FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

sábado, 8 de agosto de 2020

Pedro Casaldáliga, un hombre de Dios.

 

Hoy ha muerto en Brasil, a los 92 años, el obispo Pedro Casaldáliga. Conocido como el obispo del pueblo, ha tenido una enorme importancia en la vida de la Iglesia, por su compromiso social y su fidelidad a lo más genuino del mensaje del Evangelio.

También en mi propia vida, pues conocerlo y leer sus escritos en mi juventud, me ayudó mucho y me orientó, junto a otros, en la búsqueda, nunca acabada, de la persona de Jesús.

Comparto hoy un breve y bonito texto de este hombre de Dios.

 

Yo me atengo a lo dicho:

La justicia,

a pesar de la ley y la costumbre,

a pesar del dinero y la limosna.

 

La humildad,

para ser yo, verdadero.

 

La libertad,

para ser hombre.

Y la pobreza,

para ser libre.

 

La fe, cristiana,

para andar de noche,

y, sobre todo, para andar de día.

 

Y, en todo caso, hermanos,

yo me atengo a lo dicho:

¡la Esperanza!

jueves, 6 de agosto de 2020

Entra en lo irracional.

Es cierto que la historia tiene su propia dinámica, ante la que los actos individuales tienen poca fuerza, pero también sucede que, en ocasiones, decisiones de determinadas personas tienen consecuencias de dimensiones incalculables.

Pensaba en dos personas que ellos solitos nos han llevado a una situación que hubiera sido perfectamente evitable, y que ahora hemos de aguantar como mejor podamos.

Primero, si el señor Rivera hubiera formado gobierno con el señor Sánchez las cosas hubieran sido muy diferentes. Y no hablo sólo de que Sánchez duerma mejor o peor a causa del “socio que se ha echao”.

Y en segundo lugar, si el rey Juan Carlos no hubiera dado motivo de escándalo, hubiera acabado sus días envuelto en el cariño y la gratitud de millones de personas, y desde luego no le hubiera faltado para comer y para algo más que comer.

La conjunción de estas dos personas, cuyas actuaciones no comprendo,  ponen al país en una situación que no es la más deseable y más en los tiempos que corren. Añadir el estéril y peligroso debate monarquía república, en estos momentos, al panorama que tenemos, entra en lo irracional. Y desde luego es absolutamente irresponsable.

La pandemia, con sus gravísimas consecuencias sanitarias, económicas, políticas y sociales es ahora, y por mucho tiempo, el enemigo a batir, y no los republicanos y los monárquicos, según donde nos situemos.

Quien en ámbitos de poder reactive ahora este debate extendiéndolo a la sociedad, está descalificándose como servidor público al mostrar su incapacidad de entender los momentos de la historia, y evidenciar su absurda y peligrosa escala de valores, escala donde el ciudadano y su bienestar no están desde luego donde deberían.

Y esto nos pasa, entre otras, por decisiones personales que, como ya he dicho, no comprendo de ningún modo.

Es lo que quería decir hoy.


miércoles, 5 de agosto de 2020

Gracias y ¿por qué?


Me he tomado mi tiempo, pero lo que pensaba decir a propósito de la salida de España del rey Juan Carlos, es lo mismo que después de ese tiempo voy a decir. El terremoto mediático que se ha organizado no me ha aportado nada como para cambiar mi planteamiento.

Empezaré diciendo que tengo claro que ha sido un exilio y no una huida, y que calificarlo de huida sólo cabe en mentes tendenciosas, incapaces de un análisis de la realidad mínimamente serio y objetivo. Pero que saben muy bien a dónde van y qué quieren.

Yo lamento el exilio del rey Juan Carlos; por tres motivos. El primero de índole personal. El segundo, si miro atrás. El tercero, mirando adelante. Y los tres me parecen importantes, y los tres me duelen.

Lo primero que me vino a la memoria cuando me enteré fue una merienda con amigos, interrumpida por unos tiros oídos en la radio. Luego, la búsqueda desesperada de información en casa. Después, ver desde la ventana a los carros de combate entrando por el puente de Ademuz; mi madre llorando, mi padre andando por la casa como un león enjaulado; ambos vivieron la guerra. Y yo, “soldadito español”, recién jurada bandera, de permiso en casa sin saber qué hacer.

Y entonces apareció en la tele el Rey, con su uniforme de Capitán General de los tres ejércitos, muy serio, ordenando el regreso de las tropas a los cuarteles, y poniéndose del lado de la Constitución y la democracia.

Por esto, aunque sólo sea por esto, siempre le estaré infinitamente agradecido y le guardaré un profundo respeto.

En segundo lugar, le tengo que agradecer su incalculable aportación a la Transición. Fue capaz de dar estabilidad a un proceso complejo, en un país complejo, a la vista está; capaz de curar muchas heridas y de quitar muchas mordazas, pasos previos y necesarios para una reconciliación nacional que se alcanzó durante años, permitiendo así un periodo de paz social y progreso como nunca había habido en nuestra convulsa historia.

Por esto también le estoy muy agradecido. Por ser el artífice, junto con otros, de un sueño en el que muchos creímos y nos ilusionó, pero que desdichadamente ya se están ocupando algunos, desde hace tiempo, de reventar.

Y el tercer motivo de agradecimiento es el haber preparado para el futuro a su hijo como Rey. Felipe VI, de todos los personajes públicos que hay en el mundo político, me parece la persona más honesta, ecuánime y preparada que hay. Lástima que nada pueda hacer, como no sea hablar, siempre con exquisito respeto, y aguantar toda suerte de insultos, desprecios y descalificaciones, simplemente por ser quien es. Lo han preparado  bien.

Y pienso también que ha hecho bien en irse en este momento. Pero lo ha tenido que hacer por la puerta de atrás, ¡qué pena! Uno de los mejores reyes que ha tenido España parte a un exilio voluntario y pactado. Paradojas de la historia.

Sí, por todo esto, y pese a este final, no puedo menos que estarle agradecido.

Pero también estoy decepcionado y disgustado. No sé lo que de verdad habrá en todos los asuntos sucios de los que se le acusa. A nadie se le escapa que a sus errores, más o menos conscientes y deliberados, que no dudo que los haya, se le une el ansia irrefrenable de acabar con la Monarquía de esa España que ni olvida ni perdona, y que ve en la III República la panacea para todos los males que nos afligen. Craso error, fruto de la incultura y el fanatismo.

Sí, me decepciona y me disgusta el haber dado alas, con este triste final, a esta España que ha aprovechado los años de libertad para sembrar en la sombra, en los jóvenes, la semilla de una revancha que la Transición no permitió.

Por eso, si lo tuviera delante, y pudiera decirle unas palabras, le diría:

-Majestad, de todo corazón, gracias.

-Juanito, hijo, ¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho?

lunes, 3 de agosto de 2020

Difícil disyuntiva.


Esta mesa es una bomba biológica.

Lo que no es posible es imposible, claro, y lo demás son cuentos. Y es imposible reanudar la vida social, e incluso familiar, en las condiciones actuales, por mucho que nos quieran hacer creer que sí. Porque para poder quedar a cenar con unos amigos en casa, pongamos que cuatro, si queremos hacerlo con seguridad…

En la puerta, antes que nada, ya lo sabemos; ni besos, ni abrazos, ni apretones de manos. Como más esa infumable estupidez del codo. Y eso sí, lavarnos bien las manos con gel, y no olvidarnos de no tocarnos la cara aunque nos pique un tigre de esos, o las gotas de sudor nos hagan cosquillitas.

Ya en casa, el hecho es que no tenemos normalmente mesas que nos permitan estar a metro y medio, unos de otros. Imaginad, sólo para seis personas, qué mesa y que espacio haría falta. Toda una señora mesa, y un jardín, o una buena terraza, o un garaje, o un castillo medieval..., pero claro, no todo el mundo dispone de mesas así y de espacios como estos.

En segundo lugar deberíamos llevar puesto siempre el bozal, excepto cuando comamos o bebamos, lo que es, aparte de insufrible, dificilísimo. Sin contar con que, si hacemos esto, tendremos que estar toqueteándolo continuamente, sin saber muy bien donde dejarlo en cada momento.

Luego cada uno debe tener, desde el primer momento, su plato. Sus aceitunas, sus papas, sus clóchinas valencianas, su sepia, sus calamares, su ración de ensalada, su plato de paella. Lo de sus cubiertos es lo único normal. Imaginad qué cantidad de platos. Lo he calculado; para seis, una comida como la descrita, sin contar postre y café, la friolera de 42 platitos.

Tampoco podemos compartir botella alguna, vino incluido, por lo que, o bebemos botellines  que sólo nosotros tocamos, o servimos el vino cogiendo la botella con un paño individual o con tu propia servilleta. Tampoco jarras de agua o cerveza colectivas.

También deberíamos estar al aire libre; no todos pueden. Y el que pueda, aguantando el calor que el aire acondicionado proporcionaría en el caso de poder encerrarse.

Y cuando acabemos de comer o cenar, aun con el bozal puesto, dicen los expertos que la sobremesa debe ser breve o no ser. O sea que pronto, cada uno a su casa.

Y no entro en si las sillas en las que me he sentado estaban desinfectadas, o la mesa, o el pomo de la puerta, o si el aseo al que he tenido que ir estaba libre del virus. ¿Y el botón del agua del inodoro? ¡Lo he tocado! Porque apretarlo con el codo es bien difícil. Otra vez el gel.

En fin. Aún hay más precauciones y restricciones para poder hacer vida social con seguridad, aunque solo con estas ya se te quitan las ganas de salir de casa y de quedar con nadie. Al menos a mí. Porque vamos a ver, ¿quién puede quedar a cenar con los amigos con las condiciones arriba expuestas? ¿Quién? ¿Y para qué si tras todo el engorro no hay ni sobremesa?

La otra opción es asumir que hacer todo eso es imposible, por lo que no lo hago, quedo, que ganas no me faltan, y si me pilla, me pilla. Lo que sucede es que en ese caso aún me dirían, ya te lo dije. Y además, la preocupación por haber podido pasarlo a otros.

La disyuntiva es difícil. O renuncio a los amigos, a los que necesito, en favor de la seguridad; o sacrifico la seguridad, mía y de los demás, en aras de mis amigos. La situación es pues absurda. Sí, esta es la nueva normalidad que tiene de normalidad lo que yo de arzobispo, y que pretende hacernos creer que hemos superado lo que estamos muy lejos de superar.

Dicen que para vencer la pandemia hay que adaptarse a ella. Es posible. Pero si adaptarse a ella es asumir como normal lo que en modo alguno es normal, yo no me adapto ni me adaptaré, porque ni me gusta comulgar con ruedas de molino, ni acepto la cuadratura del círculo.

Quizá haya otras formas de vencerla. Las busco, las sigo buscando; aunque de momento no he encontrado salida a la situación, ni veo luz al final del túnel.


domingo, 2 de agosto de 2020

También era bonito.

Así amanecía en el monte esta mañana. Calor, el viento en absoluta calma, una humedad extrema y el cielo bien cubierto de gruesas nubes bajas, lo convertían en una sauna. Estando quieto, sudabas.

No he podido evitar recordar otros amaneceres de verano, fríos, en los que la luz dibuja poco a poco con absoluta nitidez los contornos de un mundo soberbio, y el sol sale en un cielo intensamente azul.

Nostalgia de otras tierras y otros tiempos.

Pero como si hubiera captado mi sentimiento, para curar mi nostalgia, la montaña, piadosa, me ha regalado un hermoso espectáculo. El sol, abriéndose paso entre las nubes, dibujaba un paisaje brumoso en el que todo era silueta. También era muy bonito.











Afloja algo el calor.

NOTA DE LA SEMANA: 6.

Ni tan siquiera de los tan siquieras saben el tiempo que hará mañana. Hay modelos que dan lluvias, no en exceso, e incluso tormenta. Otros, nada de nada. Incluso hay quien da la lluvia para el sábado; pero si no saben si mañana lloverá o no, ¿cómo sabrán lo del sábado?

Lo que sí parece más seguro es que el calor, esta semana, nos dejará vivir un poco mejor. Aflojará algo lunes y martes, aunque hacia el miércoles o jueves empezará a apretar otra vez, pero sin llegar a los excesos últimos. Rondará los 35 de máxima y no bajará de 20, pero ya no son 38. Algo es algo.

Y el viento, a Dios gracias, seguirá de levante. Y que siga así todo el verano y la entrada del otoño, o hasta que llueva con ganas. Es lo único que puede evitar una catástrofe medioambiental; y yo sé por qué lo digo.

Porque afloja el calor y a lo mejor llueve, le pongo a esta semana un 6. Pero igual no se lo merece. Veremos.


sábado, 1 de agosto de 2020

¿Dónde está mi médico?


Pues sí, sí. Lo que son las cosas. Con un gobierno de izquierdas, como dicen, y muy de izquierdas, en medio de un cataclismo económico comprable al que produjo la Guerra Civil, “ahí es na”, la sanidad privada registra un crecimiento espectacular e imparable por el sencillo hecho de que la pública, pendiente del maldito bicho, y hace bien, parece que no da para más, y ha abandonado la atención primaria y la medicina preventiva, con todas las consecuencias que ello conlleva.

Nunca pensé que acabara teniéndome que plantear hacerme un seguro privado. Pero es que ya no tengo a mi médico, del que me fiaba, que me conocía; el que me hacía revisiones anuales y orientaba en esos pequeños problemas de salud que todo el mundo tiene de vez en cuando. Voló, se esfumó.

Estaba bien como estaba, pero se acabó. Y cuando preguntas cuándo volverá ese servicio que, a la chita callando, tantas vidas salvaba, te dicen, huyyyyyyyy, a saber; de momento no se contempla.

El caso es que no lo entiendo. Doctores tiene la Iglesia, dicen; es decir, gente sabia y sesuda que debería saber cómo organizarlo para que luchar contra el virus no tenga daños colaterales tan graves o más que los que produce el propio virus.

Pero como parece ser que estos señores o no existen, o existen pero  no actúan, a saber por qué, quien más y quien menos, ante la desprotección, acaba poniéndose en manos de la sanidad privada.

Que piensen cómo están gestionando lo público sus acérrimos defensores, que están forzándonos a ponernos en manos de lo privado. Y eso quien pueda. El que no, ajo y agua.

Pero sobre este asunto, curiosamente, no oigo hablar mucho; lo que me llama la atención. Y entonces he tenido un pensamiento divertido. Imaginad que ahora estuviera en el Gobierno Rajoy, por ejemplo.

Estoy seguro de que Sánchez vociferaría indignadísimo, echándole en cara al presidente, que la catastrófica gestión que la derecha está haciendo de la crisis está destruyendo la sanidad pública en favor de la privada, y dejando sin cobertura médica a millones de españoles. Y bla, bla, bla. Y hasta vería bien, con la que está cayendo, manifiestos, paros y huelgas, para defender la mejor sanidad de Europa, y no solo de Europa, sino del mundo, e incluso de la galaxia, que es la que teníamos antes de que él y sus secuaces la estuvieran arruinando. Porque no lo dudéis, sería el fascismo quien está destruyendo la sanidad pública, y forzándome a mí, y otros muchos, a contratar un seguro privado.

A que sí.

Quién sabe si por esta forma de hacer política tan nuestra, y tan detestable, a diferencia de otros países de nuestro entorno no somos capaces de quitamos el bicho de encima.