FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

martes, 11 de diciembre de 2018

¡Y yo me llamo Manolo!



Europa se llena de símbolos navideños religiosos y no religiosos en estas fechas. España también, pero los símbolos religiosos van a menos. Eso de convivir y coexistir desde la pluralidad no lo llevamos tan bien.
Un día de estos, paseando de noche por un bonito pueblo de la provincia de Teruel, todo adornado, por cierto con mucho gusto, llegamos a una de sus entradas al casco antiguo donde tradicionalmente ponían con luces un belencito. Ahora las luces decían, comarca Gúdar Javalambre.
Y uno, cuando lo ve, piensa ¡Ah, pues muy bien! ¡Y yo me llamo Manolo! Y le invade el profundo sentimiento de que este país no tiene remedio; de que la ignorancia disfrazada de progresía, y la imbecilidad de democracia, se han instalado para quedarse.
Y la certeza de que por este camino nunca, nunca llegaremos a ningún sitio donde no hayamos estado ya antes. La certeza de que no hay futuro posible, de que esto es como una tragedia griega; hagamos lo que hagamos el destino está escrito, y en negro.
Estoy convencido de que en este pueblo, como en toda España, la gente piensa sobre esta cuestión de tres formas distintas. A unos, y no creo que sean pocos, les da igual lo que pongan en calles y plazas. A otros les gustaría poder llevar a sus hijos a ver el belén a la calle, y encontrar por doquier niñitos jesuses, marías, josés y reyes magos, dibujados con luces o de otras mil formas. Y a otros cualquier signo religioso les molesta, ellos sabrán por qué.
Y estoy convencido también de que este último grupo no llega a la mitad de la población ni de lejos. Pero donde mandan, imponen, y ni se plantean que a muchos de sus vecinos, de sus conciudadanos, probablemente a la mayoría, esa ausencia de símbolos religiosos navideños o les da igual, o les molesta porque los echan en falta. Pero ellos, como adalides del progreso y la democracia, han de limpiar calles, plazas, instituciones y hasta montañas, de signos arcaicos, recuerdo de un pasado oscuro y siniestro.
Porque seguir a estas alturas con esa inquina contra lo religioso, confundiendo fe y cultura, y tratar, en virtud de ese odio cerval, de limpiar nuestra cultura de todo aquello que tenga que ver con la religión, sí es oscuro y siniestro; aunque por estos lares arcaico no; está a la orden del día. Tendrían que saber que erradicar los símbolos religiosos de la Navidad no es un atentado contra la religión, sino contra nuestra propia cultura, a la que le provocamos un auténtico desgarrón, una mutilación, y la empobrecemos.
Desde tiempos de Roma, el cristianismo ha sido, quieran o no, con sus luces y sus sombras, como todo lo también humano, un pilar esencial de nuestra cultura. En la lengua, en la música, en la pintura, en la arquitectura, en las costumbres, en el derecho, en las tradiciones, en el paisaje, hasta en las carreteras… está presente de un modo que mucha gente ni imagina. Y asumir y proteger esa realidad nada tiene que ver con ser creyente o no; ni siquiera con que te caigan bien o mal los curas o la Iglesia.
Y aquí está la confusión. Creen, en su arrogante ignorancia, que poner un belén en la plaza del pueblo, o en vez de comarca Gúdar Javalambre, un niño Jesús con sus papás, es algo religioso. Y no, eso es algo cultural, esencialmente cultural. Y unos papás no creyentes pueden llevar a sus hijos a verlo, y contarles que es un cuento bonito, pero que eso nunca pasó; o decirles que es un antiguo mito en el que la abuela, que era analfabeta, creía a pie juntillas. Y no pasaría nada. Allá ellos con la educación de sus retoños.
Estoy convencido de que hay muchos no creyentes, de mente abierta y libre, limpios de prejuicios y resquemores, que estarán totalmente de acuerdo con estas líneas que he escrito. Que dirán conmigo que el árbol, Papá Noel, los Reyes Magos y el belén, pueden convivir perfectamente, porque todo ello no es más que una manifestación de nuestra cultura de origen religioso, pero que actualmente puede y debe seguir presente en una sociedad laica que sea de verdad plural y democrática, y capaz de reconocer y respetar sus propias raíces.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Receta. Boniato piñonero.

¡No despreciéis al boniato! ¡No me despreciéis! Soy un boniato, pero estoy muy güeno.


Este dulce es fácil y rápido de hacer, y está muy, pero que muy bueno. Además permite diversas presentaciones, aunque la que a mí me gusta es con dátiles, ya que su sabor combina muy bien. Además dicen los entendidos que es muy sano para muchas cosas.
Ingredientes:

Boniatos.
Azúcar.
Piñones.
Dátiles (optativo)

 Introdúzcanse los boniatos en el horno a la máxima potencia durante una media hora larga. Cuando ya estén asados, se separarán muy fácil de la piel, se hace de ellos, con las manos limpias ¡claro! un amasijo al que se le añade un puñado de piñones por boniato.
Tras trabajar bien la mezcla, se introduce en un recipiente ancho y poco hondo, y se extiende en él de modo uniforme, apretando con una cuchara para que no quede muy gruesa. A continuación espolvoreamos con azúcar toda la superficie, sin pasarnos, y volvemos a introducir el dulce en el horno unos veinte minutos.
Y ya está. Los dátiles son de decoración. Se ponen encima, acostados formando una estrellita, una pareja durmiendo en su saco de dormir; o de pie, a modo de menhires troglodíticos, por ejemplo. En fin, ahí ya entra la imaginación de cada uno.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Se veía venir.



El hecho de que apareciera este titular en la prensa algún día era la crónica de una muerte anunciada. He dicho mil veces que sucedería. Y creo que los responsables primeros son los grandes partidos, y de un modo especial el socialista. Porque el gran error del PP ha sido la corrupción, y así nos lo recuerdan todos los días, mañana, tarde y noche. Pero el PSOE tiene, a mi juicio, un pecado mayor.
Quien me conoce me lo ha oído decir también muchas veces. También lo he escrito en la sección reflexiones políticas del blog con mucha frecuencia. El PSOE, que en su momento, por falta de una identidad clara, parió a Podemos, ha parido también, por pura reacción a sus desvaríos, al hermano gemelo, situado, eso sí, al otro extremo del espectro político, Vox.
Lo veía venir. Y lo temía. Y ha pasado. Sin embargo no me parece mal que haya ocurrido. A fin de cuentas, una democracia debe asumir y articular todas las ideologías siempre y cuando respeten las reglas del juego. Y en España faltaba algo a la derecha del PP para poder decir que de verdad esto es una democracia. A la izquierda del PSOE ya lo hay, siempre lo ha habido, aunque ahora más. Es cuestión de simetría ya que, puestos a soportar radicalismos sea por ambas partes. Es cuestión de evitar que lo sociedad escore demasiado hacia un lado, lo que siempre acaba de mala manera.
Por esto no me parece un horror lo que ha sucedido, no, pero me asusta y me preocupa. Porque tanto Vox como Podemos me asustan y me preocupan. Porque son hijos, como ya he dicho, de la gestión absurda y errática del PSOE, de la izquierda en general. Son partidos que nunca deberían haber nacido si el socialismo hubiera dejado, de una vez por todas, el revanchismo y los prejuicios. Si hubiera gobernado para todos, y no solo para los suyos. Si hubiera hecho una gestión económica seria y sostenible. Si hubiera asumido sin complejos la España que ellos mismos, junto con otros, crearon en la transición. Si no hubieran caído en la corrupción. Y muchos más sis… ¡Vamos! Si hubiera tenido una identidad clara adaptada al siglo XXI.
Lo que ocurre es que esto está pasando también en toda Europa; y es por lo mismo, por la falta de esa identidad. La diferencia con España la establecen los fantasmas de la Guerra Civil y del franquismo, fantasmas de los que, sin recato ni vergüenza, continúan mamando las llamadas izquierdas, para justificar su existencia como opción política necesaria.
¿Qué está pasando pues? Que el socialismo necesita una refundación que ha de producirse en el siglo XXI y que aún no se ha producido. Por eso, sin un contenido teórico claro y coherente, su discurso y su gestión acaba siendo un conjunto de posturitas, a menudo contradictorias, vacías de sentido, y por lo tanto ineficaces a la hora de afrontar los problemas actuales.
No pueden seguir diciendo siempre lo mismo ¡somos la izquierda!, ¡que viene la derecha!, ¡los empresarios son malos y explotadores!, ¡sólo nosotros pensamos en el bienestar de la gente! ¡la religión es mala y caduca!... La gente no es tonta, y se harta de oír siempre la misma cantinela, simplona y falsa por esa misma simplicidad.
Ya veis, en Andalucía casi la mitad ni han votado, y la mayoría de los que sí lo han hecho han dado la espalda a lo que llaman izquierda que desde luego se ha ganado a pulso esta debacle.
No es bueno lo que está pasando. Se radicalizan posturas. Y ahora dicen que les preocupa que la derecha radical entre en las instituciones. ¿No les ha preocupado que la izquierda radical haya entrado ya en ellas? ¿Qué sentido democrático es ese?
Sí, malos tiempos para la moderación, el consenso y la concordia. España vuelve a ser "un trozo del planeta por donde cruza errante la sombra de Caín", como ya dijo Antonio Machado.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Vuelvo a decir SÍ a la Constitución.



Sólo yo tengo la razón. Solo yo conozco la verdad. Yo soy superior porque tengo la  razón y conozco la verdad. Los otros son el error, el mal, y por eso no tienen derecho a existir. No hay nada que hablar con semejantes individuos. Por eso debemos destruirlos o apartarnos de ellos. Sólo nosotros podemos llevar al país a la “tierra prometida”.
Este discurso, auténtica alimaña social, tan viejo como la humanidad, ha provocado millones de muertos a lo largo de los tiempos. Aquí nos llevó a la Guerra Civil y a una larga dictadura. Después, en un momento luminoso de la historia, yo estaba en la veintena, fuimos capaces de reencontrarnos y reconciliarnos, y de mirar el futuro juntos. La Constitución del 78 selló este momento histórico.
Yo, como muchos, pensaba en aquel momento que los grandes problemas que habían roto una y mil veces España a lo largo de los siglos, estaban resueltos para siempre. La pluralidad, sana y enriquecedora, en la unidad, y una vida política basada en el respeto y el consenso, rompían la maldición que suponen los nacionalismos independentistas y la dinámica perversa del constante y estéril enfrentamiento entre derechas e izquierdas, tanto más grave y peligroso cuanto más se radicalizan ambas ideologías.
Hoy, cuando esta constitución cumple 40 años, quizá los mejores de la historia de España, la gente que piensa como digo en el primer párrafo, de un modo que entiendo perfectamente, se han hecho fuertes, y apoyándose en la conciencia de que solo ellos tienen la absoluta verdad, disponen las piezas en el tablero como se dispusieron en los años 30. No hace falta que diga los nombres de los partidos en los que ha anidado esta alimaña.
Les sobra la constitución porque a todos nos iguala en derechos y deberes, y nos obliga al diálogo y al consenso. Y eso no, eso no va con ellos, porque sólo ellos tienen la verdad y no hay nada que dialogar, nada que respetar de los otros que viven en el error.
Quiero decir también que ese spot publicitario para conmemorar la efeméride, en el que aparecen dos vejetes que lucharon en la guerra en bandos contrarios, charlando amigablemente tras una vida en paz, me parece redondo, perfecto. Una llamada a no repetir la historia.
Por todo esto, vuelvo a decir sÍ a nuestra constitución, asumiendo que debe reformarse en algunos aspectos, pero siempre desde el diálogo y el consenso. Y si no lo hay, no debe tocarse ni una coma, hasta que lo haya, como en el 78. Es la única manera de asegurar un futuro en paz y bienestar.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Día internacional de las personas con discapacidad.



Voy a repetir una entrada que puse en el blog  ya hace tiempo, a propósito del Día internacional de las personas con discapacidad, que ha sido hoy. Creo que puede ser una forma bonita de unirme a esta celebración.


Vi hace unos días en un parque a un grupo de chiquillos jugando. Me llamó la atención una niña que parecía ir a remolque de todos. Observé que tenía alguna malformación en sus piernas, lo que le impedía seguir el ritmo de los demás, pero ella allí estaba, insistiendo en jugar. Yo creo que ni la veían. La verdad es que me dio pena, me supo mal ver aquello. Y entonces, como un chispazo, me vino a la memoria ese triste y bello poema de Juan Ramón Jiménez titulado La cojita.
¡Cómo me hubiera gustado poder entrar en el alma de aquellos niños y hacerles caer en la cuenta de que había alguien solo, jugando entre ellos, pero no con ellos!

"La niña sonríe:¡Espera,
voy a coger la muleta!.
Sol y rosas.La arboleda
movida y fresca,dardea
limpias luces verdes.Gresca
de pájaros,brisas nuevas.
La niña sonríe:¡Espera,
voy a coger la muleta!.
Un cielo de ensueño y seda
hasta el corazón se entra.
Los niños de blanco juegan,
chillan,sudan,llegan:
...nenaaa!
La niña sonríe:¡Espera
voy a coger la muleta!.
Saltan sus ojos.Le cuelga
girando,falsa,la pierna.
Le duele el hombro.Jadea
contra los chopos.Se sienta.
Ríe y llora y ríe:¡Espera,
voy a coger la muleta!
¡Más los pájaros no esperan;
los niños no esperan!.Llega
La Primavera.Es la fiesta
del que corre y del que vuela...
La niña sonríe:¡Espera
voy a coger la muleta!."

domingo, 2 de diciembre de 2018

Ahora que se acerca la Navidad...



Ahora que se acerca la Navidad y que se pone en marcha, como cada año, una especie de glorificación de la familia entendida como el paraíso de las relaciones humanas, me han entrado ganas de exponer algunas cuestiones al respecto.
La primera de ellas es que el modelo de familia que los medios de comunicación nos venden me resulta indigesto, por excesivamente almibarado y muy superficial, aunque con ínfulas de profundo. Y me molesta, no por mí, sino por el daño que hace a mucha gente que, al comparar con su vida la tormenta de sonrisas, emociones, villancicos, reencuentros, lucecitas, turroncitos…llegan a tristes y demoledoras conclusiones, y falsas, aunque no lo sepan.
La segunda cuestión es la siguiente. Pienso que hay tres tipos de relaciones humanas: los lazos de sangre, padre, madre, hijo, abuelo…; los políticos, esposos, suegros, nueras, yernos…; y los circunstanciales, amigos, compañeros, conocidos….
Y ahora, en la tercera cuestión entro a matar. Ahora meto el dedo en la llaga, y lo sé. ¿Quién ha dicho que los lazos de sangre son superiores a los políticos o los políticos a los circunstanciales? ¿No es esta una forma de pensar determinada por nuestros instintos ancestrales, instintos que nos llegan desde cuando la tribu o el clan eran necesarios para la supervivencia del individuo?
Sí, pienso que esta es una forma de pensar caduca, aunque en Navidad sobre todo parezca muy actual. Ya hace 2000 años, Jesús respondió cuando le dijeron que le buscaban su madre y sus hermanos, que su madre y sus hermanos eran quienes escuchaban la palabra de Dios y la cumplían. Con aquella respuesta marcaba un antes y un después en las relaciones humanas.
Porque cumplir la palabra de Dios es, primero que todo, amar. Y amar es poner a la persona amada por delante de mí. Y eso lo puedo hacer con mi madre, con mi hermano, con mi esposa, con mi cuñado, con mi amigo, con mi compañero… Y cualquiera de ellos puede hacerlo conmigo. En cada caso según las circunstancias de la vida. Hay mil formas de decir que acogemos al otro en nuestra vida, que lo estimamos, que lo tenemos presente.
Por esto, presentar a la familia como si fuera el único entorno donde existe el verdadero amor es un desatino, y además es cruel para mucha gente. Hay otros entornos, donde también fluye el amor en abundancia, que son un paraíso; aunque es cierto que si se da el caso, que se da, de que en una familia a los lazos de sangre y políticos se una el amor, esa familia también es el paraíso. Pero lo será no por esos lazos, sino por el verdadero lazo que es que se quieren, y entonces en Navidad de un modo especial, se lo dicen y lo celebran.
No sé si esta reflexión, surgida al calor de las próximas Navidades y de alguna que otra conversación que he tenido estos días, puede serle útil a alguien. Creo que sí. Y puede quizá ser más útil con este apunte final.
¿Qué hago si por esos lazos de sangre, o políticos o circunstanciales ha dejado de circular el amor? ¿Qué hago si temo descubrir que en realidad nunca había circulado? Apoyarme fuerte en los que sí circula y, más allá de la decepción o el dolor, esperar en paz. Y si un venturoso día se da el reencuentro, gozarlo sin mirar atrás, porque después de todo, bien está lo que bien acaba.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Annapurna, junio de 1950.



Isabel descubrió y amó la montaña antes de ir a ella. Y lo hizo a través de la literatura, ya que ha sido y es una gran lectora. Yo lo único que hice fue facilitarle el acceso a ese mundo que sólo conocía a través de los libros.
Uno de esos libros, que ella sacaba de jovencita de la biblioteca y que leía ávidamente, ha venido a parar a casa, y ahora soy yo quien lo está leyendo, quien lo está disfrutando. Es el relato de la primera ascensión a un ochomil, el Annapurna, escrito por Maurice Herzog.
Fueron Herzog y Lachenal los primeros hombres en llegar a una cumbre de más de ocho mil metros. Era el 3 de junio de 1950 y la gesta fue tan bella como dramática. Las dimensiones de la montaña, las condiciones meteorológicas y los medios de los que disponían en aquellos tiempos, hacen de aquella conquista un monumento sin igual a capacidad de superación del ser humano.
Han pasado solo 68 años desde aquel día grande en la historia del montañismo, y han sido suficientes para que eso que hemos venido a llamar hacer montaña, se haya visto reducido a un deporte, a menudo competitivo y tristemente superficial.
Y no depende esto de la cordillera en la que estemos. Da igual que sea el lejano Himalaya o la sierra Calderona, aquí al lado de casa. La montaña es la misma ahora que entonces, somos nosotros los que hemos cambiado el modo de relacionarnos con ella. Hemos pasado de entrar en un santuario donde contemplando su grandeza entramos en lo más hondo de nosotros, a un estadio deportivo donde lo que buscamos es divertirnos, es decir huir un rato de nosotros mismos.
Yo sigo haciendo montaña como aquellos hombres, a la humilde escala en la que me muevo, algo de Alpes, mucho Pirineo y bastante de las sierras valencianas; por eso, cuando leo sus hazañas entiendo perfecta y cabalmente lo que dicen. Sus sentimientos y sus reflexiones no me son en absoluto ajenos. 
Quiero acabar estas consideraciones sobre lo que es para mí la montaña, hechas al hilo del libro que estoy leyendo, compartiendo el relato de Maurice Herzog del preciso momento en que llegan a la cima. El momento histórico en el que dos hombres hollan por primera vez una cumbre de más de 8000 metros.

"Subimos, deteniéndonos a cada paso. Recostados den los piolets, intentamos restablecer la respiración y calmar los latidos desordenados de nuestros corazones.
Ahora tenemos la sensación de que estamos llegando y ninguna dificultad podría detenernos. No hace falta que nos consultemos con la mirada: cada uno no leería en los ojos del otro más que una firme determinación. Un pequeño rodeo hacia la izquierda, algunos pasos todavía…La asista cimera se acerca lentamente. Después de evitar algunas rocas nos izamos despacio. ¿Es posible?
¡Si! Un viento brutal nos azota.
Estamos…sobre el Annapurna.
Ocho mil setenta y cinco metros.
Nuestro corazón se desborda de alegría.
¡Ah! ¡Si lo supieran los otros!
¡Si todos lo supieran!
La cima es una arista de hielo formando cornisa. Los precipicios del otro lado sin insondables, espantosos. Caen verticalmente bajo nuestros pies. No creo que haya muchos por el estilo en ninguna otra montaña del mundo.
Las nubes flotan a media altura, escondiendo el suave y fértil valle de Pokhara, a 7000 metros de profundidad. Hacia arriba, ¡nada!
Nuestra misión está cumplida, pero algo mucho más grande se ha conseguido. ¡Qué hermosa será la vida ahora!
Es inconcebible realizar bruscamente un ideal y realizarse a sí mismo.
Estoy paralizado por la emoción: jamás he sentido una alegría tan grande y tan pura".

No, no es un deporte. Sin menoscabo del deporte, tengo claro que hacer montaña no es un deporte. No es ni más ni menos, ni mejor ni peor. Es diferente. Y si lo que hacemos en ella lo convertimos en deporte, ya no estamos haciendo montaña.