niño

 viene y va con su vestido...

 viene y va con su vestido...

 En la feria, están caídos

 los gallardetes. Pititos

 en zaguanes... Cuando el niño

 entra en casa, en un suspiro

 le chilla la madre: «¡Hijo

–y él la mira calladito,

 meciendo, hambriento y sumiso,

 los pies en la silla–, hijo,

pareces un niño rico...!».

 

 Campanas. Las cinco. Lírico

 sol. Colgaduras y cirios.

           Viento fragante del río.

La procesión. ¡Oh, qué idílico

 rumor de platas y vidrios!

 ¡Relicarios con el brillo

 de ocaso en su seno místico!

 ...El niño, entre el vocerío,

 se toca, se mira... «¡Hijo,

le dice el padre bebido

–una lágrima en el limo

 del ojuelo, flor de vicio–,

 pareces un niño rico...!».

 

 La tarde cae. Malvas de oro

endulzan la torre. Pitos

despiertos. Los farolillos,

aún los cohetes con sol vivo,

 se mecen medio encendidos.

Por la plaza, de las manos,

bien lavados, trajes limpios,

vienen ya los niños ricos.

El niño se les arrima,

y, radiante y decidido,

 les dice en la cara: «¡Ea,

yo parezco un niño rico!»

 

Nos habla de un niño pobre al que han vestido, para las fiestas del pueblo, con lo que tienen en casa. El resultado es loco, ridículo. Diríamos que es un fantoche, un esperpento. Pero el niño está contento con su vestido de fiesta, de niño rico.

En la primera estrofa nos cuenta cómo lo visten, y frente al espejo roto, su hermana le dice, hijo, pareces un niño rico. Él está feliz. Se ríe, se yergue, se toca.

En la segunda se adivina que el niño ha salido a la calle con su vestido. A estrenarlo. A exhibirlo. Es mediodía, no hay nadie. Y cuando vuelve a casa, hambriento, ¡quién sabe qué comerá!, es su madre la que le dice, le grita, hijo, pareces un niño rico.

En la tercera, cae la tarde, la procesión, ya las calles se llenan de gente, y es entonces cuando el padre, bebido, se lo encuentra en el bullicio de la fiesta, y le dice también, hijo, pareces un niño rico.

En la cuarta, tras la procesión queda el ambiente de día grande, cohetes, farolillos, gente bien vestida y se encuentra entonces con los niños ricos. Y el niño pobre, radiante, decidido, diríamos feliz, se les arrima y les dice, «¡Ea, yo parezco un niño rico!»

No hace falta una quinta estrofa, ¿verdad? Queda en el aire, escrita en el aire, tan cierta y tan triste como si estuviera escrita en papel. Grandeza de la literatura que habla a menudo más allá de las palabras.

Es este magnífico poema una auténtica obra de arte. Nos pinta con palabras un cuadro perfecto. Observad en las tres primeras estrofas una palabra clave en cada una. Roto, el espejo. Hambriento, el niño. Bebido, el padre. No son palabras puestas al azar. Cada palabra es como una certera pincelada.

Como en la última. No dice soy, dice parezco. Él lo sabe, la realidad se impone dura, cruel, más allá de la ilusión. Pero en ese momento, el niño vive la ilusión. A fin de cuentas es un niño, y solo ellos son capaces de, aun conociendo y sufriendo la realidad, elevarse sobre ella a ese mundo ideal vedado a los adultos.

Para muchos, demasiados, es su única forma de sobrevivir.

lunes, 2 de junio de 2025

Los justos, un poema de Borges.


 

Siempre me ha gustado fijarme en lo pequeño, en lo discreto, en lo que pasa desapercibido. Desde la flor que nace en una grieta del asfalto, o las gotas de rocío en una telaraña, hasta la persona en la que casi nadie repara pero está ahí, y nada sería igual sin ella, aunque ni se note ni se lo digan.

Ciertamente hay muchas piedras angulares desechadas por los arquitectos. Lo que ocurre es que la sorpresa de reparar en ellas suele regalar más alegría a quien cae en la cuenta de su presencia entre nosotros que a ellas mismas. Porque les enriquece la vida y les amplia horizontes. Es el merecido premio de quien más allá de sí mismo, ha sido capaz de encontrar en lo otro y en los otros esas pinceladas de dignidad, belleza y grandeza que dan color al mundo y lo salvan del egoísmo ciego que lo envuelve, la vanidad que lo envenena y la insensibilidad que lo esteriliza.

Un poema de Jorge Luis Borges, Los Justos, ilustra este pensamiento que comparto esta tarde caldeada de junio.

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

            Observad.

El que trata su vida, y a todos y todo lo que la envuelve y la sustenta, con el mimo del que cuida  un jardín con respeto, perseverancia, delicadeza y paciencia, sin excesos ni estridencias.

El que se sabe en deuda con la música, como ese lenguaje universal que no conoce fronteras y que trasciende las palabras.

El que goza de la maravillosa complejidad del lenguaje, que da carne al pensamiento en una estructura asombrosa y bellísima.

El que cuida la amistad como un encuentro en el tiempo y el espacio entre dos personas y que no necesita ni de palabras para ser. Juegan en silencio.

Quien busca la belleza desde lo hondo de sí mismo, la sueña, la acaricia, la crea y la entrega como un regalo al mundo.

Quien trabaja bien, más allá incluso de que su trabajo le guste, o incluso que le vea pleno sentido, pero es su trabajo.

Quien en pareja comparte un canto, arte, música, literatura, vida y gozan juntos de ello sin alardes ni ostentaciones.

Quien acaricia a un ser vivo que se le ofrece confiado, que se pone en sus manos con la absoluta certeza de no temer ningún mal.

El que se niega a responder con la misma moneda cuando esta le ha hecho daño, y lo hace con la paz del que perdona porque se siente perdonado.

Quien encuentra en la literatura una forma vivir y ver el mundo por el que estar infinitamente agradecido. Borges admiraba profundamente a Stevenson.

Quien vive desde la humildad de no creerse dueño y señor de ninguna verdad, porque a la verdad llegamos entre todos, o no llegamos.

            Sí, toda esa gente pequeña, discreta, callada, y hay mucha, están cada día, sin saberlo ni ellos mismos, salvando el mundo.