Me
gustan y me impresionan las montañas, la inmensidad del mar, la grandeza de los
desiertos, las selvas y los ríos. Me siento muy pequeño ante la naturaleza
cuando exhibe su grandeza, pero también disfruto con lo pequeño que a menudo
pasa inadvertido.
Esa
doble dimensión, inmensidad y pequeñez, me lleva a adoptar dos actitudes bien
diferentes pero complementarias. Las dos de admiración, pero una se me impone y
la otra la he de descubrir.
Hay en
la sierra Calderona un rincón al que le tengo especial aprecio. Quizá por el
impacto que me causó el día que lo descubrí. Una hermosa pared se alza
majestuosa en medio del pinar, y si estás ante ella en el amanecer de un día
claro, es un espectáculo verla iluminarse por el sol.
Y
también hay en primavera, a sus pies, flores como las jaras en las que muchas
veces, pequeños insectos como este de la foto hacen su faena, en silencio.
Todo
un lujo de colores, formas y texturas. La belleza rotunda de la Casa Común,
como decía el papa Francisco. La pared dorada por el sol, el bichito de un
bonito verde sobre el naranja y malva de la jara.
Y todo, todo, es contemplación.

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