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Este es Arturo. |
"El
tiempo, inexorable como un cuchillo de acero sueco, avanzaba sin preocuparse de
lo que sajaba". Con estas palabras del conde Russell, con cuya forma de vivir la
montaña me identifico plenamente, empiezo esta entrada dedicada a un bar del
Pirineo.
Sí, a un
bar que ya cerró del que guardaré siempre gratísimos recuerdos. Porque una
buena experiencia de montaña acaba siempre en un bar o en un restaurante. Allí
es donde se celebra lo vivido, donde cristaliza la experiencia en una suerte de
joya que se queda para siempre en el recuerdo.
Soy
muy feliz en las cumbres, pero no menos después en el valle, alrededor de la
mesa, comiendo o cenando y comentado los avatares de la jornada o las jornadas.
Hablo
del bar Subordán, de Hecho, en el Pirineo occidental. Ya le dediqué una entrada
(teclead en el buscador Subordán). La primera vez que fui era una noche tormentosa, fuera llovía a cántaros, hablaban los parroquianos
de los estragos que un oso había causado al rebaño de uno de ellos. Cenamos tan
bien que a partir de entonces se convirtió en la base de operaciones cada vez que
andábamos por aquel valle.
Nunca
nos defraudó. Atención amable y natural, comida exquisita, precio increíble. No
era muy grande y tenía una pequeña terracita rodeada de plantas que era una
delicia. Puedo decir que allí he pasado momentos de intensa satisfacción, de
bienestar, de auténtica y sencilla felicidad. Y no exagero.
Hace
algún tiempo cerró temporalmente, volvió a abrir, pero ahora ya ha cerrado permanentemente.
¡Cómo echamos ya de menos nuestro querido y entrañable bar Subordán y a Arturo,
que detrás de la barra o sirviendo mesas, se afanaba día tras día por atender a
sus clientes. ¡Y cómo lo hacía!
No sé
si se imaginará él como lo tenemos en nuestro recuerdo. Averiguaré por qué ha
cerrado, pues era joven, y solo espero que sea por algo bueno. Esa gente que
tanto bien hace a los demás con su duro trabajo, a veces no reconocido, merece
que la vida les sonría, aunque a veces, tristemente no es así.
Y es
que, como ya he dicho, hay una estrecha relación, al menos para mí, entre el
esfuerzo, el riesgo, la incertidumbre, la contemplación, el hacer o no cima, y
la celebración que cierra el día, o los días. Quien lo ha vivido lo sabe. Y a
esas personas, como Arturo y su familia, que hacen posible esa celebración, les
debemos mucho; estaremos siempre en deuda con ellos.
Hace
algún tiempo fuimos al Pirineo con un amigo y su hijo adolescente un fin de
semana. Ascendimos cuatro tresmiles en un bonito y duro día de montaña, y por
la noche fuimos a celebrarlo a un restaurante (no era el Subordán, era otro
valle). Recuerdo que cuando a este chaval, parco en palabras, le pusieron un
chuletón delante, creo que sin darse cuenta respiró hondo y dijo para sí, aunque
lo oímos todos, ¡jo, qué día!
Eso, ¡jo
que día!
Quiero
manifestar mi agradecimiento en este principio de verano a Arturo y a todos los
que con su trabajo y su esfuerzo, en bares o restaurantes del Pirineo o fuera
de él nos permiten decir, tras una excursión o una ascensión, ¡jo, qué día!
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