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Las provincias. Miércoles, 18 de marzo de 2015. |
Yo no sé si en la “Consellería” de Educación parten
de la base de que somos gilipollas, o es que realmente lo somos, y si no todos,
al menos una gran parte de la población. Porque sólo a seres agilipollados se
les pueden marear, zarandear, engañar, en suma manipular, sin que se den cuenta
de que se les está manipulando. Es una de las características básicas del
tonto, no enterarse de que es tonto, porque en el momento en que se entera deja
de serlo.
¿A santo de qué viene esta introducción un punto acalorada?
Pues a la noticia que estos días han lanzado los medios de comunicación
diciendo que queda suspendida la aplicación de la jornada continua porque su
aplicación en los centros donde se estaba experimentando, ha provocado un descenso
del rendimiento académico y un aumento del número de repetidores.
Inspectores y técnicos, muy sesudos ellos, han
llegado a tan sabia conclusión; al menos eso dicen los periódicos. ¡Increíble!
Vamos a ver. El deterioro generalizado del
rendimiento académico, el número de repetidores, así como el de los que no
obtienen el graduado escolar, es consecuencia de una serie de causas entre las
que la jornada continua, puestos a que sea una de ellas, sería una de las más insignificantes.
Siete leyes educativas en treinta y siete años, la
instrumentalización política de la educación, el sistemático descrédito de los
docentes, la crisis de valores, el incremento brutal de las familias rotas, la reciente
eliminación de los exámenes de septiembre y otras que no cito, no son causas
suficientes para explicar el fracaso de muchos alumnos y del sistema en su
conjunto. No. Ahora resulta que es la jornada continua.
Hay que ser cínico para decir esto, y tonto del culo
para creérselo. Pero muy, muy cínico y muy, muy tonto.
No entro aquí en si es mejor o peor la jornada
continua. Habría mucho que hablar y no es el asunto tan simple. Pero que bien
poco o nada tiene que ver con el fracaso escolar de los alumnos y la quiebra
del sistema educativo, de eso estoy seguro.
Con lo que sí tiene que ver es con el triste hecho de
que esta sociedad no sabe qué hacer con los niños. Unos padres, los menos,
porque el niño les ha venido como te sale un grano en el culo, y molesta.
Otros, porque aún queriéndolos mucho, son incapaces de educar, no saben
hacerlo, les agobian los chiquillos, están desbordados. Otros, también
queriéndolos mucho y sabiéndolos educar, tienen jornadas laborales asfixiantes,
o han de trabajar los dos, no por capricho, sino porque de lo contrario no
llegan a fin de mes y ¡claro! ¿qué hacen con los niños?; y entonces, con gran
dolor de corazón, los han de colocar en algún sitio. Por todo esto muchísima
gente no quiere la jornada continua. Y si por jornada continua entienden cerrar
los “coles” a los alumnos por la tarde y punto, tienen razón.
La solución más rápida para todos pues, es que el “cole”
guarde a modo de depósito a los retoños,
cuanto más tiempo mejor. Y si fuere posible, que se aumenten las horas de
estancia en el centro, que se reduzcan las vacaciones, que se abran los fines de semana, porque…¿qué hago con mi
hijo?¿dónde me lo meto?
Y este problema cierto, inmediato y de urgente
solución, está detrás de la constante presión social para aumentar el tiempo
escolar de los niños. Y esto, unido a la obsesión, también generalizada, de que
trabajamos poco los docentes y ya está bien, y no es justo y bla, bla, bla,
está convirtiendo a la escuela en un inmenso depósito de tiernos y no tan
tiernos infantes, donde da igual lo que hagamos mientras los tengamos
contentos, y no los traumaticemos suspendiéndolos o de otras perversas,
pérfidas y aviesas maneras.
Por todo esto y más, que nos salgan ahora con que la
jornada continua desciende el rendimiento y aumenta el número de repetidores,
simplemente irrita. ¡Venga hombre!
¿Por qué no hablan claro nunca? El problema es muy
hondo, y no es escolar. Es político, social y económico. Pero llamar a las
cosas por su nombre, y más en educación, es del todo imposible. Los eufemismos ocultan
una realidad que da miedo, mucho miedo. Por eso en este ámbito abundan hasta la
náusea.
Que legislen con criterios pedagógicos y no
políticos, que bajen la ratio en las aulas, que dignifiquen la tarea del docente,
que concilien en serio la vida familiar con la laboral, que protejan a los
menores abandonados aunque tengan casa y padres… Y que no intenten engañarnos.
¡Que no cuela, hombre, que no cuela!¡Ya está bien!