Estos
dos días primeros de noviembre el tema de la muerte está más presente que el
resto del año, a no ser que nos pase cerca. Bien de una forma estúpida y
pueril, ajena además a nuestra cultura, como es Jalobuin, o de una bastante más
seria y profunda, como hace la Iglesia, el hecho es que está más presente.
Y ante
la pregunta que siempre nos hacemos, ¿qué hay más allá? si nos paramos un
momento a pensar, hay infinidad de respuestas; quizá una por cada persona que
trate de responderla.
Huyo
de buscar explicaciones más o menos racionales, sean pseudocientíficas, filosóficas
e incluso religiosas para responder a una pregunta cuya respuesta determina la
vida y su sentido. Incluso no hacérsela, o hacérsela y no responderla, quieras
o no, también la determina.
En
términos “informáticos” diría que mi cerebro no está programado para responder
a la pregunta, por eso solo me queda una salida si me la hago. La fe, creer sin
entender, sin ni siquiera querer entender o explicar de ningún modo qué hay más
allá de esta vida. Creer que es verdad el texto que a continuación comparto.
Creer
que esto es verdad. Todo lo demás, sobra.
Entonces
vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera
tierra pasaron, y el mar ya no existía.
Y vi
la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de junto a Dios,
preparada como una novia ataviada para su esposo.
Entonces oí una gran voz que decía desde el
trono:
«Esta
es la morada de Dios con los hombres; y Él habitará entre ellos y ellos serán su
pueblo, y Dios en persona estará entre ellos y será su Dios.
Él enjugará
las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor pues
lo de antes ha pasado»
Y el que está sentado en el trono dijo: «Todo
lo hago nuevo». Y añadió: «Escribe, porque estas palabras son fieles y
verdaderas».
Ap.21,1-5.
¿Cómo
voy a entender esto? ¿Cómo voy a poder explicarlo? Está fuera de mi alcance.
Solo puedo creerlo o no creerlo.
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