FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Carta abierta a Ximo Puig, "President de la Generalitat". Segunda parte.


He esperado a un día como hoy para escribirle la segunda carta abierta, Sr. Puig. No porque lo deseara sino porque era inevitable que llegara, y lo temía. Viento de poniente, temperaturas altísimas, humedad baja. Y el miedo en el cuerpo…
Y es que, como según usted el monte no es un jardín, hay que dejarlo como está, palmo arriba, palmo abajo. Y cuando vengan días como hoy, todo pendiente de un hilo. Pero claro, como no es un jardín, asumiremos el riesgo extremo permanente, ¿no?
Se lo dije ya, cuando aún estaba caliente el incendio de Gátova, y se lo repito ahora. El monte, nuestros montes o son un jardín o serán un desierto pasando previamente por un infierno. No hay alternativa. La situación actual de nuestro medio ambiente es transitoria si no lo convertimos, aunque usted no lo crea, en un jardín.
Las causas que nos han llevado hasta aquí ya las expuse en la primera carta, pero no propuse soluciones. Y eso no está bien. Hay que ser constructivo. Esto aún tiene arreglo.
En primer lugar hay que revitalizar el mundo rural. Educación, sanidad y comunicaciones deben ser objetivo prioritario de una administración que quiera tratar a todos los ciudadanos por igual, vivan donde vivan. En esto estaremos de acuerdo.
Pero esto no basta. También será necesaria una intervención en los montes y bosques intensa, extensa y a largo plazo, porque por mucho que se revitalizara el tejido rural, la interrelación entre el hombre y su medio natural de antaño no volverá. El equilibrio lo rompió “el progreso”. Hay que intervenir de otra manera.
Y mire usted, Sr. Puig, esa intervención no hay economía, por robusta que sea, que pueda costearla. Hay que dejar entrar a la iniciativa privada, a las empresas de gestión forestal, de tratamiento de la biomasa. Debidamente controladas, mantendrían el monte en condiciones, las pistas transitables, repoblarían por propio interés, generarían puestos de trabajo y no nos costaría un duro a los contribuyentes. En esto no estaremos de acuerdo. Porque claro, ahí chocamos con sus prejuicios. ¡Privatizar! ¡Uhhhhh, qué miedo!
Pero es que no se trata de privatizar el monte, sino de que la gestión de todos los montes, públicos y privados, sea privada. Y es éste el único camino porque ni su administración, ni ninguna administración, pueden asumir el coste de mantener el monte mediterráneo en condiciones. Y menos con la evolución del clima.
Hay que hacerlo, pero ustedes no pueden, aunque quisieran, pero tampoco dejan que otros lo hagan. Esta es la contradicción. Y fíjese, esta contradicción le lleva a pensar y a decir que el monte no es un jardín. Así no tiene que asumir el hecho de que hay que intervenir ya. Con decir que no hay que hacer mucho más de lo que hacemos, asunto concluido ¡Que inmensa irresponsabilidad! ¡Qué falta de honestidad! ¡Qué lamentable carga de prejuicios!
Cualquiera que conozca nuestros montes sabe que penden de un hilo, que el cambio climático les está afectando y les afectará de lleno, que es urgente actuar ya, que es posible hacerlo, pero sabe también que aquí nadie va a mover un dedo.
¿Y sabe por qué, Sr. Puig? Porque en esto, como en otros muchos terrenos, ustedes no funcionan sobre un análisis objetivo de la realidad, sino sobre un constructo ideológico rabiosamente conservador y anclado en tiempos pasados.
Por eso son como el perro del hortelano, ni comen ni dejan comer. ¡Claro, el chucho en cuestión no se come las hortalizas del huerto, pero tampoco deja que nadie se las coma! Cosas de Lope de Vega.

viernes, 8 de septiembre de 2017

El largo brazo del miedo.


Andaba yo ayer por la serranía de Cuenca, cuando se me hizo la hora de comer y recalé en un pueblecito cuyo único bar era el de una casa rural en la que, según me dijo el dueño, por mucho que digan las estadísticas, este verano no se habían comido una rosca. Aquí sólo hay calma, silencio y mucho monte, decía, y eso no vende.
Por este motivo sólo cocinaban bajo encargo, porque de lo contrario tenían que tirar la comida. Vi dos mesas puestas pero, según me dijo, eran para trabajadores que iban todos los días, y el menú era ensalada y potaje. Yo me conformo con un par de huevos fritos con jamón, dije. Él se quedó pensando, y al momento me dijo que podía ofrecerme codillo con patatas y pimientos; que le salía muy bueno. Y así fue. El codillo estaba buenísimo, y acompañado por unas olivitas, dos buenas cervezas de barril y un carajillo, comí la mar de bien por el módico precio de once euros.
Cuando entré sólo había dos parroquianos, muy mayores, que acababan de comer y charlaban bajito. Yo me puse de espaldas a la tele. Al momento entraron los trabajadores, gentes de campo, de montes, de caminos.
Pronto caí en la cuenta de que siendo catorce, contándome a mí, en el pequeño local el silencio era absoluto. Hablaba entonces, en directo, desde La Moncloa, el Presidente del Gobierno a propósito de la locura del "Parlament". Las miradas en el plato y de vez en cuando, fugazmente, en la televisión. El dueño, desde la barra, sí la miraba fijo. Los abueletes no parecían mirar a ningún sitio. 
Cuando Rajoy acabó de hablar, se acabó el silencio. Todos comenzaron a charlar, el dueño salió de la barra y los abueletes, con la sonrisa beatífica de quien ya se sabe al margen de la historia, y la mirada de quien ha visto ya demasiado, salieron despacio, apoyándose en sus bastones, no sin desearnos a todos buen provecho.
Dejé el pueblo y atravesando extensos páramos desnudos, me interné en magníficos pinares. El pueblo próximo quedaba muy lejos, y muy solo también en la vastedad de la serranía. Y pensaba lo lejos que está la realidad de la gente, de la mayoría de la gente, de este circo absurdo y peligroso en que nos han metido la incapacidad de superar la historia de algunos y su pavoroso fanatismo. Sentí la preocupación de aquella gente en su silencio. Y vi el largo brazo del miedo llegando hasta los últimos rincones de nuestra tierra.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

¡Qué estremecedor paralelismo!

😟
Banderas, himnos, nacionalismo exacerbado, utilización de la democracia para destruir la democracia, ruptura del estado de derecho, manipulación emocional de las masas, acoso a los que no piensan como ellos, sentimiento de ser “raza” diferente y superior, interpretación victimista de la historia…, patología social que en 1939 provocó la II Guerra Mundial.
Banderas, himnos, nacionalismo exacerbado, utilización de la democracia para destruir la democracia, ruptura del estado de derecho, manipulación emocional de las masas, acoso a los que no piensan como ellos, sentimiento de ser “raza” diferente y superior, interpretación victimista de la historia…, patología social que en 2017 provocará…
¡Qué estremecedor paralelismo! Me ha puesto los pelos de punta verles cantando serios y emocionados su himno en el "Parlament", medio vacío, que ha formalizado hoy su salida de la ley y de la democracia. ¡Qué miedo y qué pena!

martes, 5 de septiembre de 2017

No te hemos olvidado, Diego.


No te hemos olvidado Diego; ni mucho menos. Lo que pasa es que he estado dedicado en cuerpo y alma a las montañas y he tenido muy poco tiempo para escribir. Me venía justo para ajustar la ruta del día siguiente al tiempo que iba a hacer y a los amigos con los que iba a ir, y a comer y dormir, necesidades ambas muy humanas y gratas de satisfacer.
Sé que este pasado 23 de agosto fue tu cumpleaños, y que has recibido un nombramiento cuyos detalles desconozco. Ya me cuentas. ¡Felicidades y enhorabuena! Eres joven, tienes mucho que dar y hay mucha gente, en todas partes, que está hambrienta de todo eso que tú tienes a manos llenas y nosotros descubrimos porque lo repartiste también entre nosotros.
Pero aparte de felicitarte, hoy quiero pedirte que reces por nosotros, por la gente de este país en el que viviste dos inolvidables años. Y fíjate lo que te digo, por la gente. Porque más allá de banderas, ideologías y toda suerte de elementos de división y discordia, la gran mayoría quieren vivir unidos y en paz en esta tierra que el tiempo y la historia han venido a llamar España.
Reza desde América por nosotros.

Un abrazo muy fuerte de Isabel y Jesús.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Una moda demoledora.

La estupidez de atajar para llegar antes rompe el sendero y facilita la erosión. ¿Quién piensa en esto?

Lo veía venir, pero ha venido mucho más deprisa de lo que esperaba. Los Pirineos no son lo que eran hace unos años, no son lo que fueron cuando los conocí. Sobre todo en verano, cuando son más accesibles.
Sufrí la experiencia de un modo brutal un sábado de agosto, y sé que amigos míos la han sufrido también recientemente. Aquel día subimos, no por mi gusto, sino por “una causa superior bien justificada” al Garmo Negro, un tresmil del valle de Tena. Aquello era, permitidme la expresión, una casa de putas. Llegué a temer que acabaría pegándome con alguien, cosa que no hago desde que tenía unos doce o trece años.
El cóctel es explosivo, y ha estallado. La moda de las carreras de montaña y de las BTT, moda incrementada por la enfermiza necesidad de “quemar adrenalina” de demasiada gente y por el profundo vacío espiritual de nuestra sociedad, unidas a la apabullante falta de educación de muchísimas personas y al dinero fácil y abundante que todo esto está suponiendo para algunos, han convertido lo que era un santuario y un paraíso en un vulgar estadio deportivo sin más norma ni más ley que la del más fuerte.
Es mucho el daño que esta moda está haciendo a la montaña, pero nadie chista. Hay demasiados intereses en juego. Sí, hay mucho dinero en juego y además una forma de ver y entender la vida, y por tanto la montaña, gregaria, materialista, competitiva, y agresiva. La de hoy en día.
Es curioso cómo los montañeros de antes, que ya sufrimos el zarpazo del proteccionismo radical, viéndonos forzados a hacinarnos en los campings junto a quienes nada tenían que ver con lo que nosotros hacíamos en las montañas, nos vemos obligados ahora a huir de muchos lugares muy queridos, a escondernos en rincones secretos, para poder seguir haciendo montaña en paz. Sí, nos tuvimos que esconder para seguir acampando en libertad y soledad, y ahora tenemos que hacerlo tan solo para poder subirlas.
Lo confieso, en el Garmo Negro le hubiera pegado a más de uno un tortazo. Pienso, por ejemplo, en el niñato que convenientemente ataviado con sus mallitas y su mochilita moderna, eso sí, bajaba por la ladera en recto, a saltos, muy ufano, quizá sintiéndose admirado, reventando el camino, del que ya poco queda. Una amiga mía le dijo que estaba rompiendo el sendero y tirando piedras a los que subían. El mozalbete le contestó que le divertía y que no pasaba nada. Y siguió tan feliz. El cuerpo me pidió entonces pegarle una leche y decirle también que atizarle el sopapo me divertía y que tampoco pasaba nada. Su padre, contento y orgulloso, bajaba detrás, de igual modo. E imagino que al llegar abajo, en el refugio llamado Casa de Piedra, comentarían satisfechos que esta vez lo han hecho en ocho minutos, quince segundos y veintitrés décimas menos que la anterior… Lo demás no importa.
Alguien dirá que no todos son así. Que los hay sensibles a la belleza y respetuosos con la montaña y con las personas. Seguro, pero por mi triste experiencia, creo que son los menos. Cuando el objetivo es subir y bajar en el menor tiempo posible o emocionarse en descensos insensatos sobre dos ruedas, la montaña es utilizada como estadio y punto. Todo lo demás es secundario. Y si a esto añadimos la poca educación de mucha gente…
Sí, he vuelto disgustado y cabreado, muy cabreado. Afortunadamente, a las montañas “con nombre” se puede seguir yendo fuera de temporada y, si puedes, entre semana. No hay nadie o casi nadie. Las demás siguen gozando de soledad y silencio y rara vez contemplan a alguien corriendo o pedaleando entre ellas como si le persiguiera el mismísimo diablo.
Es lo que pienso. Sé que todos tienen derecho a ir a la montaña, aunque sea de formas que en modo alguno entiendo ni comparto. Pero hay unos límites. El respeto a aquel mundo tan salvaje como frágil, y a las personas que por él andan aunque vayan de una manera diferente a la que van ellos. Ellos que creen ser dueños y señores de un mundo cuya esencia, cuya alma, en su mayoría desconocen.
Volveré sobre el tema. Hay mucha tela que cortar.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Cuesta volver al "valle".

Desde la cima del Astazu hacia el este. Estábamos solos.
Vista hacia el oeste.

Me resisto a entrar del todo en el mundo caótico y extraño que hemos creado, al que cada vez entiendo menos por mucho que me esfuerce en hacerlo. Y conste que me esfuerzo. He estado, a Dios gracias, “demasiado” tiempo en las montañas, por eso me cuesta “bajar al valle”.
Pero he de decir que entre otros muchos consuelos, que lo hay, me reconforta el saber que ha habido, hay y habrá otras personas a las que les pasaba, les pasa y les pasará lo mismo que a mí. Mal de muchos consuelo de tontos; yo sí soy tonto.
Una de esas personas, que mira por dónde no era tonta, es don Miguel de Unamuno. Ya a principios del siglo pasado escribió lo que a continuación comparto. Su experiencia es la mía. Sus sentimientos son los míos. Podéis leerlo, pero hacedlo sin prisa, con calma.

Unos días en la cumbre silenciosa, en el Santuario de Nuestra Señora. de la Peña de Francia, teniendo a un lado, al norte, la llanada de Salamanca, como un mar de cálidos matices sembrado de islas de verdura, los manchones de los encinares, y del otro lado al sur, las abruptas sierras de las Hurdes , y detrás la sábana de Extremadura. Y al pie los pueblecillos de la sierra de Francia, agazapándose entre castaños, enviando al cielo limpio el humo de sus hogares, viviendo su vida recogida. Y allí arriba, en la soledad de la cumbre, entre los enhiestos y duros peñascos, un  silencio divino, un silencio recreador. Silencio sobre todo.

He vivido unos días de silencio, de augusto silencio, Ni chirriar de cigarras, ni gorjear de pájaros, ni balar de ovejas y, sobre todo, nada del rumor enloqueciente de las atareadas o alborotadas muchedumbres humanas. A ratos el canto dulce del armonio que en el coro del Santuario tocaba algún dominico de los que allí arriba, en aquel verdadero sanatorio, se reponen del rudo invierno de Salamanca.

Subí y permanecí allí con dos amigos franceses enamorados de esta nuestra inalterable y casi desconocida España: ésta, la de los rincones adonde aún no llegan ni el tren ni el automóvil; ésta, que conserva en el alma toda la recia primitividad del granito sobre que descansa y sueña. ¡Qué sabrosas conversaciones con ellos, allá arriba, en el seno del silencio, tendidos sobre la cumbre! ¿Creéis acaso que dos hombres pueden de veras entenderse, no digo ya comprenderse, cuando se hablan entre el rumor, que de todas partes les llega, de la muchedumbre, entre el zumbido del enjambre humano atareado o alborotado? ¿Creéis que pueden acaso llegar a comunión dos almas cuando las rodea el eco del mar humano? En la ciudad cabe hablar de negocios, de política candente, de sociología, de modas; pero ¿de las cosas eternas? (Ahora, en este momento, mientras escribo esto, me llega al oído el grito de un vendedor ambulante que pregona su mercancía, y no es posible que este grito no se cuele, de un modo o de otro, en lo que voy escribiendo).

¡Vivir unos días en el silencio y del silencio, nosotros, los que de ordinario vivimos en el barullo y del barullo. Parecía que oíamos todo lo que la tierra calla, mientras nosotros, sus hijos, damos voces para aturdirse con ellas y no oír la voz del silencio divino. Porque los hombres gritan para no oírse, para no oírse cada uno a sí mismo, para no oírse los unos a los otros.

Y el silencio con la majestad de la montaña, una montaña desnuda, un levantamiento de las desnudas entrañas de la tierra, despojadas de su verdor, que dejaron al pie como se deja un vestido, para alzarse hacia el sol desnudo. La verdura al pie, en el llano, como la vestidura de que se despoja un mártir para gozar de su martirio. Y el sol desnudo y silencioso besando con sus rayos a la roca desnuda y silenciosa.

Allí, a solas con la montaña, volvía mi vista espiritual de las cumbres de aquélla a las cumbres de mi alma, y de las llanuras que a nuestros pies se tendían a las llanuras de mi espíritu. Y era forzosamente un examen de conciencia. El sol de la cumbre nos ilumina los más escondidos repliegues del corazón.



viernes, 1 de septiembre de 2017

Volando hacia la luz.

Vuelvo de mi retiro pirenaico dando por terminada la temporada estival, aunque me gustaría hacer alguna escapadita antes de las nieves, si es posible. Me encanta ver la alta montaña despojada de casi todo, los pastos dorados, los bosques estallando de color. Me encanta verlo sabiendo que se acerca el día en que todo cambiará y durante meses será otro mundo bien distinto del que es en verano... ¡Ya hablaremos de lo que ahora es en verano!
Y vuelvo con mucho que escribir. Con mucho que compartir, de bueno y de malo. Pero antes de empezar por algo de lo mucho que tengo en cola, no sé qué en este momento, quiero publicar esta foto que hice la semana pasada, al atardecer, desde la terracita del apartamento donde estábamos en Panticosa.
El crepúsculo fue soberbio, solemne. Hicimos muchas fotos, pero cuando las he visto en grande me he dado cuenta de que, en una de ellas, un pájaro (se ve muy pequeño) volaba hacia la luz en la calma y el silencio.
Y pensé al verlo: volar hacia la luz en calma y silencio puede ser una forma de vivir. Dichoso quien la encuentre.