Hoy,
domingo de Corpus, me he acordado de un fragmento de un texto que leí hace
muchos años, siendo aún adolescente, y que me impactó profundamente, hasta el
punto de convertirse en uno de los faros que han iluminado mi vida desde
entonces.
Hablo
de Teilhard de Chardin. Sacerdote jesuita, paleontólogo y filósofo. En su obra
unió ciencia y fe de un modo, a mi parecer, hermosísimo y sorprendente.
Estando
en Mongolia, en el desierto de Ordos, en unas excavaciones, el 6 de agosto de
1923, día de la Trasfiguración, se encontró sin pan ni vino para celebrar la
eucaristía.
Y vive
al amanecer de ese día una profunda experiencia de fe que comparte con este
precioso texto.
"Ya
que, una vez más, Señor, como en los bosques del Aisne, también en las estepas
de Asia, no tengo ni pan, ni vino, ni altar; me elevaré por encima de los
símbolos hasta la pura majestad de lo real, y te ofreceré, yo tu sacerdote sobre
el altar de la tierra, el trabajo y el dolor del mundo.
El sol
acaba de iluminar, allá lejos, la franja extrema del Lejano Oriente. Una vez
más la superficie viviente de la tierra se despierta, se estremece y vuelve a
iniciar su tremenda labor bajo la capa móvil de sus fuegos. Yo colocaré en mi
patena, Dios mío, la esperada cosecha de este nuevo esfuerzo. Derramaré en mi
cáliz la savia de todos los frutos que hoy serán molidos…”
El texto completo se titula “La misa sobre el mundo”, y eso, justamente eso es lo que hizo aquel día, una misa, elevándose por encima de los símbolos hasta la pura majestad de lo real.
Siempre que he tenido
la dicha de vivir la eucaristía en alguna cumbre, me han venido a la mente
estas palabras.
Creo
que hoy es un buen día para compartirlo una vez más, pues no es la primera vez
que lo escribo en el blog.
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