Comparto
hoy, día de la madre, un poema de Miguel Hernández titulado Nanas de la
cebolla. Es un poema impresionante, escrito en la cárcel, en Madrid, en septiembre de 1939, como respuesta a una
carta de su mujer diciéndole que solo tienen para comer pan y cebolla. Son
tiempos duros, postguerra, hambre, el marido ausente, el futuro incierto. Y la
madre amamanta y acuna al niño como puede, con lo que puede.
Y lo
comparto porque me parece que el poema entero es como una pintura prodigiosa, creada
con palabras a modo de pinceles, sobre el lienzo del tiempo y el espacio
trocado en dolorosa distancia. Un poema
serio que bien se puede dedicar a las madres, alejado de tópicos y cursilerías
tan abundantes un día como hoy.
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
La
sucesión de hermosísimos símiles y metáforas es abrumadora. El dolor contenido,
impresiona, desbordándose no obstante los sentimientos que parecen fluir con serenidad.
El niño y su madre son el futuro que el poeta no tiene, la vida que le falta,
la libertad que añora.
Es la
madre, que envuelve y arropa a su hijo trasformando la triste cebolla en ese
hilo a hilo que lo vivifica, la que permite reír al bebé, la que también le da
vida a él a través de la risa presentida de su hijo; la que le da un futuro. “Tu
risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca
que vuela, corazón que en tus labios relampaguea. Es tu risa la espada más victoriosa.
Vencedor de las flores y las alondras. Rival del sol. Porvenir de mis huesos y
de mi amor”.
Pero
la realidad, brutal, se impone. Los cinco dientecitos del bebé “Frontera de los besos serán mañana, cuando en la dentadura sientas un arma.
Sientas un fuego correr dientes abajo buscando el centro”.
Y
acaba diciéndole “Vuela niño en la doble luna del pecho. Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho. No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre”. Porque
mientras la madre esté ahí, triste de cebolla, el niño estará satisfecho. Y
mientras el niño siga siendo niño junto a su madre, mejor que no sepa lo que
pasa ni lo que ocurre.
Todo
un triste e inmenso poema a la grandeza de ser madre.
¡Feliz
día a todas las mamás!
NOTA:
Este poema lo popularizó cantándolo Juan Manuel Serrat.

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