He
salido esta mañana con dos amigos a hacer una ruta por la Calderona. Sabíamos
que había riesgo de lluvia y posibles tormentas, pero como cada parte decía una
cosa y últimamente nunca llueve aunque todos lo digan, pese a la alerta
amarilla nos hemos decidido.
Tras
el pertinente almuerzo hemos iniciado la ruta en Segart. Cielo gris con ratos
de sol, hasta que del mar una masa oscura de nubes avanzaba borrando el paisaje
con una densa y hermosa cortina de agua.
Cuando
atravesábamos el altiplano de la Penya Roja, un trueno nos ha indicado que era
una tormenta lo que unos momentos después se abalanzaba sobre nosotros.
Cada
vez llovía con más fuerza, granizaba con cierta ternura, y los truenos se
sucedían uno tras otro. Un altiplano, sin árboles, abierto al mar, de donde
venía la tormenta, era el peor sitio posible para estar. Así que deprisa, pero
sin correr, no se debe correr en estas situaciones, lo hemos atravesado con
cierta inquietud.
El
camino que nos llevaría al restaurante donde íbamos a comer era un hermoso río
de aguas rojas e impetuosas. Ya no nos podíamos mojar más de lo que ya
estábamos, así que avanzábamos con calma, agradeciendo esta lluvia tan
necesaria para el monte y gozando de la perspectiva de una inminente comida
junto al fuego.
Porque
sí, hay en la sierra un restaurante donde aparte de comer muy bien, siempre
tienen un buen fuego encendido para hacer brasa. Y claro, llegar calados de
arriba abajo, pese a los chubasqueros, y encontrarse con una mesa junto al
fuego… ¡Qué queréis que os diga!
Buena
compañía y buena comida, mientras fuera llueve, todo un placer. Y luego,
regreso a Segart bajo un cielo de nuevo amenazante, pero llegada en seco, por
pelos, pero en seco.
¿Qué
más puedes pedirle a un día de montaña?
No hay comentarios:
Publicar un comentario