Buenos
días.¡¡¡Feliz Pascua!!!
Quiero
compartir esta bonita mañana un largo texto del que guardo gratísimo recuerdo y
que sigo leyendo todas las mañanas de Pascua. Era joven, muy joven, y
celebrábamos en el Junior, en la parroquia donde estaba en Valencia, la
resurrección del Señor. No dormíamos en toda la noche, y esperábamos la salida
del sol con sueño, cansancio y alegría. Leíamos el Evangelio, textos como este
y cantábamos con las guitarras.
El
texto es de Víctor Manuel Arbeloa, sacerdote, político y escritor navarro. Está
en su libro Cantos de fiesta y lucha, publicado en 1976.
Os
invito a que lo leáis sin prisa, que os dejéis envolver por las palabras que,
al menos a mí, me trasmiten el gozo de escuchar en el pregón pascual, “esta
es la noche en que rotas las cadenas de la muerte Cristo asciende victorioso
del abismo”.
PREGÓN
PASCUAL EN FORMA DE HOMILÍA
Sobre
Hechos 10, 34, 37-43 y Juan 20, 1-9
I
Amigos
y compañeros del barrio de Echavacoiz, hermanos en la fe de Jesucristo:
Si yo
tuviera una fe grande, una fe recia, como dicen que tenían nuestros ilustres
antepasados, o si supiera que vosotros la teníais a prueba de cualquier
desilusión, de cualquier desgaste de disgusto, de cualquier escándalo, más o
menos farisaico, o de cualquier edad, y de cualquier cansancio de la vida, tocaría
esta mañana la corneta o el tambor, como toca cuando hay bando de noticias
importantes el formal y tan simpático alguacil de mi pueblo:
“Os
anuncio un gran gozo –os diría con voz aguardentosa o cantarina–, una buena,
una inmensa noticia, más importante que el cine de esta noche, o que el posible
ligue de esta tarde, más importante aún que el «Mini» por que estáis ahorrando,
que el traslado del piso, que el ingreso de Paco, o que el acierto de 13 en la
quiniela”.
“¿Sabéis
qué? Pues que Cristo, el Señor que había muerto, que el amigo colgado de tres
clavos ha resucitado para siempre, es decir, en castellano: que Jesús, el
Cristo, vive para siempre, que algo extraño y sublime sucedió tras su muerte
que acabó con la muerte, le quitó el aguijón a la muerte, que el hombre no es
un ser para la muerte, que la tumba tiene también su propia tumba, que Dios le
arrancó del hoyo del olvido y la carroña, que la triste y hedionda corrupción
no es definitiva, que podemos vivir, luchar, amar y enredarnos en los sueños, sin
tanto miedo al camión oscuro, al cruel relámpago, al mazazo seco, al incendio
súbito, al ahogo lento, al puñal maldito de la muerte”.
II
Nos lo
ha dicho Pedro, el amigo de Jesús, cobarde e impetuoso, que, tras avergonzarse
del Maestro, rompió a llorar como una Magdalena y se fue a predicar por todo el
mundo que el Maestro vivía, y se dejó cortar por eso la cabeza. Nos lo ha dicho
diciéndolo a Cornelio, un centurión romano en Cesarea, poco dado a creer en
fábulas y cuentos: Jesús había estado cerca de ellos; al partir el pan y el
vino de la cena, lo sintieron tan íntimo y activo, que hasta comió y bebió con
ellos y enseguida se fueron por el mundo anunciando a las gentes asustadas
–asustadas por tantas cosas que pasan los días y las noches– que él es el juez
de vivos y de muertos, que suyos son la muerte y los infiernos, ya vacíos, suyo
el perdón, la paz y la última alegría.
Y
Juan, otro testigo de la hora primera, casi un muchacho, amigo hasta el final,
al pie de la agonía, nos cuenta emocionadamente su experiencia. Juan no es
–nadie se engañe– un periodista reportero, ni un locutor de radio, ni un
fotógrafo, ni se fue la mañana del domingo a rodar la película a la boca del
sepulcro. No. Juan pretende decirnos otra cosa: no noticias, ni el cómo de las
cosas, sino su hondísima verdad, la pulpa del mensaje, aquello que no es sola e
infantil curiosidad, sino el sentido de la vida y la muerte de Jesús, que nutre
nuestra vida y la levanta como un globo y limpia nuestra muerte del miedo y de
la nada. La piedra del sepulcro está corrida, es decir: la muerte ha sido
derrotada, se han quedado sus fauces sin la presa: le ha vencido la vida en
primavera.
Nadie
ha robado el cuerpo de Jesús ¿cómo hubieran podido los ladrones despojar el
cadáver de las vendas y doblar el sudario? Jesús no sale atado de lienzos como
Lázaro, que tiene el pobre que morir de nuevo. Jesús es el señor de la vida y
de la muerte, libre ya de cualquier ligadura: viento suelto que todo lo revive,
pájaro azul de la mañana, chorro de luz que nada ni a nadie se sujeta, música
matinal que al mundo alegra, hijo de Dios, hijo del hombre, vida que agarrota a
la muerte por sorpresa, palabra original y nunca repetida, que todo lo
contiene, que a todos, por los siglos, nos enseña. Amor de madrugada que a
todos nos despierta y nos remueve, con su sangre caliente todavía, con su
abrazo de hermano, de padre, de esposo para siempre.
Juan
ha comprendido bien esta mañana que el amor es más fuerte que la muerte, que no
bastan las vendas y el sudario, ni el sepulcro vacío, que a Pedro le
sorprenden, sino el encuentro gozoso con Jesús, la fe desnuda y deportiva,
juvenil, en su reino.
III
Pero,
amigos, no es tampoco la hora de engañarse, de volver otra vez a las andadas,
de refugiarnos de nuevo en la vieja cantinela de un Dios con minúscula, de
magia, poderoso hechicero, cómodo tapahuecos, santón de vela y oración
apresurada, que nos libra de pensar y de creer, incluso de vivir, y que se
encarga, tan bueno y complaciente, de ponernos un día de patitas en el cielo.
No.
Dentro de un cuarto de hora, al salir de la misa, los chavales darán la misma
murga que antes, y el rico –más o menos barato– pollo del domingo no se
convertirá en plato de langosta. Seguirá la merluza a doscientas pesetas, y
habrá que contentarse, a ser posible, con los ricos medallones rosados de
merluza congelada. Las alubias, las rojas, estarán a sesenta, y la carne en
picadillo a sólo cien pesetas kilo, a catorce cincuenta la leche después de
tantas idas y venidas; la gasolina no sé, no tengo coche. Y el mínimo salario a
doscientas veinticinco después de la subida, para que podamos llevar una vida
lo más mínima posible, pensar lo mínimo, leer lo mínimo, tener una mínima
cultura en honor de los máximos señores del mundo y del país.
La
vida seguirá lo mismo que antes; tal vez volverá a subir otro quince por ciento
y el salario –si hay suerte y con la ayuda de alguna huelga a tiempo y bien
llevada– subirá tal vez hasta un once por ciento en todo caso. Se sentirán los
enfermos igual de tristes solos cada tarde. Margarí perderá seguramente el
novio, y Pedro no podrá casarse con Piluca que era el primer amor, ya en manos
de otro. Las casas del llamado bloque Urdánoz nunca serán como las nuevas,
escandalosamente caras, levantadas en el bonito Paseo Sarasate, donde viven y
cobran ciertos hombres que oficialmente son nuestros hermanos. En fin, señoras
mías que me escuchan, habrá que volver a ver qué dicen las revistas sobre las
pecas, la piel de oca o las arrugas.
IV
Nada,
nada habrá cambiado de repente. Porque la pascua, amigos, no es un timo, ni una
varita mágica, ni una buena receta que da algún cura tonto –o muy listo, quizá,
según se mire–, ni una oración con suerte a santa Rita.
Porque
Jesús ha muerto igual que cualquier hombre y hay que pasar, con él, por ese
aro. El Cristo de la pascua, que vive junto al Padre, tiene aún y para siempre
la marca de los clavos. La cruz seguirá siendo, desgraciadamente y para rato,
el árbol donde el coche va a estrellarse cuando todos volvían tan contentos, la
reja insoportable de los presos, la bala fratricida del fusil, el látigo legal
o físico del amo, el sobre del despido, el número del código penal que nos
condena.
Pero
también, si somos fieles y sencillos, la bandera animosa, la dirección segura,
la flecha de esperanza, el bastón de la vida con que Dios, nuestro amigo, nos
conduce.
Seguimos
caminando, amigos, compañeros. El reino no ha venido aún del todo: ¡también
tenemos nosotros que traerlo! Sí, sí, sabemos que algún día encajará por fin lo
que está desencajado, será explicable lo que ahora nadie explica, las cosas y
personas estarán en su sitio y todo volverá a tener sentido.
¡Pero
cuánto habrá llovido en el barrio para entonces, qué viejísimos serán los
chicos de estos bancos!
V
Nuestras
pobres alegrías entre tanto no son más que un estreno; nuestro amor, un besito
tímido en la frente. Y del banquete, del que Jesús nos habla a cada paso, no
tenemos aún más que unos pocos entremeses.
Lo
demás iremos preparando uno a uno y día a día, todos juntos, lo más rápido
posible, hasta que todos estemos borrachos por la fiesta –que Dios es más
fuerte y generoso que el vino de Mañeru–, chiflados como novios, y locos de
amistad y esperanza interminable en la mesa redonda y siempre puesta del reino
de los cielos.

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