Suelen
serlos, pero no siempre lo son. Me refiero a los almuerzos en pueblos de
montaña cuando salgo de excursión. No siempre son agradables.
Hoy
mismo. Madrugón. Salida aún de noche, bajo un cielo encapotado y una humedad
extrema. Amanecer brumoso surgiendo la luz en medio de un caos que me ha
parecido bellísimo. El monte, precioso, limpio, fresco, rezumando agua, un agua
que corre formando pequeños arroyos, decora las telarañas y cae de las hojas
formando pequeñas gotitas que brillan a la luz incierta del amanecer.
Soledad,
no me he encontrado con nadie, y un silencio solo roto por el canto de los
pajarillos o algún animal que remueve la vegetación huyendo de mi presencia.
A las
11 de la mañana llego al pueblo a almorzar y me siento en la terraza de un bar.
El sol ya ha asentado el día, y el cielo está azul. Atención rápida y buen
bocadillo.
Mas
entonces empiezan las desdichas. Justo en la mesa contigua hay cuatro personas.
Una pareja ya mayor y otra más joven. No hablan, gritan, berrean. No se ríen,
monstruosas risotadas resuenan en toda la calle. De vez en cuando, un grito
exagerado. Hay más gente en la terraza y solo se les oye a ellos. El vivo
ejemplo de lo que es no saber estar y de la ordinariez.
Me
aguanto, claro está, las ganas de decirles que son unos impresentables, que no
conocen la educación y que hagan el puñetero favor de hablar y reírse como
personas, no como energúmenos y como hienas.
Me
incomoda la situación y entonces acude a la fiesta una avispa que quiere
compartir conmigo el bocadillo. La espanto como puedo, pero no solo no se
asusta, sino que llama a una amiga, o a su madre o a su tía, no sé. Ya son dos
y pronto son tres y luego cuatro, igual era una familia “avispil”. Casi me pica
una que disfrutaba de mis aceitunas cuando he ido a coger una sin apercibirme
de su presencia.
Entre
los berridos infrahumanos de los vecinos y las cuatro avispas, el almuerzo se
convierte en un ejercicio de autocontrol y defensa. Autocontrol para no agredir
a los impresentables, que se lo merecían; defensa para que no me agredieran a
mí las avispas, cosa que no creía merecer, sin tirar por el suelo lo que tenía
sobre la mesa de un manotazo.
Pero
no, aún no se habían acabado las desdichas. En la mesa del otro lado, que
estaba vacía, se sienta un señor ya madurito, calvo y mostachudo, fumando con
evidente deleite un hermoso puro, cuyo humo el viento tiene a bien traer a mis
narices.
Y me
digo. En lo bien que estaba yo en el monte. Con un platanito y unos cacahuetes,
como un mono, que a fin de cuentas es lo que soy, hubiera almorzado mucho más a
gusto.
Menos
mal que lo de hoy no es lo normal. Pero bueno, ya dicen que en ningún cuerpo
falta un lunar. Y desde luego hay cosas peores, infinitamente peores, que este
incomodo almuerzo.
Otro día, amigo Jesús, llévate el bocata al monte y disfruta de la naturaleza. Saludos
ResponderEliminarLo hago muchas veces, pero de vez en cuando un almuercito en algún pueblete de nuestras montañas está muy bien. Casi siempre son agradables.
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