Es
difícil en este país mantener la cabeza sobre los hombros y la ecuanimidad
frente a la polarización que estamos sufriendo desde hace ya demasiados años.
Sigue habiendo un empecinamiento funesto y dañino en mantenernos separados y
enfrentados, unos contra otros, llegando incluso a veces hasta el entorno
familiar.
¡Qué
enfermiza obsesión en alimentar una suerte de revancha permanente que está
provocando, aparte de la citada polarización, una reacción en contra de la “doctrina
oficial”, peligrosa por su radicalización y su alta capacidad para aglutinar el
cabreo, la indignación y el hartazgo de mucha gente!
Energías
estas, perdidas en nombre de la libertad, la justicia y la memoria, que serían
muy bien empleadas si de verdad se buscara la libertad, la justicia y la memoria para todos y no solo
para los míos en la línea que nos marcó la Transición, denostada ahora por los
que no están siendo capaces de mirar adelante, de crear un futuro común en el
que nadie quede excluido.
Es
igual que la causa de esta incapacidad de progresar de verdad sea el no poder
superar el odio y el rencor, cosa tristísima pero hasta cierto punto
comprensible, u oscuros y mezquinos intereses políticos, lo cual no tiene
perdón. En cualquiera de los dos casos el resultado es el mismo.
Y esta
situación me resulta particularmente sangrante y dolorosa, quizá por
deformación profesional, cuando la veo en la manipulación de las mentes de
adolescentes y jóvenes, sembrando en ellas un odio artificial bien por afinidad
o por reacción a lo que se les cuenta.
Cuando
en un instituto de secundaria pasan a todo el centro la película “La invasión
de los bárbaros”, por ejemplo. Hasta ahí correcto, pero incompleto. Luego
deberían pasar también, “Un dios prohibido”, también por ejemplo, cosa que no
creo que hagan, ¡ojalá! Y entonces, y solo entonces, podrían hacer una serie de
actividades alrededor de ambas películas.
No
entro ni en la calidad ni en la historicidad y veracidad de ambos films, aunque
podría hacerlo, pues es un hecho demostrable que no están al mismo nivel ni en
un aspecto ni en el otro. Lo que sí digo es que en una los buenos muy buenos
son unos y en la otra los buenos buenísimos son los otros; y lo mismo pasa con
los malos.
Y a
esto es a lo que no hay derecho. Es una inmoralidad y una falta gravísima de
respeto a los alumnos y a sus familias esa forma, no ya taimada, sino explícita
y descarada de manipulación.
En
ambas historias, de las que las películas es una interpretación, hay víctimas y
verdugos. En ambas sufrimiento humano. En ambas ideales perseguidos y vidas
truncadas. En ambas honestidad y mezquindad.
Igual
que no me parecería bien pasar a los alumnos solo “Un dios prohibido”, tampoco
es aceptable pasar solo “La invasión de los bárbaros”. Si les queremos hacer
pensar, objetivo muy loable, pasemos las dos. Si les hacemos ver una sola, es
manipulación, adoctrinamiento puro y duro; sea la que sea.
Podemos
hacer tres cosas como educadores. Una, no meternos en ese berenjenal. Otra, si
queremos entrar, hacerlo con honestidad. La otra, entrar para manipular y adoctrinar;
y eso es lo que no se debe hacer.
Educar
no es trasmitir mi forma de ver la vida y la historia. No es trasmitir mi
verdad. Es abrir la mente de los alumnos para que sean ellos los que piensen y
vayan descubriendo su verdad. No colarles la mía dada mi capacidad de hacerlo
por muy seguro que esté de ella.
Les diría yo, con palabras de Antonio Machado, a todos
esos profesores que desde su posición de autoridad manipulan y adoctrinan, en
nombre de los alumnos que no se lo pueden decir, que no se lo saben decir, que
no se atreven a decírselo "¿Tu verdad? No; la verdad y ven conmigo a buscarla. La
tuya guárdatela".

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