...pero a qué precio. |
Por mi trabajo veo de muy cerca, muchas más veces de
las que quisiera, las consecuencias de las separaciones de los padres en los
niños y adolescentes. Y subrayo que muchas, muchísimas más veces de las que
quisiera.
Y a la sombra de este espectáculo tan triste como
cotidiano, he visto cómo han crecido una gran mentira y un lamentable error que,
sabiamente conjugados, intentan convencernos de la cuadratura del círculo. Y
con muchísima gente lo consiguen. Pero el círculo nunca será cuadrado por
muchas vueltas que le demos o incluso aunque por ley así lo decretemos.
La gran mentira. Los niños no se enteran, lo han
tomado bien, están contentos de tener dos casas, se han adaptado pronto… Mentira,
mentira cochina. Los niños y adolescentes, cuando sus padres se separan, sufren
siempre, tanto en el momento de la ruptura como en el proceso que ha llevado a
ella y el que le sigue. Sufren. Y lo sé porque lo veo y me lo dicen. Y si en
todo este proceso los papás, o sólo uno de ellos, no hace falta que sean los
dos, no han tenido ni tienen el sentido
común suficiente como para proteger al niño de sus luchas y
desavenencias, el sufrimiento entra en el terreno de la tortura.
Pero claro, hemos de calmar nuestra conciencia y para
ello, el querer creer que el niño se lo ha tomado bien o no se entera, nos es muy
útil. Una mentira útil y piadosa para con nosotros mismos.
El lamentable error. El trivializar el hecho de la
separación a fuerza de ser algo legal, y así debe ser, “progre”, de haberse
convertido en algo habitual, cotidiano, normal. Como si algo por ser normal
fuera necesariamente bueno. No. La separación es el fracaso de un proyecto de
vida de dos personas que en algún momento fue hermoso, fracaso del que uno, a veces
los dos, son responsables, fracaso con consecuencias importantes siempre, y más si hay niños por el medio. No es una tontería, no es una “modernez”. Es algo
muy serio.
Y lógicamente, como no es fácil asumir fracasos,
quitamos hierro al asunto y justificamos con mil argumentos lo que no es más
que eso, un triste fracaso. Lo hacen muchos, no pasa nada, es por el bien de
todos, se me acabó el amor, ya no es lo que era, la culpa la tiene ella, él, el
suegro, los niños, su hermana, la crisis, el trabajo…
No. No me gusta ni lo que está pasando, ni cómo la sociedad
lo está afrontando. ¡Claro que se puede llegar a la conveniencia o incluso
necesidad de una separación! Puede haber mil motivos muy, pero que muy serios.
Conozco casos. Pero sean cuales sean los motivos, si hemos llegado a tan triste
situación, primero tengamos conciencia del daño que les hemos hecho, o que no
hemos podido evitar a nuestros hijos e intentemos suavizar ese inevitable daño,
y después superemos el fracaso que es en sí mismo la ruptura, reconociéndolo como
tal. Y desde el honesto reconocimiento de esta dolorosa realidad, reconstruyamos
entonces nuestra vida, pues a eso todos tenemos derecho, a levantarnos del
suelo una y mil veces, pero sin negar puerilmente el suelo y cuidando a los que
hemos arrastrado en nuestra caída más aún que a nosotros mismos.
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