FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

sábado, 4 de noviembre de 2017

No llueve, no lloverá y entrarán ponientes.

Fijaos hoy en la manchita verde sobre nosotros. Eso significa que lloverá poco o nada. Los otros días...
¡Qué mal! ¡Qué mal! ¡Qué mal! Ha pasado lo que temía que pasara. Por fin llueve en casi toda España, pero aquí no, aquí sólo llegarán esos vientos secos del oeste y noroeste que secarán más aún de lo que ya están, si ello es posible, nuestros campos y nuestros montes.
Según las previsiones de Wetterzentrale esta situación se prolongará de momento hasta el 13 de noviembre. Según las de AEMET, lo mismo. Y cuando coinciden ambas agencias, no fallan.
Refrescará, eso sí, pero no demasiado, aunque lo notaremos más por el viento, por ese viento que ninguna falta nos hace ahora. ¡Agua es lo que necesitamos! ¡Agua, mucha agua!
No son pues éstas buenas noticias. Después del otoño e invierno pasados, que parecían querer normalizar la situación meteorológica, volvemos a las andadas. A la maldición del “buen” tiempo.
La única esperanza es que el otoño haga gala de su variabilidad, cambien las previsiones y venga una temporada de verdadero buen tiempo, de temporales de levante, de frío y lluvia, de nieve en las montañas… ¡Ése es el buen tiempo que necesitamos!
Pero como dice el refrán, no caerá esa breva. Sería demasiado bonito. Aunque la esperanza es lo último que se pierde. Esa esperanza con la que consulto cada mañana los partes meteorológicos.

jueves, 2 de noviembre de 2017

La cojita, de Juan Ramón Jiménez.


Vi hace unos días en un parque a un grupo de chiquillos jugando. Me llamó la atención una niña que parecía ir a remolque de todos. Observé que tenía alguna malformación en sus piernas, lo que le impedía seguir el ritmo de los demás, pero ella allí estaba, insistiendo en jugar. Yo creo que ni la veían. La verdad es que me dio pena, me supo mal ver aquello. Y entonces, como un chispazo, me vino a la memoria ese triste y bello poema de Juan Ramón Jiménez titulado La cojita.
¡Cómo me hubiera gustado poder entrar en el alma de aquellos niños y hacerles caer en la cuenta de que había alguien solo, jugando entre ellos, pero no con ellos!

"La niña sonríe:¡Espera,
voy a coger la muleta!.
Sol y rosas.La arboleda
movida y fresca,dardea
limpias luces verdes.Gresca
de pájaros,brisas nuevas.
La niña sonríe:¡Espera,
voy a coger la muleta!.
Un cielo de ensueño y seda
hasta el corazón se entra.
Los niños de blanco juegan,
chillan,sudan,llegan:
...nenaaa!
La niña sonríe:¡Espera
voy a coger la muleta!.
Saltan sus ojos.Le cuelga
girando,falsa,la pierna.
Le duele el hombro.Jadea
contra los chopos.Se sienta.
Ríe y llora y ríe:¡Espera,
voy a coger la muleta!
¡Más los pájaros no esperan;
los niños no esperan!.Llega
La Primavera.Es la fiesta
del que corre y del que vuela...
La niña sonríe:¡Espera
voy a coger la muleta!."

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Esta es la noche de difuntos...


Como la colonización cultural norteamericana sigue imparable, puede venir bien recordar tal día como hoy, 1 de noviembre, qué celebramos, y acompañar esto con un toque de literatura.
Aclaremos primero conceptos:
Noche del 31 de octubre al 1 de noviembre. “Jalobuín”, fiesta pagana, de posible origen celta y muy celebrada en los EEUU, y ahora aquí también. No es cristiana la mires por donde la mires.
1 de noviembre. Fiesta de todos los santos. Fiesta que la Iglesia dedica a todos aquellos que “están en el Cielo” nos hayamos dado cuenta o no, cosa frecuente, los que estamos aún en la tierra.
Noche del 1 al 2 de noviembre. Noche de difuntos. La noche en que antes y aún ahora, ponen candelitas en algunas casas por las almas de los que han muerto.
2 de noviembre. Fiesta de todos los fieles difuntos. No entramos aquí en cuestiones de santidad, sino en el hecho simple y llano de haberse muerto. Por ellos reza la Iglesia este día.
Así pues esta noche sí era en nuestra cultura noche de leyendas, de historias de misterio, de cuentos de miedo, pero el “jalobuín” de las narices se la ha comido, cual perverso fantasma que, venido de allende los mares, se ha colado en nuestra casa y nos ha sorbido el seso.
Por esto, y en patético y quijotesco intento de salvar algo del naufragio cultural de principios de noviembre, quiero recordar esta noche a Don Juan Tenorio y compartir una tristísima y agobiante rima de Bécquer. Decidme si no le da cuarenta vueltas a las calabazas y a los disfraces chorras puestos a “celebrar” la cara negra de la muerte, actitud ésta, por cierto, bastante poco cristiana.

Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil rüidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

***

De la casa, en hombros,
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

***

De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapiáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.

La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

***

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos...!

***

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos los muertos.

Si queréis ver el Tenorio pulsad Don Juan Tenorio. Es una magnífica interpretación de Paco Rabal y se ve bastante bien.

viernes, 27 de octubre de 2017

Encuentro en el Chinipro. Segunda parte.

27 del 10 del 1917

Me resulta útil, al menos a mí, escribir tal día como hoy lo que voy a escribir. Porque escribir pensando, al igual que “raonar” como dicen en el pueblo, con serenidad, es remedio eficaz para mantener la calma cuando la violencia de los acontecimientos pugna por arrebatártela.
Aquel hombre del Chinipro y yo “estiguerem raonant” en la paz de la montaña casi hora y media. Y en aquella conversación llegamos a la conclusión de que esto del independentismo, en la España de hoy, en la Europa de hoy, era una enfermedad. Pero cuando aquel hombre, que había sufrido las consecuencias de esa enfermedad en carne propia, hablaba de ello, percibí que lo hacía sin odio, sin rabia siquiera, pero sí con una enorme tristeza, y eso le daba más autoridad todavía a sus palabras.
¿Qué es lo que puede hacer que un pueblo quiera independizarse de otro del que forma parte, del que siempre ha formado parte? Sólo dos causas veíamos. Una, que se sienta superior. La otra que se sienta oprimido. O ambas; sentirse un pueblo superior oprimido por uno inferior. Porque si no me siento superior a los aragoneses, los castellanos, los andaluces, los extremeños y no me siento oprimido por un gobierno que cada cuatro años elegimos entre todos, no ha lugar independencia alguna. Unidad desde la pluralidad, es el camino lógico en este caso. Nunca la ruptura que supone la independencia.
Y esta es la enfermedad en sí. Una antigua y grave alteración de la percepción de la realidad, que les ha llevado a crear un mundo paralelo basado en esa realidad falsa. Somos superiores y además los inferiores nos oprimen. España es un lastre inútil que nos pesa, nos roba, dicen. Y esto es, obviamente, mentira. Pero llevan años creyéndose y vendiendo esa mentira como la gran verdad, extendiéndola, contagiando la patología que supone creerse esa falacia hasta llegar al estado de histeria colectiva al que han llegado.
¿Y ahora qué?, nos preguntamos todos, con preocupación, con desasosiego, con miedo. Ahora, ¿qué hacemos? No sé la respuesta, ¡ojalá la supiera! Lo que sí que sé es que esto, más que un problema político, es un problema psiquiátrico que, al convertirse en una grave patología social, sólo puede abordarse ya desde la política, una política extremadamente inteligente, siempre dentro de la ley y tratando de evitar a toda costa el uso de la fuerza.
Frente a este delirio absurdo, frente al puro sentimiento desbordado, la razón poco puede hacer; menos aún la fuerza. Creo que el silencio, se está hablando demasiado; la paciencia, aunque ya se ha tenido mucha; el peso de la realidad objetiva, Europa no reconocerá ningún nuevo estado, se van las empresas; la voz de esa otra mitad al menos que nada quiere saber de este sinsentido, son algunos de los caminos por dónde creo que deberían desarrollarse los acontecimientos.
Y serenar ánimos, para que algún día se pueda hablar al amparo de la ley. La enfermedad ha avanzado mucho, ha hecho mucho daño. No conviene hacer más todavía. Tardaremos generaciones en restañar las heridas que se han hecho, y que  hoy mismo se están agrandando.
La sociedad catalana está rota, enfrentada. La sociedad del resto de España, preocupada, indignada, cabreada. “Ahora que las cosas iban mejor, que la crisis iba quedando atrás, vienen estos hijos de puta y nos van a mandar a todos a la mierda”, oí el otro día en conversación ajena.
Me atrevo a decir que no son mala gente; es que están enfermos, y hemos de encontrar entre todos la cura para esa enfermedad que tenemos ahora aquí, entre nosotros, y  que no es la primera vez que surge en la historia, ni será desgraciadamente la última. 

miércoles, 25 de octubre de 2017

Encuentro en el Chinipro. Primera parte.

Panorama hacia el macizo de Monte Perdido desde la cima donde estuvimos charlando.

Llegué un día radiante de este verano a la cima del Chinipro, una bonita montaña del Pirineo aragonés, de 2795 metros. Erguido en una losa de la cima, que se proyecta sobre el abismo de la cara norte, había un hombre que me dijo nada más verme, abriendo los brazos, "¿no es maravilloso lo que se ve desde aquí, estar aquí?"
La conversación surgió pronto y fluyó rápida  prolongándose algo más de hora y media. Solos allá arriba fuimos prudentemente conociéndonos y reconociéndonos. Tenía 74 años y estaba pasando unos días con la mujer y los nietos en un valle próximo. Desde joven hacía montaña y quería seguir mientras el cuerpo aguantara. Compartimos experiencias montañeras y, poco a poco, la conversación fue derivando hacia cuestiones más profundas, más filosóficas, para acabar hablando de la libertad… Y en un momento determinado, cuando ya creyó que podía hacerlo sin excesivos riesgos, me dijo algo así como que sabía muy bien lo que era no ser libre en su tierra, en su pueblo, porque, y esto sí lo dijo tal cual lo transcribo, "soy vasco, vasco y español". Sonreí y respondí, "yo valenciano, valenciano y español".
A partir de ahí la conversación siguió ya con arrolladora fluidez, y vimos, sorprendidos, que coincidíamos en todo, incluso con la mismas palabras muchas veces. Sin embargo sus palabras tenían la autoridad que le daba el haber vivido y sufrido en sus propias carnes el azote y la opresión del nacionalismo radical y excluyente que había marcado dolorosamente toda su vida y la de su familia.
Me dijo que conocía mucha gente, buena gente, trabajadores, honestos, amantes de su familia, religiosos, con los que podías hablar de todo excepto de ese tema. Ahí no había diálogo posible, porque no había argumentos racionales que analizar, que valorar, que confrontar, sino puro sentimiento.
"Eso es una enfermedad, lo sé muy bien. Es una grave enfermedad que ha generado, genera y generará mucha injusticia, mucha opresión, mucho dolor". Así hablaba conmigo aquel hombre que sabía muy bien, mucho mejor que yo, de qué me estaba hablando.
Nos despedimos agradeciéndonos mutuamente aquella hora larga de profunda y sincera conversación entre dos montañeros veteranos. Empecé el descenso y él siguió en la cima. Quería aprovechar cada cumbre que subía porque, como yo, allí era feliz, se sentía libre, y sabía que, por muchas más que subiera, aquella ya era de las últimas.
"Una enfermedad que causa mucho dolor", me dijo. De esto hablaré en la segunda parte de esta historia.

lunes, 23 de octubre de 2017

¡¡¡Feliz cumpleaños, Olivia!!!


Cumple hoy 25 años, está de buen ver y en plenas facultades, y nosotros le estamos muy agradecidos por los múltiples servicios que nos ha prestado, nos presta y esperamos que nos siga prestando.
Estoy hablando de La Olivia, el corseta rojito, que tal día como hoy, salió a la calle de mi mano hace ya tanto tiempo… Le he prometido, como regalo, llenarle el depósito de diésel del caro, y una buena limpieza por dentro y por fuera. ¡Se lo merece!
Pero, cumpleaños aparte, quiero hacer una reflexión que escuché en la radio hace algún tiempo sobre los coches viejos, y más si son diésel; cada vez más perseguidos, por cierto. Una reflexión que me reconfortó y me convenció de seguir con La Olivia todo el tiempo que pueda.
Decía así una señora de un grupo ecologista, creo. Es cierto que los motores diésel, y más si son antiguos, contaminan mucho. Si están bien cuidados, menos. Pero si en vez aguantar un vehículo 25 años, nos compramos uno nuevo cada 5, aún contaminaremos más, porque el gasto medioambiental que supone la fabricación de un vehículo (contaminación incluida) es importante. Y si lo multiplicamos por 5, es claramente superior a lo que puede haber contaminado, por ejemplo nuestra Olivieta, tratándola bien como la hemos tratado: revisiones periódicas, “iteuvés” y demás atenciones pertinentes.
La verdad es que me quedé asombrado por este planteamiento que no sé hasta qué punto será cierto del todo, pero al menos me quedó muy clara una cosa. Aunque esto fuera absolutamente cierto sería una verdad sin consecuencias, pues la industria del automóvil debe seguir rulando. Es la sociedad de consumo donde a menudo nada es lo que parece.
En fin, cantemos:
¡¡¡Cumpleaños feliz, tócate el radiador…!!!

domingo, 22 de octubre de 2017

Experiencia de continuo exilio.


Acabando ya el día del Domund de este año, comparto un fragmento del mensaje que para este domingo dio a conocer el papa Francisco, el 4 de junio, día de Pentecostés. No tiene desperdicio. Destaco lo que más me llama la atención.

La misión de la Iglesia está animada por una espiritualidad de éxodo continuo. Se trata de «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20). La misión de la Iglesia estimula una actitud de continua peregrinación a través de los diversos desiertos de la vida, a través de las diferentes experiencias de hambre y sed, de verdad y de justicia. La misión de la Iglesia propone una experiencia de continuo exilio, para hacer sentir al hombre, sediento de infinito, su condición de exiliado en camino hacia la patria final, entre el «ya» y el «todavía no» del Reino de los Cielos.
La misión dice a la Iglesia que ella no es un fin en sí misma, sino que es un humilde instrumento y mediación del Reino. Una Iglesia autorreferencial, que se complace en éxitos terrenos, no es la Iglesia de Cristo, no es su cuerpo crucificado y glorioso. Es por eso que debemos preferir «una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades» (ibíd., 49).

Si quieres leer el mensaje entero, no es muy largo, pulsa Domund 2017