Llega
la Navidad y junto a ella parece ser que la magia. Por todas partes aparecen
juntas de un modo tan cargante y abusivo que me resulta indigesto de puro hueco
y ridículo.
Quien
esté encantado con la magia de la Navidad que no siga leyendo.
La
pregunta que cabe hacerse es qué diablos será eso de la magia de la Navidad,
porque esta fiesta de origen cristiano tiene bien poco que ver con la magia.
Hoy en día tampoco con lo que sucedió en Palestina hace unos dos mil años
largos; habrá quien ni lo sabe.
Porque
yo creo que la susodicha magia de la Navidad es primero que todo un descomunal
incremento del consumo. En segundo lugar, unos días de intensificación de la
vida social y familiar tanto para bien como para mal. También una mirada anual
a la tradición, cada vez menos nuestra y más importada. Y cómo no, un tiempo de
evadirse de lo cotidiano cada uno como pueda, si puede; viajes, fiestas y
demás.
Esa es
toda la magia de la Navidad. Eso sí, todo debidamente almibarado y con altas
dosis de ñoñez.
Si
vamos al diccionario de la RAE nos lo aclara un poco más. Magia también
significa encanto o atractivo de algo o alguien. Así pues podemos decir que el
atractivo de la Navidad es lo que antes he comentado, el consumo disparatado, recuerdo
de tradiciones, encuentros familiares y sociales, o la posibilidad de alguna
fiesta o viaje, por ejemplo.
Sí,
puede estar bien. Nada tiene que ver con el nacimiento de Jesús, pero puede
estar bien; pero no para todos. Lo que ocurre es que siempre he pensado que no
todo el mundo puede gozar de esa magia, de ese atractivo, porque también creo
que es un tiempo en el que las heridas que la vida nos infringe duelen más,
cualquier herida.
Y este
año, precisamente este año, cada vez que oigo esas dos palabritas juntas pienso
en toda esa gente cuyas recientes y dolorosas heridas no encontrarán alivio
alguno en esa magia. Porque las bombillas y los espumillones no iluminan.
Porque esa magia es, después de todo, cartón piedra. Es una magia sin alma, sin
raíces. No cura.
Quizá
el verdadero sentido de la Navidad, pueda aliviar más, iluminar más. Habría que
reencontrarlo y compartirlo, porque hay gente, mucha gente, que lo necesita
para seguir viviendo.
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