Quiero
compartir esta tarde del Domingo de Pascua dos textos henchidos de vida, de
alegría, de esperanza. Uno de ellos contiene una de las frases más hermosas que
se pueda concebir, “¿por qué buscáis entre los muertos al que vive?"
El
primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando
los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y,
entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban
desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos
refulgentes.
Ellas
quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y ellos les dijeron:
“¿Por
qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado.
Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del
hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y
al tercer día resucitar”.
Y
recordaron sus palabras. Habiendo vuelto del sepulcro, anunciaron todo esto a
los Once y a todos los demás.
Eran
María la Magdalena, Juana y María, la de Santiago. También las demás, que
estaban con ellas, contaban esto mismo a los apóstoles. Ellos lo tomaron
Pedro,
sin embargo, se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve solo los
lienzos, Y se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido (Lc.24, 1-12).
El otro es del papa Francisco, de su autobiografía. Unid
los dos y tendréis la esencia misma de lo que es ser cristiano. El siempre
asombroso y liberador centro de la fe.
Pero
la esperanza es mucho más que eso: es la certeza de que hemos nacido para no
morir nunca más, de que hemos nacido para las cumbres, para disfrutar de la
felicidad. Es la conciencia de que Dios nos ama desde siempre y para siempre,
que nunca nos deja solos: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?,¿la
tribulación?,¿la angustia?,¿la persecución?,¿el hambre?,¿la desnudez?,¿el
peligro?,¿la espada? (…) Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel
que nos ha amado”, dice el apóstol Pablo (Rom 8,35-37).
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