Estábamos
comiendo en un bar y escuchando, sin querer, la conversación de la mesa
contigua que giraba sobre todo alrededor de temas médicos y de salud. Hablaba
sobre todo un señor muy arrugadito y encorvado, esto lo vimos después, y le
escuchaban un señor y una señora, también arrugaditos y encorvados, y un chaval
joven.
De
repente el chaval se levanta rápido y al momento se desmaya cayendo
aparatosamente sobre un mueble ligero, lo que le evita una peligrosa caída al suelo,
pues queda tendido sin conocimiento.
De
inmediato se forma el consabido círculo alrededor, sus compañeros, los
camareros, otros comensales… Le levantan las piernas, le hacen aire y pronto
vuelve en sí, y se va recuperando poco a poco. Al ratito, no mucho, se levanta
y ya sonriendo, y por su propio pie, vuelve a la mesa.
Y
pienso, ya ves, el joven de los cuatro es el que se desparrama. Pero bueno,
bien está lo que bien acaba.
Al
acabar de comer y salir del bar, vemos a un señor que habiendo salido solo de
un coche, se dirige, cojeando un poco, con una pierna vendada, hacia una señora
que, sonriendo y con los brazos abiertos corre hacia él. Se abrazan y él
estalla en llanto, mientras la señora, sin dejar de sonreír, mantiene el
abrazo. ¡Qué bonito!
Sí,
dos historias muy juntas que han tenido en común el haber acabado bien. No
sabemos por qué se ha desmayado el chaval ni porqué llora el señor. Pero bueno,
todo parece estar ya en orden.
Pues
eso, bien está lo que bien acaba.

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