Esta noche, la noche de “la plantá”, que inicia los
cuatro días grandes de las fallas, quiero recordar una vez más al tío Vicente.
Y creo vislumbrarlo entre los recuerdos nebulosos de
mi infancia, atareado y nervioso, corriendo de aquí para allá, dándole los
últimos toques a su obra. La obra de todo un año de trabajo a la que le quedaban cuatro días, literalmente, cuatro días. Y también lo recuerdo emocionarse hasta
saltarle las lágrimas, la noche de “la cremá”, cuando el fuego lo reducía todo
a ceniza.
Y vuelta a empezar. Así un año tras otro. De la idea
al boceto, del boceto a la maqueta, de la maqueta al taller, del taller a la
calle, donde indefectiblemente se encontraría con el fuego.
Y pienso hoy que ese ejercicio duro de ver destruida
la obra a la que, a lo largo de todo un año, has dedicado lo mejor de ti mismo,
asumirlo y recomenzar de nuevo, debe forjar de un modo muy peculiar el carácter
del artista fallero.
Creo que el tío Vicente tenía ese carácter forjado en
el fuego, y creo que eso le sirvió para levantarse cada vez que los avatares de
la vida le golpearon, y no fueron pocos.
¡Qué importante me parece hoy tener esa capacidad de
construir y ese coraje de encajar con entereza la destrucción de lo construido!
¡Y que difícil volver a construir, otra “falla”, quizá en otro sitio!
Pero volver a construir. Porque qué más da el tiempo que hayas dedicado a lo que ya no existe, un año, dos, diez, treinta...Lo importante es volver a construir, mirar adelante, como diría Kipling, "sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era...".
Pues con estos pensamientos y el boceto de una de sus
fallas, no sé de que año, recuerdo esta noche de “la plantá” al tío, que veía
con lágrimas en los ojos quemar su falla… y siempre volvía a empezar.
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Boceto de la falla Alférez provisional y adyacentes. Artista: Vicente Tortosa Biosca. Año ¿? |
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