FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

¡Por fin llueve como toca!


Largos años llevo quejándome en el blog de la sequía y de las consecuencias desastrosas que en nuestros montes y campos está teniendo. Justo es que ahora comparta la alegría que me da este período de lluvias que estamos viviendo.
Lluvias como las de antes, como las que recuerdo de cuando era pequeño. Días enteros lloviendo; el olor a humedad; el serrín a la entrada del “cole”; la ropa tendida en casa, junto a la estufa; los impermeables y las botas de agua; charcos en la calle…
Gratos recuerdos de mi infancia que se mezclan hoy con la tranquilidad y la satisfacción de saber que el agua corre por nuestros montes, nuestros campos, nuestros pinares. Que regresa con ella la vida. 
Además es otoño tardío, la evaporación es mínima y el agua de estos días viene para quedarse, y con un poquito de suerte, volverá a llover el domingo, el lunes, quizá el martes.
Pero, ¡ojo! No pensemos que con esto se acaba la sequía. Es sólo un alivio, un alivio importante, porque para acabarse esta maldición que nos lleva acompañando tantos años, haría falta que se sucedieran días como estos, mes tras mes, sobre todo en otoño y primavera. Y eso está por ver. ¡Ojalá así sea!
          Esta mañana, el pluviómetro de mi casa marcaba 100 litros. Ahora 104. Sin embargo aún no hemos llegado en lo que llevamos de año ni a 300. Sí, debe llover más. Debe seguir lloviendo.
         Así pues, alegrémonos, y gocemos, y démosle gracias a Dios, a la naturaleza, o a quien queramos dárselas, por la bendición de estos días.

martes, 29 de noviembre de 2016

La muerte de Fidel Castro. Una ocasión para pensar.


La muerte de Fidel Castro, como todo acontecimiento histórico de primera magnitud, nos permite entender mejor el mundo en el que estamos. Sólo hay que estar atentos a la realidad y reflexionar sobre ella.
Son momentos en los que, a quien más y a quien menos, se les ve el plumero, como decimos coloquialmente. ¡Y qué plumeros se han visto y se están viendo estos días!
Mi reflexión sobre el comandante Fidel, que creo que Dios, en su infinita misericordia, habrá acogido en su seno, es la que expongo a continuación.
Fidel Castro defendió la soberanía de su país frente a enemigos poderosos. Buscó el bienestar de la gran mayoría de la población. Trabajó por la educación, a la que utilizó como herramienta de adoctrinamiento, por la sanidad para todos y por la justicia social, a su manera, claro. Creo que todo esto es cierto.
Pero también es cierto que Fidel Castro fue un dictador que llegó al poder mediante la violencia. Sobre su conciencia pesan numerosos crímenes, se supone que por el bien de la mayoría. Pesan también continuos atentados contra la libertad de las personas, contra su dignidad, contra la libertad de expresión, materializados estos atentados en las cárceles y el exilio.
Pienso que su intención era buena, fue buena toda su vida, pero imbuido en ese mesianismo propio de los dictadores, creyó que él y solo él sabía el camino. Y entonces, como consecuencia lógica, todos los que no pensaran como él eran enemigos suyos y del pueblo, de la patria. Esto le llevó a excluir la democracia, llegando en su desprecio por ella a dejar la jefatura del país en manos de su hermano, para perpetuar el régimen, cual si de un monarca absoluto se tratara.
Y ahora viene el punto crítico de mi reflexión. Los tres párrafos anteriores siguen siendo ciertos si escribo Francisco Franco en vez de Fidel Castro. Haced el ejercicio de releerlos cambiando el nombre. Quizá las únicas diferencias sean que Castro "abdicó" en su hermano y Franco reinstauró la monarquía, y que el primero rompió una dictadura y el segundo una democracia. Por lo demás, ¿dónde están las diferencias?
A mí no me cuelan gato por liebre. De verdad que no veo ninguna diferencia esencial entre Francisco Franco y Fidel Castro. Es lo mismo. ¡Claro que sí! Solo cambia el barniz de la superficie. A un barniz le llamamos fascismo y al otro comunismo. Hijos ambos de la misma madre, el totalitarismo.
Al principio de la entrada decía que estos acontecimientos históricos facilitan el que veamos el plumero al personal. Es muy interesante ver cómo líderes políticos para los que la palabra Franco es el colmo del horror, de la depravación, de la aberración histórica, se deshacían en alabanzas hacía el dictador cubano. Alguna alusión a sus sombras, alguna crítica por lo “bajini” pero, al final, “adiós compañero”. 
No es demócrata quien habla así, aunque se venda como tal. No es demócrata. Y además es un corrupto, porque vive en la peor de las corrupciones, la corrupción ideológica.
Yo soy demócrata convencido porque me cuesta serlo. Por eso sé que lo soy. Ser demócrata no es fácil, porque la democracia exige una actitud de respeto al diferente, una capacidad de aceptación de la voluntad de la mayoría cuando tú no eres de esa mayoría, una actitud crítica constante, una paciencia a prueba de bomba, que a mí me cuesta tener. Me cuesta respetar al diferente cuando me irrita, me cuesta aceptar la voluntad de la mayoría cuando pienso que esa mayoría está manipulada, me cuesta tener una actitud crítica constante porque me canso, me cuesta tener paciencia porque hay cuestiones que urgen, y la democracia es lenta.
Sí, porque me esfuerzo día a día en ser demócrata sé que lo soy. La dictadura es más eficaz, a corto plazo quizá más justa, pero atenta contra lo más sagrado que tenemos las personas, la libertad y la dignidad, y así pronto se convierte en la mayor de las injusticias, en la peor de las corrupciones.
Ved lo que dice la gente estos días. Todos, desde los "más importantes" hasta los ciudadanos de a pie. Vedlo y sacad conclusiones. Recordadlas a la hora de votar. Y si vuestras conclusiones no son las mías, por sentido democrático las respetaré, aunque no las comparta, aunque me cueste respetarlas.
Son momentos estos en los que la historia nos invita a pensar. Hagámoslo si no queremos que otros piensen por nosotros.

Su infinita capacidad para transformarse.

Una de las muchas cosas que me gusta de la montaña es su infinita capacidad para transformarse siendo, a la vez, siempre fiel a ella misma. El crepúsculo, el amanecer, la mañana, el medio día, la tarde, el atardecer, de nuevo el crepúsculo y la noche. La primavera, el verano, el otoño y el invierno. El día de tormenta, de lluvia mansa pero densa, de nevada, de ventisca, de sol y cielo azul...

Así estaba el valle de Benasque el sábado.
Y así el domingo por la mañana.




viernes, 25 de noviembre de 2016

Poema para el Día del Maestro.

Francisco Giner de los Ríos.
Hoy, Día del Maestro, (en mi "cole") quiero compartir el poema que Antonio Machado dedica a Francisco Giner de los Ríos con ocasión de su muerte. Fundador de la Institución Libre de Enseñanza, influyó muchísimo en la vida y obra del poeta.
Me parece un poema precioso, lleno de sentimiento, de reconocimiento, de cariño. Creo que es el mejor homenaje que un discípulo pude hacerle a su maestro.
El poema es claro, directo, abierto. Leedlo y disfrutadlo.

A Don Francisco Giner De Los Ríos.

Como se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió?... Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba,
del sol de los talleres,
el viejo alegre de la vida santa.
...¡Oh, sí!, llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama.
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.
Su corazón repose
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas...

Allí el maestro un día
soñaba un nuevo florecer de España.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Es Rita Barberá la que nos denuncia.


Me parece muy triste la historia de Rita Barberá. Una historia de estas que bien puede ser una novela de las que te dejan un sabor amargo, muy amargo.
Cofundadora del partido en el que militó toda su vida, veinticuatro años alcaldesa de Valencia, acusada y sentenciada sin previo juicio, por los medios de comunicación y sus adversarios políticos, repudiada por los suyos, muere de un infarto, a los 68 años, en un hotel de Madrid, junto a su hermana y su sobrino a los que había llamado al encontrarse lejos de casa, sola y enferma…
Yo no sé si esta mujer, que dejó una ciudad bien distinta a la que encontró, que tuvo, como todos, aciertos y errores, que ya está en la historia de Valencia, era o no corrupta, ni en qué consistió su corrupción. La justicia estaba en ello. No ha tenido tiempo.
Pero yo creo que con la última etapa de su vida y con su muerte, casi sola, lejos de su ciudad, ha sido ella la que nos denuncia a todos.
Denuncia la última etapa de su vida el sucio juego político que, en aras de intereses partidistas, juzga y sentencia, violando el derecho que todos los ciudadanos tenemos a la presunción de inocencia. Denuncia también a los medios de comunicación que juegan con la verdad y el honor de las personas, en función de sus tendencias políticas, más allá de todo principio ético.
Y su muerte denuncia a los que han perdido de vista el valor de la vida humana y la dignidad de las personas, y no saben ni siquiera guardar silencio en el momento de la muerte, que es lo menos. Ni un minuto de silencio en el Congreso, justificando este impresentable comportamiento con un argumento del más rancio populismo. Ni silencio en las redes sociales, donde hay gente que va incluso más allá, burlándose, con grotescos chistes y estúpidas ocurrencias, de una persona que acaba de morir.
Creo en la presunción de inocencia. Creo en la dignidad de las personas. Y no soy yo quién, para juzgar, sentenciar y condenar. Son los jueces. Y desde luego, nadie, ni siquiera los jueces, tienen derecho a despojar de su dignidad como ser humano a nadie, absolutamente a nadie. A Rita Barberá tampoco.

Descanse en paz. 

martes, 22 de noviembre de 2016

Abre los ojos, toma la vida, es para ti.


Cuando nacieron mis sobrinos nietos, Andreu y Joan, les dediqué una entrada en el blog en la que adapté para ellos la canción de Mocedades, (Cartas a Laura VII) cuya letra volveré a escribir al final de estas líneas.
¿Y por qué hoy esta canción y esta reflexión? Porque estoy saboreando en un día gris y lluvioso, autentica bendición, mis primeros días de prejubilado, y en la paz del hogar, junto a la estufa donde la leña arde trasladándome a otros fuegos y otros tiempos, pienso en mis sobrinos, que estuvieron en casa el domingo, y en esos niños, hijos de amigos y compañeros, que han venido al mundo estos días. En esta última temporada, hemos podido dar la enhorabuena a papás, abuelos, tíos y amigos próximos a nosotros. Sea el acontecimiento, para todos, en hora buena.
Y pensando en ellos esta mañana, me ha vuelto a venir a la cabeza la canción de mocedades, y la he escuchado, descansando la mirada en el tronco que ardía en silencio en las brasas sobre la que reposaba y se consumía, y recordaba…, gratamente recordaba esa canción hecha realidad en mi vida.
Pienso que es obligación nuestra crear un mundo donde estos bebés, puedan, cuando ya sean mayores, vivir una mañana como la que yo estoy viviendo hoy. Y no cumplir con esa obligación es una injusticia atroz, un pecado gravísimo, porque ellos no han pedido venir al mundo, y traerlos a él, si su mundo va a ser un infierno, es el colmo de la crueldad y la depravación. Y no es el camino no traerlos, sino ofrecerles una vida digna de ser vivida.
Sí, abrid los ojos, tomad la vida, jugad felices, creced libres. Gozad del sol y del mar azul, de los bosques y las estrellas. Que la lluvia caiga sobre vosotros, que juguéis con el viento y la nieve. Que el dulce olor a pan y ese viejo libro que alguien guardó para vosotros, sean alma de un hogar en paz.
Sí, todo esto les deseo a estos bebés, a estos niños, cuyos nombres conozco, pero también lo deseo para todos aquellos que no conozco, y que tienen el mismo derecho que ellos a vivir libres, felices y en paz.
¿No son ellos motivo suficiente para pelear por un mundo mejor? ¿No es obligación de cualquier joven, de cualquier adulto, de cualquier anciano, hacer más humano, más habitable, más acogedor, al menos el mundo que esté a su alcance?
Muy poco, a menudo nada, podemos hacer por esos bebés de Siria, o de los arrabales miserables de las grandes ciudades, o de esos países africanos que sufren ya el cambio climático, o de Haití, de los que ya nadie se acuerda. Muy poco o nada, pero sí podemos hacer algo, a veces mucho, por los que nacen entre nosotros y que, teniendo las necesidades básicas cubiertas, o a veces ni tan siquiera eso, van a encontrarse con el infierno que demasiados adultos de nuestra opulenta, desequilibrada e injusta sociedad, crean para ellos.
Ni el bebé que se hará hombre en un hogar roto por el odio entre papá y mamá, ni el que lo hará entre cascotes, ruinas y paredes agujereadas por la metralla, merecen la vida que les ha tocado en suerte, que hemos hecho que les toque en suerte.
Esta canción de Mocedades es para todos los bebés. Oigámosla mirando a los nuestros que duermen seguros y calentitos, arropados por un inmenso y gozoso cariño. Oigámosla mirando a ese niño, que quizá conocemos, y sabemos que vivirá entre peleas, insultos y desamor. Oigámosla viendo a ese bebé de Siria cuya canción de cuna es el ruido bronco de explosiones y tiroteos.
Y actuemos en consecuencia.
              
Cuando tú nazcas abre los ojos
toma la vida, es para ti.
Un mundo entero para que juegues
para que crezcas libre y feliz.
Todo un planeta entre tus manos
cuando tu vueles fuera de mí.
Cuando tú nazcas ojalá puedas ver el sol
y si aún existe el mar tan azul como duerme hoy.
Y que la lluvia
salte pura sobre tu piel,
que aún sople el viento
y que juegues con él;
y que la nieve
caiga blanca por navidad.
Cuando tú nazcas
que tú nazcas en paz.
Ojalá que puedas conocer
los veranos que he vivido yo,
y esos libros viejos que guardé
pensando en ti hijo mío.
Que los bosques sigan donde están,
que aún exista el dulce olor a pan.
Ojalá que quede para ti un mundo como el mío.
Que la luna siga siempre ahí,
vuelen las estrellas sobre ti.
Ojalá te quede todavía un mundo como el mío.


Si queréis escucharla pulsad Cuando tú nazcas.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Y se quedó con cara de gilipollas.


Mientras Isabel pagaba en la caja de un supermercado contemplé una escena que os voy a relatar. Fue muy breve, porque estas cosas suelen ser rápidas, pero yo la vi en cámara lenta, y no perdí ningún detalle.
En la caja contigua, también pagando, había tres adultos y un niño de unos 6 añitos. Lloraba amargamente, y pronto descubrí que quería un peluche de estos que ponen cerca de los puntos de pago con aviesas intenciones, por muy solidaria que sea la venta del peluche en cuestión.
El peluche lo tenía en la mano una chica joven, llamémosle tía, y el padre con gestos claros y contundentes le decía al niño que no, que de eso nada, que no le compraban el bichito.
Mientras la tía se mantenía un poco estatua (ahora dirían mannequin challenge) y el padre movía la cabeza como un péndulo, la madre se encaró con él y le dijo algo que interpreté como que sí, que había que comprárselo. El niño estaba en medio, mirando alternativamente a uno y otro; había dejado de llorar. La tía seguía petrificada. El padre aceleró la velocidad del movimiento pendular de su  testa, y la madre, tras dirigirle una mirada atroz, de esas de "ya hablaremos en casa" torció el gesto, agarró al niño y lo plantó ante la tía que, moviéndose al fin, dio el peluche a la cajera para que lo incluyera en la cuenta, y se lo entregó al pitufillo.
Una amplia sonrisa se dibujó en el semblante del chiquillo, mientras el padre se quedaba con una patética cara de gilipollas que, a duras penas, se transformó en sonrisa cuando el nano le enseñó, feliz, su trofeo. Porque, no nos engañemos, era un trofeo.
¿Qué hará ahora el pobre hombre?, pensé yo. Pues nada, le dijo algo que debió ser, "dale al menos las gracias", porque el niño fue a la presunta tía y se puso de puntillas para darle un agradecido besito, besito al que la tía respondió con otro muy amoroso.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Luego pensaba yo que el problema no estuvo en comprar o no un peluche solidario al niño, ni en la tía, que igual los ve de vez en cuando, sino en el desencuentro entre papá y mamá. ¿Quién fue el primero en decir si había que comprarle eso al niño o no? Pues ese manda, el primero que habla. Y el otro, esté de acuerdo o no, delante del niño, y en aquel momento, calla y otorga. Y si el asunto les lleva a tirarse de los pelos, que se los tiren después en la soledad de la alcoba, hasta quedarse calvos, pero nunca delante del retoño.
¡Qué caras se pagan estas cosas después! ¡Qué caras!