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Cervantes en el Quijote.

viernes, 30 de mayo de 2025

¿Qué estamos haciendo con la Casa Común?

A través de la grandeza y la belleza de las criaturas se conoce por analogía al autor. Sb.13,5.


Esta sexta entrada dedicada al papa Francisco (me planteé escribir siete, de momento) la voy a dedicar a su preocupación por lo que llamaba la Casa Común, la creación, la naturaleza, el medio ambiente. Llamémosle como le llamemos, en el fondo, hablamos de lo mismo.

Lo que ocurre es que el concepto casa común permite ilustrar de un modo sencillo y muy directo el problema para abordarlo mejor. Si reducimos el planeta Tierra a una gran casa con amplios jardines, rodeada de bosques, tierra fértil, un río…, y a todos sus habitantes a una gran familia que habita esa casa, es muy fácil dibujar lo que hemos hecho y seguimos haciendo con nuestro mundo.

En esa gran casa hay sitio y recursos para todos los miembros de esa familia. Y si se repartieran con justicia, todos podrán vivir bien. Pero la realidad dista mucho de esa deseable situación.

En esa casa, algunos miembros de la familia se han quedado con las mejores estancias. Han dejado a otros rincones confortables, para que no se rebelen, pero solo eso. Y a otros muchos les han dejado viviendo a la intemperie, mejor dicho malviviendo. Además todo lo que producen los campos de la casa es consumido directamente por los primeros, que dejan los restos y a menudo nada a los últimos, los descartados, diría el Papa.

También sucede que, como los privilegiados cada día quieren más y más, fuerzan las cosechas, esquilman los ríos, talan los bosques que rodean la casa para aprovechar la madera, remueven y rompen la tierra para sus juegos y divertimentos, arrojan sus basuras lejos de sus habitaciones lujosas y sus terrazas…

Podríamos seguir con esta analogía que resulta, cuanto menos curiosa. Pero demos un paso más. Esta casa no es propiedad de ninguno de los miembros de esta familia. Alguien se la ha regalado con la condición de que la cuiden y todos sean en ella felices. Todos. ¿Qué estamos haciendo con ese regalo? ¿Qué podremos decirle al dueño cuando nos pida cuenta de lo que hemos hecho con su regalo?

Desde esta perspectiva es muy fácil ver por qué el papa Francisco vincula tan estrechamente el cuidado de la naturaleza con la justicia social. No son dos cuestiones paralelas, sino las dos caras de la misma moneda. No se puede cuidar de la casa sin cuidar de quienes la habitan, y viceversa.

Y hay un asunto más. Explotar la casa y sus recursos, sus campos, sus bosques, su río, en favor de unos pocos acabará haciéndola toda inhabitable. “No hay mañana si destruimos el medio ambiente que nos sostiene”, dice en su autobiografía.

Siempre he sido un enamorado de la naturaleza. Desde que tengo uso de razón. Recuerdo entre las brumas de la infancia, días azules en el monte, el olor del campo tras la tormenta, el sonido del río, de la lluvia en las hojas, el silencio de una cumbre solitaria, el cielo nocturno cuajado de estrellas…, y la sensación de sentirme siempre en ella protegido y libre.

Por eso, cuando aquel arzobispo argentino fue elegido Papa y eligió el nombre de Francisco, por san Francisco de Asís, me sentí enseguida muy cerca de él. Y el paso de los años ha ido acercándome más y más. Su preocupación por la Casa Común es la mía. Y es real, tangible. No es un sentimiento romántico. Me duelen cada día y en carne propia, desde los que tiran el bote por la ventanilla del coche, o rompen senderos y laderas con sus bicis, pasando por los temidos incendios forestales, hasta las aberraciones de multinacionales y políticos que esquilman la tierra en favor de unos pocos, o que preparan y hacen la guerra como lo más natural del mundo.

Es en su encíclica Laudato Si’, publicada en Roma, el 24 de mayo de 2015, tercer año de su pontificado, día de Pentecostés, donde expresa su forma de ver el cómo y el por qué hemos de cuidar la Casa Común.

Acabo compartiendo textualmente uno de los últimos puntos de la encíclica, el 243. Porque como también dice “que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza”. Y este punto está henchido de esperanza.

"Al final nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de Dios (cf. 1 Co 13,12) y podremos leer con feliz admiración el misterio del universo, que participará con nosotros de la plenitud sin fin. Sí, estamos viajando hacia el sábado de la eternidad, hacia la nueva Jerusalén, hacia la casa común del cielo. Jesús nos dice: « Yo hago nuevas todas las cosas » (Ap 21,5). La vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados".


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