Tal como dije voy a contaros la ascensión del viernes
20, al Castillo Mayor. No era la primera vez que lo subía, pero en esta
ocasión coincidió que era el último día del invierno, que el cielo estaba
cubierto por nubes altas, que hubo un eclipse de sol y que iba solo.
Aquella región del Pirineo es extraña, misteriosa,
llena de antiguas historias y leyendas. El paisaje no es para menos. Gargantas
profundas horadadas por ríos bravos, altas cimas superando los míticos tres mil
metros, paredes vertiginosas, simas y grutas, altos páramos desérticos con
nombres tan sugerentes como Era de las Brujas, bosques oscuros, y salpicando
todo esto, pequeños pueblos y minúsculas aldeas, ermitas erigidas hace siglos
en lugares impensables, puentes, senderos antiquísimos, monumentos megalíticos…
El Castillo Mayor, de poco más de dos mil metros, se
yergue altivo en medio de esta grandeza, y aunque inferior en altitud a gran
parte de las montañas que lo envuelven, desde su cima, les hablas cara a cara a
los gigantes que se elevan próximos, y te sientes altísimo sobre las
profundidades inverosímiles de las gargantas y cañones que te rodean.
Salí de las afueras de un pueblecito, enclavado en
una loma y con excepcionales panoramas, llamado Puértolas, por un sendero
empedrado que pronto se estrechó atravesando una zona de abundante vegetación.
Justo cuando la vegetación clareaba y el sendero,
avanzando entre unos grandes robles empezaba a subir en serio, se inició el
eclipse. Y poco a poco la luz de la mañana fue tornándose macilenta y triste.
La luna iba interponiéndose entre el sol y la tierra, y lo disfruté plenamente
porque las nubes altas que subían del sur, me permitieron seguir el fenómeno
sin dificultad alguna.
Cuando llegué al llano que se extiende al pie de la
arista cimera y de la propia cumbre, el eclipse alcanzaba su máxima oscuridad.
El silencio era absoluto. La soledad, solo rota por unos sarrios que se
recortaban, inmóviles contra el cielo gris, impresionante. El ambiente,
sobrecogedor.
Desde aquí, por un terreno fuertemente erosionado,
llegué hasta el borde del abismo de la cara norte de la montaña, y siguiéndolo
alcancé la cima.
El macizo de las Tres Sorores, con el Monte Perdido,
las Sestrales, la Punta
Fulsa, la Punta Suelza,
el Cotiella entero, la
Peña Montañesa, la garganta de Escuain, a mis pies, allá
abajo, muy abajo, el valle del Cinca, la sierra de Guara…
Y luego el regreso, mientras volvía la luz. Me gustan
los descensos. Lo ves todo desde otra perspectiva, y ya vas con “la faena
hecha”. Sí, me gusta alargar los descensos, pero también me gusta llegar al
sitio de donde salí en la mañana. Sólo entonces digo que he subido la montaña. A
la hora de comer ya estaba en Ainsa. ¡Inolvidable!
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Castillo Mayor desde las afueras de Puértolas. |
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Inicio del eclipse. |
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La luz del eclipse y el cielo gris sobre el Cotiella y la Peña Montañesa. |
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Macizo del Cotiella. |
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El eclipse en su punto máximo. |
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El desolado llano al sur de la cima. |
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Los sarrios que tras un rato de inmovilidad, sin prisa, se escondieron de mi mirada. |
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Ya en la cresta, el macizo de las tres Sorores con el Monte Perdido. |
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La altiva cima del Castillo Mayor. |
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El vértice geodésico de la cima. Atrás, el macizo del Cotiella. |
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Desde la cima, las Tres Sorores y la cara sur de las paredes de Pineta. |
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Punta Lierga y Cotiella desde la cima del Castillo Mayor. |
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Desde la cima, el macizo de las Tres Sorores. A la derecha el marcado collado de Añisclo. |
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Ya de regreso el amplio valle del Cinca y la Peña Montañesa. |
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Cerca del pueblo, estas flores eran como un bonito y discreto anuncio de la primavera. Todo estaba aún invernal. |
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