Una de
las características de la adolescencia y la juventud es la ingenuidad de creer
que se puede cambiar el mundo y de que yo puedo colaborar en ese cambio. Por el
contrario, tenemos como característica de la madurez avanzada, vamos a llamarla
así por no decir vejez, la firme convicción de que nada podemos cambiar y de que
haga yo lo que haga para nada va a servir.
Recientemente
he acabado de leer la demoledora novela de Vargas Llosa, Tiempo recios, en la que nos narra un momento de la historia de Guatemala mostrando, de un modo tan claro como inquietante, quién de verdad escribió la historia
de aquel país en los años 50.
Alguien
podrá decir, ¡qué me importa a mí la historia de Guatemala! Pero se equivocará
si así piensa, porque lo que sucedió en ese pequeño país centroamericano en
aquellos años, es perfectamente extrapolable a lo que sucede hoy en el resto
del mundo.
Extrapolable
a lo que pasa también aquí. Por eso, sí importa lo que Vargas Llosa cuenta en
esa novela. Y haría bien en leerla más de uno de los que viven acomodados en una
perpetua adolescencia.
Hay
unos poderes políticos y económicos que tratan al mundo como un tablero de
ajedrez. A su servicio, unos medios de comunicación que manipulan a las masas
para hacerles creer que deciden algo, que su voluntad tiene consecuencias
reales, y lo más importante, que son libres.
Los
hechos son siempre ocultados o publicados según convenga, y en este último
caso, interpretados siguiendo las directrices del poder establecido por las
urnas, que a su vez se ha de plegar a otro poder superior no establecido en
urna alguna. Y anónimo.
Así
pues, todo lo que vemos, lo que nos dicen que pasa, pase o no, es una gran obra de teatro que será drama,
comedia o tragedia según convenga. Y no es nuevo esto que digo; Calderón de la
Barca ya lo dijo.
Pienso
que hubo un momento en la historia reciente de España en que sí que la gente
tomó el poder y escribió unas hermosas páginas para la posteridad. Hablo de la Transición; pero era peligroso que eso durase, y se cortó de raíz el 15M. Desde entonces,
hemos vuelto a lo que desgraciadamente es normal, habitual, a lo que narra
Vargas Llosa.
Por
esto, aunque ahora estoy convencido de que
nada podemos cambiar y que haga yo lo que haga para nada va a servir, madurez
avanzada; no puedo olvidar aquellos años en que sí tomamos las riendas de
nuestra historia y miramos al futuro, adolescencia y juventud, por lo que aún
pienso contra toda evidencia, que sí es
posible cambiar el mundo y de que yo puedo
colaborar en ese cambio. De hecho lo hicimos.
Salí a
la calle el 23F, mi voz, junto a millones de voces, se escuchaba. Salí a la calle
el 15M, mi silencio, junto a millones de silencios, se escuchaba. Pero a partir
de ahí, porque esos poderes, cuyos nombres la historia algún día revelará, así
lo quisieron, ya no vale para nada salir a la calle. Aunque nos digan que sí.
Aunque quieran hacernos creer que pintamos algo en esta historia.
No,
nada pintamos. Y es importante que tengamos esto claro. Participamos, eso sí,
en una gran obra de teatro cuyo género no acabo de identificar, comedia, drama,
tragedia… Del director y el productor nada sabemos a ciencia cierta, y a los
actores principales, que sí conocemos bien, poco les importamos los demás.
Somos mera comparsa en la búsqueda de sus quimeras y en la satisfacción de sus ambiciones.
Por
todo esto puedo decir que desde mi madurez avanzada, añoro la adolescencia y la
juventud. Y que aunque ahora no veo luz, sé que la luz existe, porque la he
visto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario