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No es una persona, pero tiene narices, ¿eh? |
Quiero celebrar el Día del Libro proclamando a los
cuatro vientos que el castellano o español, que de ambas formas decirse puede,
tiene una literatura como la copa de un pino, espectacular, impresionante, de
narices. Sí, una literatura de narices.
Y de narices va esta entrada. Dicho de otra forma,
esto es una entrada decididamente nariguda. Porque la nariz, “facción
saliente del rostro humano, entre la frente y la boca, con dos orificios, que
comunica con el aparato respiratorio”, según el diccionario de la Real Academia , es la
indiscutible protagonista de tres textos divertidísimos de nuestros clásicos.
Empecemos por el Lazarillo de Tormes. En el primer tratado del libro, Lázaro le da el
cambiazo al ciego al que sirve y le pone un nabo repulsivo en lugar de la longaniza que éste
iba a asarse y comerse, tragándosela él casi sin masticar. Cuando el ciego
muerde y se da cuenta de que aquello no es lo que debería ser, coge a Lázaro
por la cabeza, le abre la boca y mete allí su narizota para ver si huele a longaniza.
La descripción del apéndice nasal del ciego, y de lo que sucede como
consecuencia de su violenta introducción en la cavidad bucal del chiquillo, es
genial.
Yo
torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio; mas poco me
aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía. Levantóse
y asióme por la cabeza y llegóse a olerme. Y como debió sentir el huelgo, a uso
de buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que
llevaba, asiéndome con las manos, abríame la boca más de su derecho y
desatentadamente metía la nariz. La cual él tenía luenga y afilada, y a aquella
sazón, con el enojo, se había aumentado un palmo; con el pico de la cual me
llegó a la golilla.
Y con
esto, y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra
longaniza aún no había hecho asiento en el estómago; y lo más principal: con el
destiento de la cumplidísima nariz, medio cuasi ahogándome, todas estas cosas
se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo
fuese vuelto a su dueño. De manera que, antes que el mal ciego sacase de mi
boca su trompa, tal alteración sintió mi estómago, que le dio con el hurto en
ella, de suerte que su nariz y la negra mal mascada longaniza a un tiempo
salieron de mi boca.
Veamos ahora el capítulo XIII de la segunda parte del Quijote, en el que
Sansón Carrasco y un vecino del pueblo, disfrazados del Caballero de los
Espejos y su escudero, salen a buscar y retar al inefable Caballero de la triste figura, para, derrotándolo,
conseguir que volviera a casa. Se encuentran en un bosque, de noche. Sancho confraterniza
con el escudero que, dicho sea de paso, está empeñado en pelear con él a la vez
que lo hagan los caballeros. Sancho no ve necesario pelearse con nadie, el buen
Sancho, y mucho menos cuando descubre la horrenda y descomunal nariz del citado
escudero. El capítulo es divertidísimo.
Mas
apenas dio lugar la claridad del día para ver y diferenciar las cosas, cuando
la primera que se ofreció a los ojos de Sancho Panza fue la nariz del escudero
del Bosque, que era tan grande, que casi le hacía sombra a todo el cuerpo.
Cuéntase, en efecto, que era de demasiada grandeza, corva en la mitad y toda
llena de verrugas, de color amoratado, como de berenjena; bajábale dos dedos
más abajo de la boca; cuya grandeza, color, verrugas y encorvamiento así le
afeaban el rostro, que en viéndole Sancho comenzó a herir de pie y de mano,
como niño con alferecía, y propuso en su corazón de dejarse dar doscientas
bofetadas antes que despertar la cólera para reñir con aquel vestiglo.
Y acabemos con este soneto famosísimo de Quevedo, que
poca gracia le haría leerlo a la persona en la que pensaba cuando lo escribió,
supuestamente don Luis de Góngora, con quien tan mal se llevaba. Ahí va esa
colección de metáforas nasales realmente ingeniosa, y muy divertida también, de
nuestro inolvidable don Francisco. Enorme, fea, deforme, con abundante
pelambre…, así la describe. Bueno, leedla.
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.
Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.
Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.
Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.
Ya veis, cuestión de narices. Y es que, como he dicho
al empezar, tenemos una literatura de narices.
¡Feliz Día del Libro! Y a leer mucho, que mola.
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