Siempre
que voy a Roma, ciudad en la que desde la primera vez que fui me siento como en
casa, vivo como una especie de “reseteo” cultural; algo así como un volver a
los orígenes de lo que soy y cómo soy.
Desde
el más absoluto respeto a otras culturas he de decir que me siento orgulloso de
la mía que hunde allí sus raíces. Fue Roma, la que impregnándose de Grecia y
después del cristianismo, evolucionó a lo largo de los siglos para acabar en lo
que hoy conocemos como cultura occidental.
Y
quizá esa denominación nos ha ocultado una realidad que cada vez veo más clara.
El Imperio Romano no se destruyó, se trasformó. Como una serpiente que cambia
la piel pero sigue siendo la misma serpiente. A lo largo de los siglos ha ido
cambiando de piel sin dejar de ser lo que es.
Las
lenguas romances, hijas de latín y hermanas, a menuda mal avenidas, la
filosofía, la literatura, la arquitectura, la pintura, la escultura, la música,
el derecho, la política, la red de calzadas sobre las que están muchas de
nuestras autopistas y un sinfín más de elementos, muchos de ellos cotidianos,
como las tabernas o las termas, los spas actuales, nos hacen más romanos de lo
que pensamos.
Esto,
y otros aspectos, que por cotidianos nos pasan desapercibidos, son un fruto
madurado con esfuerzos y sacrificios a lo largo de los siglos. Fruto del árbol cuya
semilla plantó Roma integrando en él a Grecia y al cristianismo. Y eso es lo
que está ahora en peligro.
Si no
somos capaces de conocer, valorar y defender lo nuestro a la vez de respetar lo
que no lo es, asistiremos al fin de una cultura, la nuestra.
Porque
hasta ahora ha sido la piel de la serpiente lo que ha ido cambiando, pero lo
que puede pasar es que se muera la serpiente, asfixiada por mil
contradicciones, tremendas incoherencias y una especie de obsolescencia
programada por otras culturas de las que podemos aprender, a las que hay que
respetar, pero de las que hemos de defendernos cuando sus planteamientos sean
contrarios a nuestras más altas conquistas, como el respeto a la dignidad humana,
la justicia social, la libertad o la misma
democracia.
Podría
aterrizar ahora en lo concreto, pero voy a hacerlo solo un poco, al menos de
momento, porque esta entrada no quiere ser más que una reflexión en voz alta a
modo de aviso a los navegantes. ¡Cuidado que por estas aguas hay sirenas cuyos
cantos nos llevarán a escollos que nos pueden hacer naufragar!
La
adulteración de la democracia, los nacionalismos desintegradores, la exclusión
del cristianismo como elemento cultural, los atentados a la igualdad entre
hombres y mujeres, los integrismos religiosos, la tiranía de lo políticamente correcto, son entre otros muchos,
peligrosos escollos hacia los que hechizadores cantos de sirena nos pueden arrastrar.
Esto
pensaba estos últimos días paseando por Roma. Y pensaba también que solo una
Europa unida, abierta al mundo pero segura de sus valores y defensora de ellos,
puede llevarnos a buen puerto.
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