Uno de los recuerdos que todos los
Viernes Santos me conmueve es el de la muerte de la mamá de Isabel;
nunca me ha gustado llamarle suegra. No era tres de abril, era diecinueve, pero
la fuerza de este día eclipsa para mí el cómputo del tiempo. ¡Qué más
da el número en el calendario! Era Viernes Santo, y eso es lo que importa.
Llevaba días
yéndose poco a poco, abrazándose a la vida cada vez con menos fuerza. Era la
hora de los oficios y decidí ir a la iglesia, pues está muy cerca de su casa. Un
momento después de acabar de leer el relato de la Pasión, me avisaron. Acababa
de fallecer.
Parecía que
había esperado a morir justo cuando en su parroquia rememorábamos la muerte de
Jesús. Esa “casualidad” tuvo desde el primer momento un profundo impacto en mí,
y sigue teniéndolo, hasta el punto de que estoy convencido de que todavía me
queda mucho para acabar de desentrañar su significado más profundo en su vida y
en las nuestras.
Como el de su
entierro, que fue el Domingo de Pascua.
¡Qué lujo para un cristiano! ¡Qué regalo para ella, irse así de este mundo!
Como Jesús, su Cristo de los afligidos, muere el viernes. Pero ahí está el
domingo, el Domingo de Pascua, también para Jesús y para ella. La Vida para
siempre.
Fue un regalo,
sí. Y un regalo merecido. Fue Isabel una mujer excepcional; de una fe recia, trabajadora,
servicial y amable; respetuosa y discreta. Una vida de entrega a su familia y a
su parroquia, a los demás. Un hijo pequeñito y su marido, Jesús, partieron
antes que ella, pero su madurez personal y su fe, le permitieron seguir
viviendo con una paz y una alegría que sonaban a Evangelio.
A mí me acogió
desde el primer momento. Me sentí querido y respetado siempre. Y puedo decir
que no tengo ni el más mínimo reproche que hacerle ni a ella, ni tampoco a su
marido. Fue una bendición; fueron ellos dos, una bendición para Isabel, mi
esposa y para mí.
Hoy, Viernes
Santo, ese día en que parece que la muerte ha vencido, en un momento oscuro de
la historia como el que estamos viviendo, como dice el papa León XIV, la vida y la muerte de personas como
Isabel son una luz deslumbrante que nos recuerda que hay futuro, que tiene
sentido existir, que lo mejor está por venir, que es la Vida y no la muerte quien tiene la última
palabra.
Se fue un
Viernes Santo. Y el domingo, cuando dejamos sus restos mortales en el
cementerio, ella, junto a Jesús, su marido, y José Mari, su hijito, desde el
seno del Padre nos estaría viendo con sus ojos claros y esa sonrisa suya que no
olvidaré nunca.
Fue Isabel amor,
sencillo, doméstico, cotidiano, incondicional. Amor a su marido, sus hijos, sus
amigos, su parroquia, su Cristo de los afligidos. Y quiso Él llevársela al amor
inmenso, inabarcable, incomprensible de Dios, un Viernes Santo, a la hora de
los oficios, como diciéndonos, “tranquilos, no temáis, se viene conmigo”.
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