Hacía
mucho tiempo que disfrutábamos de lluvia como esta, tranquila, pausada, suave.
Cierto que habrá gente a la que le molestará, pero es necesaria y buena cuando
cae así, acariciando la tierra, los árboles, las plantas.
A mí
personalmente me resulta relajante, me invita a parar, a detenerme, a entrar en
mí mismo. Y me llegan recuerdos de experiencias vividas en las que ella, la
lluvia, estaba presente, como esta tarde en que me he acordado de dos momentos,
uno de ellos muchas veces repetido pero siempre hermoso.
Hablo
de la lectura del libro El Camino de Miguel Delibes, de gratísimo recuerdo para
mí, y me consta que para muchos de mis alumnos. Y en concreto del capítulo XX,
el entierro del Tiñoso.
Faltaba
poco para acabar el libro y los tres chiquillos, Daniel, Roque y Germán, se
habían convertido en compañeros de clase. La lectura de este capítulo, siempre
en un profundo silencio y lagrimillas asomando en los ojillos de más de uno, la
hacía yo, y recuerdo que se me hacía un nudo en la garganta. Me costaba
acabarlo. Y la lluvia estaba presente.
Mi
referencia a la hora de imaginar el pueblo donde se desarrolla la novela
siempre ha sido Durro, un pequeño pueblo del valle de Bohí, en el Pirineo,
donde hace ya muchos años trabamos amistad con Pep, un buen hombre, ya mayor, del
que guardo muchos y entrañables recuerdos.
Cuando
nos enteramos de su fallecimiento y pudimos ir a dar el pésame a su familia,
siempre acogedora, nos acercamos al pequeño cementerio, anejo a la iglesia a
visitar su sepultura, en la tierra, y rezar un responso con nuestro amigo José
Luis. El cielo estaba muy gris, y acabó lloviendo también. Bajo los paraguas
acabamos de rezar y regresamos a su casa.
La
vida y la literatura, una vez más, se fundían en una sola experiencia, cuyo
recuerdo esta tarde de lluvia ha vuelto a mí. Los buenos ratos con mis alumnos,
los buenos ratos con Pep… Mis alumnos, Pep.
Todo
ha pasado, pero fue hermoso, tuvo sentido. Y recordarlo esta tarde ha sido un
bonito regalo de la lluvia.
Y otro
regalo, releer una vez más el capítulo XX de El Camino, el del entierro
de Germán el Tiñoso, mientras fuera sigue lloviendo. Este lo comparto. Aquí
lo tenéis.
Es
expresivo y cambiante el lenguaje de las campanas; su vibración es capaz de
acentos hondos y graves y livianos y agudos y sombríos. Nunca las campanas
dicen lo mismo. Y nunca lo que dicen lo dicen de la misma manera. Daniel, el
Mochuelo, acostumbraba a dar forma a su corazón por el tañido de las campanas.
Sabía que el repique del día de la Patrona sonaba a cohetes y a júbilo y a
estupor desproporcionado e irreflexivo. El corazón se le redondeaba, entonces,
a impulsos de un sentimiento de alegría completo y armónico. Al concluir los
bombardeos, durante la guerra, las campanas también repicaban alegres, mas con
un deje de reserva, precavido y reticente. Había que tener cuidado. Otras
veces, los tañidos eran sordos, opacos, oscuros y huecos como el día que
enterraron a Germán, el Tiñoso, por ejemplo. Todo el valle, entonces, se
llenaba hasta impregnarse de los tañidos sordos, opacos, oscuros y huecos de
las campanas parroquiales. Y el frío de sus vibraciones pasaba a los estratos
de la tierra y a las raíces de las plantas y a la médula de los huesos de los
hombres y al corazón de los niños. Y el corazón de Daniel, el Mochuelo, se tornaba
mollar y maleable — blando como el plomo derretido— bajo el solemne tañir de
las campanas.
Estaba
lloviznando y tras don José, revestido de sobrepelliz y estola, caminaban los
cuatro hijos mayores del zapatero, el féretro en hombros, con Germán, el
Tiñoso, y el tordo dentro. A continuación marchaba el zapatero con el resto de
sus familiares, y detrás, casi todos los hombres y las mujeres y los niños del
pueblo con rostros compungidos, notando en sus vísceras las resonancias de las
campanas, vibrando en una modulación lenta y cadenciosa. Daniel, el Mochuelo,
sentía aquel día las campanas de una manera especial. Se le antojaba que él era
como uno de los insectos que coleccionaba en una caja el cura de La Cullera. Se
diría que, lo mismo que aquellos animalitos, cada campanada era como una aguja
afiladísima que le atravesaba una zona vital de su ser. Pensaba en Germán, el
Tiñoso, y pensaba en él mismo, en los nuevos rumbos que a su vida imprimían las
circunstancias. Le dolía que los hechos pasasen con esa facilidad a ser
recuerdos; notar la sensación de que nada, nada de lo pasado, podría
reproducirse. Era aquélla una sensación angustiosa de dependencia y sujeción.
Le ponía nervioso la imposibilidad de dar marcha atrás en el reloj del tiempo y
resignarse a saber que nadie volvería a hablarle, con la precisión y el
conocimiento con que el Tiñoso lo hacía, de los rendajos y las perdices y los
martines pescadores y las pollas de agua. Había de avenirse a no volver a oír
jamás la voz de Germán, el Tiñoso; a admitir como un suceso vulgar y cotidiano
que los huesos del Tiñoso se transformasen en cenizas junto a los huesos de un
tordo; que los gusanos agujereasen ambos cuerpos simultáneamente, sin
predilecciones ni postergaciones.
Se
confortó un poco tanteando en su bolsillo un cuproníquel con el agujerito en
medio. Cuando concluyese el entierro iría a la tienda de Antonio, el Buche, a
comprarse un adoquín. Claro que a lo mejor no estaba bien visto que se
endulzase así después de enterrar a un buen amigo. Habría de esperar al día
siguiente.
Descendían
ya la varga por su lado norte, hacia el pequeño camposanto del lugar. Bajo la
iglesia, los tañidos de las campanas adquirían una penetración muy viva y
dolorosa. Doblaron el recodo de la parroquia y entraron en el minúsculo
cementerio. La puerta de hierro chirrió soñolienta y enojada. Apenas cabían
todos en el pequeño recinto. A Daniel, el Mochuelo, se le aceleró el corazón al
ver la pequeña fosa, abierta a sus pies. En la frontera este del camposanto,
lindando con la tapia, se erguían adustos y fantasmales, dos afilados cipreses.
Por lo demás, el cementerio del pueblo era tibio y recoleto y acogedor. No
había mármoles, ni estatuas, ni panteones, ni nichos, ni tumbas revestidas de
piedra. Los muertos eran tierra y volvían a la tierra, se confundían con ella
en un impulso directo, casi vicioso, de ayuntamiento. En derredor de las
múltiples cruces, crecían y se desarrollaban los helechos, las ortigas, los
acebos, la hierbabuena y todo género de hierbas silvestres. Era un consuelo, al
fin, descansar allí, envuelto día y noche en los aromas penetrantes del campo.
El
cielo estaba pesado y sombrío. Seguía lloviznando. Y el grupo, bajo los
paraguas, era una estampa enlutada de estremecedor y angustioso simbolismo.
Daniel, el Mochuelo, sintió frío cuando don José, el cura, que era un gran
santo, comenzó a rezar responsos sobre el féretro depositado a los pies de la
fosa recién cavada. Había, en torno, un silencio abierto sobre cien sollozos
reprimidos, sobre mil lágrimas truncadas, y fue entonces cuando Daniel, el
Mochuelo, se volvió, al notar sobre el calor de su mano el calor de una mano
amiga. Era la Uca—uca. Tenía la niña un grave gesto adosado a sus facciones
pueriles, un ademán desolado de impotencia y resignación. Pensó el Mochuelo que
le hubiera gustado estar allí solo con el féretro y la Uca—uca y poder llorar a
raudales sobre las trenzas doradas de la chiquilla; sintiendo en su mano el
calor de otra mano amiga. Ahora, al ver el féretro a sus pies, lamentó haber
discutido con el Tiñoso sobre el ruido que las perdices hacían al volar, sobre
las condiciones canoras de los rendajos o sobre el sabor de las cicatrices. Él
se hallaba indefenso, ahora, y Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de su alma,
le daba, incondicionalmente, la razón. Vibraba con unos acentos lúgubres la voz
de don José, esta tarde, bajo la lluvia, mientras rezaba los responsos: —Kirie,
eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis...
A
partir de aquí, la voz del párroco se hacía un rumor ininteligible. Daniel, el
Mochuelo, experimentó unas ganas enormes de llorar al contemplar la actitud
entregada del zapatero. Viéndole en este instante no se dudaba de que jamás
Andrés, "el hombre que de perfil no se le ve", volvería a mirar las pantorrillas
de las mujeres. De repente, era un anciano tembloteante y extenuado,
sexualmente indiferente. arpillera al
lado del féretro y Andrés arrojó en ella una peseta. La voz de don José se
elevó de nuevo:
—Kirie,
eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis...
Luego
fue el Peón quien echó unas monedas sobre la arpillera, y don José, el cura,
que era un gran santo, rezó otro responso. Después se acercó Paco, el herrero,
y depositó veinte céntimos. y más tarde, Quino, el Manco, arrojó otra pequeña
cantidad. Y luego Cuco, el factor, y Pascualón, el del molino, y don Ramón, el
alcalde, y Antonio, el Buche, y Lucas, el Mutilado, y las cinco Lepóridas, y el
ama de don Antonino, el marqués, y Chano y todos y cada uno de los hombres y
las mujeres del pueblo y la arpillera iba llenándose de monedas livianas, de
poco valor, y a cada dádiva, don José, el cura, que era un gran santo,
contestaba con un responso, como si diera las gracias:
—Kirie,
eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis...
Daniel, el Mochuelo, aferraba crispadamente su cuproníquel, con la mano
embutida en el bolsillo del pantalón. Sin querer, pensaba en el adoquín de
limón que se comería al día siguiente, pero, inmediatamente, relacionaba el
sabor de su presunta golosina con el letargo definitivo del Tiñoso y se decía
que no tenía ningún derecho a disfrutar un adoquín de limón mientras su amigo
se pudría en un agujero. Extraía ya lentamente el cuproníquel, decidido a
depositarlo en la arpillera, cuando una voz interior le contuvo: "¿Cuánto
tiempo tardarás en tener otro cuproníquel, Mochuelo?". Le soltó compelido
por un sórdido instinto de avaricia. De improviso rememoró la conversación con
el Tiñoso sobre el ruido que hacían las perdices al volar y su pena se agigantó
de nuevo. Ya Trino se inclinaba sobre la arpillera y la agarraba por las cuatro
puntas para recogerla, cuando Daniel, el Mochuelo, se desembarazó de la mano de
la Uca—uca y se adelantó hasta el féretro:
—¡Espere!
—dijo.
Todos
los ojos le miraban. Notó Daniel, el Mochuelo, en sí, las miradas de los demás,
con la misma sensación física que percibía las gotas de la lluvia. Pero no le
importó. Casi sintió un orgullo tan grande como la tarde que trepó a lo alto de
la cucaña al sacar de su bolsillo la moneda reluciente, con el agujerito en
medio, y arrojarla sobre la arpillera. Siguió el itinerario de la moneda con
los ojos, la vio rodar un trecho y, luego, amontonarse con las demás
produciendo, al juntarse, un alegre tintineo. Con la voz apagada de don José,
el cura, que era un gran santo, le llegó la sonrisa presentida del Tiñoso,
desde lo hondo de su caja blanca y barnizada:
—Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie,
eleison. Pater noster qui es in caelis... Al concluir don José, bajaron la caja
a la tumba y echaron mucha tierra encima. Después, la gente fue saliendo
lentamente del camposanto. Anochecía y la lluvia se intensificaba. Se oía el
arrastrar de los zuecos de la gente que regresaba al pueblo.
Cuando Daniel, el Mochuelo, se vio solo, se
aproximó a la tumba y luego de persignarse dijo:
—Tiñoso,
tenías razón, las perdices al volar hacen "Prrr" y no
"Brrr".
Ya se
alejaba cuando una nueva idea le impulsó a regresar sobre sus pasos. Volvió a
persignarse y dijo:
—Y
perdona lo del tordo.
La
Uca—uca le esperaba a la puerta del cementerio. Le cogió de la mano sin decirle
una palabra. Daniel, el Mochuelo, notó que le ganaba de nuevo un amplio e
inmoderado deseo de sollozar. Se contuvo, empero, porque diez pasos delante
avanzaba el Moñigo, y de cuando en cuando volvía la cabeza para indagar si él
lloraba.