FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

martes, 25 de febrero de 2020

Cuidado con la información.


Malos tiempos corren para quien no tenga el “coco bien amueblao”, porque enfrentarse con serenidad al coronavirus no es fácil; y no por el bicho en cuestión, sino por el tratamiento que los medios de comunicación están dando al asunto y las consecuencias que ello conlleva.
Cierto que hay que informar, y hay quien lo está haciendo muy bien, pero de ahí a regodearse en el tema, a lanzarse casi gozoso a él como a una piscina, a revolcarse como un cerdo en el lodazal que ha montado el maldito virus, hay un abismo.
Y el resultado para los informadores es más audiencia, del tipo que sea, pero para la gente es miedo, angustia, incertidumbre, lo que provoca indeseables y peligrosos comportamientos sociales que pueden acabar afectando gravemente a mucha gente y restando eficacia a las instituciones, sobre todo las sanitarias, cuando más falta hace que trabajen a pleno rendimiento y sin obstáculos.
La normal preocupación y la llamada a la prudencia que una información adecuada provoca, se convierte en alarma y descontrol cuando esta información es excesiva, reiterada y hasta truculenta; bulos aparte.
Yo intento estar informado lo justito, ni más ni menos, huyendo de todo aquello que no me aporta más información que la que necesito, cosa que no me cuesta mucho, ya que estoy acostumbrado a ver la tele con el mando en la mano y a escuchar la radio con la tecla del volumen siempre próxima. Por salud mental.
Y por lo demás, pues tiempo al tiempo que, como dice Cervantes,  suele dar dulce salida a muchas amargas dificultades; suele. Así sea.

Tan triste y fea...



Tan triste y fea es la actualización que he de hacer al tiempo de la semana que merece entrada aparte.
Parece ser que el viento de poniente, seco y calentorro, sí va a notarse todos los días, y va a ir a más la semana próxima, con subidón de mínimas y máximas, con todo lo que eso supone. Estarán contentos los que están ya ansiosos de mostrar sus carnes en público; van a tener mucho tiempo para hacerlo.
Esta situación se corresponde con la que tendremos en el norte, en el Pirineo. Lluvias, que no nieve; lluvias que serán nieve sólo en cotas altas o muy altas.
Y el invierno meteorológico, al que le quedan cuatro días, se irá sin haber sido invierno. En fin, un desastre.

domingo, 23 de febrero de 2020

¿Dónde estás, invierno?


NOTA DE LA SEMANA: 3

Con predominio de vientos de poniente subirán más aun las temperaturas esta semana. Parece ser que no serán fuertes en principio, pero harán que los termómetros superaren los 25 acercándose impúdica y descaradamente a los 30; ¡en febrero! Las mínimas subirán también acercándose a los 10 o superándolos.
El cielo estará despejado o con nubes medias o altas que no harán más que decorar, y de lluvia nada de nada, ni acorto ni a medio plazo. A largo, ni se sabe.
Con este panorama, la nota que le pongo a esta semana es un 3, porque podría ser peor, podría soplar el viento más fuerte; y porque algunos modelos no dan temperaturas tan altas como hacen la mayoría de los que he consultado.
¿Dónde estás invierno?

sábado, 22 de febrero de 2020

Con el barro hasta las cejas.



Hace ya muchos años, cuando aún existía la EGB, aparte de lengua española daba educación física a los alumnos de los que era tutor, el B, y a los del A. Eran otros tiempos.
Era primavera y el río se había desbordado hacía poco, por lo que al volver a su cauce había dejado toda la ribera embarrada y llena de enormes charcos. Y entonces se me ocurrió una actividad diferente para la clase de gimnasia, que decíamos.
Les dije que trajeran ropa deportiva vieja y material para ducharse después de clase. ¿Para qué? decían. ¡Ah! sorpresa.
Llegado el día me los llevé, eran casi 40, al río, y bajo el puente viejo les di las instrucciones. Vamos a ir trotando. Cuando pite una vez, cuerpo a tierra, estéis donde estéis. Cuando pite dos veces, nos levantamos y seguimos. No se esquivan ni charcos, ni lodazales.
La cara de sorpresa fue digna de ser grabada, y un vídeo de aquella clase, hoy se haría viral, como dicen. Y empezó la actividad. Algunos se entregaron desde el principio en cuerpo y alma, a otros les costó un  poco, pero acabaron entregándose sin reservas. El tabú de pisar charcos y ensuciarse lo habían roto, y la sensación de libertad se trasformó en una fiesta tan inesperada como gozosa, y sana.
A medida que nos íbamos rebozando en el barro como croquetas, el vernos así unos a otros añadió a esa peculiar fiesta de libertad una risa incontenible. Y felices todos, yo el primero, regresamos al cole y entramos a los vestuarios. Y claro, aquí surgió el problema, porque por mucho cuidado que llevaron los chiquillos, las instalaciones sufrieron las consecuencias.
Sabía que el director me llamaría. Entré en el despacho y me dijo, muy serio, “espero que tenga una justificación pedagógica”. Y esa frase se la recordé el otro día, en mi cena de jubilación, a la que asistió, porque me pareció la más acertada que podía haberme dicho.
Le di la justificación, porque la tenía, y la entendió e incluso compartió, pero me hizo ver los “daños colaterales” que sufría el servicio de limpieza. Y me supo mal, y ya no lo hice con el otro grupo, lo que aún me recuerdan algunos cuando me ven. No sé si hice bien.
Eran otros tiempos ¿verdad? Hoy habría que hacer papeles antes justificando por escrito todo, e incluyendo la actividad en multitud de documentos tan farragosos como inútiles, y después una sesuda evaluación, con encuestas de satisfacción incluidas y demás zarandajas. También habría que pedir autorización a los padres para llevar a los niños al río y más aún, para rebozarlos en barro. Y quién sabe qué más mandangas que puedan ocurrírseles a los iluminados de los despachos que, como expertos, deciden sobre lo que ni saben ni quieren saber.
Por eso, aquel espero que tenga una justificación pedagógica, sin más, me pareció y me parece la respuesta justa y necesaria a una acción educativa de las que hoy ya no se pueden dar. Hoy la seguridad mata a la libertad; el miedo, a la creatividad; la letra, al espíritu. Y la educación sin libertad, sin creatividad, sin espíritu, sin alma, no es educación. Será otra cosa.
Aún hoy, echo de menos haber podido rebozar en barro también al otro curso. Y cuando algún antiguo alumno de aquel curso, casado ya y con hijos, me lo dice, a nosotros no nos llevaste, va afianzándose en mi mente una idea. El día que el río se vuelva a salir, si eso ocurre, estoy a disposición de quien quiera desquitarse y hacer muchos años después, aquella clase de gimnasia.
Sería toda una experiencia. Se aceptan retoños.

viernes, 21 de febrero de 2020

Ni sombra de lo que fue.



Contemplaba un día de estos lo que veis en la foto y pensaba en cómo fue antaño. Pequeños núcleos de población se extendían por las montañas abancaladas donde se cultivaban olivos, almendros, algarrobos… También había viñedos, y en las zonas con agua, higueras y frutales.
La tierra no cultivada era pinar limpio, porque la madera seca era leña necesaria que se recogía y almacenaba, y el monte bajo era controlado por ovejas y cabras que eran además carne, leche, queso…
Y entre las aldeas, las masías y los corrales, una red de caminos y senderos facilitaba las comunicaciones.
Sin duda era una vida dura, pero era vida, que daba vida. Había armonía entre el hombre y la naturaleza, equilibrio ecológico llaman ahora.
Pero llegó el progreso y así ha quedado lo que fue montaña viva. El ecosistema mediterráneo, sin la intervención directa del hombre, se destruye. Primero fue el olvido, luego peregrinas teorías de ecologistas de porro y garito; y al fin, el fuego certificando el desastre.
Ahora no es más que una especie de estadio, sembrado de ruinas, para que los fines de semana el personal queme su adrenalina sobrante…
Es lo que tenemos.

jueves, 20 de febrero de 2020

A propósito de la novela Tiempos recios, de Vargas Llosa.



Una de las características de la adolescencia y la juventud es la ingenuidad de creer que se puede cambiar el mundo y de que yo puedo colaborar en ese cambio. Por el contrario, tenemos como característica de la madurez avanzada, vamos a llamarla así por no decir vejez, la firme convicción de que nada podemos cambiar y de que haga yo lo que haga para nada va a servir.
Recientemente he acabado de leer la demoledora novela de Vargas Llosa, Tiempo recios, en la que nos narra un momento de la historia de Guatemala mostrando, de un modo tan claro como inquietante, quién de verdad escribió la historia de aquel país en los años 50.
Alguien podrá decir, ¡qué me importa a mí la historia de Guatemala! Pero se equivocará si así piensa, porque lo que sucedió en ese pequeño país centroamericano en aquellos años, es perfectamente extrapolable a lo que sucede hoy en el resto del mundo.
Extrapolable a lo que pasa también aquí. Por eso, sí importa lo que Vargas Llosa cuenta en esa novela. Y haría bien en leerla más de uno de los que viven acomodados en una perpetua adolescencia.
Hay unos poderes políticos y económicos que tratan al mundo como un tablero de ajedrez. A su servicio, unos medios de comunicación que manipulan a las masas para hacerles creer que deciden algo, que su voluntad tiene consecuencias reales, y lo más importante, que son libres.
Los hechos son siempre ocultados o publicados según convenga, y en este último caso, interpretados siguiendo las directrices del poder establecido por las urnas, que a su vez se ha de plegar a otro poder superior no establecido en urna alguna. Y anónimo.
Así pues, todo lo que vemos, lo que nos dicen que pasa, pase o no,  es una gran obra de teatro que será drama, comedia o tragedia según convenga. Y no es nuevo esto que digo; Calderón de la Barca ya lo dijo.
Pienso que hubo un momento en la historia reciente de España en que sí que la gente tomó el poder y escribió unas hermosas páginas para la posteridad. Hablo de la Transición; pero era peligroso que eso durase, y se cortó de raíz el 15M. Desde entonces, hemos vuelto a lo que desgraciadamente es normal, habitual, a lo que narra Vargas Llosa.
Por esto, aunque ahora estoy convencido de que nada podemos cambiar y que haga yo lo que haga para nada va a servir, madurez avanzada; no puedo olvidar aquellos años en que sí tomamos las riendas de nuestra historia y miramos al futuro, adolescencia y juventud, por lo que aún pienso contra toda evidencia, que sí es posible cambiar el mundo y de que yo puedo colaborar en ese cambio. De hecho lo hicimos.
Salí a la calle el 23F, mi voz, junto a millones de voces, se escuchaba. Salí a la calle el 15M, mi silencio, junto a millones de silencios, se escuchaba. Pero a partir de ahí, porque esos poderes, cuyos nombres la historia algún día revelará, así lo quisieron, ya no vale para nada salir a la calle. Aunque nos digan que sí. Aunque quieran hacernos creer que pintamos algo en esta historia.
No, nada pintamos. Y es importante que tengamos esto claro. Participamos, eso sí, en una gran obra de teatro cuyo género no acabo de identificar, comedia, drama, tragedia… Del director y el productor nada sabemos a ciencia cierta, y a los actores principales, que sí conocemos bien, poco les importamos los demás. Somos mera comparsa en la búsqueda de sus quimeras y en la satisfacción de sus ambiciones.
Por todo esto puedo decir que desde mi madurez avanzada, añoro la adolescencia y la juventud. Y que aunque ahora no veo luz, sé que la luz existe, porque la he visto.

miércoles, 19 de febrero de 2020

...y no tengo nada.



Andaba esta mañana por el monte recién llovido, todo un lujo, y cuando he parado a comer he visto, medio oculta entre unas piedras, una pequeña telaraña en forma de taza llena de gotitas que brillaban al sol. Era precioso.
He ido a fotografiarla pero había un par de hojas secas que "estropeaban" la foto. He quitado una y cuando he tocado la segunda, todo se ha deshecho. En ella, la arañita había sujetado su tela.
Bonita lección. Una lección que ya me sé, pero que no viene mal recordar. Cuántas veces se nos olvida que para que algo o alguien brille, siempre lo hace sobre tanto y tantos que no brillan, que no brillarán nunca, pero que desde la humildad y la discreción hacen posible el brillo del “grande”.
Podría tener la foto de una tacita de perlas con un par de hojas secas…, y no tengo nada. Sí, bonita lección.