Tan
poderosa por encima de nosotros, ¿no será solamente una cosa? No, ciertamente,
si es verdad que nos llama y que la nombramos. Su vida humana comenzó con este
cambio, con la mirada, que anima; con la voz, que despierta. Desde entonces hay
en ella todo lo que es del hombre, todo lo que él ha puesto allí; y todo lo que
le sobrepasa.
G.
Sonnier.
Me
contó ayer mismo un amigo una experiencia que tuvo no hace mucho en los
Pirineos. Me impactó, por eso quiero recogerla en el blog y compartirla.
Era
sábado, había subido esquiando el Aneto con un amigo, para luego dirigirse al
pico Maladeta, pero su amigo optó por regresar ya al valle y él siguió solo
hacia la que sería la segunda cima del día.
Tras
ascender el glaciar de la cara norte llegó a la base del corredor que conduce a
la cresta cimera. Allí había una cordada que no se decidía a acometer la
ascensión de dicho corredor, y un chaval que iba solo, que también tenía sus
dudas sobre si meterse en él o no.
Mi
amigo, comprobando que el estado de la nieve era aún aceptable, se decidió a
subir, y viéndolo este chaval se decidió a subir también con él. La cordada
renunció e inició el descenso. Quedaron solos en la montaña.
Hicieron
cima. Contemplación, silencio… Entonces, allá arriba, en la cumbre, mi amigo se
sorprendió cuando le dijo “he subido hoy aquí por algo. Íbamos a venir mi novia
y yo. Falleció hace mes y medio. Pero yo he venido”.
Ante
tales palabras mi amigo, desbordado, le preguntó, ¿puedo abrazarte? Y allí, a 3312
metros de altitud, solos, dos desconocidos se fundieron en un abrazo y
estallaron en llanto. Un llanto, profundo, largo… necesario y liberador.
“No
hubiera subido solo, le dijo a mi amigo. Estoy aquí gracias a ti”. Afortunadas
casualidades enlazadas de tal modo que aquello fue lo que tenía que ser. Sin
más testigos que la montaña y el cielo, La Maladeta acogió todo lo que aquel
hombre y su chica habían puesto en ella, y todo lo que les sobrepasaba. ¿Casualidades?
No es
la montaña una cosa. Es mucho más. En aquel momento era lugar de encuentro de
dos desconocidos que se abrazan, que lloran juntos, porque es mucho más lo que
nos une que lo que nos separa a las personas. Era presencia en la cima de alguien que
ya no está, y que de alguna forma, yendo allí, se hace presente en el límite
mismo de la tierra de los hombres, más cerca del cielo. Era el deseo de seguir
viviendo más allá del dolor y el sufrimiento. Era la montaña devolviéndote,
como un ser que te quiere, mucho más de lo que tú le has dado. Era, en fin, si
eres creyente, un regalo de Dios, que no es quien se la quitó, sino quien se la
devolverá.
Sí, es
una experiencia fuerte, profunda, en la que vemos con claridad diáfana, que la
montaña es un ser desde que el hombre la miró y la nombró, iniciando así una
larga y hermosa historia de amor.
No
conozco a aquel chaval, solo sé que es uruguayo, pero quiero desde este blog,
mi amigo se lo hará llegar, desearle de todo corazón que siga en las montañas; que esa ascensión a La Maladeta, triunfo de la vida sobre la muerte, ilumine su
caminar, le colme de paz, y le dé la esperanza de volverse a encontrar con su
chica en esa cima de la que ya no habrá que bajar, y en esa luz cuyo pálido
reflejo encontramos algunos en el cielo de las montañas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario