FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

viernes, 3 de abril de 2026

Recuerdo de un Viernes Santo.


Uno de los recuerdos que todos los Viernes Santos me conmueve es el de la muerte de la mamá de Isabel; nunca me ha gustado llamarle suegra. No era tres de abril, era diecinueve, pero la fuerza de este día eclipsa para mí el cómputo del tiempo. ¡Qué más da el número en el calendario! Era Viernes Santo, y eso es lo que importa.

Llevaba días yéndose poco a poco, abrazándose a la vida cada vez con menos fuerza. Era la hora de los oficios y decidí ir a la iglesia, pues está muy cerca de su casa. Un momento después de acabar de leer el relato de la Pasión, me avisaron. Acababa de fallecer.

Parecía que había esperado a morir justo cuando en su parroquia rememorábamos la muerte de Jesús. Esa “casualidad” tuvo desde el primer momento un profundo impacto en mí, y sigue teniéndolo, hasta el punto de que estoy convencido de que todavía me queda mucho para acabar de desentrañar su significado más profundo en su vida y en las nuestras.

Como el de su entierro, que  fue el Domingo de Pascua. ¡Qué lujo para un cristiano! ¡Qué regalo para ella, irse así de este mundo! Como Jesús, su Cristo de los afligidos, muere el viernes. Pero ahí está el domingo, el Domingo de Pascua, también para Jesús y para ella. La Vida para siempre.

Fue un regalo, sí. Y un regalo merecido. Fue Isabel una mujer excepcional; de una fe recia, trabajadora, servicial y amable; respetuosa y discreta. Una vida de entrega a su familia y a su parroquia, a los demás. Un hijo pequeñito y su marido, Jesús, partieron antes que ella, pero su madurez personal y su fe, le permitieron seguir viviendo con una paz y una alegría que sonaban a Evangelio.

A mí me acogió desde el primer momento. Me sentí querido y respetado siempre. Y puedo decir que no tengo ni el más mínimo reproche que hacerle ni a ella, ni tampoco a su marido. Fue una bendición; fueron ellos dos, una bendición para Isabel, mi esposa y para mí.

Hoy, Viernes Santo, ese día en que parece que la muerte ha vencido, en un momento oscuro de la historia como el que estamos viviendo, como dice el papa León XIV, la vida y la muerte de personas como Isabel son una luz deslumbrante que nos recuerda que hay futuro, que tiene sentido existir, que lo mejor está por venir, que es  la Vida y no la muerte quien tiene la última palabra.

Se fue un Viernes Santo. Y el domingo, cuando dejamos sus restos mortales en el cementerio, ella, junto a Jesús, su marido, y José Mari, su hijito, desde el seno del Padre nos estaría viendo con sus ojos claros y esa sonrisa suya que no olvidaré nunca.

Fue Isabel amor, sencillo, doméstico, cotidiano, incondicional. Amor a su marido, sus hijos, sus amigos, su parroquia, su Cristo de los afligidos. Y quiso Él llevársela al amor inmenso, inabarcable, incomprensible de Dios, un Viernes Santo, a la hora de los oficios, como diciéndonos, “tranquilos, no temáis, se viene conmigo”. 


 

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