En más
de sesenta años no había vivido los golpes que estos últimos nos han dado. La
catástrofe que no puedo digerir del 29 de octubre. Sin tiempo de reacción, la
segunda DANA; cuando ayer volvieron a confinarnos, no pude menos que acordarme
de los largos y angustiosos días de la pandemia.
Y
sobre estos desastres naturales, la otra tormenta, la tormenta política no por
previsible menos dolorosa. Los tambores de guerra sonando día tras día. Lunáticos
dirigiendo los países más poderosos del mundo, y otros no tan poderosos. Son
tiempos recios los que nos está tocando vivir, diría santa Teresa de Jesús.
Pero
tras la noche llega el amanecer. Necesitamos la esperanza. Por eso, comparto este
texto de laudes de hoy.
Los
sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.
Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los
hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por
uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería
liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa
de los hijos de Dios.
Rm
8,18-21.
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