En
esta cuarta entrada sobre el papa Francisco voy a hablar de su autobiografía,
la primera que escribe un papa. Estaba leyéndola, ya hace algún tiempo, y
disfrutando con ella de tal modo que ralentizaba la lectura para que no se
acabara demasiado pronto. El domingo de Pascua leí el penúltimo capítulo, y
apunto estuve de leer el último, pero decidí dejarlo para el lunes por la noche,
en el que estaría en el Pirineo. No podía imaginar que lo acabaría con él ya en
la Casa del Padre.
Es un
libro que recomiendo muy encarecidamente; es como un resumen, no solo de su
vida, sino de todos sus escritos, encíclicas, cartas pastorales, discursos, y
también de sus actos, siempre llenos de Evangelio. De un Evangelio libre del
lastre que más 2000 años de historia le han ido echando encima. Libre como fue
Jesús. Libre como ha sido él, en la medida de sus posibilidades.
En el
libro, muy ameno de leer, Francisco nos ha ido narrando su vida iluminada por
su experiencia personal de fe. Los acontecimientos son contemplados a la luz
del Evangelio. Y aunque hay capítulos muy duros, y no pocos, siempre brilla la
esperanza.
Ha
tenido para mí este libro un gran impacto. Desde el primer momento supe que no
me iba a dejar indiferente, que de algún modo marcaría un antes y un después no
solo en mi fe, sino en otros muchos aspectos de mi vida. Y así ha sido.
Pero
no acababa de darle forma a la experiencia, de ponerle nombre, por decirlo de
alguna forma. ¿Qué ha pasado en mí leyendo al papa Francisco? Porque aunque he
leído sus encíclicas y otros documentos suyos, al ver todo ello ensamblado en
su propia vida, ha cobrado un significado diferente; ha sido como el testimonio
personal, íntimo, de un hermano en la fe, ¡y qué hermano!
El
sábado pasado, por la noche, cenando con unos amigos, compartíamos nuestra
alegría por lo que ha sido para la Iglesia y para nosotros el papa Francisco, y
por lo poco que de momento vemos y sabemos del papa León XIV. Les contaba yo
ese impacto que el libro ha tenido en mí. Les decía que me ha quitado muchos
miedos, que me ha reavivado la esperanza, que me ha dado alegría, pero no la
alegría de la evasión, de la ignorancia de la realidad, sino otra muy
diferente…
Y
hablando de esto, uno de ellos, más bien una, mirándome y sonriendo me dijo,
Pentecostés. Eso es, ¡claro!, esa ha sido la experiencia, esa la palabra que andaba
buscando. Pentecostés, ese viento recio que entra en la habitación cerrada y lo
limpia todo, lo ilumina todo, lo cambia todo. La presencia viva de Jesús
resucitado.
Y que nos
hace vivir de otra forma, que nos da ánimos para, pese a nuestras debilidades, nuestras
dudas, nuestras limitaciones, nuestras miserias, encontrarle un sentido a la
vida, porque nos regala la esperanza de que “hemos nacido para vivir para
siempre” y de que “los días mejores están por venir”, según sus propias
palabras.
Y todo
eso gracias a la infinita misericordia de Dios que a lo largo del libro va dejando
de ser una palabra manida y clerical para convertirse en la piedra angular sobre
la que sostiene la esperanza.
De
verdad que es este libro un grandísimo regalo del papa Francisco, que ha sido a
su vez un regalo de Dios para la Iglesia y para el mundo.

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